Elclub de los suicidas

El club de los suicidas

El club de los suicidas

Alejandro Arias Estrada

Primera edición: Agosto 2017

© COPYRIGHT de:

Alejandro Arias Estrada

Si desea comunicación con el autor puede hacerlo a través de su correo personal:

alejandro.arias.1954@gmail.com

ISBN: 970-94423-0-9

A la bella, pródiga, y bendita vida

Alejandro Arias Estrada

Prólogo

El suicidio siempre ha generado opiniones y posiciones diversas y encontradas.

Para algunos el tema es seductor y provocativo, para otros es un hecho perturbador y sacrílego. Para muchos más es tabú, y pretenden ignorarlo remitiéndolo al profundo subconsciente.

Sin embargo, es una realidad creciente y dolorosa; y más allá de nuestra posición con respecto al suicidio, no podemos ignorar que para ciertas personas sigue siendo una alternativa a considerar, bajo circunstancias extremas.

El Hombre es en gran medida, el producto de la relación entre su conciencia y el entorno en el que se desenvuelve. En otras palabras, el individuo es el resultado de la interacción entre su conciencia y su circunstancia. De ahí que seamos tan complejos como diferentes unos de otros; y por consiguiente, el juzgar a un suicida desde nuestra íntima, cambiante e irrepetible circunstancia, suele ser temerario e injusto.

El autor no privilegia al suicidio como una opción para enfrentar situaciones desesperadas, pero tampoco ignora el derecho que asiste a cada ser humano para decidir su vida en momentos cruciales, como suelen ser los concernientes a enfermedades terminales y afrentosas como el cáncer y el sida.

El escritor renuncia terminantemente al papel de crítico o juez de sus personajes, algunos de ellos extraídos de la inapelable realidad, fuente a la que solemos acudir para nutrir nuestra imaginación y dar vida así a nuestros protagonistas, que luego sorprenderán y conmoverán al lector.

“La vida es bella”, dice un miembro del Club de los Suicidas. Tal expresión es mi lema. A este me atengo, y de él parto para relatar esta emotiva y dramática historia.

A.A.E.

CAPÍTULO I

El amanecer del Club de los Suicidas

(Leonardo decide suicidarse)

Hola, soy Leonardo, uno más entre otros 20 millones de habitantes de esta enorme, sucia, ruidosa, atestada y bella Ciudad de México.

Es Diciembre del año….

Qué importa el año.

Basta decir que es la era del “Gran Simulador”.

Estoy aquí para contar una historia extraordinaria. Y si no fuera por su

caudalosa dosis de tristeza, diría que maravillosa.

Soy un sobreviviente involuntario de un peculiar grupo de seres humanos que

nos reunimos con el expreso e irrevocable propósito de suicidarnos.

No era un grupos cualquiera, cómo podría serlo.

Nuestra meta era desaparecer. Rápido, casi en silencio y sin la intención de

dejar huella.

Sin considerarme viejo, digamos que yo transitaba la adultez temprana. Había

abandonado la carrera de Filosofía, y poco después la de Medicina.

Yo pasaba, como suele decirse cuando uno “no se encuentra a sí mismo”, por

una aguda crisis existencial.

Descalabros seguidos en materia sentimental, y choques de orden

generacional con mis padres, me pusieron lo que se dice “al límite”.

No acertaba qué hacer con mi vida. Poco o ningún sentido le encontraba a mi

existencia.

Fracasado en el amor, incomprendido en casa, desilusionado de la decadente

sociedad, y sin ninguna motivación de orden espiritual que me alentara a la

búsqueda interior. Mi precaria e instintiva respuesta se limitaba a cuestionarme:

¿Quién demonios soy?

¿Y qué hago en este mundo de porquería?

No sabía a dónde encaminar mis pasos.

Creía haber visto todos los rostros de la vida, y ninguno me gustaba.

Hasta entonces, no encontraba la verdadera amistad, ni una mujer bonita,

inteligente y desinteresada (No estaba seguro hasta ese momento, que tales

atributos pudiesen coincidir en una misma chica).

En fin, me consideraba lo suficientemente calificado como para decidir mi

destino de un golpe; así, literalmente de un golpe.

