Rosa, sobre el fulgor de tus lamentos,
te digo adiós, mujer, en el camino
donde suspiros tiernos y divinos
se encienden en los ojos sedientos.
Entre ceños que el tiempo va marcando,
late un sollozo, alma prisionera,
una plegaria íntima y sincera,
un breve respiro de aquellos amando.
Y en el silencio de la noche oscura,
donde la fragilidad se muestra,
tu voz, como una estrella que se presta,
resplandece en la paz de la ternura.
Oh, mujer, entre lágrimas y vientos,
dejas flores de amor en tus lamentos.
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