1
Francisco, al igual que Javier, también se apellidaba Bahamonde.
Ambos nacieron en Galicia, aunque en épocas distintas. Francisco fue destinado a África y Javier encontró trabajo en Santiago, y ahí forjaron sus respectivos caracteres egocéntricos desprovistos de toda humildad. Con el paso del tiempo, uno, Francisco, maniobró en secreto y regresó a la Península; el otro, Javier, aprobó una oposición y llegó a Toledo.
Francisco se convirtió en Dictador de un Estado; Javier en Jefe en una Consejería. A partir de entonces, ambos traicionaron a sus amigos y mostraron su verdadera cara, dictatorial y despótica, desprovista de toda humanidad y sentimientos.
Francisco, al igual que Javier, también se apellidaba Bahamonde… e, igual que éste, no demostró ningún Amor ni por amigos ni por enemigos.
2
Hay un advenedizo en Toledo que lo mueve la codicia. Se sitúa en la cúspide del mal, de la mentira, de la confabulación, de la traición, de la deslealtad y del ansia desmedida de poder.
Cuando aún no era jefe, Franquiño ya rivalizaba con sus compañeros y, aunque de puertas hacia fuera siempre se manifestaba amigable, lo cierto es que fueron muchos quienes lo acusaron de querer trepar por encima de todo y de todos.
Franquiño supo valerse de la confianza de sus superiores -y del vacío de poder en su nuevo destino-, para fortalecerse y tener más preeminencia. El tiempo lo dirá, pero los inicios de Franquiño están siendo cínicos y hambrientos de poder.
3
De Galicia el chulo la moto se trajo y en ella la chula se monta con desparpajo, sin saber que un día él la mandará al cara…
Por Toledo en un Mercedes se pasea, pero aunque la mona se vista de seda, mona se queda.
Del grupo de amigos se ha salido porque no se siente querido, sin embargo por detrás confabula como el que más.
En la Xunta, por la cara, quería entrar pero antes tenía que aprobar, así que con la Junta se tuvo que conformar.
A los agricultores hay que dar el pésame pues su nuevo jefe es todo un meme.
A bailar quiso aprender para otras mujeres conocer, pero le dijo su concubina: «O conmigo, o con ninguna.»
Ella al país de las geishas quiere viajar, pero él a Japón no la quiere llevar. Asi que la convención friki van a visitar.
Del pueblo quiere marchar para a la capital llegar, pero el dinero no quiere gastar.
«Por favor, alguien que me alquile barato, pues agarrado soy un rato.»
4
Franquiño es un hipócrita cuyos rasgos característicos son el narcisismo, la mentira y la manipulación.
Franquiño cosifica a las personas y las ve como medios para alcanzar sus propios fines; su trato es frío incluso cuando trata de ser cálido.
A Franquiño le gusta el poder, el estatus, el prestigio, la notoriedad, la visibilidad y el dinero por encima de todo; no tiene empacho en “usar y tirar” a los amigos/grupos que en algún momento le han prestado apoyo. El cómo no importa, ni el cuándo, ni el por qué, ni reconoce los límites, ni sufre resaca moral, ni siente vergüenza ni pudor por las cosas que hace y, mucho menos, arrepentimiento.
¿Por qué la función pública se ha degradado tanto? ¿Por qué han nombrado jefe a alguien con semejante ego y cuyo único objetivo es el bien de sí mismo?
5
El mal no se limita a la guerra. También se manifiesta en personas con “insensibilidad cotidiana” ante los demás, como Franquiño, siendo la ceguera moral parte de su ser.
Su ritmo está dictado por el nepotismo, la banalización de la amistad y un ansia de poder inconmensurable, habiendo perdido su sensibilidad ante los demás.
La ceguera moral es una enfermedad, una patología que se manifiesta siempre en la gente que no piensa de conformidad con las reglas sociales. Franquiño es evasivo y escurridizo, y con frecuencia no es fácilmente tratable.
Antepone el absolutismo a la amistad. Su pensamiento está centrado en el poder. Lo seduce y lo atrapa el dinero y la fama, y solo piensa en el servicio a sus intereses. Su estructura ideológica lo convierte en un ciego moral.