Me dije que no quería vivir más. Esta determinación era totalmente cierta.

Supongo que a más de uno le habrá seducido la idea de suicidarse, aunque

haya sido una sola vez en su vida.

Era la tarde de un domingo, a finales a Diciembre.

Una fina lluvia mojaba mi cuerpo, y a decir verdad, mi alma se empapaba.

Caminaba, o debiera decir que deambulaba por el profundo sur de la ciudad.

Casi sin darme cuenta, me adentré en un pequeño parque, arbolado y bien

cuidado.

A qué referirme a nombres fechas y lugares específicos. Pues para efecto de

conocer la historia que voy a contar, estos datos son de importancia marginal y

por lo tanto, podemos prescindir de ellos. Además, y dado el contexto de este

drama, el mantener el anonimato de los involucrados -entiéndase de los

suicidas- es una condición absolutamente necesaria; pues media entre ellos y yo, un pacto

de honor que no quebrantaré.

Mi mente se afanaba en concentrarse únicamente en mi propósito: El de mi

muerte; pero no podía dilucidar la forma, el lugar, ni el momento preciso.

No tenía miedo, sólamente una sensación de vacuidad y una tristeza

grande, muy grande, de esas cuyo peso es capaz de arrastrarte a la tumba.

Esa idea, la de suicidarme, maduraba a grandes pasos hasta convertirse en una

obseción ingobernable.

Con las manos en los bolsillos y la mirada en el piso, prácticamente choqué con un hombre, quien del brazo de una mujer caminaba en sentido contrario.

“Perdón” – Le dije- pues a pesar de mi mortal melancolía, nunca olvidé las buenas costumbres que mis padres me inculcaron.

-No hay problema- contestó el transeúnte-

Levanté la cabeza y miré a un varón, alto, blanco, de incipiente barba y

pelo negro y ensortijado que le caía a los hombros. Vestía una gabardina

verde olivo , más sucia que limpia, y que en sus buenos tiempos debió ser un signo de distinción para su dueño.

Difícilmente rebasaba los 40 años. Lo acompañaba una mujer blanca. 15 años más joven que él. El rostro sin maquillar y el pelo rubio, lacio y descuidado que le llegaba un poco por encima de la cintura. Llevaba consigo un pequeño bolso de piel marrón, y que abrazaba como si tratase de protegerlo o de acariciarlo, o ambas cosas.

En ese momento sentí un impulso repentino, como aquel que tiene el náufrago en su noche negra, y busca en la oscuridad del mar la milagrosa aparición de una mano salvadora , cuando contra su voluntad, ha perdido el valor.

Instintivamente le tendí la mano, provocando con ello el inicio de una plática.

Necesitaba hablar, hablar de cualquier cosa y con quien fuera, pues deseaba escuchar a alguien más que no fuera yo mismo.

-Hola, soy Leonardo- Le dije.

Él me saludó con un apretón de manos inusualmente fuerte, como quien saluda a alguien que se lo conoce de mucho tiempo.

Su piel estaba tremendamente fría; sin embargo, percibí tal calidez en su mirada, que en el momento me inspiró confianza, y supe, de alguna manera, que ese hombre sabría escucharme sin escandalizarse.

-Qué tal, soy Marcos- Fue su escueta respuesta. Y como si él leyera mi mente, agregó:

-Te invito a tomar un café-

Asentí sin más, y nos enrumbamos a un sitio que él conocía.

A no más de 5 minutos de camino, entramos a un pequeño establecimiento, pobremente iluminado, aunque caldeado por una pequeña chimenea.

Pronto nos franqueamos lo suficiente y conversamos de manera abierta y relajada. En ningún momento temí ser juzgado como un loco, desadaptado o mentiroso.

Le conté de mi intención de matarme, y las razones, a mi juicio poderosas, que justificaban mi fatal resolución.

Contrariamente a lo que suele suceder en estos casos, Marcos no se inmutó; y su joven acompañante, cuyo nombre aún no conocía, no prestaba aparentemente mayor atención a la plática, y en ningún momento tomó parte en ella. Sólamente se limitaba a mirar para un punto indefinido, como si buscase algo de interés sólamente para ella. Se la escuchaba tararear una tonada de alguna canción desconocida para mí; además no soltaba para nada su pequeña y arrugada bolsa de piel marrón.

