Me despierto todas las mañanas y mi alma me duele siempre un poco más, duele tanto como si dentro de ella existiera un campo lleno de espinas y que cuando el viento sopla se mueven sin parar lastimando todo mi interior. Los recuerdos van en bote navegando en cada rincón de mi mente, pasean y dejan recados, dejan cartas que después en una noche de soledad debo abrir y leer hasta que el mar se desborde y caiga el agua en mis ojos. Porque es tan grande el peso de algunos recuerdos que ni siquiera puedo respirar de forma medianamente normal. El tiempo pasa, el tiempo es cada vez más rápido y yo no hago nada con él. Y tengo miedo, tengo miedo de permanecer siempre en el mismo lugar, no por comodidad sino por no encontrar la forma de lograr algo más, le tengo miedo al futuro, a ese futuro que me mira pidiendo algo más de mi, que me mira sabiendo que algún día voy a estar allí queriendo mirar los trayectos marcados y que aquellos trayectos estén vacíos, que no haya nada por lo cual poder sentirse orgulloso. El miedo es mi enemigo, pero también lo son aquellos recuerdos que navegan en mi mente. No hay día que no pueda dejar cerrado aquel almacén de mis recuerdos, la puerta siempre permanece abierta, y cuando más abro, más parecen acercarse aquellos recuerdos que no sabía que existían.

Pero de alguna forma me van ayudando a recordarme quien sí, quien nunca más y quien solo debe quedarse para siempre transformado en un recuerdo.

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