Aquel día salí de casa, como suelo hacerlo todas las mañanas para ir a la universidad. Iba tarde y me encontraba desesperada porque no pasaban los buses. El tiempo avanzaba y cada vez me preocupaba más porque debía presentar un parcial, nada más y nada menos que con uno de los profesores más exigentes.

– ¿Qué hare ahora?, ¡No llegaré a tiempo!

Vi el reloj, eran las 6:40 de la mañana y el examen comenzaba a las 7:00.

Mi casa se encontraba a una hora de distancia de la universidad, necesitaba un milagro para poder llegar a tiempo. Era extraño que no pasaran los buses, pero las calles tenían más carros de lo normal, uno tras otro, pitaban en exceso.

Sentía impotencia de no poder hacer nada para llegar a tiempo. En medio del desespero le pregunte a Dios que estaba pasando. -«Señor tu más que nadie sabes que necesito llegar a tiempo, sino presento el parcial perderé la materia y no quiero que eso suceda». Sin embargo, decidí calmarme, pues desesperándome no lograría nada más que angustiarme.

Suspire profundo y decidí caminar, en vista de ver que el tiempo avanzaba y aun no pasaban buses. Ya eran las 7:00 y con lo puntual que era el profesor, pensé que el parcial ya iba a comenzar.

Me concentre tanto en mi caminata que perdí la noción del tiempo. Cuando reaccione me encontraba en un parque, el cual creí que estaba solo, pero no era así. Detrás de uno de los arboles estaba un niño llorando, sentando en el suelo. Decidí acercarme para ver que le sucedía.

Él estaba desconfiado, pero poco a poco logre que sintiera que lo único que quería era hacerlo sonreír.

-¿Qué sucede pequeño?, ¿Por qué estas así?

-Escape de mi colegio. Respondió sollozando.

-¿Por qué hiciste eso?, ¿Ya lo habías hecho antes?

-No, es la primera vez. Lo hice porque se estaban riendo de mi

-¿Quiénes reían de ti?

-Todos. Decía, mientras secaba sus lágrimas.

-¿Quiénes son todos? Pregunté mientras tomaba su manita.

-Mis compañeros y la maestra.

-¿Por qué se reían exactamente?

-Por mi lonchera. La maestra dijo que mis compañeros tenían la razón.

-¿Qué tiene tu lonchera?, a mí me parece muy bonita. ¿Quieres contarme que sucedió?. Inquirí.

El niño alzo su mirada, pude ver la inocencia de su ser en el brillo de sus pequeños ojitos. Tomo su lonchera para secarla, ya que estaba húmeda pues todas las lágrimas caían sobre ella.

-Hoy cuando desperté mamá me hizo un rico desayuno, un sándwich con jugo de lulo, mi favorito y lo guardo en mi lonchera. Estaba feliz porque hacía una semana que no iba a la escuela. Me encontraba en el hospital porque sufro de los riñones. Ayer salí de ese lugar que no me gusta, así que mis padres me llevaron al centro comercial para que comiéramos y paseáramos un rato. En uno de los almacenes vimos esta lonchera y me gustó mucho así que ellos la compraron para mí. Estaba muy feliz porque siempre han sido especiales conmigo, así que me encanta que estemos juntos.

Esta mañana mamá me trajo a la escuela porque papa no podía ya que tenía un trabajo importante y había inconvenientes en las calles. Antes de irse me dio un beso en la mejilla, luego se montó en su carro y se marchó. Al entrar a la escuela, algunos niños me miraban extraño, otros se reían.

Me dirigí a mi salón y allí estaba Carlos, uno de mis compañeros. Él se acercó y me dijo: -¿Qué haces con eso?, ¿Te crees un bebe?

-No empieces a molestarlo. Dijo Clarita, mi mejor amiga, mientras se acercaba a mí. En ese momento me dio un abrazo y me dijo que estaba feliz de volver a verme.

