Entonces en medio de la conversación, una mujer alzando la voz con el deseo de que la escucharan todos, se quejó de su marido diciendo que unos amigos que son unos yogas ricachones que viven en una casa de ensueño en el valle sagrado de los incas, les habían invitado a pasar una semana con un grupo de personas muy especiales y que después todos los invitados irían a visitar unos secretos y místicos lugares llenos de paisajes espectaculares y la mejor vibración espiritual que puede enviar el cosmos, y que ese maravilloso paseo culminaría en una visita mística a Machupicchu.

Pero a pesar de que todos los gastos estaban pagados, el pelmazo de su marido sólo porque no le cae bien esa buena onda, el más que imbécil, se negó a aceptar la invitación y por su culpa no pudo viajar ella.

Cuando acabó esa confesión, alguien por ahí, sin dirigirse a ninguno en voz baja murmuró. «Eso que está diciendo es la pura verdad» y como no dijo más nada, continuó la tertulia.

Por ahí alguien dijo que eso que contó no era nada, puesto que el mucho más que imbécil de su hermano, hasta ahora y sin decir porqué, no aceptó un tour con todos los gastos pagados para dos personas a Europa. «Se imaginan perderse Paris, Madrid, Roma, Venecia, Bruselas, Berlín, Viena, Estocolmo, la Riviera francesa, Montecarlo y sabe dios que otros hermosos y turísticos lugares más. Y otra vez la misma voz indiferente farfulló. «Eso que está diciendo es la pura verdad», y como al parecer nadie más que yo lo había escuchado, la plática continuó.

Por ahí en esa reunión, vino “in crescendo” un dulce chisme acerca de la hija de una fulana que dicen se había conseguido un “Sugar Daddy» o sea un vejete ricachón que, no solo la mantenía cómo a una reina, sino que le había comprado un enorme departamento en una zona bien pituca de Lima y la había puesto al timón de un Mercedes Benz y al frente de la administración de un inmenso hotel de cinco estrellas y varias boutiques de lujo.

Cuando el uso de la palabra estaba en poder de otra mujer comenzó a contar una historia mucho más loca y fantástica, pues lo que iba decir los iba a dejar con la boca abierta y comenzó a revelar un gran secreto, que daba cuenta de que en la demolición de la vieja casona del centro de la ciudad que se vendió por una bicoca, a solo un metro del suelo de una esquina del inmueble, sus nuevos propietarios encontraron una enorme chomba repleta de antiguas monedas de oro y de plata, varias joyas con incrustaciones de piedras preciosas, lingotes de oro y muchas otras riquezas más, que les permitió levantar el enorme edificio de ocho pisos que se exhibe en esa esquina. Y una vez más alcancé a oír aquel tenue y simplón estribillo. «Eso que está diciendo es la pura verdad».

Como para decir algo asombroso, uno de los invitados preparando escandalosamente su garganta contó que el hijo de un compadre suyo le resultó un experto minero de criptomonedas. “¿Saben lo que son las criptomonedas?” Preguntó. Como todos dijeron sí, aun cuando no supieran nada, porque ninguno de ellos quería, ni ahora ni nunca, pasar por ignorante, la novedad continuó.

La cosa fue que el jovencito que se llama Yeyson y que apenas tiene 20 años, no sabía decir cómo, pero había ciertamente calculado que esas monedas virtuales de un momento a otro iban a tener una espectacular alza en la bolsa de valores de las divisas virtuales, porque el muchacho era un genio en eso del Internet y de la “minería” de criptomonedas, y por eso como un loco andaba ofreciendo hasta el 50% de sus ganancias, si algunos de sus amigos deseaban ser sus socios en esa inversión, pero ninguno de ellos, misios como eran y hasta “Supermantenidos”, podían siquiera contribuir con 100 dólares que pudieran disminuir los 32,000 dólares que necesitaba aquel superdotado, para adquirir algunas de ellas.

Hasta que su madre al verlo tan ansioso y hasta deprimido le preguntó por la razón de su angustia. El muchacho le respondió que le agradecía su desvelo, pero lo que le iba a responder no podría disipar su inquietud, porque lo que a él le preocupaba era algo que aún no se puede entender en estos días por tratarse de un asunto del futuro. Cómo no entendió ni “pajaritos” lo que su hijo quería decirle, la madre le hizo saber a su padre que su hijito estaba metido en algunas cosas malignas y hasta desquiciadas del Internet que no quería revelar a nadie, ni a ella misma.

