La casa se ha convertido en un santuario de silencio. Tal vez es el día, tal vez mi estado de ánimo hoy amaneció distinto, no sé. O tal vez simplemente hay días en que todo parece parte de otro mundo,uno más profundo. Las ventanas parecen el portal de una luz divina, las cortinas parecen haberse vuelto más grandes y majestuosas.

La casa se siente acogedora y amplia, y yo no quiero hacer nada. Siento que si enciendo el televisor la armonía se quebrará, o si enciendo mi computador, o que si pongo música este ambiente se esfumará para siempre. No quiero pensar, no quiero perderme nada de estos instantes inmóviles. Entra mi gato, pequeño ser de una dimensión de infinidad, en la cual quizás todos los días son así de atemporales, sensitivos y misteriosos.

Me siento junto a él en la alfombra. Se recuesta, me recuesto. Miramos juntos hacia la ventana, escuchamos el zumbar de un insecto, nos hundimos en todo nuestro peso sobre la mullida alfombra, y yo la siento más palpable que nunca por mis manos. Después se pone de pie y lo sigo. Se sienta frente a la cocina a observar el aire. Lo observo también, y es como observarme a mí: Porque no hay nada, porque yo lo pongo todo. Sale al patio y se echa al sol. Me siento en el pasto y contemplo la vegetación. Bebe algo de agua y le acaricio el lomo y la cola. Es bonito ser un gato. Tal vez hoy amanecí siendo un gato y como no hay nadie en mi casa, nadie me lo advirtió. Sea como sea, sé que en algún momento el ruido en mi mente volverá. Tal vez cuando vuelvan las personas a casa.

Etiquetas: espiritual mistico

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