Algo en ella no andaba bien, me daba la impresión de que tenía quebrantada su salud mental, o que estuviese bajo el influjo de algún enervante.

Me desconcertó el hecho de que Marcos no cuestionara para nada mi propósito de matarme. Generalmente quienes conocen de esta intención, pretenden disuadirte, y sólamente uno entre muchos apoya tu resolución; quizás porque está tan loco como tú.

Sin embargo, Marcos no se pronunció en un sentido ni en otro; únicamente me dijo:

-Haz lo que tengas que hacer, y sin dudarlo, pero hoy nada sucederá.

“Los moribundos necesitamos descansar”.

Te invito a mi casa-.

Esas palabras “Los moribundos necesitamos descansar”, me inquietaron.

-¿Necesitamos?- repliqué- No entiendo Marcos.

-Nada hay que entender, no por el momento. Nadie morirá en la víspera-.

Aunque no lo comprendí del todo, sus palabras me tranquilizaron; después de todo, esa frase: “Nadie muere en la víspera”, solía decirla mi madre para referirse, en términos de filosofía banquetera, al hecho de que “nadie se muere un día antes”.

Después de un rato de amena charla, nos marchamos de la cafetería y en pocos minutos llegamos a una vieja casona con fachada de cantera gris. Sin ser perito en materia de arquitectura, presumo que era una edificación añosa, muy probablemente de principios de siglo (del siglo XX).

Sus grandes portones de madera, enmarcados en hierro forjado, le daban un aire de sobriedad.

Al entrar a la casona divisé un patio central, amplio y rectangular, limitado por corredores de ladrillo rojo y columnas de piedra. Al centro, una fuente de cantera negra, ya seca y polvorienta.

Todo me hacía suponer que la vieja mansión pertenecía a una familia pudiente, conservadora y de muy buen gusto.

En su interior no había vestigios recientes de vida familiar; y me refiero a la familia que supuse debía tener Marcos, ya que estaba a punto de conocer en esa misma casa, a otro tipo de “familia”, única, excepcional, y de la que yo formaría parte.

Entramos a una amplia estancia que bien podría tratarse del comedor, prevaleciendo en los muebles la piel y la caoba

Allí, en torno a una mesa rectangular, tallada ricamente en sus bordes y pedestal, un peculiar grupo de personas departían en un ambiente cordial y de aparente camaradería.

Me olvidé por completo del entorno físico y me concentré en aquellas personas, que significarían en mi vida mucho más de lo que nunca hubiera imaginado.

En la silla principal, que suele reservarse para el de jefe de la casa, estaba sentada un hombre maduro, rondaba los 60 años. Moreno, fornido, escasísimo de cabello, y cuando lo tuvo, debió ser con toda seguridad rizado. De amables rasgos faciales; aunque su rostro revelaba un historial de rudos encuentros con algo o alguien, pues aún a la distancia podían distinguirse hematomas y cicatrices antiguas y recientes, así como la nariz desviada.

Vestía ropa oscura e informal. Su voz era calma y pausada, y de una tonalidad grave y cálida.

A la derecha de este, otro hombre, 3 décadas más joven, de pelo abundante y maltratado, y que le llegaba un poco por debajo de los hombros. Alto y esbelto. Podría suponerse que en un tiempo practicó algún deporte de manera metódica. Su rostro, o debiera decir su “facie”, denotaba incomodidad, molestia, o quizá algún tipo de enojo. Un arete en su oreja izquierda era otro rasgo distintivo.

A su izquierda estaba sentada una mujer, madura y hermosa; o como solía decir mi madre: “frondosa”, cuando se refería a una mujer de senos globosos, grandes caderas y piernas bonitas.

Tenía un aire de discreta sensualidad. Alta, blanca, con el pelo negro, rizado y cuidadosamente recogido. En sus grandes ojos negros, con largas y chinas pestañas naturales, se adivinaba un dejo de tristeza y melancolía. Se me figuraba a Dolores del Río en

“La malquerida”.