6
Javier, «Franquiño», cuando estaba bajando las escaleras de la Consejería de Agricultura, resbaló en un escalón y se cayó al rellano con tan buena suerte que no se rompió ningún hueso. Ni un rasguño. Ni una magulladura. Ni un triste dolor. Qué menos que haberse torcido un tobillo… Un milagro.
– ¡Menuda suerte, joder! -dijo-. No se ha enterado ni Cristo.
Se levantó y salió a la terraza a fumarse dos cigarrillos seguidos, sin dejar de mirar embelesado al cielo. Y cuando volvió dentro le preguntó el secretario: Javier,
¿dónde diablos te metes? Y él le contestó: De cagar vengo, señor secretario, de cagar…
Javier, «Franquiño», compró en Villalba un Mercedes gris metalizado nuevo y lo conducía con chulería. El vehículo no se lo prestaba ni a su concubina. Un día le preguntó un amigo:
-«Franquiño», ¿cómo te dio por comprar un Mercedes?
-Joder, ¿que por qué me dio por comprar un Mercedes?, pues porque me dio. Otros
tienen otros vicios y a mí no me parece ni bien ni mal ni regular. Cada cual que haga lo que le salga de la punta del … Para eso hay libertad y democracia, ¿no? Pues ya está. ¡Y lo que te gusta chinchar, tío!
7
La Lore sus posaderas enseñó mientras orinaba. Pero, ¿no estaría realizando un acto mucho más oscuro que el de la micción? Exactamente lo mismo que el Javi cuando convoca una reunión; es decir, para cagarse en sus trabajadores.
Nadie puede asegurar que la Lore estuviera miccionando o defecando, puesto que su posición era la correcta para ambas labores. Similar es el caso del Javi. Algunos piensan que desde su privilegiada posición hace una cosa y otros, otra. Pero en ambos casos, por desgracia, todo termina cayendo sobre sus trabajadores.
8
Oculto tras una frívola sonrisa y un socarrón semblante avanzaba errante bajo el frágil amparo de un oxidado paraguas de color oscuro sorteando a trompicones los charcos que sobre las losetas agrietadas, sueltas y por momentos ausentes reflejaban el perfil de un hombre de pasado incoherente, presente agónico y futuro inquietante.
Había nacido con el “don” de engañar a los demás. Allá dónde fuese se convertía en el amigo del alma y transformaba con suma facilidad cualquier ocasión en su provecho. Sus decisiones no eran las correctas, así como tampoco su modo de ejecutarlas, impropias de un hombre decente, dejando en sus víctimas secuelas imborrables. Iba erguido por la calle con una pose sumamente chulesca, y finalmente acabó por tocar fondo. Aquellos que más le quisieron terminaron por odiarle ahogando para siempre sus deseos de futuro y sus sueños de gloria.
Este infame risueño traicionó vilmente las ilusiones de mucha gente que se cruzó en su camino sin detenerse un instante a reflexionar sobre las posteriores consecuencias, condenándose por tanto a arrastrar por el presente la insoportable carga del pasado.
9
Existen, y Franquiño es uno de ellos, los señores
«de pacotilla», que se creen dioses, o más bien jueces para decidir sobre los demás, cuando deberían ser jueces de ellos mismos, sobre todo porque tienen la poca dignidad de creer que son lo que nunca serán. A estos señores «de pacotilla», el poder les hace individuos sin alma, que hacen sin hacer. Pero no todos los que tienen poder son así, porque los jefes de verdad, cuando son leales a su conciencia, son «gente de bien», que se esfuerzan por crear un ambiente de trabajo mejor y provocan sinergias entre sí y con los demás. Preocupan los que no siendo válidos, porque alcanzaron el poder «de rebote», se creen capaces de hacer y deshacer a su antojo; de adueñarse del principio de soberanía, esa que
tiene el prócer y no el ruin; y de mantener alta
su hombría cuando carecen de esa «h» que les haría humanos y no culandros de granja. El bien estará unido siempre a quien trabaja para su gente, aunque se equivoque, y no al que no haciendo apenas nada, saca la lengua bífida a pasear porque se aburre, o por necedad.
