Stavros se alejó del pequeño pueblo conformado por humildes casas. Sus gruesas paredes de adobe blanco, parecían tan iguales, tan monótonas, tan tristes como su propio semblante.

Caminó taciturno después de una ardua jornada de pastoreo buscando reencontrarse con esa soledad que parecía haberlo acompañado toda su vida. Recorrió sin apuro el árido camino hasta subir por la ladera del cerro hasta llegar al risco donde acostumbraba sentarse a contemplar el horizonte mientras su mente divagaba con el pasado.

Su rostro curtido por el sol y el viento seco del desierto parecía haberlo envejecido con celeridad. Sus ojos negros entrecerrados se entretenían con la danza ondulante del horizonte teñido de sol en su ocaso.

Muchos recuerdos vinieron de golpe, como cada día, azuzándolo a terminar lo que por temor en su lejana juventud había quedado inconcluso.

Lo podía reconocer, y se repetía así mismo cada vez que pensaba en eso, que no había tenido el valor, se había rehusado a recibir lo que solo unos pocos privilegiados tienen el coraje de aceptar.

Ahora, ese momento crucial de indecisión parecía tan lejano, casi como un sueño que a veces lo hacía dudar que todo realmente hubiese sucedido, pero a pesar esta sensación de confusión, los recuerdos de ese momento, invariablemente se presentaban en cada noche de desvelo, como si estuviera en un bucle temporal.

Su mente parecía querer cambiar el pasado, para que de esa manera, esa pesada carga que sentía, se alejará para siempre, pero sabía que no tenía el valor. Después de tantos años aun sentía ese miedo que lo había paralizado en aquella cueva.

Los recuerdos, si, los recuerdos, se presentaban puntuales.

***

El salón bullía de murmullos y sonrisas de jóvenes estudiantes reunidos en el salón donde recibían una educación a la que solo algunos podían acceder.

El maestro ingresó al recinto y enseguida un silencio respetuoso se adueñó del lugar.

El joven Stavros, siempre distante, se acercó a una de las columnas interiores y simuló seguir barriendo mientras prestaba atención a las palabras llenas de sabiduría del maestro.

Los jóvenes reunidos preguntaban, respondían y debatían sobre los principios filosóficos que estudiaban y que casi siempre los llenaba más de dudas que de certezas. Sin embargo, esa aparente contradicción era esencial para alcanzar conocimiento, y ese mantra lo repetía a menudo el erudito a sus jóvenes aprendices.

El maestro que los instruía gozaba de gran prestigio. Humildes y poderosos viajaban de diversos lugares buscando su consejo. No solo era sabio, también era un hombre bondadoso, y eso, Stavros lo sabía muy bien. Algunos años atrás, él era uno más de tanto chiquillo callejero, y dejó de serlo cuando este hombre lo acogió dándole un hogar y ocupándolo en tareas menores, también instruyéndolo y fortaleciendo su precaria educación al darse cuenta de la mente curiosa del joven sirviente.

El maestro invitó a sus alumnos a caminar por los alrededores mientras seguía hablando de grandes pensadores y las visiones que postulaban.

Le dedicó una cálida sonrisa al pasar cerca del muchacho. A pesar de esto, Stavros pudo advertir un dejo de preocupación que parecía entristecer el rostro del noble anciano.

Durante los días siguientes su presencia se hizo cada vez menos frecuente en el centro de enseñanzas. Sus ayudantes más cercanos lo relevaban con frecuencia.

El muchacho no lograba entender del todo lo que pasaba con el maestro, pero si advertía en él un alejamiento que se hacía cada vez más evidente.

Un atardecer después de una ausencia prolongada el maestro reunió a los estudiantes.

Como siempre, se presentó con una mirada afable y una sonrisa gentil saludando a cada uno de ellos. Los reunió a su alrededor y después de compartir un té, sin apuro ni preocupaciones, empezó a hablar.

― ¿Cuáles son los pilares de la educación que debemos perseguir?― Preguntó

―Curiosidad, Conocimiento y Búsqueda― respondieron al unísono.

―Bien, la curiosidad es inherente a la naturaleza humana, se manifiesta desde temprana edad desarrollando al principio nuestros sentidos con situaciones aparentemente simples: el sabor de una fruta, la textura de un juguete, el color de las flores. Luego llegan las preguntas ¿qué son esos puntos luminosos en el cielo? ¿Por qué debo hacer esto? cómo, cuándo, dónde, qué. Todas preguntas que se manifiestan de manera frecuente en las voces de los niños y luego inexplicablemente, en la medida del paso de los años, la curiosidad parece desvanecerse, como si el conocimiento adquirido fuera suficiente.

―Procurad entonces mantener viva en vosotros la chispa de la curiosidad―.concluyó.

Los estudiantes movían su cabeza entendiendo lo que se esperaba de ellos.

El maestro Continuó.

―Conocimiento, ¿a qué nos referimos con esto?―

―Es la acción por medio de nuestra razón en la que intentamos conocer y dar una explicación aquellas cosas que nos son desconocidas― respondió uno de los estudiantes

―Es la capacidad que tenemos de comprender la realidad que nos rodea― agregó otro.

―Exacto, tienen razón, y este conocimiento puede ser en relación a hechos, La historia de nuestra sociedad por ejemplo. También a habilidades adquiridas: Un pastor que guía a su rebaño, debe saber cómo hacerlo, la forma de alimentarlos, cuando esquilarlos o como obtener su leche. A veces también el conocimiento se manifiesta de manera simple, sabemos lo que es una silla, una mesa, un árbol. Otras veces pareciera estar oculta esperando que una mente curiosa sea capaz de descifrarla―.

El maestro se levantó, se mantuvo en silencio mientras miraba a cada uno de ellos.

―Los aquí reunidos buscamos ese conocimiento más específico, ese saber que no está al alcance de todos. ¿Por qué podemos preocuparnos de estas cuestiones profundas los que estamos en este salón?―

Nadie respondió.

― ¿Por qué, somos más inteligentes? ¿Somos más capaces? ¿Somos elegidos quizás?

El maestro caminaba alrededor de ellos esperando algún comentario.

―Pues bien, la respuesta es bastante simple: somos privilegiados, así de simple, lo somos por cuna, por nuestra posición en la sociedad, o por el poder económico de nuestras familias. Cada uno de vosotros puede sentirse agradecido por esto, o quizás algo triste por que otros no hayan tenido esta posibilidad de cultivar el intelecto―

Miró a Stravos quien seguía simulando estar enfocado en sus labores.

El maestro se sentó nuevamente.

―Estad atentos a esto, el conocimiento no solo tiene que ver con el mundo de las ideas, el origen del universo, las matemáticas o el estudio filosófico. A veces está presente a nuestro alrededor, quizás en pequeñas cosas por las cuales vale la pena reflexionar, pues de esta manera crecemos en armonía con nuestro entorno. Seremos mejores individuos al entender y hacer nuestro, algo muy importante: la virtud de la humildad―suspiró y luego continuó con lentitud en sus palabras para que entendieran la importancia del mensaje.

― Porque de esta manera podemos entender a aquellos que no han sido favorecidos y esto mis amigos es conocimiento, conocimiento valioso y esencial.

Y les aseguro que una vez que lo entendamos, nuestro sueño, cada vez que vamos al descanso nocturno, será en paz―concluyó.

Miró a sus alumnos uno por uno, sin apuro, y también a Stravos.

―Y por último, Búsqueda ¿a qué nos referimos con esto?―

Uno de los alumnos se apresuró a responder―Primero es la búsqueda de respuestas a innumerables preguntas. Y al final la búsqueda más importante: nuestro propósito en la vida.

―Muy bien― celebró el maestro.

