El otro día estaba en la terraza…
Un sábado de treinta y ocho grados de calor,
la membrana quemaba,
emanaba fuego como si realmente el piso fuese lava.
Estaba sola, sola en la pelopincho de casa,
disfrutando de un jugo de naranja recién exprimido
un jugo sin azúcar, ácido,
como el humor que a veces manejás.
Al rato escuché el ruido de la llave en la puerta,
como si alguien quisiese entrar,
eras vos, empapado de sudor laboral,
sudor de estar tanto tiempo viajando de regreso,
debo decir que eso un poco me gustaba,
un poco me excitaba,
me encendía como la membrana con el calor insoportable que estaba haciendo,
así también me veías vos… Insoportable.
Lo primero que hiciste al verme
fue recriminarme por estar relajándome en la pileta
sin nada que hacer,
sin nada que lavar,
sin nada que cocinar.
Empezaste con un cuestionario,
seguido de sermones,
hasta que por fin te perdí.
Sumergí mi cabeza hasta los oídos,
igual a cuando alguien hace la plancha
y en ese instante tu voz ya dejaba de ser tal,
ya todo se escuchaba como cuando Harry [Potter]
se sumerge queriendo abrir el huevo de oro,
todo era lindo, todo se escuchaba cual canto de sirena,
la sirena que Harry escuchaba en el baño de mujeres
donde Myrtle La Llorona lo espiaba mientras escuchaba un canto
«Donde nuestras voces suenan, ven a buscarnos,
que sobre la tierra no se oyen nuestros cantos.
Nos hemos llevado lo que más valoras,
y para encontrarlo tienes una hora.»
Me sentía como dentro de un vientre,
¿No les da esa sensación?
Pensar que así escucharían los bebés las voces del exterior,
pero una vez fuera, todo se escucha como en realidad es:
Fuerte, tosco, bruto
y queremos sumergirnos una vez más
para sentirnos a gusto con esa sensación
donde el agua abraza,
donde todo es más calmo,
donde sentimos que todo fluye
como si volviéramos a nacer
y nada nos duele,
nada nos lastima,
nada ni nadie.
Estamos protegidos… con y por mamá.
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