Cuando el hombre de la casa, lo abordó pidiéndole una explicación satisfactoria sobre lo que andaba haciendo en eso del Internet que hasta loco lo estaba volviendo. El muchacho, lentamente, poco a poco y hasta “con manzanitas” le explicó de modo claro, inequívoco y categórico que era lo que lo estaba desquiciando, y cuando por fin su padre que era inteligente como él y por eso un funcionario de carrera del Gobierno Regional, comprendió que eso no era cosa de locos, sino algo mucho más genial que alguien pudiera imaginarse. Entonces le dijo que, si el asunto era así, podía hipotecar la casa que con el ahorro de muchos años y después de muchas privaciones construyó, por esa suma y algo más. “¿Puedes hacer que te den 50,000 dólares?” Le preguntó. “Veremos que nos dice el banco”. Le respondió.

Después de un breve trámite, porque la casa era grandecita y bastante aderezada, el banco les otorgó los 50,000 dólares y el muchacho se dio día y noche al Internet y cuando terminó les dijo a sus padres, que con un poco más de paciencia se verían los resultados. Y a casi un mes de aquella gestión y cuando estaba a punto de vencerse la primera cuota que el banco debía cobrar por el préstamo hipotecario, el Yeison comenzó a gritar como un chiflado. “¡BINGO!”, “¡BINGO!”, “¡BINGO!”. Cuando su madre fue a enterarse que estaba pasando, el muchacho comenzó a saltar de alegría dándole vueltas y después se puso a bailar con ella. Ya un poco más tranquilo, pero con el corazón latiéndole locamente, le dijo gritando: “¡Hemos ganado mamá! ¡Hemos ganado 383,000 dólares” “¡Yo sabía! ¡Yo sabía!” “¡Gracias por confiar en mí!”.

Después de todos los trámites, un buen día se fueron a pagar la hipoteca del banco más sus intereses y todos sus caprichos que a la “hora de los loros” te dicen que debes. Y ya libres de esos especuladores se fueron a comprar el primer automóvil del Yeison y un terrenito de 2,000 metros cuadrados ubicado en la cima de una pequeña colina de las afueras del pueblo que tiene agua potable, luz eléctrica y entra el Internet, para su futuro chalet, y dejaron el resto del dinero en el banco, para que el genio de las criptomonedas pudiera seguir ganando hasta hacerse millonario. Al cabo de esta increíble historia la vocecilla que cada vez era más apagada volvió a decir. «Eso que está diciendo es la pura verdad».

Luego la conversación continuó siguiendo la línea que trazan los noticieros nacionales y los programas periodísticos dominicales de la televisión con sus insólitos y hasta enfermizos destapes. A propósito, lo hacen así, porque si una novedad no revela algún secreto oculto, algo morboso o una asquerosidad no es noticia que valga la pena ser comentada y menos tener el privilegio de ser corregida, mejorada y aumentada por las jugosas lenguas que abundan en todas partes.

Después pasaron a las novedades locales donde los sucesos, si es que en realidad existieron, que inicialmente pudieron ser de un modo común y corriente y hasta sui generis. Pero que empezando en «A» acabaron siendo todo el abecedario, de modo que nunca se sabrá de que parte de esa realidad o fantasía están hablando, entonces todo parece surrealista. Y de vez en cuando siempre en apacible tono la apagada vocecilla de aquel sosegado oyente, repitiendo. «Eso que está diciendo es la pura verdad».

Entonces fue que furtivamente me acerqué al paisano que, como el cuervo del poema de Edgar Allan Poe repetía aquel estribillo de «Nunca más», para preguntarle porqué siempre y sin referirse a nadie estaba repitiendo. «Eso que está diciendo es la pura verdad».

Su respuesta fue primero mirarme fijamente a los ojos y después de un largo rato decirme.

–¡Acaso no te has dado cuenta de que todos se están engañando mutuamente supuestamente “diciendo la verdad”! Eso es algo muy común en la sociedad actual. ¿No has reparado que cuando estamos mintiendo indefectiblemente levantamos el tono de nuestra voz? Pero lo cierto es que mentimos todo el tiempo, aun cuando eso de mentir suponga un esfuerzo mental mucho mayor que decir la verdad. En eso los políticos son unos expertos y hasta llegan al extremo de creer a pie juntillas lo que nos mienten, y siempre que les sirva para conservar su cuota de poder, también suelen creer las mentiras de sus colegas.