-Que cursi eres Clarita. Te gustan los bebes. Solo los bebes traen la lonchera a la escuela. A nosotros los que no somos bebes, nos dan nuestro propio dinero.

-No soy un bebe, mamá me ama y por eso cuida de mí.

-Déjalo quieto Carlos, no ves que solo hasta ayer salió del hospital.

Él se quedó callado mirándola, pero luego siguió diciendo –Te tratan como a un bebe, ¡eres un bebe!

Todos empezaron a reír excepto Clarita, que me decía que no le prestara atención. Ella y yo fuimos a sentarnos. Carlos se acercó y me quito la lonchera. Él y sus amigos empezaron a patearla como si fuera un balón y las niñas los apoyaban haciendo barra.

Clarita intento que me devolvieran la lonchera pero no lo logro. También intente quitarles lo que me pertenecía, pero la tiraban de un lado a otro. Daniel, mi mejor amigo entro al salón y vio lo que estaba sucediendo. En el momento en que yo trataba de tomar mi lonchera, Clara lo puso al tanto de la situación. El también intento que Carlos me dejara tranquilo, pero no lograba que él me devolviera mi lonchera.

-¿Quién te crees para tomar lo que no te pertenece? Preguntó Daniel.

-Yo tomo lo que quiera, cuando quiera. Respondió Carlos.

-David salió ayer del hospital y lo menos que merece es que sus compañeros de salón lo traten mal. Devuélvele la lonchera.

Los amigos de Carlos me devolvieron mi lonchera y las niñas dejaron de hacer barra. Algunos me miraban con cara de tristeza, otros simplemente esperaban a que Carlos les dijera que hacer.

-Aparte de creerse un bebe es un enfermo. Dijo Carlos, riendo.

-¡Eres un tonto! Gritó Clarita.

De repente se oyó un silencio. La profesora había entrado al salón.

-¿Qué sucede aquí? Pregunto ella.

-Carlos está burlándose de David porque trajo una lonchera. Respondió Daniel.

-Además le dice que es un bebe y lo que tiene es envidia porque su mama no lo cuida como cuidan a David. Agrego Clara.

-¡Cállate! Gritó Carlos.

-¡Silencio! Gritó la profesora. ¿Qué has estado haciendo Carlos? Preguntó.

-Solo nos estábamos divirtiendo un rato. Respondió el.

-¡No es cierto! Tú estabas pateando mi lonchera. Dije.

-¡Eso es mentira!

-¡Es verdad! Gritaron Clara y Daniel al unísono.

La profesora nos dijo a cada uno que le contáramos que había pasado en realidad. Hubo algunos que dijeron que Carlos no había pateado mi lonchera, que eso lo habíamos inventado nosotros tres porque queríamos pelear; otros dijeron que el si estaba pateando la lonchera pero porque yo se la había prestado para que jugáramos todos y que como él me estaba ganando, invente que él me estaba tratando mal; y otros simplemente dijimos la verdad, que yo había entrado al salón y él fue quien tomo la lonchera sin permiso y empezó a molestarme.

Luego de haber escuchado todas las versiones, la profesora nos envió a la rectoría, pero antes dijo: -Estuvo muy mal lo que hiciste Carlos, no puedes tratar así a tus compañeros y a ti David quiero pedirte que no traigas más esa lonchera para evitar inconvenientes, además a tu edad no es para que andes con eso.

Cuando ella dijo así, todos empezaron a reír, incluso ella. Clara y Daniel me decían que no me pusiera triste.

Carlos y yo fuimos a la oficina de la directora y ella lo suspendió durante una semana. Al llegar a mi salón nuevamente, todos se enteraron de la suspensión de Carlos y me estaban culpando.

Yo les decía que no era mi culpa, yo no quería que lo suspendieran pero el mismo se lo busco.

En ese momento lo interrumpí y le pregunté: -¿Pero porque escapaste?

