Jeremaiah y Sarah Lee

Jeremaiah y Sarah Lee


Si pudiera elegir un deseo, pediría quedarme así, como estamos los
dos, toda la noche…¡qué digo la noche… la vida entera! –


¡Oh, que bonito es lo que dices, Jeremaiah. Yo también pediría lo
mismo! –

Se
quedaron abrazados, tumbados sobre la alta hierba del prado, mirando
las estrellas que volvían a nacer, hasta que el frio de la noche les
obligó a soltarse e irse, cada uno a su casa. Él iba a estar una
larga temporada fuera del pueblo para llevar, a varias millas de ahí,
mil cabezas de ganado. Ella en cambio, le esperaría apaciblemente en
su casa.


¡No te olvides de traerme un regalo. Ya sabes que a las mujeres nos
gustan los detalles.! – le iba gritando mientras se recogía el pelo
en un moño escuálido y desaliñado.


¿No te vale con que esté de vuelta? –


Ya sabes que ése es mi mejor regalo. Cada vez que te vas me paso el
día mirando por la ventana esperando a ver cuándo regresas –


Lo sé, Sarah Lee. Estaba bromeando. Te traeré el sombrero más
elegante que vea, lleno de flores y plumas, así de grandes, para que
cuando vayas a misa los domingos, la gente del pueblo solo tenga ojos
para ti –


¿Lo prometes? –


¡Claro que si!. Un sombrero verd…


¡No!. Quiero decir que si prometes volver –


¡Pues claro que pienso volver!. Aquí está mi familia, mis amigos,
mi trabajo y tú –


Me dejas más tranquila – respondió mientras se llevaba las manos
a la tripa y se doblaba ligeramente hacia delante.


¿qué te pasa? –


Oh, nada. Últimamente… me ha empezado a doler el…me da vergüenza
hablar estas cosas con un hombre… –


Soy yo, Jeremaiah. Me puedes contar cualquier cosa –


Lo sé. Verás… ¿te acuerdas cuando estuvo lloviendo el mes pasado
y tuvimos que refugiarnos en el granero del viejo Jabbit? –


Si –


Creo que desde ese día ya soy una mujer –


¿cómo? –


Mi madre ya me estuvo hablando sobre eso –

Mientras
Sarah le iba relatando lo que le había dicho su madre, Jeremaiah iba
acariciando la culata de su revolver con la mano derecha. Hasta ahora
no se había dado cuenta que lo tenia colgando de su cintura.
Jugueteaba sacándolo y metiéndolo rápidamente de su funda.
Amartillaba el hierro sin pensar; y volvía a dejarlo en su sitio
produciendo un ruido metálico semejante a cuando se pisa una cigarra
en verano.

Jeremaiah
le atrajo hacia él, intentando mostrar cariño y cierta comprensión
poniéndole su brazo izquierdo alrededor del cuello apretándola más
de lo debido.


¡Ay, Jeremaiah. Me haces daño. Suéltame! –


Lo siento, Sarah Lee… Estaba pensando en mañana… Hago esto cada
vez que se me escapa algún becerro –


Pues yo no soy ningún animal al que le puedas hacer eso –


Lo siento, es verdad… Entonces… ¿estás…? –


No lo sé. Tengo que esperar unos días. Creo que cuando vuelvas ya
lo sabré. Mientras, rezaré todas las noches para que Dios nos de
fuerzas. A ti en tu trabajo y a mí para llevar esta carga.
Formaremos una familia. Tú trabajaras y nosotros te esperaremos en
casa. Tendrás que dejar de salir con esos amigos que tienes y hacer
esas cosas de niños que hacéis los hombres. No quiero verte tirado
en medio de la calle borracho y que hablen de nosotros. Ni que te
gastes nuestro dinero jugando al poker o bebiendo –

Esa
noche se despidieron más cariñosamente de lo normal. Aunque él
tuviera la mente en la culata de su revolver y ella en una lista de
nombres bíblicos.

Cuando
el sol aún
no había dado señales de vida, Jeremaiah ya
estaba montado en su
caballo,
dispuesto a mandar a todas esas cabezas de ganado al otro lado del
país. Debía de pasar
por cuatro estados y varios ríos, lo que le retrasaría si calculaba
mal los caminos. Con él iban cuatro compañeros más, amigos
de la infancia, y que bien sabían lo que hacían con los animales.

