Gabino Millán Figueroa, tuvo que caminar nueve kilómetros por una vereda, que a sus ochenta años, pareciera imposible. Erguido, con fuerza, a sabiendas de que su vecino don Manuel a las siete de la mañana salía todos los días de Santiago, para llevar pasajeros a la cabecera municipal a sus diligencias, él tomó la decisión de ir a pie.

Y es que así tuvo que pasar años atrás, en 1968 cuando, trabajando en el campo, le dijeron que Amelia, su esposa, quien estaba en la cabecera municipal, un domingo que era día de plaza, inesperadamente su hijo Andrés, se adelantó a nacer antes de lo que ellos esperaban. El doctor Antonio, el único médico en el pueblo, la atendió ahí mismo en la plaza, al no alcanzar a llegar al consultorio.

Amelia, era una mujer inquieta, su cara morena, con una expresión en los ojos que parecía que daba señales con ellos de que todavía no terminaba una actividad y ya estaba pensando lo que iba a hacer enseguida, tenía antojo de un ponche y decidió ir a comprar las peculiares frutas necesarias para hacerlo, estaba deseosa no solo de sabores distintos combinados, sino también de colores, quería ella misma levantarse el ánimo para contrarrestar los miedos e incertidumbres que genera el simple hecho de estar embarazada, quien a los 17 años iba a tener a su primer hijo, se sentía con capacidad, pues Felipa su mejor amiga de la misma edad, ya iba por el segundo hijo. Y aunque poco antes el doctor le había dado indicaciones de reposo, decididamente salió del rancho que estaba a veinte minutos yendo en la camioneta de un vendedor de trastes que aceptó llevarla de paso a Tetipac para que pudiera comprar los anhelados frutos.

Ese día, a Gabino, la vereda se le hizo larga cuando corrió al enterarse de lo que pasó, estando trabajando en la cosecha de lenteja, dejó todo, caminaba tan rápido que generaba en sus oídos una melodía como si las hojas de los árboles se pusieran al ritmo por donde pasaba cada vez más acelerado, ya no sabía si era eso o su corazón, ¡o las dos cosas! pero parecía una orquesta que anunciaba que ya era padre y estaba a punto de conocer a su primogénito. Tenía bien amarrado el sombrero para ir con velocidad, acostumbrado a caminar siempre erguido, con muy buena condición para correr, consideró que él tenía que estar presente en el nacimiento de su hijo, mientras, iba construyendo la idea sobre lo que sería ser papá.

Cuando Gabino llegó a ver a su esposa, ya estaba en el consultorio del doctor Antonio, conoció a su hijo a través del llanto que contenía el compás de la melodía que había escuchado en el camino, pero fue insuperable la conjugación de ritmos cuando tuvo la oportunidad de abrazarlo, de percibir su olor extraordinario y de sentir la suavidad al acariciar sus pequeñas manos que lo transportó a otra dimensión.

El doctor Antonio, en cada desenlace feliz, encontraba la satisfacción que se había planteado al quedarse en el pueblo donde sabía que un cúmulo de historias iba a conformar su vida y vería en ello lo que imaginó cuando decidió elegir esta desafiante profesión. Lo que nunca se había esperado, es que le iba a tocar atender un parto en la plaza del pueblo. Sucedió en el momento menos pensado, estaba escribiendo en el pizarrón de la sala del consultorio, un problema matemático, que iba a poner como reto dirigido tres estudiantes de la secundaria que por la tarde asistían a que les apoyara para explicarles sobre las funciones trigonométricas, era algo que él disfrutaba, lo veía como un rompecabezas, o un juego de dominó como lo hacía con don Rey su vecino que a veces por la noche al final de su jornada de trabajo en el campo lo visitaba para jugar este motivante juego de mesa.

—¡Doctor! ¡Le hablan!

—¿Qué sucede?

—Amelia, la esposa de Don Gabino, ya va a tener su hijo, le dieron los dolores y no se puede mover, ¡está en la plaza! Que vaya pronto—Le expresó Doña Ernestina, que había corrido de la plaza a avisar al Doctor de lo sucedido.

