Niños éramos y la vida, amable. Padres que no dañaban y un cierto destino seguro abierto ante nosotros.
Mientras a tantos la vida estropeaba, lo nuestro era juego inocente, propio en quienes solo del mundo conocían lo bueno.
No tardó, luego, cuando del rincón cálido salimos, en presentarse esa cosa fea que a todos acecha.
No estuvimos listos, nadie nos dio instrucciones ni guio para sortear el mal paso. Lo cruzamos asustados, confusos, con más o menos suerte. Quedaron partes nuestras, pedazos, sectores, caídos y perdidos en el camino. De allí nadie salió entero.
Esto que hoy se ve, lo que supuestamente somos, es lo que pudo salvarse. Un remanente de mejores épocas.
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