Ella no hablaba mucho, solo observaba, y por momentos asentía con la cabeza cuando estaba de acuerdo con alguien en algún punto específico.

A la izquierda de esta mujer se encontraba un hombre en silla de ruedas, blanco, de ojos grises, tristes y poco expresivos. Calvo, enflaquecido. Pálido, muy pálido; tanto, que me parecía poder mirar a través de su cuerpo.

Al otro extremo de la mesa se encontraba un hombre de tez muy blanca, ojos intensamente azules, de finos rasgos faciales. Su cabellera era corta y estilizada. Sus cejas cuidadosamente depiladas, le daban un aire de sutil refinamiento. Participaba en el grupo con gran naturalidad y confianza en sí mismo.

Me abismé tanto en la observación de tan especial grupo, que no advertí que Marcos se dirigía a la “asamblea” (supongo que era algo parecido a eso) en estos términos:

-Buenas noches al “Club”-

-Buenas noches Marcos- Contestaron al unísono

-Les presento a mi amigo Leonardo-.

La forma de dirigirse a mi persona apenas a pocas horas de conocerme, me sorprendió y me complació.

-Mucho gusto- contesté un tanto inhibido.

Excepto el hombre de mayor edad, nadie me contestó.

Él me dijo con tono afectuoso:

-Vamos hijo, siéntate-. Incorporándose, me acercó una silla, quedando ubicado entre éste y el hombre de gesto rudo.

-Bien- Dijo Marcos- dirigiéndose al pleno:

Camaradas, por qué no se presentan ustedes mismos-

De nueva cuenta fue el hombre mayor quien habló primero:

-Bienvenido, soy “el cura”- Tal nombre me desconcertó.

-¿El cura?- Me dije-.

-Siéntete como en tu casa- prosiguió. – No te dejes llevar por la primera impresión, en poco tiempo tus dudas se disiparán, y probablemente tú nos aclares otras (esto último nunca ocurrió).

Al llegar a este punto, la madura y bella mujer me dijo:

-Bienvenido, me llamo Celeste….- Y cuando estaba a punto de decir su nombre completo, Marcos la interrumpe:

-Celeste es un bello nombre.-

Ella guardó silencio y se se sentó.

Desde su silla de ruedas, el hombre enfermo (todo apuntaba ello), y quien tenía un cobertor sobre sus piernas, dijo con voz apenas audible:

– -Qué tal Leonardo, me llamo André. No sé si debieras estar aquí,pero en todo caso, bienvenido-

– Toca el turno al hombre de estilizados rasgos y refinado continente:

-Te doy la bienvenida, me llamo Ayesha; si perteneces a este grupo pronto lo sabremos, pero puedo asegurarte que estás en buena compañía.-

¡Qué extrañas palabras!

¿Qué rayos querrían decir estas personas?

El comienzo de este evento me pareció algo extravagante, pero después de escuchar a los miembros del “club”, de la índole que éste fuera, me sentí confundido, y en alguna medida temeroso.

-Gracias Ayesha- Le contesté.

¿Ayesha?

¿Un hombre que se llama así?

No entendía nada.

El último en hablar fue aquél hombre, el de aspecto rudo y decidido. Me pareció el tipo de individuo que habla con la autoridad de quien cree tener todas las respuestas.

-Qué tal Leonardo, creí que ya nadie más vendría. No sé si estás conciente del lugar donde te encuentras y por qué razón; en todo caso no me importa. Pero debo advertirte que aún “siendo de los nuestros”, cosa que dudo mucho, no te será fácil incorporarte al grupo, por razones que muy pronto descubrirás; pero si como sospecho, no eres quien debieras, y sólo estás aquí por curiosidad o por alguna otra razón no justificada, te sugiero que te vayas ahora mismo, ahorrandonos así el tiempo y el esfuerzo de echarte.