Era
la temporada del ganado; las praderas estaban verdes, había
explotado el grano y los animales podían comer mientras atravesaban
los prados. El cielo era más azul que el día anterior, y el agua
del deshielo caía sin tristeza por los ríos que debían pasar. Todo
lo que les rodeaba tenia olor a trabajo.

Jeremaiah
sabia cómo hacer un fuego con dos ramas minúsculas, cazar un conejo
con su sombrero y un cordel; y dormir al raso sin temor a las
picaduras de las serpientes. Para él todo éso era su mundo.

Mientras
tanto, Sarah Lee seguía sentada, cerca de la ventana, tejiendo;
viendo como las flores crecían en el prado. Sabia que no era lo
único que crecía en ese pueblo. Su ropa le apretaba cada vez más.
Y sus ganas de ir al baño, también.

Así
pasaron varios meses. Una tarde, cuando Sarah iba a comprar a la
tienda del pueblo, vio a los amigos de Jeremaiah tumbados a la sombra
de un ciprés.


¡Hola chicos!. ¿Cuándo habéis vuelto? –


¡Hola Sarah Lee. Qué guapa se te ve. Seguro que ya comes por dos o
por tres personas, jejeje!. Pues creo que hace dos semanas. Dejame
recordar…uhmm… Mi padre me obligó a ponerle herraduras nuevas a
todos nuestros caballos…, así que… si… hace dos semanas –


¿Y Jeremaiah no vino con vosotros? –


Pensamos que estaría contigo –


No ha venido a verme. creí que estabais aún en camino –


Desde que le vimos el primer día nos dimos cuenta enseguida que algo
le pasaba, tenia la mirada distraída, distante… mirando más allá
de las colinas, casi desde que salimos del pueblo. Le preguntamos qué
le pasaba y no dijo nada… Pensamos que había discutido contigo y
lo dejamos correr, ya sabes, no es asunto nuestro… Llevaba todo el
camino con la mano en la cartuchera, acariciando la pistola. Oíamos
como jugaba con el martillo de su revolver. Nos ponía muy nerviosos.
No quisimos hablar más del tema. Decidimos dejarle tiempo para
pensar. Una noche que acampamos cerca de Rio Largo, hicimos todo lo
que hacemos cuando vamos a pasar la noche, ya sabes, recogemos leña,
agua, damos de comer a los caballos, y cocinamos. Cuando Roath volvía
de coger algunas ramas, nos dijo que había visto a una zarigüeña
pariendo entre los arbustos. Fuimos a comprobarlo. Tenias que haberlo
visto, Sarah. Era precioso ver como vienen los animales a este mundo,
aunque sea la criatura más insignificante del planeta. Nos dimos
cuenta de cómo mira la madre a su hijo, cómo le limpia y protege y
le empieza a dar de comer en ese mismo momento –


Me hago una idea. Dentro de poco me tocará a mí –


Ya. Pues mientras todos veíamos ésto, Jeremaiah vino por detrás,
sacó su revolver y lo vació en ellos. Solo quedó el humo de la
pólvora para recordarnos lo que era la vida. Nos dijo que se hacía
tarde y que teníamos que dormir… que había un largo camino
mañana… Todos nos dimos cuenta que su mirada había cambiado. No
logramos reconocerlo. Parecía alguien más mayor, templado en sus
acciones, sereno en lo que piensa. Le temimos desde el primer
momento… Sentimos que había perdido su inocencia… Ya no era el
mismo Jeremaiah que conocimos en la escuela… Esa noche nadie dijo
nada… Nadie hablo nada. Nos fuimos a dormir antes de tiempo con el
recuerdo de la zarigüeña con nosotros… A la mañana siguiente nos
levantamos aún con el olor a pólvora entre nosotros y vimos que no
estaba la montura de Jeremaiah. Pensamos que se había ido a por leña
o a inspeccionar la zona por si había indios, zorros o a echar un
vistazo al ganado. Le estuvimos esperando toda esa mañana. Salimos a
buscarle por los alrededores por si le había pasado algo, pero no le
encontramos. Dimos una última vuelta cerca de donde acampamos y en
un árbol colgado estaba el cinturón con su revolver –

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS