INSTRUCCIONES PARA SALVAR A UN GRILLO.

Los niños salen a jugar al patio trasero, un pasto de barro y malas hierbas ante el que cualquier vecino agitaría la cabeza y resoplaría. Desde donde están pueden verse los tejados de la urbanización nueva, las antenas parabólicas recién instaladas. Antes, en la zona donde los niños viven, todo lo que había eran chabolas y alguna que otra casa “de verdad”, como la suya, con muretes de mampostería y hasta un pedazo de tierra en el que poner la piscina hinchable en verano. Ahora las chabolas ya no están, y en su lugar se alzan anuncios de futuros edificios de apartamentos, con imágenes de enormes terrazas y de hombres y mujeres que caminan despreocupados y llevan a niños como ellos –aunque no exactamente como ellos– cogidos de la mano. A veces algún obrero se pasea por los tejados de la nueva urbanización, añadiendo una teja o fijando una canaleta, y los niños berrean hasta llamar su atención. Cuando el obrero repara por fin en ellos lo saludan batiendo las manos, las sonrisas como dos jugosas rodajas de sandía aplastadas en la cara. Mientras el obrero les devuelve el saludo, susurran bajito: cabrón, malnacido, villano, hijoputa.

Pronto los niños están discutiendo, como siempre antes de encontrar un entretenimiento del gusto de ambos. Al niño le gusta torturar insectos desprevenidos –grillos, lagartijas, saltamontes–, a la niña trenzar hojas hasta obtener collares negruzcos, infestados de pulgón. Hoy nada de eso les apetece y miran a su alrededor, ávidos de ocurrencias, sabiendo que la madre no tardará en volver. Si regresa alegre, es posible que se una a sus juegos. A veces entra en la casa tambaleándose y riendo, tira la vieja lámpara de pie, se tropieza con la alfombra, arma una escandalera con las sillas. Eso es, en principio, una buena señal, aunque el humor de la madre es volátil y puede ponerse como una fiera en cualquier momento. Otras veces entra en la casa ya envilecida, colmada de una energía oscura que emana de su cuerpo como pus. En esas ocasiones se esconden bajo la escalera del patio, entre las ortigas y el olor a pis de gato, y escuchan en silencio sus pasos histéricos, su menearse por la casa como si la persiguiera alguien. Aunque en realidad es ella la que persigue y su presa, evidentemente, son ellos.

–Hoy vamos a jugar a los médicos –dice el niño.

La niña chasquea la lengua. No le gusta ese juego, del que siempre sale con la extraña sensación de haber perdido, aunque lo cierto es que no es un juego de competir y no tiene ganador ni perdedor oficial.

–Preferiría jugar a otra cosa –responde, cruzando las piernas en un demi plié.

El hermano suspira, aburrido de antemano. Los juegos que propone la niña o son soporíferos –buscar formas en las nubes– o están vertebrados por un montón de normas –algunas de atractivo incomprensible–, como llamarla Señorita Pony o fingir que la regadera es un perro fiel que los sigue a todas partes y al que deben recompensar cada vez que les dé la patita, cosa que, por supuesto, la regadera no hace. El niño tuerce el morro, enfurruñado. Hoy no será fácil ponerse de acuerdo. Entonces sus oídos captan un siseo familiar, algo parecido a dos ramas flacas que se frotan. Examina el suelo a su alrededor, a la caza de un verde o un ocre sospechoso. Localiza al grillo enseguida, parado con indolencia sobre una hoja como si el mundo no fuera un lugar plagado de depredadores. Ahora aprenderá. Lo atrapa con un movimiento certero –la clase de movimiento del que solo es capaz quien se ha entrenado durante años–. La hermanita chilla, se lleva las manos a la cara.

–¡Suéltalo! –exige.

A la niña, de vez en cuando, le dan una pena terrible los insectos, aunque otras veces observa muda y fascinada cómo el hermano los tortura, desprendiendo primero un ala, luego una pata, dejándolos escabullirse unos segundos y volviéndolos a atrapar.

–¿Quieres que lo suelte?

La hermana asoma los ojos entre los dedos.

–Sí –confirma.

El hermano juega con el bicho, que aletea dentro del cuenco que ha formado con sus manos.

–Lo soltaré –asegura– si jugamos a los médicos.

La hermana inspira y suelta el aire por la nariz, gruñendo, como un buey al que un agricultor ha golpeado con un látigo. De todos modos, se dice resignada, la madre volverá pronto. Puede ofrecer unos minutos de penitencia a cambio de la vida del grillo, que probablemente esté a punto de asfixiarse ahí dentro.

–De acuerdo –consiente, y el hermano abre las manos y libera al insecto, que vuela y se pierde en el patio sin despedirse.

–Quítate las bragas.

La niña obedece, perezosa. El hermano tiene las manos llenas de mugre, las uñas negras y mordidas porque no ha aprendido a cortárselas y la madre no se ocupa de hacerlo. Las bragas se quedan en el suelo, con una misteriosa mancha amarillenta sobre el algodón y la cara de Minnie Mouse sonriendo sobre el barro seco.

–Ahora, agáchate.

La hermanita se agacha, inclinándose hacia el hermano, de forma que su cabeza queda a la altura de la de este.

–Así no, boba –protesta él–, acércame el horno.

