Era en los vestidores de las instalaciones de las albercas, donde se enteraba de algunos de los sucesos. Ahí, junto con dos de sus amigos, escuchó una noticia en la estación de “Radio UNAM” en la frecuencia 96.1 de F.M. el único medio que no se alineó a las consigna del presidente Díaz Ordaz, en las imprentas de los diarios, los policías judiciales revisaron los escritos que tenían para publicación y decomisaron las fotografías, y las grabaciones recabadas. La censura era una aspiradora de alta tecnología que desapareció toda evidencia de represión.
“Los cuerpos policiacos desalojaron la plaza dejando un saldo considerable de heridos; una joven murió por paro cardiaco, y ante la embestida de vehículos militares contra las personas congregadas, otra presenta estallamiento de vísceras, ocasionado por uno de dichos vehículos. Hubo golpes y vejaciones a más de numerosos testigos, hay fotos de mujeres caídas en el suelo tras la golpiza”
—¿Qué es esto? ¿Esto pasó en nuestro País? ¿Esto pasó en el D.F.? ¿Por qué no me enteré?— Dice Artemio, con gesto de reclamo dirigiéndose a todos los presentes.
—¡Carnal! Estás en otro mundo. En la escuela todos estamos alerta, tenemos un comité de lucha, por el momento hay una tregua, y con todo y todo yo no desaprovecho venir a entrenar, hay que estar al tiro para las olimpiadas— Le advierte Saúl, otro de los compañeros que ya estaba en la Universidad. Felipe Muñoz, solo se quedaba callado pero los escuchaba y miraba con atención.
Felipe, no tenía otro tema de conversación que las olimpiadas, su reciente entrenador, el maestro Ronald Johnson, fue quien dio pauta para integrarlo a la selección, a pesar de que no tenía el antecedente de competencia internacional.
—No hay duda, este muchachito, se viene para acá, callado, misterioso, tiene un poder escondido.
—¡Tibio! ¡Ven para acá!— gritó con cara de gusto su maestro Gregorio del IMSS, que por el momento le tocó presenciar su pase a las olimpiadas.
Así le llamaban “El Tibio Muñoz», apodo por expresar su preferencia por el agua tibia a donde se dirigieran a entrenar.
La cara de Felipe, se asemejaba a la expuesta cuando se recibe una noticia muy fuerte, inesperada, hasta cierto punto que, aunque no era el caso, se asemejaba al de una tragedia sintiendo éxtasis por todo el cuerpo con una expresión de sonrisa que parecía que iba a llorar. Trataba de imaginar la expresión que tendría su madre cuando le notificara, que de aquí en adelante formaba parte de la primera línea de deportistas acuáticos. Se venía una serie de campeonatos previos a México 68 para estar en las mejores condiciones y enfrentar a sus rivales, como el estadounidense Brian Job, y el imponente gigante a vencer, quien poseía el récord, era nada más y nada menos que Vladimir Kosinski.
¿Quién era Kosinski? Una leyenda conocida en campeonatos mundiales, personaje destinado desde niño a ser entrenado por el sistema que caracterizaba a la entonces Unión Soviética, país que tenía en la mira una propaganda política a través del deporte ante la rivalidad con EU durante la guerra fría.
—¿Sabes contra quién te enfrentas, muchacho?—Le dijo Ronald Johnson.
—Todavía no me hago a la idea de que estaré en las olimpiadas, me cuesta trabajo entenderlo —Afirmó Felipe con sencillez y una sonrisa tambaleante.
—Primer paso, conocer al adversario, tienes la fuerza y la inteligencia para ganarle, tenlo muy presente —Continuó su entrenador.
Felipe pudo desprender hojas de calendario día por día, hasta llegar a donde ya había señalado con un marcador azul, el martes 22 de octubre de 1968, día en que sería la final de natación de cuatrocientos metros pecho.
En paralelo Joaquín, amigo inseparable de Felipe, no dejaba de participar en el movimiento estudiantil, al único de la universidad que le platicaba cómo le iba en su preparación para participar en las olimpiadas, además el misterio que encerraba su rival y con ello la tarea que le había encomendado su entrenador.