―En último término esa búsqueda, ineludiblemente nos llevará a plantearnos en un nivel profundo y trascendental, nuestro propósito, el propósito del ser humano en este viaje que llamamos vida. Quién, para qué, dónde y cuándo siguen siendo elementos que en forma permanente nos despiertan la curiosidad, y esto nos lleva, como en una espiral, a buscar conocimiento, ¿conocimiento para qué?… para encontrar respuestas que nos acerquen a entender nuestro propio propósito.

Y en estas respuestas algunas veces encontramos el sentido que buscamos incesantemente. Pueden no ser definitivas, ni siquiera elevadas.

Para muchos puede ser una vida de entrega y servicio al prójimo. Otros la encontrarán en la obtención de riquezas, de tranquilidad, la satisfacción del proceso creativo, del arte. Todas válidas, todos propósitos respetables en la medida que llenen el espíritu de quien siente que ese lugar es su espacio de felicidad.

Los estudiantes movían su cabeza entendiendo y haciendo suyas estas reflexiones.

El maestro continuó.

―La búsqueda de respuestas nunca termina, lo sabemos. Muchas veces, ciertas certezas nos obligan a ir por más preguntas que necesitamos responder.

En ese sentido, iniciaré un prolongado viaje que satisfaga la curiosidad de mi propio espíritu―.

Los estudiantes de inmediato manifestaron cierta preocupación.

El maestro al darse cuenta de esto, los tranquilizó.

―No os afanéis por esto mis queridos muchachos. Espero volver con mayor sabiduría para poder seguir educándolos―dijo con una amplia sonrisa.

―A mis años, aún siguen fastidiándome estos tres pilares que he intentado inculcar en ustedes, y yo mismo, sigo lleno de curiosidad, anhelo mayor conocimiento y no puedo evitar esa búsqueda que me permita encontrar esa tranquilidad espiritual que aún no he encontrado del todo.

***

Stavros seguía contemplando el horizonte lejano. Continuaba evocando aquellos recuerdos que traían a su corazón una sensación de gratos momentos, pero también sentimientos que le producían un desagradable pesar, y sobre todo un permanente miedo que no había podido superar después de tantos años.

Reflexionaba a menudo sin lograr entender a su maestro, un anciano dotado de una inmensa sabiduría, que sin embargo, había tomado una decisión tan irracional, tan inesperada, tan desesperada que después de tanto tiempo aun no lograba entender. La única explicación que parecía concebir era que quizás el anciano había enloquecido. La obsesiva búsqueda de conocimiento finalmente pudo haber enajenado su mente.

Suspiró una vez más. Sabía que eso no era verdad, era solo una ilusión con la que pretendía protegerse, justificarse nuevamente por su cobardía.

Pensó en su propia decisión y esto una vez más lo entristeció. Hacía mucho tiempo que Stravos se había despojado de los tres pilares en los que creía el anciano, y ese lugar fue sustituido por un temor que oscurecía esas recurrentes noches de desvelo, y que lo acompañaba cada vez que retrocedía en el tiempo y se encontraba nuevamente en ese lugar.

Solo se dio cuenta de la presencia de su esposa cuando estaba a unos metros. Ella se sentó detrás de él y lo abrazó con ternura besando su rostro.

Su mente volvió a la realidad. La besó en su brazo mientras la acariciaba. Disfrutaba la suavidad de su piel en contraste con sus manos toscas y rudas.

Inspiró con profundidad el aroma dulce de aquella mujer que había decidido estar a su lado durante tantos años.

El viento cálido del atardecer junto al sol perdiéndose en el horizonte, los mantuvo en silencio disfrutando ese momento especial de cercanía y paz. Esos pequeños instantes tan difíciles de apreciar, de sentir, de vivir con la intensidad que se merecen, esos momentos que ella sabía que muy pronto terminarían y en el mejor de los casos solo se interrumpirían.

― ¿Aún no te decides a partir?… ¿Cuánto tiempo más podrás posponerlo?―preguntó.

El hombre no contestó. Sabía que tenía razón, parecía conocerlo mejor que él mismo.

En silencio y sin responder la tomó de la mano y juntos se levantaron. La miró con amor y gratitud, la abrazó, y sin apuro retornaron a su hogar.

Junto a su mujer iban también los recuerdos.

***

El maestro había partido en la madrugada, todo estaba preparado con antelación. Salió de su propiedad antes del amanecer solo con un camello y una mula ataviada con lo necesario para el viaje. Esta vez nadie lo acompañaba. Se detuvo a unos metros y volvió su rostro para contemplar lo que estaba dejando atrás. No era la grandeza de su hogar, ni los finos adornos arquitectónicos que la decoraban, ni siquiera la riqueza que había logrado alcanzar lo que estaba en sus pensamientos en ese momento.

Era un sentimiento de satisfacción lo que hacía bullir sus emociones, era la vida en ese lugar, la permanente dicha de ser un faro de conocimiento para mentes jóvenes ansiosas de encontrar su lugar en un mundo difícil y cambiante.

Compartir la sabiduría alcanzada con otros era algo que siempre lo había llenado de orgullo. Sabía en el fondo de su corazón que su labor estaba convirtiendo este mundo en un lugar mejor.

Aunque hubiese vivido en la más permanente pobreza estaba seguro de que hubiese dedicado su vida a hacer lo mismo.

Era un hombre sabio, lo sabía, se lo recordaban de manera frecuente aquellos que buscaban su consejo, también los jóvenes que llegaban a su academia. Pero no era suficiente, cada día que pasaba sentía que algo faltaba.

De los tres pilares de enseñanza que había definido en su programa de educación, la Búsqueda, en su opinión era la que siempre lo había obsesionado, y ahora esas constantes dudas que aún no eran resueltas, parecían atormentarlo cada vez con mayor frecuencia.

El conocimiento que había alcanzado, parecía tener una grieta, y para él, esa sensación de ausencia en su saber, era una última pieza de un rompecabezas que estaba inconcluso.

No era amor, ni bondad, ni siquiera dolor, tristeza o ira. Todos esos sentimientos los había experimentado y aquellos de oscura profundidad los había controlado con facilidad. Lo que no había lo grado adquirir era la satisfacción de un saber mayor, no cualquier conocimiento, era uno que se manifestaba de manera imprevista y que antes nunca había estado en su sed de búsqueda, pero ahora estaba en su espíritu. Un martilleo incesante parecía estar siempre presente, una voz interior constante e incontrolable, un pequeño entrometido que parecía no tener descanso, una eterna compañía que repetía incesantemente, “tu búsqueda aún no termina, hay algo que pese a toda tu sabiduría, aun no logras alcanzar”.

Respiró con profundidad antes de iniciar su viaje. Sacó de una de sus alforjas un pequeño rollo, lo estiró con suavidad entre sus manos y lo examinó con avidez una vez más. Lo guardó con precaución y con el corazón lleno de júbilo por lo que significaba para él partió en una nueva búsqueda, quizás la última que necesitaría.

Desde la oscuridad del lugar, emergió una silenciosa figura que a una prudente distancia, siguió los pasos del anciano.

Stavros, solo con un bolso en su espalda y también sin despedida, emprendió el camino detrás de su maestro.

***

El joven sirviente no lograba entender por qué el maestro había insistido una y otra vez que este viaje tenía que hacerlo en completa soledad. Lo que si sabía, era que no podía dejarlo solo en un peregrinaje por el desierto con todo el peligro que esto podía significar para un hombre de su edad. No era un anciano decrépito, era una hombre mayor independiente y sano, aun fuerte en su madurez, pero siempre atendido en todas sus necesidades por sirvientes, y él lo era y no solo eso, era una persona agradecida que siempre se sintió querido y acogido, y esto era lo más importante, así pues, entendía que su decisión de acompañarlo, era la correcta.

