“Responde al nombre de Negro, es un perro grande muy bueno, color negro azabache, su pelaje es abundante y brilloso, tiene el hocico afilado, se perdió cerca de la plaza del pueblo el 5 de noviembre de este año, favor de informar en la casa de Don Beto o en la tienda de Doña Juanita”.
Este era el anuncio que puso Olivia en la calle principal del pueblo, ante la tristeza que le embargaba a Don Beto, su padre, por la pérdida de su mejor animal de compañía que ya hacía tres años vivía en su casa.
Como cada vacación la casa de Don Beto y Doña Toti su esposa, quienes vivían con su hija Olivia, estaba llena, los nietos iban llegando paulatinamente, si se pasara un poco en cámara rápida imaginemos una foto de Don Beto y Doña Toti con dos de sus nietos, luego ya eran seis con la llegada de otro de sus hijos con familia, posteriormente eran once, y a pesar que no llegaron todos los hijos con los nietos a visitarlo, en la casa se llegaron a juntar dieciséis nietos.
Valentina, la nieta más callada, todo el tiempo se la pasaba con Negro, su perro, era muy juguetón, su brillante pelo negro lo caracterizaba, no había cosa o persona que se moviera donde él no volteara a ver, gran olfateador con vocación de detective, y seguía a quien caminara cerca de él aunque fuera alguien desconocido.
La mente de Valentina ocupaba gran parte de las producciones de Ánime y literatura relacionadas con historias japonesas, no se perdía las películas de Hayao Miyazaki, sobre todo donde los personajes eran animales, parecía conocerlos muy bien desde hace buen tiempo. Se la pasaba con su perro, más fue una contradicción cuando expresó su deseo de que Negro, de apenas tres meses, se quedara a vivir en la casa del abuelo Beto sin decir cuál era el motivo. Sus tíos y primos desconcertados, le pedían una razón del por qué deseaba eso, y ella nada más se agachaba. La reacción de Don Beto fue de desacuerdo.
—Ni lo pienses, ya bastante tengo con los animales de la granja —lo dijo con expresión seria, se podía ver en su rostro más marcadas las líneas en la frente que con la edad, cada vez se estaban más profundas.
Durante los días que pasó Valentina con sus abuelos y demás familia que llegó de visita, no fue capaz de dar argumento sobre su idea de dejar a Negro, al contrario, eran inseparables durante su estancia en ese verano.
Curiosamente Negro, al que más se le acercaba era a Don Beto, pero éste se alejaba, decía que no tenía tiempo para jugar con él, tomaba el sombrero, se levantaba y caminaba hacia donde tenía una granja de puercos y él lo seguía, y así a donde fuera, al campo, lugar de la cosecha de frijol y lenteja… ahí estaba. Don Beto se fue acostumbrando a la compañía de Negro, fue cuando Valentina, al fin le contó sobre la vida que llevaba Negro sin espacio y sin libertad en la ciudad en el departamento con ella y Aidé su mamá.
—Es que abuelo, al ver el campo y la forma como Negro, alegre corre y se siente bien aquí, no sé cómo explicar mi egoísmo de tenerlo conmigo y no poderlo atender, creo que lo hago infeliz —lo expresó la adolescente moviendo la cabeza hacia los lados y cerrando los ojos al final para luego centrar la mirada en Don Beto y ver qué respondía.
Se acabaron las vacaciones, los visitantes se fueron, y al final, don Beto se convenció y aceptó a Negro, mismo que en las mañanas era el que lo acompañaba todos los días al campo en cuanto amanecía. Don Beto recibía la visita con más frecuencia de uno de sus hijos, Sergio, que vivía en un pueblo llamado “Cortijo Viejo”, y se llevaba también a su perro llamado Sultán, éste siempre jugaba con Negro, así que se les veía muy contentos a los dos perros también en ese lugar, cuando se reencontraban. Don Beto pronto se encariñó con Negro, lo consideró un gran compañero.
Una tarde salieron a la plaza del pueblo, cuando don Beto, en un instante perdió de vista a Negro, desapareció. Le hablaban, ¡Negro!, silbaban ¡Negro! Inmediatamente preguntó por las calles si alguien lo había visto. Caminó hasta la tienda de doña Juanita, un lugar frecuentado, llegó al atrio de la iglesia, nadie lo había visto.