En este punto, Marcos lo interrumpe:

-¡Basta anarquista! (vaya nombre)

Pronto descubriremos si es la persona correcta; en tanto, bien harías por elemental hospitalidad, mostrarle a Leonardo tu respeto, pues nada ha hecho para merecer tu descortesía.-

El hombre a quien Marcos llamaba “anarquista”, calló de inmediato, no se disculpó; y sólamente dijo:

-”Bien”.-

Marcos me ofreció disculpas en nombre de aquél, y agregó, dirigiéndose a mí:

-Pronto descubrirás que no es tan mal ser humano como aparenta, lo que él ha mostrado es un vestigio de su “vieja máscara” que no ha caído del todo.-

-¿Anarquista?

¿”El Club”?

¿Ayesha?

¿Ser aceptado?

¿”La vieja máscara”?

¿De qué demonios estaban hablando?

Yo estaba confundido e irritado. Un tipo malhumorado me insultó sin que yo supiera por qué.

Estaba a un tris de largarme sin más.

-Leo- Así me llamó Marcos por primera vez; como solían hacerlo mis amigos más cercanos- Posteriormente te explicaré más claramente el origen y el propósito de nuestro club. Sin embargo, debo preguntarte algo; y aunque estoy cierto de conocer tu respuesta, por respeto a mis compañeros, y en obediencia a las reglas que nos rigen: Dinos:

¿Guardarás total e incondicional discreción sobre lo que aquí se diga y sobre lo que aquí acontezca?-

Aún sin saber bien a bien de qué se trataba el asunto, intuí que era algo muy serio; y queriendo ser convincente respondí:

-¡Lo juro por mi vida y por mi honor! – (Una vieja frase que escuché en una película sobre caballeros medievales, y que siempre quise decir).

Mi respuesta debió complacerlos, pues nadie la objetó; y como podrá verse más adelante, esta frase sentenciosa fue adoptada por el grupo como lema de solemne compromiso.

-Bien Leo- Dijo Marcos-

Hay algo en tí que me dice que no mientes. Estoy absolutamente seguro que podemos confiar en tí.- Y al decir esto, se percibió en el grupo (con excepción del anarquista) una actitud de concordancia con Marcos.

A estas alturas de mi contacto con el club, cuya verdadera naturaleza estaba por conocer, ya podía atisbar el peso específico que “el factor Marcos” significaba para el grupo.

-Quienes estamos aquí- Continuó- integramos un “Club de suicidas”. Nos hemos reunido con el expreso propósito de quitarnos la vida, y en un plazo muy breve.

Nuestras razones son exclusivamente de nuestra incumbencia, y nadie está obligado a revelarlas, si no es ese su deseo-.

Sus palabras cayeron literalmente como un plomo. Un peso muy superior al que mi entendimiento y mi ánimo podían soportar.

-¡Dios!- Me dije- ¿Qué diantres hago yo aquí, a media noche con una partida de lunáticos? Como si no tuviera suficiente con mis problemas-.

Como si hubiera escuchado mis pensamientos, a quien nombran André, me dijo:

-Debes pensar que estamos locos, pero no menos locos que tú. ¿No es cierto? Si tú estás aquí es porque te quieres suicidar, lo mismo que nosotros. De manera que no te asombres tanto.

Terció en este punto el hombre a quien llamaban “Ayesha”:

-Es verdad, tal vez seamos un atajo de desquiciados; pero concientes de nuestro deseo, y libres para ejecutarlo.-

¿No es cierto “cura?-

Aludido por Ayesha, este respondió:

-Lo que dicen mis compañeros es cierto en gran medida. Nadie está aquí si no es por su plena voluntad.

Y haz de saber Leo, que todos hemos pasado por una dura prueba.-

-¿Cuál prueba?- Pregunté-

– Aquella con la que se evalúa nuestra condición de auténtico suicida.-

Hasta este punto, yo tenía más dudas que certezas.

Antes de conocer a Marcos suponía que yo era único en mi especie, no concebía que hubiera alguien más “valiente” o más desubicado que yo. Y heme aquí en medio de 7 suicidas. ¿Querían acaso arruinar mi papel de actor estelar? O todo era simplemente una broma muy bien montada para enfrentarme a mi estupidez y reírse de mí.

No entendía una palabra.

De nuevo interviene Marcos:

-Mira Leo, seré más explícito: como todo club, su integración tiene un propósito bien definido. El de este grupo es el de morirnos. Matarnos pues. Somos, por así decirlo, un grupo de suicidas anónimos. No deseamos vivir más y en breve “partiremos”.