Durante unos cuantos días siguió las huellas, manteniendo la distancia y con la tranquilidad de que las inmediaciones del lugar no eran del todo desconocidas para él. Sabía de la inclemencia del desierto y el respeto que debía tenerse al adentrarse en esas rutas que parecían infinitas. Lo sabía, pero no le dio la importancia que requería. Muy pronto el imprudente joven se dio cuenta de que no estaba preparado para ese desconocido viaje. Su escaza ración de agua estaba agotándose. No lo pensó demasiado, debía apurar el paso para alcanzar al maestro. Estaba dispuesto a enfrentar su enojo, sería realmente vergonzoso presentarse ante él como su cuidador cuando en realidad nuevamente sería el anciano quien debía acogerlo.

Era de noche cuando divisó la pequeña hoguera cerca de unas formaciones rocosas que evitaban el viento nocturno.

La noche estrellada y completamente calma, el maestro sentado cerca del fuego, los animales pacientes e indiferentes le dieron el valor que necesitaba para acercarse.

Él lo vio y le sonrió. Le invitó a sentarse y le acercó un plato que ya le tenía preparado y agua para que bebiera

El joven se sentó sin hablar y empezó a comer con apuro para apagar el hambre y sed que lo estaba agobiando.

―Bebe y come con tranquilidad mi joven Stavros―dijo sonriendo.

― ¿Desde cuándo sabe que vengo tras sus pasos?

― Desde que saliste del hogar― dijo y volvió a sonreír.

― ¿Por qué me has seguido?

Stravos se sonrojó, y con timidez respondió.

―Pensé que sería necesario acompañarlo en un viaje que podría ser peligroso para usted.

El anciano sonrió. Jugaba con una rama en el fuego, moviendo y atizando algunas maderas. Luego su vista se elevó hacia el cielo estrellado.

―Al iniciar mi viaje, me preguntaba quiénes de mis estudiantes me seguirían movidos por una curiosidad que siempre les he alentado a mantener. Nunca pensé que serias tú el que me acompañaría. Me alegro que lo hayas sido… y también agradezco tus razones.

Lo miró con profundidad, luego le entregó unas mantas y lo invitó a descansar. Mañana sería un nuevo día de viaje agotador y probablemente lo continuaría solo.

***

―Despierta muchacho― le dijo moviendo las mantas que lo cubrían.

Aun no amanecía y el frio nocturno se sentía sobre la piel.

―Es hora que regreses―le dijo sin siquiera mirarlo.

El joven sintió como una punzada en el estómago esas palabras ¿acaso no era digno de acompañarlo?

El anciano le acercó una taza de hierbas humeantes.

―Maestro ¿por qué me despide de esta manera? ¿Le desagrada la compañía de un sirviente? Le dijo con una tristeza que traspasó el corazón del buen hombre.

―No, muchacho tonto, me insultas si piensas eso de mí― Lo miró con cariño. Stravos estaba a punto de llorar.

―Es una ruta peligrosa y no me perdonaría que te pasara algo.

―Yo también se cuidarme, ya soy un hombre. Le respondió decidido.

―Escúchame muchacho tonto, esta travesía la hago porque tengo un objetivo muy importante que cumplir y estoy dispuesto a asumir mis propios riesgos, pero no es justo arriesgarte a ti.

Stavros entre sollozos y mirándolo a los ojos le dijo.

―Yo también tengo un objetivo…cuidarlo, servirle, y estar a su lado, y no me importan los peligros― se limpió las lágrimas y lo miró desafiante para que el maestro entendiera que no se marcharía.

―Muchacho obstinado― gritó mientras se acercaba a las monturas. Lo miró y aun con el entrecejo fruncido le dijo― vamos, ¿qué estás esperando?

El joven sonrió y rápidamente juntó sus pertrechos y montó con celeridad el asno.

Y así emprendieron una nueva jornada en forma silenciosa.

Después de unos minutos el maestro le habló.

―Sabía que no podría convencerte de que volvieras―. Lo miró y sonrió.

Stravos le devolvió la mirada con una alegría que hacía mucho tiempo no sentía su joven corazón.

El viaje era tedioso y monótono. El camino árido, seco, con dunas interminables y en algunas ocasiones, rutas escondidas entre elevaciones rocosas. Al principio se cruzaban con otras caravanas o viajeros y compartían el saludo o pequeñas charlas, pero pronto eso no se volvió a repetir. De vez en cuando el maestro miraba el rollo con devoción y confirmaba la ruta que debían seguir.

Muchos días pasaron y cada vez se internaban por un camino cada vez más difícil de recorrer.

El maestro lo instruía sobre la vida de distintos filósofos, sus obras y también compartía anécdotas que le sacaban sonrisas a ambos.

El muchacho se maravillaba con el pensamiento de aquellos hombres que vivieron en el pasado y que cambiaron el curso de la humanidad con su sabiduría.

Stravos pareció entender que esta excursión era distinto a otras que había recorrido el maestro. Cuando no le hablaba de filosofía, su mutismo era permanente, parecía enfocado en pensamientos que lo alejaban de lo cotidiano, de lo mundano, a veces ni siquiera parecía darse cuenta de que no estaba solo.

Al muchacho esta situación no le incomodaba, sabía el papel que representaba en este viaje, y lo hacía con agrado, para él también era una aventura. Estaba aprendiendo, aun no sabía qué, pero en el fondo de su corazón presentía que este viaje no solo cambiaría la vida del maestro.

***

El maestro había dormido poco, se levantaron antes de lo habitual y parecía más alegre. Guardó el mapa y sonrió.

Stavros se dio cuenta de que estaban acercándose al lugar que buscaban.

― ¿Cuáles son los pilares de la educación? Le preguntó.

El joven no titubeó.

―La Curiosidad, el Conocimiento y la Búsqueda.

― ¡Muy bien!― Le celebró, pero la búsqueda no termina cuando entendemos nuestro propósito… hay algo superior, y eso mi querido muchacho es lo que motiva este viaje. Lo miró con un brillo especial en sus ojos, una mirada que irradiaba alegría, esperanza, pero también de una inusitada prisa.

El maestro continuó.

―Siempre pensé que era de suma importancia conocer y buscar nuestro propósito, pero me he dado cuenta de que eso es solo un paso, un inicio para llegar a alcanzar algo superior y trascendente. Hay algo más, lo siento, algo que no todos buscan, y que solo unos pocos curiosos han encontrado.

Mi buen muchacho, hay un conocimiento superior que parece estar oculto.

Se quedó pensativo mirando el horizonte, después de una pausa continuó con más brío su charla.

Stravos escuchaba extasiado aunque no lograba comprender del todo esas palabras.

―Muchas historias antiguas parecieran dar pequeñas pistas para que aquel que tenga oídos pueda escuchar y aquel que tenga ojos pueda ver. No puede ser casualidad que se repita de manera constante en mensajes velados que nos incitan a buscar y a entender algo superior―continuó el maestro.

―La realidad pareciera ser un engaño, nos advertía Sócrates en su alegoría de la caverna. Hay algo que pareciera que no somos capaces de ver o que vemos de manera imprecisa.

La Biblia judía y cristiana también lo advierte. Había en el Edén dos árboles: el de la vida y el de la sabiduría y estaba prohibido acercarse a este último. ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo el conocimiento? ¿Por qué este saber no podía estar al alcance de los hombres?

Pero hubo alguien… un rebelde que se atrevió a desvelarlo, alguien que abrió esa puerta prohibida a la pareja primigenia.

Por otra parte, en los mitos griegos, el titán Prometeo, también desafió a los dioses y les robó el fuego, para dárselo a los hombres. ¿Qué clase de fuego o conocimiento fue el que nos entregó y que le valió ese suplicio eterno? ¿Acaso hemos olvidado esa sabiduría ancestral? ¿Y por qué quien se atreve a compartir esta sabiduría se convierte en un maldito?

El maestro hablaba inspirado, mientras lo hacía miraba con devoción el paisaje árido. Para él parecía tener una belleza desconocida.

