¡Qué dolor  más grande!

¡Con todo lo que yo hago por ti!

Te acompaño, te mantengo, te alimento, calmo tu sed; te ofrezco descanso en tu cansancio; pero no puedo librarme de ti, porque me tienes amarrada con tus cadenas.

Sólo traes a mi distracciones, dolor, juicios, culpa, esclavitud; tu ego me castiga sin compasión.

Parece mentira que con lo insignificante que eres, te vuelvas tan grande y poderosa con un poco de poder que se te dé; y si te pongo la otra mejilla, sigues golpeándome hasta que me aplastas y me destrozas, hasta que me dejas triste y sola.

Tengo que matar mi adicción a ti, porque huir de ti no es una opción, huir de ti es imposible, porque estamos unidas hasta la muerte, porque formas parte de mi y yo de ti, porque realmente no podría vivir sin ti, ni tu sin mí.

Y el silencio no llega nunca; porque eres mala, eres una loca, una manipuladora que no sabe hacer otra cosa; pero yo conseguiré la victoria si no abandono la batalla; porque sólo yo soy experta en mi; porque el dolor me recuerda de que estoy hecha; y me vuelvo sorda para ti.

¡Maldita mente, traidora!, ya no quiero oírte, ahora escucho a mi corazón, me centro en mi espíritu, anulo todos tus gritos y lamentos, dejaré de llenar tu vaso; porque no vas a poder conmigo; porque tu quieres ser un fuego que quema, pero yo con mi poder transformaré tu fuego en luz, para que ilumine mi camino sin quemarme.

A la dichosa, mente que no calla.

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