Se regresó a buscar y preguntar con quien se encontrara, en las calles aledañas, en la cancha cerca de la plaza, que era un lugar muy concurrido, afuera de la iglesia, todo para ver si alguien lo había visto; por más que lo buscaba entre los campos y la casa, no lo encontró. Esto empezó a generarle tristeza y preocupación. Recorrió el campo con la esperanza de encontrar por ahí al perro jugando, tomando el sol. Mientras pensaba: ¿por qué se fue Negro? Después de varias tardes de ir a buscarlo, al regresar, su esposa, con solo ver su rostro comprendía la respuesta.
Don Beto, en las mañanas no se levantaba con entusiasmo, en cuanto recordaba lo que había pasado, se ponía muy triste, sentía movimientos raros nerviosos en el abdomen, todo le parecía que estaba mal, quería estar encerrado, su salud se estaba deteriorando, fueron a la cabecera municipal con el doctor Antonio, pues ya era demasiado el malestar que sentía en todo el cuerpo.
—Mire Don Beto, no es suficiente la medicina para la presión que le estoy recetando, necesita un bienestar emocional, pues esto le está perjudicando —dijo con firmeza el doctor con la mirada fija hacia doña Toti, que lo acompañaba. La tristeza era evidente pues Don Beto no quería hablar con nadie, y cuando se reunían a comer con Toti y Olivia, estaba en silencio con una mirada fija.
Olivia y Aidé junto con los demás hermanos y sobrinos que iban de visita, emprendieron una campaña de búsqueda, hicieron varios carteles con su foto que decía: “Responde al nombre de Negro, es un perro grande muy bueno, color negro azabache, su pelaje es abundante y brilloso, tiene el hocico afilado, se perdió cerca de la plaza del pueblo el 5 de noviembre de este año, favor de informar en la casa de Don Beto o en la tienda de Doña Juanita”, lo pegaron en varios puntos de la calle principal, en la plaza, en las tiendas y en la escuela del pueblo donde Olivia era una de las maestras que laboraban ahí. Decidieron también hacer volantes, para que la gente que venía de fuera diera información.
Luego de seis semanas, tocaron a la puerta, era doña Juanita con la noticia de que Negro andaba afuera, Doña Toti estaba sorprendida. Doña Juanita era una persona muy querida por la gente, cualquier situación o información necesaria, ya sabían que con ella se podría encontrar apoyo.
—¡Beto! ¡Dice Juanita que afuera anda el Negro! ¡Ve por él antes de que se vaya!— Lo dijo Doña Toti con emoción.
Fue grato el recibimiento que don Beto le dio al perro, pero al mismo tiempo sentía aflicción. Se veía todo flaco, triste, mal pasado, sucio, no cabía duda que el perro que tanto extrañaba, la había pasado muy mal.
—Si tan solo nos pudiera decir lo que pasó— dijo Doña Toti con su cabeza en el hombro de don Beto cuando todavía estaban en el portal de la casa.
El perro entró contento a la casa, en unos minutos recorrió toda la casa, parecía recordar cada rincón, el cuarto de Don Beto, la silla donde siempre se sentaba, olfateó el sombrero que tenía arriba de un banco, esto invadió de felicidad a don Beto, pues confirmaba que era en realidad su querido Negro. Más gusto y emoción generó al ver la forma como lo seguía a donde quiera que se iba, ahora con más ímpetu, no se separaba ni un segundo, pero ahora parecía muy exagerado como una especie de síndrome que se le pudiera llamar el “El síndrome del inseparable” pues antes era solo a ratos que lo acompañaba, “tal vez quiere reponer el tiempo en que no ha estado conmigo y estaba igual de triste que yo”, pensó Don Beto.
A partir de entonces se le compensó con baños especiales, tratamientos para su pelo, vacunas, y una buena alimentación para recuperar al perro que un día se había alejado de casa. Don Beto sacó sus ahorros para llevarlo a una de las mejores veterinarias y estéticas de la cabecera municipal, nada más faltaba que lo llevara a un spa, pues regresó muy repuesto, y con la alimentación que le sugirieron en la consulta con nutrientes especiales, pronto recuperó el peso. Mientras se reponía el Negro, Don Beto estaba mejorando su salud, su estado de ánimo era diferente, sonreía y empezó nuevamente a contar anécdotas a la hora de la comida, de las que hacía reír a quien estuviera en ese momento.