—¡Claro que sí! tiene razón tu entrenador, detrás de tu rival hay una gran maquinaria, imagina que vas a representar la obra “David y Goliat”— Le dijo Joaquín con una carcajada burlona.
—¡Órale! Gracias por ese optimismo.
—Son los mismos soviéticos los que han echado por la borda uno de los principios del proletariado, ellos, primero criticaron al capitalismo sobre las viejas prácticas deportivas para competir; decían que se extinguirían estas prácticas para implementar una nueva cultura, otras ondas como desarrollo gimnástico, integral y excursiones con una convivencia positiva, pero el pinche partido comunista lo echó abajo. Si Marx viviera se daría de topes. Le apuestan al alto rendimiento y ganar la competencia, como una demostración del todopoderoso, ese es ahora su principio. ¡A eso te vas a enfrentar! ¡Está cabrón!
—Ya se te hacía tarde para venir a echar un choro mareador— Le reclamó Felipe moviendo la cabeza simulando una negación.
—Por otro lado los gringos, con sus patrocinadores millonarios que le apuestan al atleta como una mercancía para hacer negocios y vender sus productos, ¡amigo estás en total desventaja!— Continuó con su discurso Joaquín.
A esto tenía que atenerse Felipe. En la mira tenía a Kosinski, porque no era un habitante planetario común y corriente, desde su niñez tenía una misión, que por nada del mundo le pasaba por la mente perder su posición ya ganaba en campeonatos internacionales, status que Muñoz no tenía y estaba consciente.
Felipe empezó a estudiar a su rival, en su pasión por la natación con la que se imaginaba ser un gran delfín que ama su hogar y se desliza con libertad, empezó a surgir también una nueva habilidad investigativa, estudioso de las estrategias de la URSS, su cotidianidad, aunado a ello los consejos de Ronald, no había minuto que no se relacionaba con la competición esperada; la comida, los movimientos, la escuela, cada paso que daba tenía una relación con el evento que se estaba por llegar.
—Felipe, mira la estrategia; los siete nadadores son más veloces, pero tú eres el más fuerte, la prueba la vamos a ganar como los cazadores atrapan a las liebres, ¿me explico? Déjalos que se vayan pero tú tienes más fuerza, y en los últimos cincuenta metros aprieta con todo— Con ímpetu Ronald le dictaba reiteradamente.
Amaneció, era el día 22 de octubre, Felipe acercó su cara al espejo, mirándose con precisión como ningún día, como si viera a alguien que acabara de conocer y quiere explorar los más detalles por una necesidad impetuosa de conocerlo.
Las preguntas que le hacían en casa de “¿estás nervioso?” lo ponían más en tensión, su respuesta era un “quiero estar solo, concentrarme”. Ese día estaba destinado a la competencia. La imagen de Kosinski, estaba presente, en su vida había estudiado a una persona como rival y de igual forma a sí mismo con tanto empeño que desarrolló una segunda vocación de investigador al respecto, como si fuera agente de la CIA, se había documentado de la estrategia, para entender una táctica bélica para el trabajo de espionaje en el escenario de la Guerra Fría que estaba presente en esos tiempos, pero en esta ocasión no se trataba de un agente de EU, era un Mexicano que quería conocer todo de su rival y entender lo que se requería para hacer cumplir su hazaña.
Atravesó una pasarela donde solo los deportistas competidores podían caminar hacia Alberca Olímpica, cada paso que daba suscitaba un temblor y hormigueo, el corazón latía cada vez más rápido, luego adquirió un enfoque visual masivo, por más que quería distinguir en lo individual no podía ¡parecía que no tuviera esa facultad! Como una especie de embrujo. Mismo que se rompió cuando de repente escuchó su nombre en voz muy alta.
—¡Felipe!— Era Gabriel Muñoz, padre de Felipe, que difícilmente había estado con él días atrás por las actividades de trabajo que realizaba.
