Barrio de Versailles


Barrio de Versailles

«Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria».
(Louise Glück)


El ruido de la lluvia me ha despertado.
Una brisa antigua, fantasma fugitivo,
con labios de frío, besa mi frente y se va.

Viene a mi memoria un ocaso iridiscente:
Buenos Aires muriendo indiferente
entre nubes de fuego.
Edificios, pájaros, gentes, el ayer y el hoy,
todo se confunde en el olor a tierra mojada,
en el sabor indefinible de mi felicidad pasada,
de mi infancia ida.

Recuerdo aquella vez:
había llovido, y en la acera color ocre,
un charco de agua luminosa, transparente.
¿Por qué su imagen en mí perdura todavía?
Y el arcoíris, intacto.

Hacia la chocolatería, el cielo era una nube oscura,
pero su sombra imponente ya no me aterraba.
Traía la brisa fresca, como un aroma frutal,
y era el aire más liviano, y era un gusto el respirar.

Hacia la iglesia, las gotitas en las ramas,
como astillitas de cielo,
brillaban en azul,
como si el mundo fuese un sueño.

Y en casa, mi madre, tan eterna.
Y mi padre volviendo del trabajo.
Y mi hermano mayor, vivo aún en mi recuerdo.
Supongo que era el amor, uno tan verdadero
que, por mero pudor, no se dejaba ver.

La lluvia arrecia de nuevo,
algo me quiere decir, tal vez, que debo salir,
sentirla otra vez en mí como ayer,
cuando creí, inocente de la vida,
que por siempre sería así,
que la muerte no existía.

Iré por esos senderos, lluvia eterna, sin pensar,
las lágrimas que caen del cielo solo ellas lo sabrán,
que voy en busca de ellos, que también me han de extrañar.
Para decirles que nunca he consentido olvidar,
pues siempre vienen conmigo, si a mi lado siempre están,
que son parte de mi alma, por toda la eternidad.

Etiquetas: lluvia milagro

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