Banca privada: ¿una estafa ponzi legalizada?

Banca privada: ¿una estafa ponzi legalizada?

Los tumultuosos años sesenta en los Estados Unidos legaron históricos episodios, algunos determinantes en la construcción de una sociedad más avanzada. La mayoría de los sucesos definiendo la agenda de los luchadores por las libertades civiles no necesitan ser recordados. Pero podría ser que, refundido entre los anales de la historia de aquella década, se resguarde la querella más imaginativa en la eterna guerra de la especie humana contra la injusticia, una gloria esperando ser descubierta y deseosa de inspirar a aquellos deprecando por una vida moderna verdaderamente civilizada.

Deseoso de comprar el ideal vendido por su país, Jerome Daly solicita al First National Bank of Montgomery, en la ciudad de Minnesota, en los Estados Unidos, un crédito hipotecario por un monto de 14 mil dólares. Su petición es aceptada y el capital cedido. En el proceso de ejecución del contrato, el prestatario incumple lo pactado en lo referente a las cancelaciones mensuales. Haciendo uso de los derechos en el documento estipulados, el banco decide cobrarse con la casa de su cliente, ansioso de tomar posesión sobre el inmueble. Parecía una historia normal, mil veces repetida y conocida, si no fuera porque Daly, en un giro impresionante de los acontecimientos, interpuso una demanda a su otra parte por incumplimiento de contrato (nada menos) y en el condado de Credit River, “nombre cargado de una bonita ironía” como lo destacaría el economista Alejandro Nadal.

La defensa del señor Daly era portentosa por su sencillez, sagaz por lo inesperada, brillante por lo inobjetable y fascinante por lo innovadora: atacó con un análisis revolucionario de las contraprestaciones inherentes a las partes en todo contrato de esta clase. Él, según lo pactado, había dispuesto su casa como garantía hipotecaria; pero, acusaba el señor, el banco no había otorgado compensación monetaria alguna. Una mirada desatenta consideraría tal defensa una digna de burla. Pero el señor Daly era, claramente, un ciudadano excepcional. El sustento sobre el que descansaba su solicitud era la falla en la empresa financiera a la hora de cumplir el contrato, pues no dispuso realmente “el dinero de la hipoteca”, al hacer “que dicha suma haya sido creada de la nada en el momento de autorizarse el crédito”.

Palabras mayores; más, sin embargo, reales. Al banco acreditar en su contabilidad los 14 mil dólares prestados al señor Daly, aquel no liquidó un activo preexistente. Se puede ser más claro: el banco no acudió a su bóveda para retirar la suma ofrecida a su cliente en el contrato hipotecario. Por lo tanto, acusaba el querellante: “el título hipotecario debía ser considerado nulo de pleno derecho y debía negarse la pretensión del banco de adjudicarse la casa”. El banco, en simples términos, no depositó dinero en una cuenta, solo hizo una promesa sobre su existencia.

La historia podría pasar por una anécdota graciosa de un suceso cómico, una narración sobre el actuar de un hombre dominado por sustancias alucinógenas. Pero por algo la realidad es la musa de toda ficción. El jurado del condado de Credit River le otorgó la razón al señor Daly quien, después del juicio, pudo conservar su hogar. La magia hace presencia en las historias cuando encuentran un impredecible final: el testigo estrella del demandante, la persona cuyo testimonio inclinó la balanza de la justicia a favor del hombre común en pie de lucha contra las injusticias de las corporaciones, no sería otro que el presidente del banco acreedor.

El señor Lawrence Morgan, mandamás del First National Bank of Montgomery, declaró, obligado por juramento, que, en efecto, el monto prestado al señor Daly había sido creado íntegramente “al inscribir una entrada en su contabilidad acreditando dicha suma”, “tal como si éste hubiera realizado un depósito por esa cantidad”. El funcionario dejaría para la eternidad una frase: “tanto el dinero como el crédito comenzaron su existencia cuando fueron creados de esta forma”. Morgan confesó que “al otorgar un préstamo su banco aceptaba un pagaré o una garantía a cambio de acreditar la suma en la cuenta del deudor”, con lo que no “se modificaba el monto de las reservas, aunque sí cambiaban los depósitos”.