Esta expresión: “En breve partiremos”, me sobrecogió.

Hasta este punto ya no tenía duda sobre qué tipo de club se trataba.

Marcos se refería específicamente a la pronta “desaparición” de todos ellos; es decir, al suicidio de todos y cada uno de los miembros del “club”.

Lo que él decía era mortalmente serio, y el desenlace parecía ser inminente.

La inercia de mis pensamientos me llevó a preguntar:

¿Cuándo sucederá?

¿De qué manera?

¿Por qué….

El anarquista me interrumpe abruptamente:

-¡Marcos, a este cabrón no tienes por qué explicarle nada! No sólamente tiene cara de pendejo; es un grandísimo pendejo, es lento de entendimiento y parece no comprender nada;. dudo mucho que sea un tipo confiable y discreto. Y por otra parte, aún no forma parte del “club”, y sinceramente no le veo a este pelmazo madera de suicida.-

En estos términos se expresó en anarquista.

Era cáustico, mordaz, y por momentos hiriente. Aunque a decir verdad no me sentí lastimado; más bien algo desilusionado, como supongo se sentiría un jugador de foot-ball a quien se lo amenaza con no jugar la “gran final”. Y por otra parte, el hombre tenía razón, aún no era admitido formalmente en el “Club de los Suicidas”.

En cuanto al resto, eso de “pelmazo”, “cara de pendejo” y demás, prefiero no decir nada, pues podría ser usado en mi contra.

Por primera vez habló Celeste, la melancólica y hermosa mujer:

-Bueno, yo espero que “acecten”- Sí, “acecten”, tal como se lee es como lo dijo- mi propuesta….

De pronto, y antes de que Celeste pudiera agregar algo más, el anarquista la increpó duramente:

-Caray Celeste, cómo puedes ser tan ignorante; no se dice “acecten”, sino acepten. Tu estupidez no tiene límite.

La mujer se inhibió totalmente, enrojeció de vergüenza, y creo que hubiese querido desaparecer en ese mismo momento.

-¡Basta anarquista”- Lo ataja el cura- Celeste no será intelectual como tú, pero es sencilla y de buen corazón, valores que están muy por encima de tu aparente inteligencia, ya que esta no va acompañada de un mínimo respeto.-

Quién más podría hablar así si no el cura.

El anarquista calló, aunque no pareció importarle mucho la intervención del clérigo.

-Bien- Agregó Marcos- Como verás Leo, no estás muy alejado de la verdad, si piensas que somos un montón de desadaptados sin remedio. Y sin ánimo de justificar al anarquista, él tiene un atenuante, pues al igual que el resto del grupo, está, en alguna medida, “en trance de muerte”; y como podrás comprender, los moribundos no suelen ser enteramente responsables de sus actos.- Yo no compartía su punto de vista, pero nada dije.

Marcos volvió a hablar:

-Celeste, por favor termina de platicarnos tu opinión-

Ésta, ya recuperada del penoso evento con el anarquista, dijo:

-Pienso que hay que ponerlo a votación, para ver si Leo se queda con nosotros.- Así, de esta sencilla manera es que hablaba Celeste.

-Lo que ella propone es lo justo. Procedamos- dijo Marcos.

En este momento perdí el control, y dirigiéndome al grupo, les reclamé.

-¿Proceder?

¿Proceder a qué?

¿Con qué derecho van a juzgar mi condición de suicida o de lo que sea?

Lo justo es que yo también los calificara a ustedes…-

Quise decir más pero Marcos me interrumpió:

Leo tiene razón, en parte, pero este club, como todos los clubes y de cualquier tipo que sean, tiene sus reglas. Ninguno de nosotros está aquí porque sí; ni siquiera tú Leo.

En muy pocos días esta casa estará totalmente sola, ninguno de los que aquí ves viviremos para entonces.

Hemos pactado por razones y voluntad propias, marcharnos de este mundo para siempre.

Nadie sabe aún el momento exacto ni de qué manera. Supongo que nos sorprenderemos a cada momento.

