Ya estaban en 6to. grado. Ese año culminarían el ciclo escolar. Habían sido compañeros de clase desde el preescolar y, desde 4to. grado, compartían también asiento en el aula.
– Porfi, mae -suplicaban a la docente cada año al comienzo del curso.
Y la nueva maestra, que ya conocía el motivo, se hacía la distraída y, generosamente asentía: -Está bien. Pueden sentarse juntos en el mismo banco si prometen portarse bien, no conversar, no distraerse, terminar los trabajos a tiempo y…- bueno, un montón de recomendaciones más.
Gonzalo y Valeria eran novios desde hacía ya dos años, cuando en el noveno cumpleaños de ella, él embelesado con sus ojos celestes y su largo cabello rubio, le dijo frente a todos los compañeros de clase en el momento de apagar las velitas: «Quiero ser tu novio». No tuvo que esperar la respuesta. Todos sabían que a Valeria él le gustaba y se sentía feliz a su lado.
Gonzalo tenía unos enormes ojos negros y un cabello lacio que también había sido rubio y con el correr del tiempo se había convertido en castaño. Jugaba muy bien al fútbol. Era el goleador del cuadro de la clase y cuando hacían «picaditos» con los de quinto a la hora del recreo, siempre anotaba uno o dos tantos. Entonces festejaba dirigiéndose al grupo de chicas que alentaban al borde de la cancha: -Este gol es para vos- decía. Y todas sabían que era para Valeria. Ella lo miraba feliz y suspiraba.
Cuando les ponían operaciones combinadas en la clase de Matemática, Gonzalo, perdido y sin saber cómo empezar, le decía bajito a su compañera de banco: -Dale, soplame algo que está difícil- Valeria, con delicadeza arrimaba el cuaderno al de su compañero para que copiara y él lo hacía seguro que lo que veía escrito estaba bien, aunque no lo entendiera del todo. A la hora de corregir, Gonzalo siempre sacaba un «Muy bien» igual al de Valeria y eso lo tranquilizaba.
El 15 de diciembre de 1997 fue la fiesta de fin de cursos en esa escuela. Ese día, igual que en las demás escuelas públicas del país, los alumnos de sexto grado bailaron el «Pericón Nacional» en el patio escolar rodeados de sus familiares y amigos. Los niños se organizaron en parejas y sobre la túnica blanca y la moña azul que ese día vestirían por última vez, ellas ataron al cuello un pañuelo celeste y ellos, un pañuelo blanco. Solo la primer pareja se distinguió de las demás con un pañuelo amarillo oro. De esta manera, cuando el bastonero les pidiera que formaran el Pabellón Nacional, las franjas azul celestes de nuestra bandera lucirían alternadas con las blancas y un sol radiante las coronaría. Recordarían con emoción aquellos mandatos morales que tenían inculcados en el corazón y que habían generado en ellos un sentimiento de amor a la patria y veneración por nuestro héroe máximo José Artigas. Así, cuando el bastonero gritara fuerte «VIVA LA PATRIA», un coro de todos los presentes entre gritos y aplausos respondería al unísono «¡VIVAAA!!!!»
Gonzalo y Valeria en esta como en otras ocasiones, por supuesto, bailaron juntos. Ella trenzó sus cabellos largos y rubios con una cinta celeste y él se puso un sombrero gaucho al cuello que caía gracioso sobre su pañuelo blanco. Marcaron el paso y se balancearon, formaron el espejito, la rueda grande, la cadena y la contracadena con el resto de sus compañeros. Valeria, en un momento formó el «molinete de mozas al centro» mientras Gonzalo hincado en su rodilla derecha le extendía la mano izquierda para que ella lo rodeara al volver.
Luego llegó el momento de las «relaciones«. Cuando el bastonero anunció : «¡Pare la música! ¡Tercera pareja al centro!», Gonzalo y Valeria avanzaron y, en medio de la rueda se pararon frente a frente. Él repitió unos versos aprendidos de memoria;
«Niña de ojos azules
De los labios colorados
Tu madre ha de ser mi suegra
Y tus hermanos, mis cuñados»
A lo que ella respondió con gracia:
«Es cierto mis ojos brillan
Pero no de enamorados
Estoy pelando cebolla
Para adobar el asado»
Todo el público aplaudió entre risas y la pareja se tomó del brazo para volver al lugar al ritmo de tres por ocho de nuestro «Pericón Nacional» uruguayo de Gerardo Grasso
Los acordes se apagaron y la fiesta terminó. Gonzalo, Valeria y sus otros treinta y cinco compañeros finalizaron ese día su ciclo escolar.
Igual que muchos otros, y como suele ocurrir, ese día también terminó su noviazgo. Nunca se volvieron a encontrar a pesar de seguir viviendo en el mismo barrio y concurrir al mismo liceo secundario. Fue otro de esos efímeros amores de infancia que quedan guardados para siempre en el corazón y que ellos recuerdan con ternura hasta el día de hoy.
Hoy, 15 de junio de 2023 dice el titular del diario «El Observador» de Uruguay:
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