Miró al muchacho y le preguntó.

―Acaso no has sentido ese adormecimiento ante la realidad, o esa pizca de curiosidad que indica que algo no está bien y justo en ese preciso instante en que lo percibes, alguna distracción exterior te saca rápidamente de esa sensación.

Stavros lo miró sin comprender a que se refería.

El maestro sonrió y aceleró la marcha.

***

Después de bordear una montaña se encontraron con un camino que se dividía en tres rutas. El anciano miró nuevamente el mapa y eligió el de la izquierda, aquel que parecía más abrupto y difícil de seguir. Siguieron a paso lento durante unas horas hasta entrar en un lugar donde la parte baja de la montaña parecía dividirse en dos. Avanzaron por un estrecho camino hasta llegar a la entrada de una caverna. Habían llegado. Ese era el lugar que buscaban.

El maestro desmontó su cabalgadura y con paso vacilante se acercó a la entrada seguido tímidamente por el joven.

Con la respiración alterada por la emoción levantó sus brazos al cielo y elevó su voz al cielo

― ¡Finalmente hemos llegado!― gritó eufórico.

Se sentó en la posición del loto en la entrada y así se quedó hasta serenar sus emociones. Stavros lo miraba divertido mientras ataba los animales y sacaba algunos alimentos y agua para refrescarse.

―Ahora debo seguir solo―le dijo con seriedad. Luego le sonrió con la inocencia de un niño que mira por primera vez las estrellas.

―Guarda el mapa y protégelo, ya te expliqué todo lo que me costó conseguirlo y lo importante que es.

―Descuide maestro, así lo haré― Respondió convencido.

El anciano se adentró en la cueva con emoción, con el corazón palpitando desbocado.

Estaba tan cerca de alcanzar lo que tantas veces había soñado. Esta vez no era un sueño, se estaba acercando al lugar que le entregaría un conocimiento superior.

A medida que avanzaba, el sol que iluminaba la entrada, empezó a desaparecer con lentitud, sin embargo, la oscuridad inicial empezó a resplandecer y transformarse en una tenue claridad que le permitía avanzar con facilidad. Era una luz acogedora que lo acompañó en cada paso. Parecía hacer resplandecer levemente las grietas de las paredes invitando al ocasional viajero a continuar.

Después de algunas horas, el camino de la cueva empezó hacerse cada vez más estrecho.

No supo calcular cuando tiempo, ni cuanto había avanzado, ni en qué dirección. Quizás se adentraba en un laberinto. Empezó a sentir un leve temor al pensar en Ariadna y el hilo que le entregó a Teseo.

La ruta empezaba a oscurecerse y el túnel seguía disminuyendo de tamaño hasta que tuvo que seguir arrodillado. Humildad, pensó, penitencia necesaria para los que buscan la iluminación.

Avanzó con lentitud hasta que la leve luminosidad del sol que aún lo acompañaba, se desvaneció por completo sumiéndolo en una profunda oscuridad. Nunca se había sentido tan desvalido. No podía ver sus manos a un palmo de sus ojos. Ni siquiera una noche sin estrellas ni Luna, en la profundidad de un bosque, podía compararse a esto, era como si incluso la luz no tuviese ningún poder sobre esta impenetrable y profunda oscuridad que acababa de adueñarse del lugar donde estaba. En esos instantes solo sentía su respiración y el leve sonido que hacían sus ropas al moverse. No sintió miedo al darse cuenta de que uno de sus sentidos se anulaba por completo. Sus pensamientos estaban serenos. Ceguera, pensó, necesaria para poder regocijarse en la claridad de la iluminación.

Palpó una pared frontal que le impidió seguir avanzando. Era distinta, regular, pero tallada de manera bruta. Su cerebro buscaba con celeridad patrones que le permitieran darle una explicación a lo que estaba tocando. Era una puerta, sí, eso era. Ahora solo debía encontrar la forma de abrirla.

Intentó moverla, de un lado y del otro, de arriba hacia abajo. Usó sus dedos, luego sus manos y finalmente todo el peso de su cuerpo, pero de nada sirvieron sus esfuerzos.

Luego de calmar su respiración, empezó a buscar algún mecanismo que estuviera oculto, primero lo hizo con ligereza, con apuro, pero sin resultados. Lo intentó nuevamente, esta vez con calma, serperteando sus dedos de afuera hacia dentro, de adentro hacia afuera, deslizando sus yemas por cada veta, por cada estría en las piedra, pero no encontró ningún indicio de apertura. Empezó a sentir una leve frustración, aunque sabía que no podía darse por vencido.

Una puerta, solo una puerta, era todo lo que lo separaba de su objetivo, lo sabía, lo sentía. Había llegado hasta aquí y nada lo haría detener su avance.

Empezó a respirar usando técnicas que conocía para lograr la serenidad en su espíritu. Se acomodó en el reducido espacio y buscó la calma, hasta que la desesperación que había empezado a sentir, empezaba suavemente a alejarse.

Perseverancia… paciencia, cualidades necesarias para alcanzar un fin, pensó en la quietud de sus propios pensamientos.

Estaba listo. Se alejó de la puerta y empezó a palpar las paredes laterales hasta que encontró una pequeña grieta circular que delineaba un sector de la pared. Sonrió jubiloso, apretó la marca y la puerta se abrió con lentitud, produciendo un ruido y un estremecimiento en toda la caverna.

Sin prisa, la luz se hizo. Al principio pareció herir sus ojos, pero pronto se sintió menos intensa.

La entrada estaba dispuesta para recibir una nueva visita y el silencio, al cabo de unos instantes, nuevamente inundó el lugar.

El hombre curioso cruzó el umbral y pudo ponerse de pie. Se detuvo a la espera de que la nube de polvo se disipara. Sus ojos entrecerrados estaban acostumbrándose a la luz y después de unos instantes por fin pudo ver el interior.

Era una enorme bóveda. En la parte alta del cielo existía una apertura donde se filtraban los rayos del sol, pero no era esto lo que le daba una luminosidad sorprendente al lugar. Entendió de inmediato por qué todo parecía brillar. Eran las montañas de tesoros que de manera caótica se esparcían por el lugar. Sacos de monedas de oro, coronas con incrustaciones de diamantes, esmeraldas, diademas, orfebrería dorada, vasijas, utensilios y distintas joyas brillaban desparramadas en pequeñas montañas una tras otra.

El maestro quedó extasiado, mirando las riquezas que se presentaban ante sus ojos. “Ni el soberano más poderoso del mundo sería capaz de poseer una fortuna similar” pensó.

Cogió un jarro de oro entre sus manos y vio su rostro reflejado. Lo tiró con desdén y siguió su camino. No era lo que venía a buscar.

Siguió avanzando entre aquellos tesoros hasta acercarse a una estatua colosal. Representaba un guerrero en actitud de combate, tenía el brazo alzado sobre su cabeza y en su mano portaba un hacha descomunal en actitud amenazante, su otro brazo mantenía un escudo que parecía tan mortal como el hacha. Era una escultura de mármol blanco. Sus armas eran de oro, al igual que su indumentaria y el casco que ocultaba parcialmente la furia de su rostro. A sus pies multitud de espadas, distintos escudos, cascos, lanzas, arcos, y ballestas entre botines de oro y joyas. “Poder” pensó el hombre curioso, ni siquiera se detuvo a reflexionar lo que eso significaba para él.

Siguió caminando hasta llegar a un lugar distinto. Ya no era la acumulación de riquezas la que se presentaba en su camino, era ahora un lugar que llamaba a la tranquilidad. Parecía percibir una delicada brisa y un perfume que embriagaba los sentidos. Cerca, una fuente de aguas claras con detalles de querubines jugando indiferentes entre las figuras de dos amantes representados en un lecho que se elevaba recibiendo la frescura del rocío. Rodeaban esta fuente, innumerables frascos que parecían pócimas y delicados perfumes entre pétalos de rosas de variados colores.