La relevancia del caso es inmortal y esencial para comprender por qué es posible y deseable la construcción de un mundo en donde los bancos privados sean una pesadilla de la que la humanidad se haya despertado. Se puede y debe ser más claro, más explicativo. Al firmar los documentos del crédito con el señor Daly, la empresa crediticia era poseedora de un capital de, por solo facilitar una cifra, 100.000 dólares. Al cliente abandonar las oficinas con su chequera en la mano, su contraparte no trasladó 14.000 dólares de su reserva a la cuenta titulada a nombre de Jerome Daly, disminuyendo con esa acción su liquidez hasta los 86.000 USD. Como si de un alquimista se tratara, su quehacer fue anotar en sus libros 14.000 USD en la cuenta de ahorro de su cliente, adicionales a sus 100.000 USD de reserva. Si la historia parece más digna de una estafa que de una transacción crediticia, corresponde exclusivamente a que el público poco conoce el funcionamiento de la banca privada.

La Reserva Federal de Estados Unidos, el banco central pero privado de ese país, redactó hace unos cuantos años un documento titulado “Modern Money Mechanics”. Las ventajas de la tecnología lo han dispuesto para los curiosos en estos temas y, en él, el lector descubre el recóndito proceso de creación del dinero. Como un jefe de la mafia relatando orgulloso a sus esbirros sus crímenes, reza en sus primeras páginas que “el proceso de creación de dinero se lleva a cabo principalmente en los bancos privados”. El documento da sustento a lo argumentado por el señor Daly, al explicar que…

los banqueros descubrieron que podían hacer préstamos, simplemente dando sus promesas de pago, o billetes de banco, a prestatarios. De esta forma, los bancos comenzaron a crear dinero. Se podrían emitir más billetes que el oro y la moneda disponibles, porque solo una parte de las notas en circulación serían presentado para pago en cualquier momento.

El cliente abandonó el banco con una chequera enriqueciéndolo en 14.000 USD. Esa noche, feliz por su bonanza recién adquirida, decidió agasajar a su familia concediendo a ella una cena en el restaurante favorito de todos. Con las barrigas llenas y orgulloso de haber creado una sonrisa en el rostro de los suyos, firmó un cheque por 50 USD para cancelar los platos degustados. No pasaría un día para que el gerente del local comercial se dirigiera al banco, presentará el papel del señor Daly y le fuera entregado a cambió 50 USD en efectivo. El joven cajero anotó el nuevo saldo: 13.950 USD y en las reservas la disminución correspondiente. Es en una ficción, la “Wall Street” de Oliver Stone, donde aparecen las palabras perfectas para describir a la perfección tal operación: “la ilusión se hizo realidad”.

El banco no requería 14.000 USD para hipotecar el activo del señor Daly “porque solo una parte de las notas en circulación serían presentadas para pago en cualquier momento”. La estafa se efectúa en el momento en que el restaurantero canjea el cheque: al banco entregar 50 USD hace creer que el resto de los 14.000 USD ahí están. Pero es una farsa. Como es de público conocimiento, si todos los clientes de un banco se dirigieran a retirar sus depósitos en un mismo periodo de tiempo, el banco no podría cumplir sus compromisos. No verlo es querer cegarse ante la realidad: los bancos privados son una pirámide legal, un sistema Ponzi protegido y avalado por los Estados.

El relato de lo vivido por el señor Daly se convierte en hecho histórico trascendental al encontrar eco en la posteridad. Se lee en «El Valor de las cosas» de Mariana Mazzucato que: «No fue hasta después de la crisis de 2008 cuando el Banco de Inglaterra reconoció que los ‘préstamos crean depósitos y no al revés’». Y, aun así, el veredicto es más letal por su capacidad para destruir una mentira propagada por el neoliberalismo: el funcionamiento de los bancos y la impresión monetaria pública. El establecimiento político y económico global sostienen que los intermediarios financieros toman dinero del público a un costo más bajo del que lo disponen y que, la diferencia entre sus costos e ingresos es su tasa de ganancia. No es tanto que la conquista del señor Daly desbarate tan estructurada falacia; sino que es suficiente para revelar el verdadero y siniestro negocio de la banca privada: el señoraje.

