Heriste con luz mi triste paisaje y corrompiste escandalosamente la quietud de mis cementerios. Por miedo, si, por miedo odié tus fecundos ojos y los ruiseñores de menta de tu risa y a toda mi oscuridad no le quedó mas que arrodillarse a tus pies. ¿Por qué?, porque si estaba tan a gusto masticando mi dolor, si era cotidiano respirar un hondo pesar, si nadie era todo lo que había y la soledad una niñera silenciosa en cuyo regazo llorar. ¿Qué te hice para que golpees tan fuerte y arrancaras mi piel?. Ahora todo es vivo, los colores son vivos, mi carne es carne viva, no hay forma de no sentir, no hay manera de callar, no hay manera de dejar de ser el principal testigo y centinela de tu danza sobre el estruendoso frenesí de mi corazón renacido. ¿Qué derecho tienes sobre mi existencia, sobre mi vida, mis sueños?, ¿no era mas fácil dejarlos huérfanos?, si un alma dormida nunca padecerá los pesares, si los ojos cerrados nunca serán heridos por la vida y sus colores. Fuiste egoísta al inyectarme primaveras, romper las frías y húmedas paredes de mi mente y raspar lo último de mis sombras…

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