Era un santuario del amor.

El maestro pensó en lo que ese sentimiento significaba para él, la experiencia de sentirlo, de vivirlo, de compartirlo. Recordó viejos amores e historias que pudieron hacer de él otro tipo de hombre, con una vida distinta y otro tipo de intereses. Pero nada de eso había sucedido. Se había dejado seducir por el estudio y el conocimiento y había decidido que ese era su propio santuario.

Se alejó y dirigió sus pasos hacia un lugar que permanecía en penumbra y que parecía algo descuidado. Su corazón latió con fuerza y una gran sonrisa iluminó su rostro. Frente a él se presentaban cientos de libros de apariencia arcaica, innumerables rollos y pergaminos abarrotaban varias estanterías que llegaban hasta el cielo de la caverna. Pensó en la biblioteca de Alejandría y se la imaginó similar a la que estaba contemplando en ese momento.

Toda la historia del mundo, con sus miserias y bellezas, con los nombres y obras de hombres que cambiaron el mundo, el despertar del conocimiento, el pensamiento registrado de filósofos, hombres de ciencia, iluminados y creyentes. Todo frente a sus ojos, probablemente el trabajo de testigos presenciales que vivieron distintas eras y que dejaron plasmado su experiencia en estos sagrados volúmenes para las posteriores generaciones.

Una inmensa emoción empezó a embargar al hombre que buscaba conocimiento, se sintió pequeño en ese momento tantas veces anhelado. ¿Sería digno de estar ahí? ¿Estaría a la altura de lo que se esperaba de aquellos viajeros que antes o después tendrían el privilegio de llegar a este templo del conocimiento?

Respiró con profundidad y miró la panorámica del recorrido que había hecho.

Volvió a contemplar las riquezas que parecían no terminar al igual que la codicia del hombre.

Pensó en el poder oculto en aquellas distintas armas que buscaban un nuevo amo. ¿A qué héroes o monstruos asesinos habrán pertenecido? ¿Cuántas batallas habrán librado? ¿Cuánta sangre habrán derramado, cuántas vidas habrán apagado? ¿Cuántas viudas o madres desconsoladas dejaron esperando en vano el regreso de sus esposos e hijos?

Suspiró entristecido.

Por ultimo miró la fuente del amor.

Pensó en la magia presente en esos brebajes, en esos hechizos que cambiarían las historias de amor no correspondido, en la dicha que alcanzarían amantes apasionados que recitarían sentimientos de amor, de deseos, y de encuentros furtivos a la luz de la luna.

Suspiró conmovido.

Se preguntó qué clase de inteligencia pudo ser capaz de crear semejante paraíso atestado de distintas maravillas. ¿Dioses, seres venidos de las estrellas, antiguos habitantes de lugares legendarios como la Atlántida, Lemuria, El Dorado, Hiperbórea?

Todas esas respuestas estaban aquí, frente a sus ojos.

No le dedicó mucho tiempo a estas reflexiones. Su búsqueda era aún mayor, más ambiciosa.

¿Sería correcto querer alcanzar esta iluminación? Pensó un tanto avergonzado.

No, no era vergüenza, era miedo lo que estaba experimentando el hombre que buscaba conocimiento.

Sintió latir a prisa su corazón y dejó que todas sus inseguridades se presentaran para poder racionalizarlas. ¿Qué pecado podría haber en querer alcanzar el mayor de todos los conocimientos? Muchos años los había dedicado al estudio de diversas materias, la historia, la cultura, los mitos, la filosofía. Todo esto era parte de su vida y ahora solo deseaba profundizarlas. Otros eruditos se conformaron con lo que estaba a su propio alcance, quizás algunos reflexionaron e idearon razonamientos superiores. Él lo había hecho también, pero principalmente sus esfuerzos siempre estuvieron enfocados en la búsqueda de un conocimiento superior. ¿Que pretendía con esa búsqueda? ¿Gloria, adulación?

¿Vanidad, era todo lo que lo había impulsado a educarse y aprender para diferenciarse de otros hombres comunes? ¿Acaso se sentía especial, superior por sus conocimientos? Nunca se lo había preguntado y nunca había sido tan duro consigo mismo.

No había arrogancia en su búsqueda concluyó, siempre había compartido su saber y siendo más sabio, mayor sería el conocimiento que podría transmitir. Sí, eso era, un hombre cuyo único propósito era seguir aprendiendo para entregar mayor sabiduría a los hombres que buscaban el estudio profundo de las cosas.

Respiró con tranquilidad. En este lugar encontraría lo que siempre buscó: esa verdad oculta, cuidadosamente silenciada, prohibida a los hombres, ese conocimiento que explicara todo, la vida , la muerte, la existencia, la verdad absoluta que iluminara la razón.

Miró la extensa biblioteca, caminó con tranquilidad, sin que importara el tiempo, pasando sus dedos con agrado, con delicadeza, por los distintos volúmenes, aspirando con deleite ese particular aroma que solo los libros pueden entregar. Escogió algunos, los que parecían muy antiguos y los puso en una de las tantas mesas que estaban distribuidas a lo largo de las estanterías, los abrió y se deleitó con las páginas escritas con símbolos que jamás había visto.

Se obligó a salir de su ensoñación y se enfocó en lo que había venido a buscar.

Reflexionó por unos instantes. Era imposible que esa verdad prohibida a los hombres, la que realmente importaba, se entregara a través de la completa lectura de esta gigantesca biblioteca. Ni aunque tuviera cien vidas podría leer lo que se presentaba ante sus ojos. Tendría que usar su instinto, su imaginación y su inteligencia para llegar a descubrir lo que estaba vedado para la mayoría de los mortales.

Siguió recorriendo las inmensas galerías con tranquilidad, disfrutando ese momento en que parecía estar cerca de las nubes, cerca del cielo.

Frente a cada estantería estaban distribuidos mesones de estudio con simples bancas esperando a los privilegiados visitantes. Sobre ellos, distintos pergaminos y libros a medio leer. En la mayoría de las mesas algún adorno, globos terráqueos, candelabros, o figuras que representaban conocimiento. Solo una desentonaba, una pequeña mesa con solo una silla, casi al final de una de las últimas estanterías al lado de una escultura.

Se acercó temblando, con una sonrisa nerviosa que no podía disimular. Sabía que estaba llegando al final de su camino. Sobre la mesa, había inciensos que encendió de manera ritual, y un pequeño tiesto con agua cristalina.

Miró la estatua que parecía custodiar la pequeña mesa. Atenea, poderosa, orgullosa, perfecta, exhibía las gracias de su inmaculada divinidad. Vestida para la guerra, decidida hacerlo si era necesario llegar a ese punto crítico, pero ante todo simbolizando el poder del conocimiento y de la sabiduría.

El maestro se acercó para apreciar las exquisitas terminaciones de su tallado, la lanza, los ornamentos en su escudo, y de su casco. Luego su mirada se detuvo en la expresión del rostro de la diosa. Tuvo un ligero escalofrío al darse cuenta de que parecía advertir del peligro a quienes se acercaban. Era una clara advertencia, una última oportunidad para alejarse del lugar al intruso que osara entrar en sus misterios.

La respiración del maestro se agitó. Se acercó con humildad, reverenciando la bella escultura. Sus dedos temblorosos siguieron la gracia de su contorno, casi con temor investigó su hermosas formas. Bajó por su cuello deslizando los dedos entre sus senos altivos en una delicada caricia hasta llegar a dibujar la curva de su cintura. Bajó con cautela por sus piernas hasta llegar a las sandalias de la joven diosa.

El maestro estaba en éxtasis, sentía que alcanzaría pronto lo que siempre había soñado, lo percibía claramente, cada poro de su piel, cada respiración, cada latido de su corazón parecía sentirlo.