La «gente de bien» lucha por ayudar a los demás y, desde luego,
como humanos tropiezan, se levantan, continúan, se tambalean y vuelven a caer, pero desde su humilde posición, sigue estando ahí, al lado de su gente, cumpliendo como le dicta su conciencia.
Sin embargo, el señor «de pacotilla» es y será el que mande sobre los demás, sin la guía del amor ni la humildad.
10
No hay nada peor que un tonto con poder, y se aplica por igual al hombre y a la mujer. La tontería hermana mucho y organiza una cama redonda, dónde no se distingue en qué lado de la almohada se pone cada uno. Con el sectarismo sucede algo parecido, pero en direcciones opuestas.
Es obvio que lograr un puesto de poder, leáse «jefe», vuelve más miserable al tonto que nunca ha sido nadie. Entonces la amistad se llena del barro más cruel y despreciable, y deriva a un último plano, hacia lo más infame y rastrero. Los trabajadores abnegados obedecen órdenes de los jefes abyectos en el poder y poco pueden hacer, salvo cumplirlas, y alabar su inopia.
Ya nadie se rasga las vestiduras cuando escucha las estulticias del
tirano Malamonde. La estúpida insensibilidad sectaria, que sólo mueve a los bellacos y los viles ideológicos, ya no produce
asombro, porque ya es un clásico, sino desprecio. ¡Qué despreciables parecen esos apóstoles que acogen en su seno misericordioso
a cualquier hijo de p**, siempre y cuando -como dijo aquel
presidente de Estados Unidos- sea «un hijo de p** de los nuestros»!
Y que conste que el desprecio de tantos no les hace
mella, porque el sectarismo es una secta encerrada en sí misma. Sólo hace falta ver al galaico Franquiño, el trepa más mentiroso por lares manchegos, siendo «jefe». Produce alipori, o sea, vergüenza ajena, pero la vergüenza es algo que al insensible sectario le resulta desconocida.
11
Hubo un tiempo en el que un fulano decidió que ya no quería seguir trabajando en Santiago de Compostela. Pensando y cavilando, llegó a la conclusión de que para ello necesitaba aprobar una oposición, y se puso manos a la obra. Este personaje se llamaba, y se llama, Franquiño Malamonde.
Aprobó en la Junta y, al cabo de un tiempo, la administración comunitaria le dio poderes y le convirtió en Jefe Agricultor. Ahí es nada.
Este fulano fue seleccionado de rebote y se convirtió en el mandamás del cotarro. Sus amigos sabían que el tío era un falsario, y se había vuelto prepotente creyéndose el auténtico dios de la consejería. Hecho a hecho, pronto se supo que todo lo que Franquiño hacía era una engañifa para que su auténtico yo no saliera a la luz.
A este Jefe Agricultor aún es fácil verlo todos los días subido en su auto, o montado en su burra, para ir a martirizar a sus humildes subordinados, que trabajan codo con codo para que todo funcione perfectamente. No es tirano ni nada el tío.
12
Esta mañana comparecí, acompañado de mi concubina, que tiene la costumbre de abroncarme mientras me muero, en las Urgencias del HUT. Mis pulmones no daban más de sí.
– Señor Malamonde, ¿conoce su saturación? – fue lo primero que me preguntaron.
Se me ocurrieron docenas de respuestas, pero decliné al sospechar acertadamente que no se me preguntaba por mi saturación personal, ni laboral, ni familiar: era una cosa sobre el oxígeno en la sangre.
– ¿Por qué ha venido usted a Urgencias? – me preguntaron luego.
– Por empezar desde el principio, durante mi adolescencia había en la Praza da Feira de A Estrada una quiosquera muy querida, María, que nos vendía a los niños cigarrillos de uno en uno a un precio razonable.
– No hace falta que usted retroceda tanto, me interesan los últimos días – me interrumpió inmediatamente la facultativa.
Luego me hicieron unas pruebas: la tensión, la temperatura, el covid; me sacaron sangre para unos análisis. Hasta ahí todo fue lo de siempre, pero luego llegó una especialista y me dijo:
– Le voy a inyectar en vena unos corticoides y probablemente le provoquen un escozor en los genitales.