—¡Papá! ¿Qué haces aquí? ¿Cómo es posible? ¿Cómo entraste?
—¡Me colé! La puerta estaba abierta.
—¡Ahí está! ¡Vayan por él!— Gritaron los de vigilancia.
—¡Hijo! ¡Échale ganas! Te va a ir muy bien, no te preocupes, aunque sea obtén una medalla de bronce, vas a ver que lo vas a lograr.
—¡Papá! Qué dices, si yo me preparé para la medalla de oro— Tomaron a don Gabriel de la chamarra que portaba y se iba con la mirada a su hijo al grito de ¡Tú puedes!
Volvió Felipe a ponerse en modo “panorama general” aunado a ello “escucha general” cuando subió al lugar de salida, para iniciar la competencia, solo en espera de la indicación de inicio, dio el salto de entrada a la alberca.
Dejó ir a Kosinski como a una liebre, tal como le había indicado su entrenador, cada brazada era más rápida que la anterior, sintió la falta de oxígeno, se empezaba a encoger, la estrategia era estirarse con toda fuerza lo más posible, no veía nada, ni quiso ver si había alguien a su lado, pero todos sus sentidos en conjunto le revelaron que no había nadie, ¡iba solo! y alcanzó al soviético cuando faltaban veinte metros. Fueron unos segundos, solo percibía ruido lejano, como voces encerradas en una botella que cuando fue destapada, todos sus sentidos volvieron a modo “aquí estoy”, estaba ya en el lugar de llegada.
Estiró su cuello mirando a toda la gente gritar y buscando con su mirada el tablero electrónico, vio su apellido con el número uno, y un foco que lo iluminaba, lo mismo que había soñado tiempo atrás, ¡sucedió! le costaba trabajo definir si era uno de sus sueños o era realidad.
Las enseñanzas de que un hombre no debe llorar, habían hecho que en sus sueños reiterativos cuando le entregaban la medalla, lloraba a todo lo que daba, al fin se trataba de un sueño. Pero en esta ocasión no lloró, apenas rodaron unas lágrimas que disimuladamente las deshizo con la muñeca en sus mejillas, apenas tenía fuerza para sostenerse de pie, agradecido de que el nudo en la garganta que sentía a más no poder, estaba cubierto con su cuello y nadie podía ver la velocidad con que corría la sangre por sus venas y las vibraciones de su sistema nervioso en todo su cuerpo retumbaba. ¡Cómo le hubiera gustado llorar igual que en el sueño que había tenido días atrás!
Los encabezados en los periódicos exclamaron sobre el acontecimiento.
«Felipe Tibio Muñoz ganó una medalla de oro en los Juegos Olímpicos de México 1968»
“Felipe Tibio Muñoz escribió su nombre con letras de oro en la historia del deporte mexicano en los Juegos Olímpicos de México 68. La tarde de ayer 22 de octubre el nadador conquistó la medalla dorada para nuestro país en natación en una justa olímpica”
“Felipe Muñoz ganó de manera sorpresiva, venció a los favoritos; al soviético Vladimir Kosinsky y al estadounidense Brian Job, y permitió que por primera vez en los Juegos se escuchara el Himno Nacional y se ondeara la bandera de México por todo lo alto al registrar un tiempo oficial de dos minutos, veintiocho segundos y siete centésimas en la prueba de 200 metros braza”
“Muñoz entró ayer por la tarde a la Alberca como un joven de 17 años callado, tímido y humilde y salía levantado en hombros como Campeón Olímpico”
Desde ese gran acontecimiento Felipe descansó, ya no volvió a tener el mismo sueño por las noches, de repente se le borró la imagen de Kosinski, días después tuvo que atender las demandas de conferencias de prensa y entrevistas en diferentes medios que querían que de viva voz contara lo sucedido.
Empezaron los días de preparar su mochila para continuar con las clases, presentía que ahí habían pasado cosas. Ahora se tenía que transportar a un lugar donde había estado en pausa para dar un clic, entender en qué capítulo iba, e intentar comprender qué es lo que había pasado en ese octubre del 68.
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