La miró a los ojos mientras examinaba el casco, suplicando que aceptara iluminar a ese desconocido viajero. Siguió la línea de la lanza que portaba la guerrera hasta detenerse en su escudo. Presionó con su dedo la gema que lo adornaba en el centro…y el brazo de la diosa se abrió, dejando ver en su interior un pergamino dorado que permanecía oculto.

Lo tomó con sus manos temblorosas, era un rollo dorado atado con un lazo de plata, era tan común, tan insignificante, que por un momento el maestro dudó que fuese el apropiado.

Se sentó y respiró con profundidad varias veces.

Con lentitud quitó el cordón que lo mantenía cerrado y abrió el pequeño pergamino.

Su boca estaba reseca, bebió del pequeño vaso que tenía al frente, y siguió bebiendo hasta saciar por completo su sed, al dejarlo sobre la mesa algunas gotas cayeron sobre ella. No tuvo tiempo de pensar en este extraño suceso. Una luz cegadora brilló en ese momento. Antes de que se viese obligado a cerrar sus ojos, le pareció percibir que no tenía nada escrito. No alcanzó a experimentar ningún tipo de sentimiento, pues se dio cuenta de que algo extraordinario estaba sucediendo.

Abrió sus ojos…

Estaba sentado con el pergamino abierto, su corazón latía con fuerza, pudo escuchar cada palpitar con claridad. Miró sus manos, estaban formadas por líneas luminosas, movió los dedos… y las líneas obedecieron esa orden, se levantó y miró alrededor. Era la misma caverna pero la estaba percibiendo de una manera distinta, diversas líneas luminosas formaban con exactitud cada libro, cada estantería, cada tesoro que veía en la distancia destacando en un fondo tan oscuro como el que había conocido al adentrarse en la cueva. Se levantó y los patrones de luz que ahora formaban su cuerpo también lo hicieron. Sonrió encantado por la experiencia que estaba viviendo. De pronto su mente pareció dejar su cuerpo físico y se elevó, y siguió haciéndolo hasta salir de la cueva, atravesar las escasas nubes con rapidez hasta alcanzar la Luna, luego el Sol y después innumerables estrellas que se sucedían interminables unas a otras y que iluminaban escasamente su posición.

Su ser estaba percibiendo esa magnífica e inconmensurable oscuridad cósmica que abarcaba todo.

Estaba contemplando la vastedad infinita del universo, frio, solitario, inorgánico, sin vida, ni conciencia, sin necesidad alguna de dar a conocer su maravillosa grandeza.

El vasto cosmos predominando indiferente sobre todo lo que constituía su propia existencia.

Sin dioses, ni creadores, sin artífices ni moradores.

Sin vanidad ni arrogancia, sin embargo, gloriosa y divina.

Sin vida, y sin embargo, inmortal.

Sin poder en absoluto, pero amo indiscutible del todo.

Sin las cadenas del tiempo que lo ataran, y sin embargo, eterno.

Sin reglas, sin leyes, quebrantando todo lo que intentara explicar su alfa y su omega.

Sin necesidad de penitentes ni adoradores que elevaran oraciones ni plegarias a este abismante reino, abarcando y expandiéndose sobre todo lo que ya le pertenecía por derecho: luz, vibraciones, materia, movimiento, tiempo y espacio.

Su conciencia empezó a descender. A lo lejos divisó un insignificante grano de arena.

Pronto, en la medida que se acercaba, empezaron a aparecer líneas de montañas y mares que la formaban. Luego vio a los hombres que la habitaban, se vio así mismo, desde que nació hasta el momento que abrió el rollo. Pudo percibir el nacimiento y muerte de miles de seres humanos, desde reyes y poderosos guerreros, hasta hombres y mujeres comunes, vio la descomposición de sus carnes en la muerte, el polvo en que se convirtieron sus huesos. Vio algunas lágrimas de sus deudos y luego las memorias de quienes formaron parte de sus propias vidas hundiéndose en el total olvido, todo esto en un abrir y cerrar de sus ojos.

Su mente pudo percibir su cuerpo físico, desde sus órganos vitales, hasta las células que la conformaban. Desde estas células hasta los pequeños átomos, desde los átomos hasta las partículas elementales que los conformaban.

Gloriosa, exuberante y maravillosa forma de vida y sin embargo… irrelevante e insignificante en cada manifestación de vida, que existió, que existe y que existirá.

Un nuevo haz de luz cegador hizo que el maestro buscador volviera a su realidad.

Abrió los ojos. Estaba nuevamente en la cueva. Se sintió sobrepasado por la revelación que acababa de recibir. Un par de lágrimas cayeron de su rostro y humedecieron el pergamino. Se avergonzó por su torpeza, quiso secarlo con extremo cuidado, pero se dio cuenta de que estaba sirviendo como catalizador para descubrir lo que estaba oculto.

Finalmente el conocimiento que buscaba se presentó ante sus ojos.

Leyó lo que estaba escrito y sus ojos del todo abiertos no daban crédito del significado. Sus pensamientos se nublaron, y se resistieron de manera instintiva a aceptar el mensaje.

Los puños cerrados del hombre sabio golpearon con furia la mesa y un grito de desánimo brotó de su garganta interrumpiendo la silenciosa paz del lugar.

Dos palabras, solo dos palabras, fueron suficiente para que toda su forma de entender el mundo se desplomara instantáneamente.

Eran dos palabras excelsas, profundas, conteniendo la mayor sabiduría del mundo en todos los tiempos y en todas las eras. Sin embargo, eran también, dos palabras simples que siempre estuvieron ahí, al alcance de todos: sabios y necios, religiosos y mundanos, buscadores de conocimientos o personas simples indiferentes al saber.

***

El muchacho estaba inquieto. Estaba anocheciendo y el maestro aun no regresaba. Cientos de dudas lo estaban consumiendo cada vez más y ese ingrato sentimiento siempre estuvo presente, de manera velada, desde el momento en que el anciano dejó de ser visible en la entrada de la caverna. Los peores escenarios posibles se presentaron en sus pensamientos de manera gradual y ahora estaban desbocados. Desde arañas, Monstruos desconocidos hasta demonios que devoraban lentamente su carne manteniéndolo vivo mientras lo hacían, estaban presentes en sus afiebrados pensamientos. Tenía miedo, el temor que se estaba manifestando de distintas maneras lo había mantenido alejado, mirando con recelo la cueva. Todas sus oraciones pedían con desesperación que su maestro volviese a salvo, pero principalmente para evitar que tuviese que partir en su búsqueda.

Negaba y renegaba esa posibilidad, pero cada minuto que pasaba sentía que estaba acercándose cada vez más a ese lugar prohibido. La entrada de la cueva oscura y pérfida como las fauces abiertas de un lobo, parecían esperar el momento oportuno para engullir a quien se atreviera entrar.

El atardecer estaba acercándose y pronto lo haría la oscuridad de la noche. No podía seguir esperando.

Con una antorcha encendida caminó con paso vacilante hasta ingresar a la cueva. Sus pensamientos se relajaron ante la claridad que guiaba sus primeros pasos, pero pronto solo el fuego le permitía orientarse. No sabía cuanta distancia le separaba de su maestro y este pensamiento lo hizo sudar. El cerrojo de seguridad frágilmente cerrado se estaba abriendo para que sus temores reinaran sobre su inicial valentía. Se detuvo y miró hacia atrás, ya no se veía la entrada, no podía devolverse, quizás estaba cerca pensó para darse algo de valor y continuar. Se detuvo nuevamente y pensó que si el camino se dividía, no podía seguir avanzando y tendría que volver sobre sus pasos, sí, eso tendría que hacer, nadie podría juzgar esa decisión, había entrado en busca de su maestro, pero si tomaba el rumbo equivocado, el maestro podría estar de vuelta y no se encontrarían.