Con rapidez el doctor, agarró su maletín médico y una caja con materiales que tenía en un rincón y en unos minutos en compañía de la misma Doña Ernestina, ya estaba frente Amelia, quien efectivamente, no se podía mover y la acostaron en una banca, le acarrearon cobijas y sábanas, la gente sin saber qué más hacer. Doña Juanita acercó una cubeta de agua y en cuanto vio que llegó el doctor, rápidamente se retiró, al moverse se pudo apreciar que la cabeza del bebé ya se asomaba, el doctor se acercó, deslizó sus manos con suavidad sobre el vientre de Amelia y con un movimiento que parecía de malabarismo, ya tenía al bebé en su mano derecha. Todo fue tan rápido que no se apreciaron detalles como se ve en las películas desde que se le dice a la paciente que respire profundo y empuje, fue tan fugaz que la gente no vio el momento en que el doctor cortó el cordón umbilical ni cómo lo hizo.

Amelia había estado como una paciente silenciosa, ni hubo alaridos ante los dolores del parto, soltó fuertes gritos con llanto de la emoción cuando pudo abrazar a su bebé. Todos los detalles de lo sucedido los tuvo al alcance Gabino de la voz no solo de su esposa sino de cada quien que se encontraba en la calle, todos querían ser los primeros en darle su testimonio, por lo que tuvo varias versiones, unos hasta le contaron cómo se iluminó Amelia al momento de que tuvo a su hijo en los brazos como mensaje de que estaba protegida por las manos de Dios a través de la Santa Cruz, símbolo central de la iglesia del Pueblo, a quien está dedicada la iglesia. Justamente su fachada estaba al frente de donde sucedió este alumbramiento que se convertiría en otra de las anécdotas del pueblo de Tetipac.

El doctor ni siquiera había puesto atención a su alrededor, cuando se enderezó, estrepitosamente sintió la mirada de todos los que ya se habían concentrado, la gente había corrido a ver lo que estaba pasando, solo doña Juanita quien vivía cerca de la plaza, estuvo diciendo a los demás que no se acercaran. Con la ayuda de doña Ernestina y otras señoras pudieron lograr que Amelia subiera al carro del doctor, ya no quiso soltar de sus brazos al recién nacido. Rápidamente llegaron al consultorio.

Todo esto pasaba por la cabeza de Gabino sesenta años después, algo le oprimía el corazón, un pendiente tenía que pensó que habría que resolver. Recordó entonces cuando regresaron a casa felices con su hijo recién nacido, y a la vez preocupado, porque no tuvo dinero para pagar la atención del parto al doctor Antonio, quedó de regresar después, desde esa ocasión, estaba muy agradecido, pero era fecha que aún no le pagaba.

Trajo a la memoria también cómo, cuando ya estaba juntando para pagar su deuda, se desataron fuertes lluvias, cuatro semanas sin parar de llover, lo que iba logrando con el cultivo del maíz se vino abajo, se veían asfixiadas las pobres milpas, las hojas no soportaron el estrés y se asomaban unas ampollas en las hojas con el desprendimiento del agua, esa privación de oxígeno vino a acabar con lo poco que tenía, por lo que no le quedaba opción que escoger entre pagarle al doctor o comprar la comida para su familia.

Así, fueron pasando los años, no descansaba en pensar en su deuda, mientras, el doctor, ni siquiera lo tenía presente, pues él estaba contento cada vez que podía ayudar a alguien, de haberlo sabido le hubiera dicho que no tuviera pendiente, que no se atormentara.

Pero Gabino no quería que las cosas quedaran así, en una ocasión en que habían pasado diez años, ya tenía el dinero para pagar al doctor, y súbitamente reaccionó que ya había pasado mucho tiempo.

—Pero con qué cara me voy a presentar al doctor— le dijo a Amelia.

—Ay Gabino, no pienses en eso, lo importante es que al pagar te vas a sentir tranquilo.

Guardó el dinero mientras se armaba de valor.

En su caminata por el campo Gabino rememoró también el día del funeral del doctor, todo el pueblo acudió. Él, Amelia y su hijo Andrés, estuvieron en la misa, se sentó en una de las bancas de atrás, porque sentía pena, como si el difunto lo fuera a ver y reconocer que era quien no le había pagado, “qué ingrato soy”, se puso a pensar ese día de la misa en la que el Padre Juventino dio unas palabras.

