Mariana, consciente de lo sucedido, se dirigió hacia esa caja donde se encontraba Anamarí era como verse en un espejo, tenían los mismos rasgos físicos los pómulos, las manos, el mismo pelo, los labios, las cejas, el cuerpo, hasta las pestañas solo las diferenciaba una pequeña cicatriz en la frente. No quería creer que ella se había ido, todavía la recordaba jugando o andando en bicicleta. Era su hermana y coincidían en muchas cosas y en otras no tanto, a una de ellas le gustaba dibujar y pintar, la otra se conformaba con leer y escribir. A una le gustaban las pelis de acción, la otra era más de terror. Sus padres podían diferenciarlas e igual que sus hermanos pero a veces era difícil si usaban ropas similares. Cuando eran mucho más jóvenes hacían bromas a todo el mundo con su parecido como a sus familiares, a sus amigos, a sus profes del colegio y de la universidad, a veces tomaban la clase de la otra o si una de ellas no quería ir la otra la reemplazaba para no perder la asistencia. Todo terminó cuando una de ellas se casó y se fue a vivir a otro lugar no muy lejos. Sus padres se pusieron tristes pero le agradecía que viniera seguido y con esto solo se acostumbraron a tener a una de ellas en casa. No tenían el mismo carácter una era muy sociable, soñadora y pensaba en tener marido e hijos, la otra un poco más reservada esa idea le parecía de lo más horrible. Lo confirmó cuando ya adulta uno de sus hermanos tuvo su primer hijo “eso no es para mi” le dijo “cuando tengas una pareja tal vez, te animes” le respondió la otra “no lo creo”. Ahora, ella ya no estaba, era doloroso no poder escucharla hablar, reír o cantar. Solo le quedaban sus pinturas, entonces tuvo la grandiosa idea de llevar los materiales a su casa para no querer olvidarla. Podía dibujar y pintar como solía hacer la otra.

Su marido la consolaba como podía, sabía que era difícil pero tenía la esperanza que se recuperaría de esa situación. 9 días después la vio en el cuarto donde escribía pero no lo hacía, ella dibujaba, en ese momento pensó que eso era parte del proceso de duelo. Estaban casados hacía 6 años, eran felices, paseaban siempre que podían, iban al cine, a comer afuera o a veces solo se quedaban en casa viendo películas. Se habían propuesto tener un hijo, pero esperarían un tiempo. Ese deseo se había cumplido pero en esa situación delicada. Una tarde con tristeza le dijo “estoy embarazada” “eso es bueno, amor” se emocionó su marido, estaba muy feliz por la noticia “supongo que sí” siguió pero él se lo tomó a mal y discutieron. Ella quería ser madre, siempre lo quiso, sin embargo al saberse embarazada un sentimiento de incertidumbre la invadió, en ese momento dudaba si debería tenerlo. Tal vez era porque ya no estaba su hermana o no se sentía lista para enfocarse en un bebe, tenía miedo. Una semana después, mientras limpiaba se cayó de las escaleras causando la perdida del bebe y ganándose una cicatriz en la frente.

Dos meses después todo era diferente. Ella ya no escribía, se encerraba en el cuarto por horas pintando retratos, su comportamiento era diferente ya no quería hablar con él y no quería que la molestase, su acercamiento la perturbaba y cuando miraban películas, se asustaba. Él todavía la amaba, la buscaba para arreglar las cosas, intentaba hablar y animarla, hasta le planteó la idea de ir a terapia a lo que ella respondió con una negativa. Con el tiempo las cosas no mejoraron él se sentía atado sin saber cómo sacarla de esa tristeza, ya no hablaban sin discutir y ni tenían intimidad. Esto ultimo le afecto tanto que lo busco en otros brazos. Ella nunca se entero.

Ya no soportaba estar con él en esa casa, así que se marchó con su familia y su marido tuvo que aceptar que se fuera. Cuando llegó a la casa de sus padres se instaló en el cuarto de su hermana, sus cosas todavía seguían ahí, como si todavía estuviera. Sus padres, a pesar de su pérdida, al ver que una de sus hijas había vuelto se pusieron muy contentos, era como si nunca se hubiera ido.

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