Esta vez sus oraciones se elevaron implorando que el camino se dividiera.

¿Cuánto tiempo le duraría el fuego de la antorcha? Debía apurar el paso ¿y si no encontraba a su maestro? ¿Cómo volvería? Por un momento maldijo al viejo obstinado y pensó en lo tranquilo que estaría en la academia haciendo sus labores habituales de no ser tan obstinado. Recordó como había llegado a ese lugar y se sintió miserable por pensar eso del anciano. Debía apurar el paso, para eso había venido, para cuidarlo.

La luz de la antorcha empezaba a menguar, pronto se apagaría ¿qué iba hacer cuando eso sucediera? Se quedaría para siempre perdido en esa oscuridad que ya empezaba a sentir como dueña del lugar. Eso pasaría se dijo con pesar, era lo que se merecía por estúpido. Su cuerpo temblaba y sus pies parecían resistirse a avanzar.

La luz de la antorcha se extinguió y su cuerpo quedó petrificado por el miedo, sintió lágrimas bajar por su rostro y empezó a gritar con desesperación llamando a su maestro.

Sus ojos se empezaban a acostumbrarse a la oscuridad y a lo lejos divisó un pequeño punto iluminado. Secó sus lágrimas y sonrió sin mucho entusiasmo. Avanzó a tientas con los brazos extendidos hasta que al camino empezaba a obligarlo a avanzar arrodillado. Sintió que no podía respirar. Jadeaba con desesperación buscando calmar sus agitados pulmones. Estaba llegando, la luz se acercaba a pasos agigantados, su respiración se calmó y avanzó con toda la rapidez que le permitía el reducido espacio, se golpeaba su cabeza a menudo y sus dedos parecía sentirlos sangrar.

Un profundo suspiró salió de sus pulmones cuando cruzó el portal donde todo estaba iluminado.

No tuvo tiempo de maravillarse con lo que estaba viendo, a lo lejos sintió un llanto desgarrado que quebraba el silencio de la cueva. Sus pensamientos alborotados pensaron lo peor. Corrió hacia ese lugar, y de pronto lo vio.

El hombre sabio estaba arrodillado con las manos cubriendo su cara, las lágrimas lo desbordaban, su pecho temblaba con espasmos involuntarios producto de un lloriqueo lastimoso, herido, profundo, como si hubiese sentido la perdida inesperada de un ser, el más amado, el más querido. No estaba herido, estaba destrozado por dentro.

Stravos sintió miedo, un temor que le hizo sentir un escalofrío en todo su cuerpo. No sabía qué hacer, ¿esperar en silencio, consolar, abrazar a su maestro? ¿Qué pudo haber pasado para dejar a este hombre en este estado? Finalmente se arrodilló frente a él, en silencio, acompañándolo en su dolor. Era lo único que podía hacer.

Miraba al que siempre fue fuerte, siempre digno, ahora vencido, encorvado y desconsolado. Le pareció que los años le habían llegado repentinamente, todos de una vez, marchitando su semblante y convirtiéndolo en un anciano desprotegido.

Stravos permanecía inmóvil sin querer interrumpir el trago amargo que estaba bebiendo su maestro.

El llanto del hombre sabio terminó, no le quedaban más lágrimas. Abrió los ojos y se quedó mirando al joven sirviente, sus ojos apagados ahora, habían perdido el brillo atento y radiante que los caracterizaba.

El joven pudo percibir con claridad la desesperanza reflejada en esa mirada triste.

―Todo es mentira… nada es real― Sus ojos volvieron a humedecerse, se limpió una lágrima que se deslizaba con lentitud por las arrugas de su rostro. Respiró con profundidad intentado recuperar su compostura.

¿Vale la pena compartir esto con este muchacho? ¿Vale la pena siquiera articular una sola palabra? Pensó mientras miraba a Stravos.

―Todo es mentira, nada es real―volvió a repetir.

Se levantó con calma y caminó alrededor, con las manos tomadas en su espalda, jugando con sus dedos en forma circular tal como la hacía en su academia, se dio cuenta de esto y se sintió avergonzado, se sentó con rapidez nuevamente.

―Curiosidad, conocimiento, búsqueda…solo ilusiones―dijo con pesar.

El joven vio la locura reflejado en esos ojos hinchados por el llanto. Bajó la vista temeroso, quería gritarle, obligarlo a abandonar ese lugar maldito, pero estaba atemorizado de tal manera que todo su cuerpo temblaba y no podía articular una sola palabra.

―Verdad…amor…dioses…eternidad―balbuceó el hombre sabio y nuevamente el llanto interrumpió sus palabras. Entre suspiros, continuó con dificultad.

―Eso era lo que esperaba encontrar…que iluso, que torpe―se decía a sí mismo en voz alta.

― ¿Sabes quiénes son los sabios? gritó en un arranque de ira. ―Los necios, los imbéciles, los que nada saben o no les importa el saber… ¡oh bendita ignorancia por qué te alejé de mí…por qué te desprecié toda mi vida, cuando debí refugiarme y dormirme en paz en tu regazo cálido y acogedor! ― terminó de balbucear desconsolado.

Se levantó y fue por el rollo que estaba sobre la mesa, lo agarró con fuerza y caminó donde estaba el joven y tembloroso sirviente.

Le ofreció el rollo a Stravos y le dijo―Dos palabras, ¡maldita sea! Solo dos palabras. Era tan fácil encontrar esta respuesta. Siempre estuvo ahí, frente a mis ojos pero aun así no lo pude ver. ¿Cómo pude ser tan ciego?, yo el sabio, el que todo lo sabe, el que todo lo busca hasta encontrarlo, yo el arrogante, el maestro, el estúpido que nunca aprendió nada de lo que realmente importaba.

El joven cerró sus ojos para evitar ver lo que le mostraban, negaba con su cabeza y mientras lloraba solo pudo implorar― ¡Por favor maestro vámonos de este lugar maldito!

El hombre sabio lo miró, sin decir nada, inmóvil, con el rollo temblando en sus manos, hasta que de pronto su cuerpo pareció relajarse, suspiró con profundidad un par de veces y caminó hacia la estatua de la joven diosa. Estuvo un largo rato mirando al vacío, con la mirada perdida, su rostro no manifestaba ninguna emoción.

Repentinamente sus ojo volvieron a brillar, su semblante cambió.

Le recordó al joven sirviente, aquel profesor admirado por todos los que lo conocían.

El hombre sabio le sonrió a Stravos con una sonrisa triste. Sacó de sus vestimentas un lápiz, pareció reflexionar por algunos segundos luego escribió sobre el rollo, lo amarró con extremo cuidado con la cinta plateada, casi con devoción, y lo dejó tras el escudo, luego movió el brazo de la escultura a su posición original.

Apoyó sus manos sobre la mesa y entre dientes con una sonrisa cínica dijo― Hasta que otro imbécil decida venir por respuestas.

Levantó sus ojos y miró a la diosa. Pareció ver una sonrisa en su rostro.

―Sí, ya sé que me lo advertiste― le dijo.

Acarició el bello rostro de la diosa y a modo de despedida le dijo― Ahora soy un hombre sabio…solo que no se para que me sirve― sonrió lacónico y se alejó.

―Vamos Stavros, mi viaje ha terminado.

***

La noche se extendía lenta y silenciosa. La luna llena entregaba esa luz plateada que iluminaba levemente a través de la ventana el cuarto donde intentaba dormir la pareja.

Stravos permanecía despierto como tantas otras noches simulando que todo estaría bien, quizás mañana esos recuerdos desaparecerían, ya era tiempo que dejara de atormentarse por lo que pudo haber sido, pensó para calmar su mente.