No hice preguntas porque estaba medio alelado, pero del susto se me subieron los genitales al cuello. Pasé una hora acongojado, esperando el escozor en mis bolas, y una vez descartada esa posibilidad, se me apareció una opción todavía peor: no me picaban los genitales. Valoré la opción de recorrer la sala entera preguntando al resto de los ingresados si les habían inyectado corticoides y, de ser así, si les escocían las pelotitas, el pipí, o todo ello, pero no pude hacerlo porque estaba embridado con unos tubos que me proporcionaban oxígeno en las narices y me inmovilizaban.
Le pedí a la Lore, mi concubina, que recorriera la planta inquiriendo si a las otras personas a las que se le habían administrado corticoides les picaban los genitales, momento en el que ella se despidió y anunció que me dejaba allí, a la buena de Dios, deseando que me escocieran los genitales, el pipí y todo lo demás.
Pero luego, todo transcurrió bien. Sea como sea, no me habían escocido los genitales, ni para bien ni para mal, y sé que volveré a Urgencias.
13
Franquiño practica la sodomía. No es ninguna cuestión sexual. Sino que esta persona vive en la soberbia, la malicia y la gula. Quien lo conoce, no le caben dudas.
Y no hay peor entendedor que el que no quere entender. Aparte de tener el corazón de piedra dura, esta persona, sin oportunidad de solución, no esconde sus propias carencias.
Franquiño precisa humildad, en todos los sentidos, para no ahogarse en su propia inopia. Lejos de toda lógica, apartado de las evidencias, sigue en sus trece de culpar a los demás de todos los problemas que él no sabe solucionar.
Vergüenza le debería dar a Franquiño. No se puede desacreditar a los compañeros, calumniarlos, desconfiar de ellos, vituperarlos y querer mandar sobre ellos con prepotencia. Además de compañeros, también son personas.
14
Javier, “Franquiño”, Malamonde, también conocido como “el chulo”, era un compañero del curro, que anteriormente laboró en Santiago de Compostela y ahora trabaja en otra Consejería disfrutando de su poder. Presume de su coche: un Mercedes Benz deportivo al que trata con mucho mimo y cariño; cada dos por tres, y sin que ninguna razón fehaciente lo sustente, se va a dar una vuelta por Santa Teresa a la caza. A la caza femenina, por supuesto.
Estos días anda callado y algo mohíno. Mal que le pese, su concubina fue cesada de su puesto de trabajo y durante toda la semana no ha hecho más que cebarse con sus actuales subordinados. Tiene la virtud de entrar al trapo y lo hace con más frecuencia de la debida, enfadando a los pocos amigos que le quedan, como un auténtico torero. Nadie entre sus antiguos amigos dice que sea tonto, pero sí que es protagonista principal de muchas tonterías, sin duda alguna.
Es habitual que se enfade, y cuando le da un Tourmalet de rabia o no sabe defenderse, es tan divertido como ver a un cura correr con sotana.
En la última quincena le han venido todas mal dadas, como vulgarmente se dice. Anda echando chispas contra el alcalde por querer hacer peatonal la calle en dónde vive y deja aparcado el coche varios días seguidos; el del bar de la esquina le ha amenazado repetidas veces con pincharle las ruedas por dejarlo aparcado delante mismo, pues allí solo entra los lunes a calmar su resaca con una miserable agua mineral y no a alternar; una multa de tráfico por pisar la línea continua le han puesto y menos mal que era yendo a tomar los vinos a una taberna de la capital, que si fuese marchando ahora mismo estaría sin carnet y con juicio rápido.
Dice el listillo de su antigua pandilla que quizás todo ello sea debido a su ascenso a Jefe hace un par de meses. Lo que es origen de variados comentarios al respecto.
15
Franquiño, ¿por qué odias? ¿Por qué desprecias a otras personas? ¿Por qué lo haces? ¿Por envidia? Ninguna persona es superior ni mejor que otras. Somos lo que somos. Lo que hemos sido y seremos para otros. Pero tú, Franquiño, odias, desprecias, eres así, cobarde y mezquino, negando para otros lo que desearías para ti. Insultando. Denigrando. Humillando a tus compañeros. No quieres saber nada de ellos. No te importan. Llegaste a la Ciudad Imperial y te volviste más hueco, vacío y hedonista de lo que lo eras antes. Es fácil insultar, despreciar, descalificar. Es fácil proferir descalificativos e insinuaciones peyorativas con el tono, el énfasis, y la forma en cómo las pronuncias tú.