–¿Entonces de qué deben hablar? –Le pregunté.

–Con voz tranquila deberían hablar de una variedad de temas. Por ejemplo, podrían discutir sobre los eventos cotidianos que suceden en nuestra comunidad, sus anécdotas y chistes, el futuro, nuestros intereses y pasatiempos en común, sobre la amistad que los reúne y de los amores y tirrias que tenemos todos. También podríamos hablar sobre los rumores que circulan en nuestra imaginación para entender mejor la situación y sobre lo que podríamos hacer para mejorar nuestro entorno a fin de resolver los problemas que nos afectan a todos. En fin, podrían conectarse entre sí en un nivel más profundo.

–Pero amigo, eso nunca lo harán, porque, así como los ves y escuchas, así son todos ellos. Sólo siendo así se creen ser los más modernos, los más refinados, la gente bonita, los “másmás” y hasta el jet set de este pueblo. Pero cuando alguien les hace notar ese defecto, ellos dicen: “Así soy yo y nadie me va a cambiar” ¿Y quién puede con eso?

–Si pues, poco se puede esperar y hacer con la gente que ha sido absorbida por la televisión, las redes sociales, el consumismo y todo lo demás, hasta hacerles creer que para pasar sus vidas solo es suficiente chismear sin importar nada más. Ellos piensan que deben y pueden ser lo que no entienden los demás para ser los mejores, aunque de todas partes y modos los problemas de la vida real los abrumen. ¿Has visto que todos tienen un Smartphone en sus manos? ­–Cuando con la cabeza asentí positivamente, continuó. –Entonces tienen oportunidad para leer y aprender algo más de lo que ignoran y no estar hablando como lo hacían los antiguos paisanos de este lugar que por falta de cultura decían lo que se les ocurría o imaginaban, o se dedicaban a chismear sobre los linajes, las fortunas y las maldades de los hacendados y de lo que estos hablaban con las altaneras autoridades y los curas acerca de todo esto que, aunque oficialmente se llame ciudad, sus habitantes siguen siendo unos patéticos pueblerinos.

Después de despedirme de todos me alejé de aquella reunión, pensando en la teoría del “chismorreo” que leí en el libro “De animales a dioses” de Yubal Harari, que dice que nuestro lenguaje evolucionó como un medio para compartir información sobre el mundo. Pero sobre todo para transmitir información acerca de los propios humanos como una variante del chismorreo, pues ante todo los hombres somos unos animales sociales.

Por esto la cooperación en grupo es esencial para nuestra supervivencia y reproducción y por eso para nosotros es más importante saber quién de nuestro entorno social odia a quién, quién ama a quién, quién es honesto y quién es un tramposo. Esta teoría nos dice que probablemente los Homo sapiens arcaicos tenían dificultades para hablar unos a espaldas de los otros, una capacidad muy perniciosa, que en realidad es esencial para la cooperación humana en multitud. Pero las nuevas capacidades lingüísticas que los humanos modernos adquirimos hace unos 70,000 años nos permitieron chismorrear durante horas y gracias a eso pudimos desarrollar nuevos tipos de cooperación cada vez más estrechas y refinadas.

Y seguí pensando en que ahora la inmensa mayoría de nuestra comunicación ya sea a través de mensajes de correo electrónico, de llamadas telefónicas, chats, redes sociales o de columnas de periódicos, es puro chismorreo, y esto lo sentimos tan natural que hasta nos parece que nuestro lenguaje hubiera evolucionado sólo para este fin. Por eso en las reuniones como esa que acabo de abandonar la gente no está ahí para hablar de la invasión de Rusia sobre Ucrania, de los descubrimientos del telescopio espacial James Webb o el nuevo papel de China en la política y la economía mundial. ¡No!

Hablan de asuntos como los que contaron, sin importarles si les creen o no. Total, se trata de chismear a gusto y si es a cerca de las fechorías de los demás, ¡mejor! Y por eso el periodismo es el cuarto poder, porque con su chismorreo informa de todo a la sociedad, para que esta se proteja de los ladrones, tramposos y vividores. “El periodismo da poder a la gente”, dicen.

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