Tres meses después llegó el verano y nuevamente la casa se llenó, los nietos estaban jubilosos con ganas de ver al querido Negro, que ya también se habían enterado de lo que había pasado y más curiosidad les daba por verlo. De igual forma llegó Sergio con Sultán a sumarse a la alegría al ver a su padre más animado por encontrar a Negro.
El Sultán, en cuanto vio a Negro, empezó a ladrar, tuvo comportamientos muy extraños, Sergio lo detuvo al querer atacar, se acercó, le pareció extraño, pues si los dos perros se llevaban bien, algo raro sentía, agarró sus patas delanteras de una por una y las observó bien.
—¡Es un impostor! Éste no es Negro, lo reconozco por su pata derecha y su mirada, no es él — y todos empezaron a ver más detalles que no concordaban con Negro.
Al siguiente día llegó Valentina con su mamá, esperaban que diera su opinión, pues era quien había estado muy cercana al Negro desde que era un cachorro. Lo miró a los ojos, el perro le correspondió rozando su cabeza en sus tobillos como un saludo cariñoso. Todos esperaban en silencio.
—¡Es Negro!— Afirmó Valentina con una expresión pensativa, como si estuviera leyendo el guion de una obra de teatro y luego bajó la mirada nuevamente al perro y lo abrazó con ternura cerrando los ojos. Lo menos que deseaba es que fueran a ignorar o abandonar al perro por no estar seguros de su identidad.
Las dudas persistieron y en ratos se dejaba el tema de lado para tratar asuntos de la familia no se diga a la hora de la comida que eran los momentos cruciales para ponerse al corriente de los grandes sucesos que había que contar durante los días que se habían separado de Doña Toti y Don Beto, a quienes les gustaba que platicaran cómo iban las cosas en cada uno de sus hogares.
En esos días que tenían la visita, Doña Libia, una vecina que llegó a comprar leche a Don Beto, comentó que había visto al Negro en el pueblo llamado Bellas Fuentes, estando presentes todavía algunos de sus hijos se quedaron sorprendidos volteándose a ver con expresión de signos de interrogación. De manera inmediata, en una camioneta fue Olivia a buscarlo, y a la primera persona conocida, Don Eusebio, un viejo amigo de don Beto se le acercó para preguntar si había visto un perro con tales y tales señas.
—¿Cómo supiste que yo encontré al perro?— Olivia nunca se imaginó que era la persona indicada, una sensación de fuerza superior la sacudió, pues no se explicaba, por qué sin más ni más se había dirigido a don Eusebio.
A diferencia del perro que llegó a la casa, el verdadero Negro no estaba mal pasado. Olivia lo reconoció de inmediato. Tenía buen peso y no se veía triste como el que llegó meses atrás cuya imagen se traducía en alguien que buscaba un hogar. Regresó con el verdadero Negro, y cuando llegaron a casa, los dos perros se atacaron, se mostraban enojados. Juntos era evidente que el que anteriormente creían era Negro, no lo era, su pelo no era azabache, y tenía los ojos más grandes. En los siguientes días, no se acercaban uno al otro, se observaban con por lo menos tres metros de distancia, cuando Don Beto se acercaba a uno para acariciarlo, el otro reaccionaba violento, don Beto estaba cansado de esta pugna que lo convirtió en la manzana de la discordia.
En el momento que se alistaban para el regreso a sus casas, los hijos de don Beto, le propusieron llevar al que ya lo llamaban “Impostor” a Bellas Fuentes donde había estado el Negro. Don Beto, doña Toti aceptaron pensando en que podían estar así tranquilos los dos perros.
