Estimada amiga,
ya sé que tal vez no seas el ángel que yo vi aquel día,
me lo explicaste cuando te posaste cerca de mi torpe escritura,
y mi mesa en ruinas,
… y casi me convences.
Ya sé que no cabes en un solo texto, ni en una sola razón, ni en todos los intelectos.
Tampoco en un solo latido cálido, enorme,
que acapara todo tu pecho,
listos a repartirlos.
Quise esconderte en este poema, mas
te delatan tus manos que están enjugando frentes,
agotadas de fruncirse.
Te delatan tus concejos, sabios como proverbios.
Te denunciaron tus textos,
la media voz entreabierta,
ese aliento que me alivia cuando caigo y me llevas en volandas,
se retuercen los abismos por debajo de tu vuelo,
y tú me salvas. . .
Seguro que tienes alas, no las de aparatosas plumas blancas,
esas no encuentran acotejo en tu abarrotada espalda.
Yo hablo de suaves plumas, cuando a tus versos le crecen,
tus intrincadas metáforas.
Nacen en atardeceres que tú creas,
esa mezcla que haces con porciones de los días y las noches,
y te alzan.
Cuando yo sea un poeta de verdad,
haré toda la poesía que te escriba,
solo con las palabras nuevas y las más antiguas,
que nadie toque con sus dedos ni una letra,
que los labios, no recuerden ni una sílaba concreta,
que no fueran nunca escritas, ni tan siquiera pensadas.
Que cuenten que tu humildad, que tu humana transparencia,
no necesitan de Olimpos,
ni gloriosos redentores,
ni de celestiales nubes, ni de ofrendas exquisitas.
Para estar en lo más alto,
Verónica querida amiga,
solamente haz de ser tú,
y ya te elevas.
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