Es tarde y afuera caminan las horas, camina la vida y nadie se da cuenta. Adentro, no se detiene el tiempo en la quietud del espacio; continúa marchando, lo nota porque escucha los ruidos que vienen desde afuera. Afuera no saben que ahí adentro el tiempo también sigue, creen que el tiempo no pasa; y ella es consciente de que todo se expande porque hay un afuera que habla. Quiere eliminar esas voces y es cuando espera, espera que el tiempo pase. El espacio es el que la deja ahí adentro; y el que la deja afuera de las cosas, de la vida. 

Si no tengo tiempo dice, me quedo en el espacio. Quiere estar sin tiempo ni espacio, en un estado eterno, en un estado infinito. Piensa que el estado cotidiano la encierra y la aprisiona el tiempo. En lo cotidiano ha perdido el sabor de algunas cosas y conquistado sabores nuevos. Quiere aprovechar día a día lo que aparece para este tiempo y recuerda lo de antes, para que no muera. 

La palabra sagrada pierde su composición en bocas desagradables. Nos gobiernan los peores y los mejores no están en las fotos. La separación hace que se cree algo peor que lo que había. El cansancio le nubla la vista, le hace zumbar los oídos, caen gotas de lágrimas en la tela gastada y descolorida de su remera amada, el fracaso, la tensión en sus hombros. Un leve dolor de espalda le recuerda la angustia que su pecho conserva. 

Hay desolación, gusto a nada, a sin sabor en las cosas que la motivaban a transformar su espacio. Todo de repente ha cambiado y no es culpa del viento, ni de la lluvia. Es ese humano perverso que nunca deja de mirarla, ese enemigo interno que sale y blasfema. Es todo lo que quiere, lo que soñó hacer y lo que su emoción infantil le impide. 

Ya derrotada, ya caída, ya con sus últimas fuerzas mira al cielo y se da cuenta que crecer duele, crecer da miedo; pero que el tiempo es infinito para permanecer en el mismo espacio. Entonces sonríe y alguién le extiende la mano y le ayuda a levantarse.


Alexis Isaac Barreto

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