El monaguillo (Ficción de Navidad)

                                                            

                                                                                EL MONAGUILLO

     Cuando llegamos al casino él se encontraba allí, sujetando la guirnalda que estaba poniendo Tino como complemento navideño. Al entrar, su atención se disparó hacia nosotros. El cabo que sujetaba cayó al suelo, provocando la queja de Tino que, al vernos, bajó de la escalera para atendernos.

      Luisito vino al mundo una gélida noche de febrero. Producto del matrimonio de Antonio y Trini, primos los dos. El practicante tuvo que emplear fórceps debido al tamaño de la criatura; fue un parto complicado. Mucho tuvo que bregar Trini para sacarle adelante, con Antonio todo el día en la fábrica y las dificultades de la extraña enfermedad de Luisito. A los quince años Trini asumió que nada más podía hacer para mejorar sus características.

       El pasado año falleció Antonio, víctima de un accidente de tráfico con el camión con el que trabajaba. Se durmió y cayó al Tajo; nada pudieron hacer los que le encontraron. En Villaencinas nadie vio jamás una lágrima derramada de los ojos del chaval, impertérrito, como si nada hubiera sucedido en casa. Las lágrimas las vertía en la intimidad su madre; a calderos, según una prima suya.

        Su paso por el colegio no estuvo libre de burlas, debido al tamaño y posición de sus oídos: en jarras, cual amenaza de matón de feria; también debidas a su escasa pericia en clase. Los maestros lo tenían ya por imposible. Rara vez resolvió un problema matemático. En lengua era el Guinness de las faltas de ortografía. Sólo la religión, más benevolente, era la que arrancaba la sonrisa de unos aciertos edulcorados para el chaval.

         Detrás de nosotros entró don Gabriel, el cura, que gustaba del café de Tino, con su diario, antes de ir a la escuela. Sentado en su mesa de mármol junto a la estufa, abrió el diario por el obituario, por si habían editado la esquela de algún parroquiano. Luisito se puso frente a él. En silencio, atento, escrutador.

––¡Hombre, Luisito, no te había visto! ¿Qué haces ahí parado? ––Éste se encogió de hombros, sin nada decir, expectante. Levemente alzó la cabeza y se atrevió a preguntar:

––Don Gabriel ¿el niño Jesús me quiere, verdad? ––El sacerdote cerró el periódico y esbozo una sonrisa afectuosa; respondiendo con otras preguntas

––¿Tú qué crees Luisito? ¿Le tratas bien, le rezas todos los días? Las orejas de Luisito se encendieron de un intensísimo rojo de emoción por haber preguntado al señor cura; difuminando en su rostro las arrugas de sus cincuenta años. Hizo acopio de valor y respondió

––Sí don Gabriel, de mañana y por la noche cuando me acuesto

––Entonces descuida, sí te quiere. Y fíjate, ésta mañana me ha dado un encargo para tí. Que seas el encargado de limpiar sus piececitos cuando lo mostremos al término de la Misa del Gallo ¿Te parece?

           Una extensa sonrisa se esparció por todo el casino cuando vimos a Luisito salir acelerado anunciando que iba a decírselo a su madre para que le preparara el mejor atuendo para esa ceremonia.

©Victor Manuel Valenciano. Diciembre 2021

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