“¿Dónde estoy?” piensa. No puede ver nada, todo está demasiado oscuro. Está acostada de lado, el suelo algo húmedo, lo nota en su mejilla izquierda y en la mano que tiene extendida frente al rostro. No llega a verla, pero siente cómo el dedo índice le roza apenas la nariz. Hunde la mano en la tierra, el barro le pasa entre los dedos y se le junta debajo de las uñas. “¿Dónde estoy?”.
Cuando intenta sentarse descubre que las piernas no le responden, no puede moverlas, se concentra en la tarea hasta que le empieza a doler la cabeza y tiene que parar. “¿Dónde estoy?”.
Tiene un nudo en la garganta que la asfixia, quiere gritar, pedir ayuda, pero siente la lengua pegada al paladar, y la boca entumecida no le responde. “¡¿Dónde estoy?!” quiere gritar, pero en su lugar sale un gemido casi inaudible. Se le corta la respiración, el aire apenas le llega a los pulmones. “Me voy a morir”, piensa, “Me voy a morir acá, sola y sin saber dónde estoy”. Intenta moverse una vez más, pero es inútil. Escucha soplar al viento, las ramas de los árboles chocándose entre sí, parece que se burlaran de ella.
Siente la mejilla derecha humedecerse. Se da cuenta de que son sus lágrimas cuando las siente bajar libremente por el rostro. No puede detenerlas y, la verdad, es que tampoco quiere porque es lo último que le queda, la única prueba de que sigue viva. Siente cómo se van formando varios senderos: las lágrimas bajan hasta entrarle en la boca, les siente gusto salado; algunas siguen de largo, se deslizan por el mentón y continúan su viaje por el cuello.
No sabría decir cuánto tiempo estuvo así. Le duele el pecho, el corazón, le duelen los dedos por tenerlos clavados en el suelo. Cuando las lágrimas por fin se detienen, ella sabe en lo más profundo de su ser que no le queda mucho tiempo. Su respiración es superficial y espaciada, pero no le preocupa, al contrario, siente como si un manto de paz la cubriese, y ella lo acepta agradecida.
La brisa trae hasta su nariz olor a pino y rocío, refresca su rostro acalorado de tanto llorar y seca el rastro que dejaron las lágrimas. Su piel ahora tensa y suave, el roce de sus pestañas húmedas sobre las mejillas es como la caricia de un fantasma…
Sus pestañas.
El corazón le da un salto. La mano comienza a temblarle, pero ella la detiene cerrándola en un puño. Respira hondo y exhala, el aire le sale tembloroso. Tiene miedo. Vuelve a abrir la mano, el olor a barro le inunda la nariz y la relaja. Ahora sí, respira hondo
y abre los ojos.
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