No imitarás
«Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído».
J. L. B.
Antes de dormir, corregí «Los espejos del tiempo» por tercera vez. Cada frase me sonaba prestada, no de Cortázar, no de Bolaño: de Borges.
Cerré los ojos incómodo.
Soñé.
Antonio Carrizo entrevistaba a Borges, pero la escena no era una sala de radio: era una biblioteca sin paredes, los libros flotaban a media altura. Carrizo tenía la cara borrosa, como si alguien hubiera mojado una fotografía.
—Dígame, Borges, los jóvenes lo plagian. ¿No siente que padece de epígonos?
Borges sonrió de lado. Usaba bastón, pero no lo apoyaba en el piso: lo sostenía en el aire.
—El otro día María me leyó un poema y pensé: qué bien estoy escribiendo últimamente. Luego me aclaró que era de un muchacho de Flores. No sé si alarmarme o agradecer que me ahorren el trabajo.
—¿Ninguno intenta algo propio? —insistió Carrizo, y su voz sonó a graznido.
Borges dudó. Por un instante no vi al escritor, sino a un anciano cansado.
—Bueno, tal vez… Ese muchacho… Casanovas. Escribió “Los espejos del tiempo”. Pero me imita. Y verá, Carrizo: yo ya aprendí a resignarme a ser Borges. Los jóvenes deberían luchar por ser otros. Todos quisimos parecernos a alguien. Yo quise parecerme a Kafka… pero Kafka ya había llegado antes.
Al oír mi nombre, todo empezó a deshacerse.
Desperté con los ojos abiertos. La almohada estaba tibia. Yo no conocí a Borges, nunca pude. Pero desde esa noche guardo una certeza absurda: en algún pliegue del sueño, él leyó mi cuento.
Que otros se jacten de lo que han escrito. A mí me enorgullece pensar que Borges, aunque sea en sueños, me ha leído.
OPINIONES Y COMENTARIOS