-Quería irme para mi casa, porque me sentía mal en la escuela. Mis compañeros me estaban haciendo sentir culpable.

-¿Y Daniel y Clara?

-Ellos estaban haciendo todo para que yo me sintiera bien».

-¿Cómo escapaste? Pregunté.

-Cuando nos dieron el primer recreo para que desayunáramos, tome mis cosas y salí por debajo de la puerta trasera del colegio sin que nadie se diera cuenta. Pensé que recordaría el camino, pero me perdí.

-Es peligroso que andes solo por la calle. Te pudo haber pasado algo, pero no te preocupes, yo te cuidare. ¿Qué edad tienes?

-Nueve, ¿y tú? Inquirió.

-Dieciocho. No quiero que llores, mejor regálame una sonrisa». Dije.

-Es que estoy muy triste.

-Pero ya paso todo. Ahora es mejor que nos divirtamos.

-Sí, pero antes desayunemos. Dijo mientras abría su lonchera.

El pequeño tomo su sándwich y lo dividió en dos. -Toma, este es para ti.

-Gracias David, pero desayuna tú. Yo ahora me compro algo de comer. No tengo mucha hambre.

-Yo quiero compartir contigo.

Él estiro su mano hacia mí, para entregarme el sándwich.

Al recibírselo, me sonrió y me dio las gracias por estar a su lado. En ese instante mis ojos se llenaron de lágrimas y comprendí porque razón había llegado a ese lugar.

Él y yo reímos mucho y comenzamos a hablar de cosas de niños.

Siempre llevamos nuestro niño interno que nos hace ser dulces.

-¿Puedo decirte algo?

-¿Qué paso? Preguntó con esa inocencia que lo caracteriza.

-Me pareces un niño muy tierno. Te admiro. Dije sonriendo.

Al escucharme, note que no comprendió a que me refería, entonces pregunto: -¿Por qué me dices eso?

-Te contaré como llegue hasta aquí para que puedas comprenderme.

El pequeño sonrió.

-Esta mañana cuando me levante, me arregle para ir a la universidad. Debía presentar un examen con un profesor que es bastante exigente. Tenía que estar a las 7:00 de la mañana en el salón de clases, pero por algo no paso el bus que necesitaba. Estaba desesperada, pero finalmente me calme y le pregunte a Dios porque permitía que eso pasara, pero ya me respondió.

-¿Por qué? Preguntó cariñosamente.

-Porque debía caminar para llegar hasta aquí.

-¿A dónde mí?

-Si, a donde ti. Sonreí. Cuando me resigne a ver que el bus no pasaba, quise caminar para distraerme, ya que eso hago cuando estoy estresada. Me concentre tanto en mi caminata que perdí la noción del tiempo, hasta que llegue aquí y te vi solito.

-Muchas gracias por cuidarme, me siento mucho mejor desde que estas aquí conmigo, pero aun no me has dicho tu nombre. Dijo él.

-¡Oh si, lo siento! Me llamo Mariana.

-¿No sabias que hoy no iban a salir los buses?

-No porque, ¿sabes algo? Pregunté.

-Hoy hay paro de buses, eso le escuche decir a Papá esta mañana cuando iba a su trabajo. Dijo que no podía llegar tarde porque tenía algo importante, así que se iría más temprano de lo normal para no ser atrapado por el paro de buses; por eso mamá me llevo a la escuela.

-Eso quiere decir que quizás hoy no hicieron el examen porque mi profesor no pudo llegar. Dije.

En ese momento, paso una señora vendiendo paletas, así que compre dos, una para mí y otra para David. El niño estaba muy contento y me alegraba verlo feliz.

Cuando terminamos de disfrutar la paleta, el pequeño tomo mi mano, se acercó y me abrazo. No pude evitar sentirme con nostalgia ya que una de las cosas que siempre había querido era haber tenido un hermano pero mi madre no pudo tener más hijos, así que sentirlo en mis brazos me hacía muy feliz.