Sentía que la mayor parte de su vida había estado en el lugar incorrecto, primero aprendiendo desde lejos en la academia de su maestro pero nunca sintiéndose un estudiante, y más tarde cuando había decidido abandonar todo, quedándose en el pueblo con un conocimiento que de nada servía en ese lugar, un conocimiento distinto al de los aldeanos acostumbrados a la vida simple del pastoreo, la alfarería o los telares.

Miró a su esposa. Era ella quien le había dado un lugar, el adecuado, junto a ella. Y ahora debía dejarla para iniciar un viaje que temía desde lo más profundo de su ser, pero que parecía llamarlo en todo momento atormentándolo por lo que podría encontrar.

Su mujer abrió los ojos, le entregó esa mirada de amor que parecía envolverlo completamente. Acarició su rostro con suavidad y le dijo.

―El momento ha llegado. Te ayudaré a preparar lo que necesites.

Stravos la miró y sus ojos se humedecieron, evitó el llanto que ya lo embargaba, limpió una lágrima que se escurrió sin su permiso y se levantó de la cama.

Antes del amanecer inició el viaje tantos años pospuesto, volvió su cabeza y miró el hogar que dejaba y en la puerta a la mujer que amaba, despidiéndose con un beso en la distancia.

Se dio cuenta que en las pequeñas alforjas sobre el lomo del animal llevaba toda su vida; agua, alimentos, algo de ropa, algunas herramientas de trabajo, un pañuelo perfumado con el aroma de su esposa y un libro que nunca había vuelto a leer.

Stravos cabalgaba sobre el asno, sin apuro, a paso lento. No supo explicarse si esto lo hacía como una forma de retrasar el encuentro con lo que tanto temía, o si era para prepararse por lo que encontraría. Lo cierto es que no quería acabar como su maestro.

Su ruta inevitablemente lo llevaba por la antigua academia donde había servido durante tantos años. Ahora solo era un despojo de aquellos tiempos, un lugar abandonado y desprolijo. De sus años de gloria como faro de sabiduría solo quedaban escasos recuerdos.

Después del viaje, el maestro había entrado en un estado de tristeza y melancolía que no pudo superar. Ya nada le importaba, se entregó a la bebida, a las mujeres y a pasiones mundanas que jamás disfrutó. Nada volvió a llenar su espíritu, renegó del conocimiento y de todo lo que había hecho. Dilapidó su fortuna hasta que un día partió sin rumbo conocido y nunca más se volvió a saber de él. Esa vez el joven sirviente no tuvo el valor de acompañarlo.

Él también partió en un camino sin retorno, pero diametralmente opuesto. También se marchó dejando atrás todo, y al igual que su maestro solo fue acompañado por sus propios demonios, demonios que no tenía el valor de afrontar y con seguridad incapaz de vencer.

Sintió una enorme melancolía por su maestro, por ese buen hombre…ese buen hombre que no merecía terminar así. ¿Le pasaría lo mismo a él? También estaba viajando en busca de respuestas. El maestro hizo lo mismo, y lo que encontró no fue lo que esperaba.

Ese miedo visceral al conocimiento estaba ahora arraigado en su ser, le temía profundamente y a la vez, lo incitaba a buscarlo, a enfrentarlo y vencerlo. ¿Sería capaz? No lo sabía. Ni siquiera lo supo en el momento en que estaba iniciando el viaje. ¿Sería capaz siquiera de adentrarse en la caverna?

Para darse valor se repetía como un mantra sagrado que no debía permitir que sus temores intervinieran en su decisión final, ya no era aquel muchacho, ahora era un hombre y podría enfrentar los peligros que probablemente lo acecharían.

Su propia mente parecía sudar. Maldijo en voz baja, como tantas veces, a esos recuerdos que se precipitaban sin clemencia en su cabeza.

¿Cómo era posible que cada pensamiento estuviera tan llena de imágenes? unas sobre otras, acorralándolo, obligándolo a revivir ese tiempo que lo mantenía en una nostalgia desagradable y permanente.

Ahora se arrepentía de todo el tiempo que había pasado y en el que su pusilánime voluntad no había tenido el valor de terminar lo que había quedado inconcluso.

“Si, somos muy parecidos, pensó, ambos volvimos de nuestro viaje llenos de tristezas…y yo también he enloquecido un poco… quizás”.

***

Había llegado, no necesitó siquiera ayudarse del mapa, había recorrido tantas veces ese camino en su propia mente.

La oscuridad de la caverna no fue atemorizante, como lo había sido durante tantos años en sus habituales pesadillas.

Cruzó el portal y pudo observar una vez más las riquezas que se presentaban ante sus ojos. No lo hizo con avaricia, al contrario, las miraba con temor, como si fueran el origen de todas las desgracias que asolaban a los hombres. Estaban malditas, sin duda transformaban a hombres buenos en lo contrario, los cambiaba hasta hacerlos enloquecer y sacar lo peor de ellos.

Caminó con calma buscando la estatua. Lo había hecho tantas veces, pero esta vez no sintió el miedo que lo consumió durante tanto tiempo en esas noches de desvelo en que sentía la fragilidad de su cordura.

Llegó a la figura de la diosa y luego de algunos intentos encontró el mecanismo que hizo mover el brazo de la diosa y presentar ante sus ojos el rollo dorado.

Lo retiró con cuidado, sentía su corazón latiendo con fuerza, sintiendo cada palpitar en su cien. Su mano instintivamente se dirigió a un tiesto que estaba en la pequeña mesa, estaba a punto de beber cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, lo arrojó lejos como si presintiera que aquello no podía ser otra cosa más que veneno para algún viajero distraído.

Sus manos temblaban, no sabía si estaba haciendo lo correcto, sus peores temores se presentaron y la cobardía a la que se había habituado la volvió a sentir.

Cerró sus ojos y sus dedos destararon el nudo que aprisionaba el rollo. Lo estiró sobre la mesa e intentó darse el último impulso para leerlo.

Se decidió a terminar lo que durante tanto tiempo estuvo pendiente. Aun con sus ojos entrecerrados se preparó para lo peor, encontrarse con algún tipo de hechizo que lo hiciera enloquecer al igual que su maestro.

Tomó aire, todo el que pudo y lo exhaló lentamente, abrió sus ojos… y leyó.

“Miles de millones de años en que no fuiste.

Una eternidad en la que ya no serás.

Y solo una fracción de segundo en que eres.

Vive… solo vive con intensidad.

Y si quieres, simula que tu vida importa”.

Miró sus manos aun temblorosas, se tocó su rostro, sintió su respiración y los latidos de su corazón. Nada había cambiado. Seguía siendo el mismo, solo que ahora, sin ataque de ansiedad ni esa desagradable sensación física que parecía inevitablemente llevarlo a la muerte.

No era un hechizo ni mucho menos.

Volvió a leer esas palabras, ya con menos temor, lo hizo nuevamente y volvió hacerlo hasta que se quedaron grabadas en su mente.

Sonrió algo decepcionado, todos sus miedos, todos sus desvelos habían sido en vano.

Quiso pensar de manera positiva, por lo menos estaba cerrando un capitulo que lo había atormentado durante tanto tiempo.

Volvió anudar el rollo y mientras lo hacía pensó en su maestro, aquel viejo bueno que había enloquecido, sintió tristeza por él, un hombre sabio, si, un hombre sabio que…

No alcanzó a terminar su pensamiento, su corazón volvió a latir de manera apresurada, abrió nuevamente el rollo y leyó en voz baja. Sus pensamientos se atropellaron evitando que pensara con claridad. Las palabras estaban escritas con una letra nerviosa. Eran las palabras del maestro, las que escribió aquella vez.

Se agarró la cabeza con desesperación. Miró el rollo por todos lados lo dio vuelta y rompió a llorar enloquecido…dos palabras, solo dos palabras fueron las que encontró el maestro y ahora…esas palabras no estaban.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS