Estaba trabajando en el supermercado, cuando me avisaron que tenía una llamada.

Al coger el auricular, escuché la voz de Marisa.

Marisa era la hija de unos amigos de mis padres, que vivía en Ronda, ciudad andaluza de la provincia de Málaga, famosa por sus vistas panorámicas y su espectacular serranía, con la que tuve una breve pero intensa relación,

(como suelen ser todas las relaciones cortas);

– ¿Quique?

– ¡Marisa!, ¡Qué sorpresa!

– Te quería pedir si podía estar unos días, o una temporada en tu casa. Llamé antes a casa de tus padres y me dieron tu dirección. Me he escapado de casa y querría saber, antes de comprar el billete de tren, si podría quedarme contigo.

– Si, claro, ningún problema. Y ya me contarás, que ahora tengo de volver al trabajo.

– Si, claro, te lo explicaré todo en cuanto nos veamos.

– De acuerdo.

Pasaron los días, pasaron los meses, y no tuve ninguna noticia de ella, (pensé que al final se reconcilió con sus padres y dio marcha atrás), hasta que un día recibí una llamada de mi madre diciéndome que Marisa había muerto.

Me quedé helado, no sabía que contestar, ni tampoco le dije que meses atrás se puso en contacto conmigo.

También me dijo que habían invitado a sus padres a casa. Yo, en esa época, en el pueblo donde vivían mis padres, hacía un programa de radio todos los fines de semana, así que decidí dedicarle un poema, y leerlo por la radio en cuanto sus padres estuvieran

El día que llegué a casa, ya estaban los padres de Marisa. Era sábado y yo tenia el programa de radio a las tres y media.

Cuando los vi, los saludé, pero no les comenté nada sobre su hija, ni les di el pésame.

Ellos, supongo que se extrañarían, pero no dijeron nada.

Nos pusimos todos a comer, y cuando llegó la hora de irme hacia la radio, les dije: “Escuchad este programa, que estará dedicado a vuestra hija “.

Al regresar a casa, después de haber terminado el programa, la madre de Marisa, llorando, muy emocionada, se abalanzó sobre mí y me acribilló a besos, diciéndome: “Es el homenaje mas bonito que escuchado sobre mi hija, y un poema hermosísimo. Ahora comprendo como no nos dijiste nada “.

Me pidió una copia del programa de radio y del poema.

El poema que le dediqué fue este:

“Te vi, y quedé fascinado por tus ganas de vivir.

Te vi, y quedé fascinado por tu gran vitalidad.

Quisiste con toda tu alma vivir en libertad

Quisiste poseer la felicidad eterna, pero deberías de haber sabido que esto era imposible.

Odiabas horarios fijos,

Odiabas una vida de rutinas,

Y por esto te lanzaste, desnuda, a la vida,

Querías sentirla, verla cara a cara,

Sin máscaras, ni hipocresías.

Hiciste lo que realmente quisimos hacer todos, pero no nos atrevíamos, nos callábamos

Nuestro orgullo, nuestra vanidad nos impedía hablar de verdad.

Marisa, para mí, sigues viva todavía, en mi corazón, en mi memoria, en mis actos.

Viviste experiencias dolorosas, agradables,

conociste mundo.

Te enfrentaste a todos y con todo, y nosotros admirábamos tu valor.

Pero, valiente chica, lo único que te venció, lo que nos vence a todos, fue el destino implacable,

fue la muerte.

En tu corta edad, viviste experiencias que muchos ni en cien años vivirían,

Por esto te queríamos y te admirábamos,

querías conocer, saber, comprender.

Luchaste por tener una vida propia e independiente

Luchaste para que el monótono horario de una oficina no te atrapará.

Marisa, acuérdate de que todavía nos falta una cita

Y, que cuando nos veamos,

reiremos,

cantaremos

bailaremos

lloraremos

cuando llegue la hora, espero verte guapa, luciendo tus mejores vestidos, y,

reiremos

cantaremos

bailaremos

lloraremos.

Te quiero, como te quisieron con toda el alma, todos los que estuvieron a tu lado,

Aunque, a veces, ellos no supieron comprenderte

Solo quisiste ser tú misma,

Ser LIBRE,

ahora lo has conseguido

Marisa, nos volveremos a ver otra vez,

y acuérdate de que todavía tienes una cita conmigo

y, cuando nos volvamos a ver:

Reiremos

cantaremos

bailaremos

lloraremos “.

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