Y
sufres esa desesperación
de
vivir, entre los vivos, como
un
muerto. Tu cara, tu rostro,
a
nadie asombran. Tus manos,
tus
brazos- que a tantos, tocaron-,
ahora
sueñan estrellas.
Y
no te preocupan las mismas
cosas
que a los demás: ni panaceas
solidarias,
ni utopías ardientes,
nacen
de tu boca, y todo en ella,
austero
se vuelve.
Lluvia
de antaño, que mojas el alma,
y
la dejas resbalar-.
©
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