Franquiño, en 2024 llegaste al cénit de la falta de educación y de la máxima estupidez. Mucho odio, mucha miseria humana y moral. El odio te destruye, te conduce a un abismo de inmoralidad, vacío, cinismo e hipocresía que erosiona al final tu propia libertad, tu existencia, tu forma de ser. Es una forma de violencia que te destruirá, que te envilece, que te encierra en una cárcel propia y envolvente, apartado de tus amigos.
16
Que no se extrañe nadie de lo que le ha sucedido a Franquiño Malamonde. Le das el poder a un sapo y se vuelve príncipe en un tris. El poder lo es todo para él, lo demás son milongas y cuentos chinos. No hay otra.
Miren lo contento que está después de que le haya salido bien lo de conseguir ser Jefe. Y eso que puede que sea un espejismo. Pero lo ha logrado y está que no cabe en sí de gozo. Sin embargo, se ponga como se ponga Franquiño Malamonde, sus compañeros no lo tragan y, si me apuran, ya tampoco le aguantan la vela.
El poder convierte con su beso a los escuerzos en hermosos y preclaros príncipes. Y cuanto más poder, mas ufanos. Pero, y esto suele acaecer no con beso sino con bofetada, aunque sea propinada por mano amiga y sea disimulada, cuando el poder se pierde la regresión a sapo es irremediable.
Y claro, lastimeramente, vuelve a croar y croar.
17
Desde que recuerdo, siempre he tenido una profunda repulsión por el odio. Es una repugnancia casi física que me hace alejarme de cualquiera a quien detecto carcomido por él. Y ahora el odio ha vuelto. Llevaba ya un buen tiempo larvándose y revoloteando sobre nosotros, y no puedo evitar el recordar que no poca responsabilidad tuve en ello, insensato de mí, al acoger a Malamonde, que ha llegado a impregnar apestosamente nuestra existencia. El odio visceral ha regresado, en un ser cosificado, indecente y execrable.
Malamonde es el odio personificado y apenas ya si se camufla, aunque adopte en ocasiones melifluas apariencias. A muchos les ha conmocionado el insulto al grupo, el agravio silencioso del nuevo Jefe de Informática, mientras se refocilaba con miserable sonrisa en la infamia. Pero no es cuestión ya de hacerse el sordo ni el ciego, ni tampoco permanecer mudo. El odio, en este caso particular, desatado, es el que circula desbocado por sus entrañas y contamina a todo cuanto alcanza.
18
Hubo un tiempo en que conocí a Franquiño Malamonde y no se lo deseo a nadie. Es un cínico devastador con una terrible maldad morando en su sucio interior. Una maldad retorcida, oscura, incrustada. Es el huevo de la aviesa serpiente del paraíso de Adán y Eva, y tiene una manera sádica de hacer daño que es queriendo dar lecciones desde el victimismo de que todo el mundo le debe algo.
Franquiño Malamonde encarna la destrucción que consiste en incendiar lo que dicen las personas que se hallan a su alrededor. Hay formas de bajeza que sólo ha explorado esta malvada persona quien, simulando desvivirse por los demás, todo lo tiñe de dolor y queda arrasado. Tiene saña e intenta justificarse pasando factura de unos sacrificios que nadie le pidió y que si realmente fueron sacrificios fue porque no los hizo con amor. Es perverso e ingrato, muy poco inteligente y tacaño; nunca ha querido a nadie y sus propósitos son todos de muy pobre alcance. Transmite una sucia falta de compasión que consiste en aliviar con la desgracia ajena su patológica incapacidad para la gratitud y la generosidad.
Franquiño Malamonde es la maldad desde la maldad. Sólo una persona tan mezquina como él puede menospreciar al grupo de un modo tan descarnado. Es un narcisista que representa lo que plasma. Causa un profundo sentimiento de desazón y de vergüenza si eres gallega o gallego, pues de esa maravillosa tierra proviene, y por lo menos la mitad de una persona decente.