Al día siguiente Sergio y Don Beto dejan a Impostor con Don Eusebio, el cual lo recibió sin problema. Impostor únicamente volteaba a ver para dónde habían caminado, era imposible verlos, se empezó a sentir solo y triste, sabía que no podía pasar por las espinas de un maguey de la parte de atrás de la casa de don Eusebio donde se podía asomar. Con gran trabajo logró brincar, pero ya no estaban ahí, reconoció un aroma que al olfatearlo se dio cuenta que provenía de Don Beto, olía a él, era inconfundible, siguió el rastro hasta donde pudo, cuando éste terminó, continuó caminando en la misma dirección, después de cinco horas, ya muy tarde en la noche llegó a la casa.
Don Beto como un día cualquiera se levantó, y al abrir la puerta de su cuarto, cuál fue la sorpresa de que Impostor ya estaba ahí. Por un momento sintió felicidad, tuvo que aceptar que en el fondo no quería abandonarlo, ya no quiso pensar en eso. Como los días de rutina, se dispuso don Beto a ir al campo; Impostor, lo siguió sin despegarse, el Negro, no se asomó en esa ocasión. Olivia vio también a lo lejos que su papá tenía nuevamente la compañía del persistente Impostor y soltó una sonrisa a sí misma.
El camino mágicamente se transformaba en pasajes en cada paso que daba don Beto con Impostor a un lado, vereda que lo hacía sentir el personaje importante que era, que con sus manos también poderosas podía hacer del campo un gran productor de lo que sería parte de la vida de la gente, a la que le esparcía energía y existencia en el día a día. En esa pasarela confortable, al caminar miró a lo alto y lo que nunca sucedía, vio el vuelo lento de un águila real que lo fascinó. Sentía el aire sobre su rostro, disfrutaba como espectáculo ver a la imponente ave y estar en contacto con el aire en su máximo esplendor, repentinamente don Beto se deslizó en una profunda zanja donde cayó golpeándose la cabeza y quedó momentáneamente inconsciente. Impostor, que era incapaz de despegarse de Don Beto no sabía qué hacer y brincó a la zanja y se acomodó a un lado de él para acompañarlo, como si fuera hora de dormir.
Fueron unos minutos de silencio, el rostro de Impostor era diferente miraba alrededor como si hiciera un escaneo para estudiar el escenario y con eso saber qué hacer. Don Beto despertó, recordó lo sucedido, no podía salir, era un lugar un poco profundo y además tenía una pierna lesionada, y por ahí cerca no pasaba la gente, ni gritando lo iban a escuchar. Se dirigió a Impostor por esta ocasión mirándole directamente a los ojos.
—Impostor, ve a pedir ayuda ¡Órale!— Impostor movía la cabeza a todos lados y terminaba nuevamente mirando a Don Beto.
Don Beto empezó a alzar la voz, al momento retumbó e hizo eco dentro de la zanja y en cuanto gritó “ve con Olivia”, la palabra “Olivia» retumbó nuevamente con el eco. Impostor levantó la cabeza y corrió, salió de la zanja y fue directamente a donde estaba Olivia llegando después de una hora.
—¿Qué pasa Impostor? ¿Dónde está ni papá?— Le preguntó exaltada Olivia quien al ver que Impostor venía solo, salió rápidamente para ir al encuentro de su padre, y en esta ocasión Negro, también con cara de buscador sorprendido se sumó. Impostor los condujo en dirección a donde estaba Don Beto. Olivia comenzó a dudar del camino, pues ya era demasiado lejos y se veía oscurecer, ella bien sabía que a esa hora la zona se convertía en un bosque de naturaleza hostil, se escuchaban ruidos extraños, comenzaron a aparecer ojos brillantes de los gatos, y de otros animales que subían a los árboles de alrededor. Olivia en medio, escoltada por Impostor y Negro, se armó de valor, hasta que Impostor empezó a ladrar, conduciendo a donde estaba Don Beto. Fue la primera vez que no se pelearon los perros por acercarse a don Beto, miraron con atención cómo Olivia buscaba la forma de ayudar a Don Beto a levantarse y apoyarse en ella con su pierna lesionada.
De regreso Impostor y Negro escoltaban en cada extremo, ya no se miraron los ojos brillantes que en un principio acechaban y por fin llegaron a casa. Desde ese momento, Impostor, parecía que había resuelto el síndrome que padecía, motivo por lo que Negro dejó de pelearse con él y Don Beto, recordó que era la segunda ocasión que le salvaba la vida y a partir de entonces dejaron de llamarle Impostor.
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