En tanto esto sucede, tú estarás aquí con nosotro Leo. Y estamos ciertos que no es por azar, pues nada que sea relevante en el mundo sucede de esa manera.

Nosotros asumimos que una fuerza poderosa e invisible cruza nuestros caminos y nos vincula. Algunos lo llaman Destino.

El cómo y por qué llegamos cada uno de nosotros hasta aquí, no es importante para ti.

El punto es que todos coincidimos en nuestro “aquí y ahora”.-

En este momento Marcos se dirige al grupo y les habla de esta manera:

Leonardo ha decidido que no quiere vivir más. No olvidemos que este lugar es un refugio para las almas perdidas, por eso lo invité. Lo que resta es decidir si lo adherimos al club o no.-

Y dirigiéndose a mí, me pregunta:

-Leo ¿Por qué quieres “marcharte”?-

Pocas, muy pocas veces se referían en el club al término “matarse” o “suicidarse”.

Preferían decir: “Partir”, “desaparecer” ,”descansar”, o “evadirse”.

Porque soy un fracasado- Contesté.- Nadie me comprende ni me interesa comprender a nadie. Me encuentro en un laberinto oscuro y sin salida; y a decir verdad, no deseo ya encontrarla.-

-¿Tienes familia Leo?- Prosiguió Marcos- Quien a estas alturas ya no me quedaba duda que él era el líder o “gurú” de los suicidas, y que gozaba ampliamente del beneplácito y confianza del club.

– Sí- Le respondí- Pero he roto con ella, y también con el mundo.-

– ¿Qué quieres decir con “he roto”?-

– Quiero decir que me han decepcionado y no veo reconciliación posible.-

– ¿Amas a alguna mujer?- continuó Marcos.

– La amé, pero ya no más.-

– ¿Te traicionó?-

– Me decepcionó.-

– ¿Te traicionó?- repitió en tono apremiante.

– No contestaré.

– No lo hagas, si no quieres Leo, pero dinos algo más, algo más “convincente”.-

-La vida ya no tiene sentido para mí -argumenté- , y no estoy seguro si alguna vez lo tuvo.

Pero dime tú Marco: ¿Cómo saber cuándo la vida tiene sentido?-

-Pues verás Leo, aún sin ser perito en materia del “sentido de la vida”, supongo que lo sabes cuando lo descubres. Cada uno valora de manera distinta su existencia. Para muchos la vida cobra sentido en la medida que atesoran bienes y escalan posiciones sociales, para otros la vida tiene significado cuando comparten su felicidad; y hay quienes se afanan hasta el límite del sacrificio para ser “queridos” . Y los hay para quienes como tú, la búsqueda misma lo significa todo.

Después de ese pequeño discurso acerté a contestarle:

Pues considerándolo desde esa perspectiva, no he encontrado ninguna causa que seguir, ni horizonte alguno que alcanzar. Todo esto, aunado al hecho de que “ya estoy cansado de vivir”.-

Marcos me impugna:

-¿Cansado de vivir a tus “veintitantos” años?-

-¿Qué hay con eso?-

– Nada, nada.-

-Ya oímos suficiente- dijo el anarquista- , y lo único que puedo decir es que este cabrón no aprueba ni siquiera como aspirante a suicida. Por consiguiente, lo “invito” a largarse

cuanto antes.-

André lo secunda, en su tono leve y pausado de siempre:

-Yo opino que Leonardo no debe ser admitido en nuestro club. No es, ni será nunca un verdadero suicida.-

El cura se suma a la negativa:

-Pues “viéndolo bien mirado”…. (era esta una peculiar manera del clérigo para significar que ha sopesado juiciosamente un asunto).. No quiero que su sangre caiga sobre mi cabeza.

Este, nuestro pequeño y ruinoso mundo (se refería seguramente al club) no es para él.-

– ¿Y tú Ayesha? – Lo inquiere Marcos-

– Yo me adhiero a la voluntad de Leo. En alguna medida, y sólo en alguna medida; me encuentro aquí porque consentí que otros decidieran por mí.