Algunos pensarán que este tipo de personas las hay en todas partes y es verdad que cada sociedad tiene a sus miserables. Pero yo sólo he conocido a este miserable que muchos lo han sufrido en lo más hondo de su ser, sin humanidad, y que es capaz de pisotear a cualquiera hasta la aniquilación total. Franquiño Malamonde queda retratado, sobre todo, cuando intenta pasar por incomprendido y bien intencionado, como si no se diera cuenta del abrasivo dolor que causa. Pero, por supuesto que se da cuenta e insiste en exaltar la inmundicia que representa.
19
La capacidad individual del señorito Malamonde entristece al ver que hace lo que le place en su propio beneficio.
Posee una total falta de vocación de servicio, sin un claro sentido de su obligación de trabajar por y para todos, en algunos casos incluso con mayor indecencia, desvergüenza y sin honorabilidad ni responsabilidad.
Los tiempos del nepotismo, y la era de los caciques, deberían ser cosa de un triste pasado pero, lamentablemente, parece que no se terminan de extinguir por culpa de sinvergüenzas como el señorito Malamonde.
Siempre tuvo ese tufillo. Y es cierto que durante años lo camufló mejor o peor, pero, de un tiempo a esta parte, se ha agudizado. Basta con escuchar a este jefe mediocre para comprobar cómo trata de imbéciles a los demás.
Los procesos de selección de jefes de servicio en algunas administraciones y la subsiguiente responsabilidad que conllevan son escenarios abonados para que determinados personajes no cualificados cojan las riendas de las diversas instituciones públicas (afortunadamente, no ocurre en todos los casos).
Mucha suerte a los honorables candidatos que compiten sin dopaje ni prebendas por su plaza. Aunque, el ejemplo citado no ayude demasiado.
20
Franquiño entró en el gimnasio próximo a su casa y se subió en una bicicleta estática, sediento de venganza y sudor. Aún no había llegado al primer kilómetro y una famélica gota de sudor ya amenazaba su frente. Se había hecho la promesa de no bajarse del sillín hasta cumplir una hora.
Con su toalla alrededor del cuello, y vestido con ropa del Decathlon recién estrenada, levantó ligeramente la cabeza y clavó la mirada en los otros seres humanos que le flanqueaban. Al contrario que ellos, su pedaleo es triste y no entabla conversación con nadie. Su imagen reflejada en un espejo, le recordó los fantásticos aperitivos, las sobremesas sin fin y las opíparas cenas del pasado verano.
No han pasado ni tres kilómetros y ya tiene ganas de bajarse del instrumento estático de tortura. Se promete no hacerlo. Ha pagado la matrícula anual del gimnasio y se ha conjurado en su firme intención de ponerse el chándal dos veces por semana, al contrario de lo que hizo el año pasado.
Todavía no ha llegado al kilómetro cinco y su frente se asemeja a un río caudaloso. Al final, se baja de la bici extenuado, sin recorrer los kilómetros prometidos ni haber estado subido la hora deseada.
21
Llevo casi un lustro, difícil y nebuloso, residiendo en esta Comunidad. Y aunque soy un pelma, y de ello me enorgullezco, pretendo que mis cuitas sean siempre tomadas en consideración.
Llegué un ya lejano día de 2019 a la imperial Toledo desde la remota Galicia. Me planté allí con mis ansias de poder, engañando a continuación a todos los que pude embaucar por estos lares. Soberbio y aprovechado, disfruté de la honradez de los que se creían que yo era su amigo. Estuve varios años engañando y protegiendo mis intereses y fueron varios los damnificados por mi actuación, que acabaron apartando su mirada al verme, pues mi presencia tenía mucho de arrogante.
A principios del año 2024, vinieron a por mí para ofrecerme ser jefe y me dije:
«al fin lo conseguí, allá que voy». Y así fue. El destino me reservaba un lugar para ejecutar mis aviesas intenciones, rodeado
de subordinados en pleno Casco Histórico. Ahora me enveneno contemplando a mis antiguos trabajadores renegar de mi servidumbre dictatorial para huir a la Comunidad vecina.
Pero aquí sigo, y seguiré, como hay Dios. Hay pelma para rato.