—Los que estamos presentes sabemos muy bien quién fue el doctor Antonio, no hubo persona que no entablara una vinculación con él, aparte de su generosidad como doctor y enseñante, siempre mostró disposición sin descanso por ayudar al prójimo, se dedicó en cuerpo y alma a atender a la gente, y en cada espacio Dios lo acompañaba, tenía una misión importante. El pueblo ha perdido un ser bondadoso y misericordioso, pero el cielo ha ganado un ser excepcional.

—¿Ves Amelia? Mejor el cura ha podido reivindicarse después de andar hablando mal de él.

—Ya deja de torturarte, vamos a rezar por él, que Dios lo tenga en su gloria.

Gabino, seguía recordando, por más que quiso acelerar el paso para volver a escuchar esa música melodiosa que escuchó hace sesenta años, ya no era posible hacerlo, aparte de que la mayoría de esos árboles ya no estaban.

—Por la codicia de la gente,— se decía a sí mismo —¡sí!, muchos muebles para vender, pero nos están dejando sin árboles.

Esos árboles ya no estaban, por falta de apoyos para la cosecha, al ver la gente que no redituaba, se dedicaron a la fabricación de muebles de cedro, el problema que poco a poco se iban acabando los árboles. No solo era el cambio de paisaje, tampoco él ya no era el mismo, reflexionó con tristeza, el sonido que percibía era el de una melodía suave, con una armonización sencilla, y con grandes silencios intercalados… de igual forma él también había cambiado, siguió pensando.

Hoy algo importante iba a suceder, en cuanto extendiera la mano y entregara el dinero a alguien de la familia del doctor, iba a estar satisfecho, y así fue, visitó a uno de los hijos del doctor, Horacio, quien lo recibió sorprendido, poniéndole atención al encargo de disponer del mismo para pagar una misa en la iglesia del pueblo.

Ya habían pasado veinte años del fallecimiento del doctor, y en su casa vivía su hijo Horacio con su esposa y sus hijos, él fue quien más al pendiente estuvo del doctor, puesto que sus hermanos vivían en otros lugares por cuestiones de trabajo y elecciones de formas de vida. Él había heredado la personalidad del doctor, amable, sonriente, crítico ante las circunstancias que vivía la sociedad y dispuesto a ayudar a la gente ante las adversidades que se presentaran.

—Buenas tardes don Horacio

—Buenas tardes, cómo está don Gabino.

—Bien gracias, mire, quiero pedirle un favor.

—Sí dígame, en qué le puedo ayudar.

—Pues quiero pagarle al Doctor, que Dios lo tenga en su Gloria, un dinero que le debo, quiero que me lo reciba usted, y acepte mis disculpas por tanto tiempo. Y pues si gusta ordenar una misa pa’l doctor, ahí usted verá.

Don Gabino, no explicó de cuando era la deuda y por qué, Horacio, le recibió el dinero mirándolo a los ojos, se le hacía muy extraño, pero entendió cuál era la necesidad, y se sumó a la acción que le proponía.

—Si eso es lo que usted quiere…

—Si don Horacio, por favor, le estaré agradecido.

En cuanto se despidió sintió una respiración diferente, ahora cuando le tocara irse, allá donde estaba el doctor, le iba a decir que sí había pagado a través de su hijo, pero lo más importante, iba a manifestarle sobre el tiempo que estuvo pensando en él, y el agradecimiento por atender el nacimiento de su hijo.

Horacio mandó a hacer la misa, y en esta ocasión en primera fila estuvieron Gabino, Amelia, su hijo Andrés con su esposa. El semblante de Gabino era animoso y volteaba hacia todos lados para ver que mucha gente del pueblo había acudido gracias a su iniciativa, más gusto y regocijo sintió. Por la noche, cenaba con Amelia, quien se le quedaba viendo con una cara un poco risueña.

—¿Ahora si estás contento verdad?

—Sí, estoy contento.

No pasó demasiado tiempo cuando se reencontraron, el recorrido del camino que había hecho al nacimiento de su hijo, lo volvió a vivir, entre la brisa de las nubes en lugar de árboles, y un tipo de vereda con pilares formados con extrañas y hermosas especies de aves señalando el camino, fue una melodía diferente, esta sucesión de sonidos indescriptible con cariñosa dulzura condujo a que pudiera llegar nuevamente con sus ancestros; estaban en corro, contando anécdotas, entre ellos, su sorpresa fue entre abrazo y abrazo de recibimiento encontrarse con los brazos abiertos al doctor Antonio.

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