La hermana obedece y cierra los ojos, deseando acabar. El niño llama horno a ese agujero porque dentro siempre está caliente, como si tuviera su propia electricidad. Lo bautizó así la primera vez que jugaron a los médicos, hace ya unas semanas. La madre no volvió aquella noche, y tampoco la siguiente, y la verdad es que ya no sabían con qué entretenerse. Durante el día veían la tele, programas para mayores que a veces daban miedo y a veces asco pero que, en todo caso, eran más emocionantes que los dibujos animados. Por la noche caminaban hasta el supermercado más cercano, a media hora de allí, donde los dependientes sacan productos a punto de caducar y los dejan sobre los contenedores traseros. Sobre todo, hay yogures. Se comían los de fresa y limón y descartaban los de muesli, que guardaban para el final. Cuando ya habían acabado con los de sabor a fruta, agarraban los de muesli –qué asco, ¡comida de pájaros mojada!– y los tiraban contra los coches aparcados en la calle paralela. Si al chocar con el cristal estallan, diez puntos. Si solo se rompen un poco y se escurren lastimeros por el cristal, cinco puntos. Si no se acierta sobre el coche –cosa que a la hermanita le suele pasar– menos dos puntos.

El niño introduce un dedo en el horno y lo dobla, buscando las paredes. Son rugosas, húmedas y pegajosas, como el caparazón de una tortuga a la que hace mucho que no cambian el agua. Mete el dedo hasta el final, intentando rascar una parte que hay arriba y a la que casi nunca llega. Luego saca el dedo y lo huele, y huele tan bien y tan mal como siempre. La hermana se inclina más, agita el culo como una maraca blanda. Siempre sucede lo mismo. La hermanita se niega a jugar, pero luego pide más y más. El hermano ya está acostumbrado a los caprichos de la niña, que a menudo dice una cosa cuando quiere decir la contraria. El hermano vuelve a meterse ahí dentro, esta vez con dos dedos, y los gira hacia adelante y hacia atrás, como a ella le gusta. Un sudor cálido le cae por la mano, y acerca la cara al hueco del que sale. La hermana apoya las manos en el suelo embarrado y le atrapa el brazo entre las piernas, con la fuerza de una mandíbula de cocodrilo. Luego lo suelta, y lo vuelve a atrapar. El niño la oye babear y gemir, como uno de esos perrillos abandonados que pasan de vez en cuando por su calle. Sabe que ya queda poco para que la hermana se retuerza, para que su dedo se quede dentro en el momento más peligroso, cuando el horno parece a punto de pulverizarlo. Entonces, mientras la hermana se menea sobre un balancín invisible y veloz, el niño ve la cara de la madre. Está justo encima del hombro derecho de la hermana, aparece y desaparece según la hermana se mueve.

Debajo de la cara de la madre, claro, está el resto de la madre.

Camina hacia ellos furiosa, maldiciendo. No la han escuchado abrir la puerta del patio, y ahora es demasiado tarde para escapar a su ira. Mientras avanza se aparta el pelo de los ojos, y el niño se da cuenta de que le falta un pendiente. O a lo mejor lleva siempre uno, igual que a veces lleva un zapato de cada o su abrigo de paño largo y, en los pies, unas chanclas. La hermana, para colmo, sigue bamboleándose sobre su mano, aunque a estas alturas ha debido ver a la madre y sabe que les va a caer una buena tunda. La hermana es así, un animalillo inconsciente y disfrutón. La madre la agarra de un brazo y la tira sobre el barro, con las bragas enredadas en un tobillo.

–¡Zorra! –le grita–, ¡no eres más que una sucia zorra!

La madre lanza una patada al esternón de la hermanita, aunque no la alcanza y su gesto parece más un paso de baile, una acrobacia.

–¡Una zorra asquerosa! –repite la madre, y escupe en el suelo al lado de la hermana. –¡Y tú! –señala con el dedo índice al hermano, que duda entre quedarse ahí parado o echar a correr, saltar la valla del patio y no regresar jamás–, tú eres un maldito desagradecido.

La madre se agacha y agarra de nuevo a la niña, la obliga a incorporarse. La niña se protege la cara con las manos, augurando el bofetón. La madre, sin embargo, le levanta el vestido hasta la frente y deja el horno al aire, expuesto a la brisa y los insultos. Lo señala con furia, como si el horno fuera el mismísimo demonio.

–¡Entérate de una cosa! –le grita al niño– ¡Tú no saliste de ahí!, ¿te enteras? –de un manotazo, tira de nuevo a la niña sobre la tierra húmeda–, ¡tú saliste de aquí! –chilla– ¡de aquí! –La madre se baja los pantalones sin desabrocharlos y deja al descubierto su pubis. Está lleno de un pelo rizado, oscuro, que lo distingue claramente del de la hermanita. Se parece más a los que estuvieron viendo en la tele cuando se quedaron días solos, aunque no habían pensado que su madre pudiera tener uno de esos ahí guardado. La madre mira de arriba a abajo al niño: sus ojos inmensos, sus manos delicadas, sucias de la tierra del patio y del horno de la hermanita.

–Ven conmigo –le ordena– ahora mismo.

La madre levanta al niño, que no se resiste, y lo arrastra hacia el interior de la casa.

Antes de cerrar la puerta del patio, se gira hacia la hermanita.

–Si alguien llama al timbre –ordena–, no abras.

La hermana asiente, se queda sola. El cielo se ha encapotado y las nubes tienen forma de sombrilla, de margarita, de escolopendra. A sus pies, entre el barro, un grillo comienza a cantar. Las patas se le quedan pronto pegadas al limo, como arcilla derretida, y el sonido cesa. Se pregunta si ese grillo en concreto será el que ha salvado u otro distinto.

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