-Sabes David, cuando te vi aquí triste, me acerque a ti para decirte que los Ángeles no lloran sino que transmiten sonrisas y felicidad.

-Me siento mejor ahora. Dijo sonriendo.

-Cuando estaba pequeña, mi madre también me cuidaba, así como a ti. También se rieron de mí por llevar una lonchera. Cuando llegue a casa ese día, le conté a mi madre lo que había sucedido en la escuela y ella me dijo que no estuviera triste, pues debía sentirme afortunada por tener quien me cuidara. Al siguiente día cuando fui nuevamente a la escuela, le dije a mis compañeros que si querían reírse podían hacerlo, pero que yo le daba gracias a Dios y me sentía bendecida por tener una madre que me protegiera y tuviera tiempo para prepararme el desayuno. También les dije que comprendía que se rieran de mí porque entendía que quizás ellos no contaban con la misma suerte que yo, de tener unos padres que estuvieran pendientes de ellos hasta en lo más mínimo. A partir de ese día, nunca más rieron de mí y con el pasar de los días, todos los que se habían reído de mi antes, llevaron sus loncheras y me agradecieron porque tuvieron la valentía para decirle a sus padres que los necesitaban y que querían que estuvieran más pendientes de ellos.

David me miro y me dijo: -Entonces haré lo mismo que tú, mañana al llegar a la escuela diré lo que tú dijiste.

Tome su mano y le dije: -Esa es la actitud, pequeño.

Alrededor de las once de la mañana, llame a la madre de David para decirle que su hijo estaba bien y que debía darme la dirección para llevarlo a su casa.

Al llegar, su madre salió envuelta en lágrimas y lo abrazo. Ella me ofreció entrar a su casa. En ese momento venia bajando las escaleras el padre del pequeño.

-¿Dónde está mi hijo?

-¡Aquí estoy papá! Dijo David mientras corría a los brazos de su padre.

Al verlo me sorprendí y el al verme se sorprendió.

-¡Jovencita Mariana!, ¿Qué hace usted aquí?

-Vine a traer a su hijo. Respondí sonriendo. Sí, era mi profesor, ese hombre exigente con el que tenía que presentar el parcial. Él me pidió que les contara como encontré su hijo, con lujo de detalles. Los padres de David estaban muy agradecidos conmigo, en especial mi profesor ya que él, en la universidad siempre había sido muy distante y nunca le gustaba hablar de sus cosas, pero ese día fue diferente, pues abrió su corazón.

-Pensé que perdería a mi hijo, de no haber sido por ti que lo encontraste. Por el parcial no te preocupes, porque no pude llegar, el paro de buses me hizo perder mucho tiempo y cuando por fin estaba llegando a la universidad me llamaron para decirme que mi hijo había escapado, así que decidí regresar a buscarlo. Dijo él.

-No se preocupe, para mí fue una experiencia muy bonita haber compartido con David. Dije sonriendo.

Finalmente la madre de David me invito a quedarme para almorzar, y juntos disfrutamos una deliciosa comida. A partir de ese día mi vida cambio, pues seguí viendo a David de vez en cuando y se convirtió en un hermano para mí, ese que nunca había podido tener. Esa misma mañana comprendí que el motivo por el cual no había podido llegar a la universidad fue para proteger a ese pequeño que me recordó lo bello que es ser niño y lo compleja que volvemos la vida al crecer, pero que mientras mantengamos esa alma dulce siempre lograremos sonreír en las dificultades.

Al día siguiente presente mi parcial y lo gane en una excelente nota. Por otro lado, David le dijo a sus amigos aquellas palabras y al igual que sucedió conmigo, sucedió con él, pues Carlos le pidió disculpas y con el tiempo, él también llevo su lonchera.

2015, Jeanette Alejandra Sánchez Lasso.

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