Otra vez esa mujer sentada frente al mismo cuadro.

Desde que había comenzado a trabajar como vigilante en el museo hacía dos semanas, esa hermosa mujer permanecía ahí cada tarde, como una pieza más de la exhibición, frente al cuadro, contemplándolo con ensimismamiento hasta que la galería cerraba sus puertas. No se movía. No caminaba por la exposición ni disfrutaba del resto de obras. Solo mostraban interés por aquella pintura en concreto, que observaba con insaciable detenimiento hora tras hora. ¿Qué le atraía de aquel cuadro?

Continué mi ronda con la imagen de la mujer en mi cabeza. Tan solo la había visto de espaldas, pero intuía que se trataba de una mujer joven, delgada, de unos treinta años. Tenía una melena larga, castaña y sedosa y unas manos de piel fina y delicada. Me asaltó el firme convencimiento de que poseía una sensibilidad especial. Tal vez fuera por los gestos o por sus casi imperceptibles movimientos; o, tal vez, por la atención con la que era capaz de deleitarse con el mismo cuadro cada tarde como si lo disfrutara por primera vez. ¿Por qué aquel lienzo? Tan solo se trataba de líneas. Trazos, rezaba el rótulo con el título en la parte inferior.

Decidí acabar mi ronda rápido y volver a la galería en la que se encontraba el cuadro para observarlo con detenimiento. Cuando regresé a la sala ella todavía estaba allí, sentada, como si la inexorabilidad del tiempo hubiera perdido su razón de ser, como si los segundos hubieran pasado delante de ella sin tan siquiera rozarla.

No había nadie más. El silencio flotaba como brisa sobre el mar en calma.

La joven parecía no haberse percatado de mi presencia, de manera que aproveché los pocos minutos que quedaban hasta el cierre para observar el cuadro en detalle en lugar de a ella.

La imagen de una mujer pintada solo a través de líneas sobre un fondo blanco atrapó mi mente. Líneas de color teja, algunas difuminadas, parecían irradiar calor. Líneas no del todo entrelazadas entre sí, sino que perdían su continuidad de una forma tan sutil que, si llevabas un tiempo observándolas, parecían volverse continuas. Delineaban una mujer desnuda, sentada con las piernas abiertas y los brazos entre ellas, el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante. Unos mechones de pelo suelto acariciaban su rostro.

Una imagen preciosa que parecía ganar en hermosura cuanto más era contemplada. Sin embargo, destilaba tristeza. En su perfil, el ojo era tan solo una fina línea que observaba el suelo. Una línea triste. Triste y sola.

La mano del compañero veterano sobre mi hombro me sacó del trance en el que me encontraba inmerso. Iba a cerrar la sala y me recordaba que yo debía ir a las que me correspondían para avisar a los visitantes de que el museo cerraba sus puertas. Hice un gesto afirmativo con la cabeza sin apartar la vista del cuadro.

Él se acercó a la mujer que permanecía delante de la pintura, posó con delicadeza una mano sobre su hombro y se inclinó para susurrarle algo al oído. La mujer se levantó dispuesta a marcharse. Al girarse hacia mí pude comprobar que no me equivocaba: los rasgos de su rostro eran de una exquisitez y una hermosura excepcional. No me sonrió. Ni siquiera cuando le hice un gesto con la cabeza a modo de saludo. Las comisuras de sus labios solamente esbozaron una leve sonrisa dirigida a mi compañero cuando este le soltó el brazo con el que le había ayudado a levantarse. Después, con un gesto rápido y efectivo, desplegó un bastón blanco con el que comenzó a dar ligeros toques en el suelo hacia la salida.

Parpadeé varias veces seguidas. No entendía nada, de modo que me acerqué a mi compañero en busca de alguna explicación, aun a riesgo de ser reprobado en mi comportamiento por no hallarme ya haciendo lo que se me había encomendado.

—La artista del cuadro era su madre —me explicó—. Ella es violonchelista. Ciega de nacimiento, ¿te lo puedes creer? Muchas veces tocaba en su estudio mientras su madre pintaba. Estaban muy unidas. Este fue su último cuadro. Su hija posó para ella cuando el cáncer ya estaba en fase terminal. Murió hace unas semanas.

—Y desde entonces ella acude aquí cada tarde —dije con la mirada fija en aquellos trazos.

—Así es. —Tras una pausa añadió—: Bueno, has de cerrar tus salas. Yo voy a cerrar las mías.

—De acuerdo. Enseguida voy.

Mi compañero salió de allí y yo me quedé solo.

Solo con ella.

Atrapado en su aflicción, en su tristeza, en su melancolía, durante unos minutos más.

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