22
Franquiño estaba en la alcoba, cuando la Lore entró y lo sorprendió, en la cama, con otra mujer. Él, sorprendido, exclamó la frase lapidaria: «¡No es lo que parece!». Como si el adúltero hubiera buscado ayuda para encontrar a un peligroso insecto en el lecho y, con objeto de que la caza y captura del animalito fuera más segura, se hubieran desprendido de las ropas.
Pero, «lo que parece», es que le había puesto los cuernos a su concubina y se negaba a admitir la evidencia, con la complicidad de la amante que, a pesar de advertir el hurgamiento constante que disfrutaba en el bajo vientre, quería hacer creer que no, que, bueno, que sólo estaba desnuda y revolcándose con el hombre ilegítimo, pero era por su bien, porque estaban buscando un bicho peligroso para que no los picara.
El propio Franquiño, El Mentiroso, fue incapaz de explicarle a su concubina qué es lo que hacían realmente, dado que se sentía superior a ella. En realidad Franquiño, El Mentiroso, con su verborrea absurda, volvió a decirle a la Lore, «No es lo que parece, no es lo que parece».
La Lore, que de tonta tiene lo que él de mentiroso, sabía que el adúltero estaba mintiendo y, sin ninguna cortesía, le espetó que no estaban buscando un bicho, y que no se habían desnudado por comodidad, sino que habían logrado que ella fuera una cornuda y él un adúltero e infiel.
Aún así, aquélla, sabiendo lo ridículo que era, en este país, salir a la calle como una cornuda consentida, se agarró como una náufraga a la hipótesis de que, quizás, quién sabe, no fuera lo que parecía.
Pero en las próximas reuniones de amigos es muy probable que, al entrar por las puertas, note el dolor que producen los cuernos, al chocar con umbrales y paredes.
23
Las tardes de otoño, con su cálida luz, invitan a ir al trabajo paseando por las calles de Toledo. Un cielo azul intenso, apenas surcado por alguna cándida nubecilla, transparente y límpido tras las lluvias, me llenaba de calma. Recorriendo las empedradas calles, entre antiguos inmuebles e inmensos portalones, llegué a la Consejería. Entré, ensimismado en mis reflexiones, y descendí al sótano. Paz, sosiego, quietud, placidez.
Un momento perfecto que, sin embargo, se vio interrumpido por un desgarrador y gutural grito que parecía brotar de la más terrible de las desesperaciones. Me volví a mirar, buscando quien profería tan horrible sonido, tras el sobresalto inicial que me heló el alma. Pronto pude descubrir de dónde procedía. En su despacho de Jefe, sentado a su mesa, el burro de dos patas había soltado el inesperado rebuzno.
Pasé junto a su despacho, y quizá se asustó él más que yo con mi inesperada presencia en esa solitaria hora. Y no pude menos que evocar sus famosas burradas, que han sido causa de gran hilaridad entre mis compañeros. Este asno de pico de oro, llegado de allende La Mancha montado en su «burra», son muchas las imprecaciones que escupe por su boca.
A pesar del rebuzno del burro Malamonde, vergüenza humana, las maravillosas tardes de comienzos del otoño, con su especial luz, me envuelven en una serenidad y una paz que me calman el alma.
24
Cuando salió publicado, empezó a oler a chamusquina. Alguien estaba metiendo la patita. Y sólo podía ser él, Malamonde. Era cuestión de tiempo, pues era el que más papeletas tenía, debido a que era un auténtico trepas, y había dado el siguiente paso. Había comenzado a cantar.
Lo que más se temían todos los que lo conocían había empezado. Porque esto solo era un comienzo. Unas primeras cartas echadas sobre la mesa, una primera jugada. Javier Malamonde no es ningún santo, sino un buen pájaro que sabe que el fin justifica los medios.
Sus acciones en la Consejería eran también previsibles. Ya se ha convertido en el tirano, en el único tirano contra todo y contra todos: «Mentira y bulo, bulo y mentira». Vale como pancarta, argumentario, mantra y salmo. Es aplicable en cualquier caso y circunstancia, sea en las reuniones de trabajo o en las conversaciones con amigos, con los pocos que le quedan. Ahí comienzan y acaban sus méritos. No hay más. Está directamente señalado. Ya lo estaba con sus anteriores acciones, pero ahora se unía su tiranía como jefe. No fue casual. Algunos ya lo intuían. Le habían colocado en lugar preferente y con mando.