La creación monetaria contrae beneficios insuperables y el más importante es, precisamente, ese: el señoraje, “palabra que- alecciona Alejandro Nadal-, proviene del poder exclusivo que tenía antaño el señor feudal para acuñar monedas” y que técnicamente se entiende como la diferencia entre el costo de producción de la moneda y su valor nominal. Producir un billete de cien dólares acarrea costos de alrededor de tres centavos; pero su poder de compra es de cien dólares. Imposible conseguir mejor inversión que cobrar una tasa de interés a un billete creado de la nada… Por la inmensidad de su poder el señoraje había sido, y debería ser entregado en exclusiva a instituciones públicas; pero al crear dinero con los créditos la banca privada se auto designó tal potestad. Reside ahí la explicación al porqué la digitalización de la banca es la mina de oro máxima para el sector: la tecnología expande la posibilidad de crear moneda hasta límites inimaginables y sus costos se acercan aún más a cero. El documento revela que, el 97% del dinero actual es digital.

Las cifras son abrumadoras: En el Reino Unido las utilidades por el señoraje rozan los 23 mil millones de libras esterlinas anuales, (1.2% del PIB) y en México palpan el 0.7% del PIB (8 mil 400 millones de dólares). En el resto del mundo, encantados en liberalizar y expandir sus sistemas bancarios (influenciados por los éxitos de Estados Unidos y Reino Unido, según Mariana Mazzucato; o presionados por las instituciones financieras internacionales, acorde a Ha Joon Chang), las cifras rondarán mismos valores. Nadal califica las desbordantes cantidades como “un bonito regalo para los señores del dinero” y su ironía en nada se equivoca, pues todo el entramado es un subsidio de la sociedad a la banca privada. Porque el costo asumido por el público al otorgar tan «increíble privilegio» a la banca es, como explica en «el efecto Cantillon», la inflación.

El relato aún no ha concluido las páginas del prólogo. Y las sabias palabras del banquero Umberto Calvini en el filme «The International»: «Quien controla la deuda, lo controla todo», reales como inmenso el océano, indican el tono de los capítulos restantes. El triunfo del señor Daly descubre una realidad escondida al público al irradiar luz sobre un pedazo del tejemaneje. En el más simple, sí; pero por muy recóndito que sea el laberinto, una perspectiva amplía permite fácilmente encontrar la salida. El innegable poder de la banca privada, donde reposa su indiscutible fortaleza, se descubre a plenitud al descifrar el funcionamiento de la reserva fraccionaria, una silenciosa estratagema capaz de controlar toda vida humana conectada con el sistema económico. Y se advierte que el adjetivo de exagerado no es útil para calificar tal sentencia.

Un hecho debe aclararse de inmediato: el Estado no emite moneda; crea deuda. Quien emite es su banco central. Funciona así el mecanismo: en momentos en que el gobierno se enfrenta a necesidades de liquidez, este le solicita a su banco central le adquiera sus bonos de tesorería, creando deuda pública para hacerse a capital líquido. Emite bonos para ser comprados por su banco, comprometiéndose a pagar tal cantidad con una tasa de interés. ¿Cómo se apropia el banco central de esos bonos de deuda? Con la misma magia con la que creó los 14.000 USD del señor Daly: produciendo dinero de la nada. En palabras más técnicas: emitiendo. La cantidad adquirida por el gobierno es depositada en su cuenta… en un banco privado. Ahí, el capital se transforma en moneda de curso legal y forzoso. Más coloquial: en dinero que el banco privado puede prestar a sus clientes.

El depósito recibido se divide en dos grupos: reserva y exceso de reserva. El segundo es el que el banco usa para conceder créditos a sus clientes, a través de la reserva fraccionaria. Conocedores de que los ahorradores mantendrán su dinero en sus cuentas bancarias por largos periodos de tiempo, se permiten prestar hasta siete veces la cantidad a su resguardo. El ardid ahí está: si todo el dinero creado, tanto por la banca privada como por el banco central es deuda, es una realidad lógica por lo espantosa que, el tamaño de la deuda total es mayor a toda la base monetaria existente. En otras palabras: no hay suficiente dinero para cancelar la deuda con la banca privada. Y así una pregunta emerge con el ímpetu con el que nace una estrella fugaz: ¿Cómo se puede salir de una deuda que es mayor a todo el dinero existente? Una indeseada respuesta debe darse: es imposible. Y si todos están endeudados, diría el personaje del banquero en la ficción, los bancos a todos controlan.

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