Pero esa solo fue la primera cereza de la cesta. Había más. Los dineros. Aunque lo de mayor calado es cuando quien recibe la prebenda no posee la más mínima dignidad. Y eso no es todo. Junto con su concubina, se creen la pareja Alfa. Porque eso es lo que se piensa la Lore: la pichona y el palomo.
Él, por supuesto, es un artista de la hipocresía. Es un golfo. Y eso es bastante evidente. Pero, en realidad, es lo de menos. Porque lo que importa es lo que puede aportar en su nuevo puesto. E irán aflorando sus muchos perfiles. No se sabe hasta qué punto y hasta qué grado. Malamonde es un auténtico pájaro abriendo el pico y cantando. ¿Qué será lo siguiente que haga? Señores, hagan sus apuestas.
25
Desde que sus piernas rechonchas pisaron la Consejería, muchos maldijeron ese día. Resultaba injusto que un ser tan repugnante obtuviera ese puesto fugaz y pudiera campar a sus anchas por esos pasillos; qué disparate de la función pública. Sin hablar de su ejercicio del desprecio hacia sus colegas, tanto más si cabe si habían sido ex-amigos.
También es un maestro de la conveniencia. Tiene menos escrúpulos que la mayoría de los mortales erguidos sobre dos patas y si necesita engañar, pues se engaña. Sin embargo, lo que se habían reído sus ex-amigos recordando el día que no le salía del rabo subirse al coche para asistir a su sesión de baile en una sala de fiestas.
Él vino a este mundo para ser un mimado al que nadie le diera guerra, pero pronto lo calaron que consiguió reducir al mínimo el círculo de buenas amistades y, en consecuencia, rodearse de imbéciles como él; algunos venían y se iban, otros, para su consuelo, se fueron quedando a su lado. Tiene un favorito, sí, de quien espera que le acaricie su enorme cabezota y le halague los oídos continuamente.
No existe explicación posible a la infinita mezquindad de un ser insoportable con una personalidad tan ínfima como quimérica; un ente repugnante campando a sus anchas por los pasillos de la Consejería.
26
El señoritingo Malamonde es un mindundi más bien menudo, de movimientos pesados, inseguros y desacompasados, peina un escaso tupé, tiene boca amplia de sonrisa falsa, voz chillona y ojos hundidos, que con el paso del tiempo le cuesta disimular su fealdad marchita.
Javier Malamonde, el Falso, es todo un especimen en la Consejería. Llegó a la ciudad desde Galicia el año anterior a la pandemia huyendo, quién sabe de qué. Consigo se trajo la burra y la chupa, y unas enormes gafas de aviador, y se alquiló un piso en la población de al lado.
Al cabo de unos meses llegó su concubina, chula como él y con aires de grandeza, para compartir la vivienda.
Al curro, en verano, va siempre motorizado por la mañana. Sale de casa con su Lore, desayunan chocolate con media
docena de churros en Santo Tomé y, después ,recorren, agarrados del brazo, el pequeño trecho hasta la Consejería. A la tarde, bien engreído, baja en su burra por Recaredo recordando con melancolía a los amigos de tiempos pasados, a los que volvió la espalda y traicionó.
27
Mi «querido» vecino Malamonde deja su bolsa de basura en la calle, en la acera de una ciudad patrimonio de la humanidad.
Habiendo contenedores, abandona sus residuos domésticos a la intemperie, expuestos al hambre de los gatos callejeros y a las expectativas de refugio de las cucarachas.
Le resulta más cómodo salir de casa, dar dos o tres pasos y dejar la bolsa de basura tirada en la esquina o en la papelera más cercana a su portal, cuando no en el portal de al lado (no en el suyo propio, nos ha jodido). Tan cómodo es que lo hace con el pijama y las pantuflas.
No quiere dar veinte o treinta pasos (una maratón) para llegar al contenedor más cercano. Y, encima de andar más, lo tiene que hacer entre las 8 de la tarde y las 11 de la noche.
Malamonde es un cerdo y un vago al que le importa una mierda su barrio y su ciudad, porque tirar la basura en los contenedores, pagados con los impuestos de todos, no es solo una cuestión de estética, sino también de salubridad.
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