Equivocado o no, Leo es quien debe mandar en él. -Y volteando a donde Marcos, le pregunta:

-¿Y tú, qué piensas?-

-Por regla general- dice el líder del grupo- el condenado a muerte pide clemencia, y espera un milagro de último minuto para salvar su vida. Y he aquí a un hombre al que queremos salvar, y se siente ofendido. ¿Quién entiende al mundo?

En resumen- continuó Marcos, Leo no es, en mi opinión, un suicida auténtico, y por lo tanto no califica para…-

No terminó éste de hablar, porque así, de improviso, y para sorpresa mía y por lo visto también del grupo; habla por primera vez la mujer que acompaña a Marcos. Alfonsina, la que siempre creí alienada o adicta, o al menos “ausente” del mundo que llamamos “realidad”, me habló en estos términos:

-Quienes estamos aquí somos almas perdidas, perdidas en el más amplio y avasallador sentido de la palabra; al menos en lo que a este mundo concierne.

“Estamos” pero ya no “somos”. Sé que puedes comprender esto, -Dirigiéndose a mí- pues he notado que eres un hombre de natural inteligencia.-

Este “he notado”, me intrigó. ¿Cómo puede notar nada quien aparentemente habita en otro mundo, en otra dimensión?

-Tú no eres una alma perdida- Continuó- sólamente te has extraviado, y ciertamente, como Marcos bien lo dijo, el deseo de matarte es sólo un impulso de tu ego. Un capricho engañoso y peligrosamente mortal.

Mira Leo, hasta el deseo de morir hay que sentirlo con pasión, y nada de eso hay en tí.-

En este punto la interrumpí:

-Perdón Alfonsina, pero ¿Cómo puedes saber cuánta pasión siento?

¿Cómo puedes detectarla y medirla?-

-¡Necio, entiendelo!- endureciendo el tono de su voz-

“La muerte es como la poesía, sólo acude a quien la necesita”.

¡El verdadero suicida ya está muerto!.-

Sus palabras fueron lapidarias.

No supe qué contestar. Había roto mis esquemas.

Todo estaba dicho.

Sentí ganas de llorar.

La última en votar fue Celeste, y contra lo que yo hubiera pensado, también falló en mi contra. Se opuso a mi inclusión en el grupo con estas simples palabras:

-”Leonardo no está pa´ morir tan pronto aquí.”-

El dictamen fue contundente. No sería aceptado en el Club de los Suicidas. Si persistía en mi empeño de matarme, según fui advertido, tendría que ser en otra parte.

En este punto de la historia, mi obsesión por suicidarme se había atemperado. Sin embargo, no todo fue pérdida, pues algo pude conseguir.

Podría permanecer en el Club, pero en calidad de “socio pasivo”, es decir; no podría quitarme la vida. En cambio, se me permitió bajo rigurosas condiciones, ser el relator de este drama.

He aquí las inflexibles condiciones que impuso el club:

1.- Sería yo solamente un “testigo”, sin voz ni voto. (El anarquista resumió esta exigencia, diciéndome: “Como si no existieras Leo”).

2.- No podría interactuar con el grupo, salvo que expresamente me lo pidieran (cosa que nunca ocurrió).

3.- Bajo juramento, y “por mi honor y por mi vida”, debería mantener el anonimato y secrecía de los suicidas y del Club.

El respeto irrestricto a este punto era de capital importancia para el grupo. Por supuesto que acepté.

De esta manera es que ocurre mi primero y decisivo contacto con el exclusivo Club de los Suicidas.

CAPÍTULO II

El Club sesiona

Una vez superado el turbulento episodio sobre mi rechazo para engrosar las filas de los muertos, una aparente calma reinó en el grupo. Una especie de tenso armisticio entre la vida y la muerte.

En el seno del Club de los Suicidas, el tiempo, tal como se lo conoce en el mundo que llamamos “real”, es del todo irrelevante. Aquí cada quién tiene su propia relación con las horas.

Bien decía Marcos cuando sentenció: -”Supongo que nos sorprenderemos a cada momento”. – Y para muestra, he aquí el primer botón:

El anarquista, jamás lo hubiese yo imaginado de él, ya que era un homofóbico declarado, sugirió un “pacto de sangre” para sellar su juramento de muerte.

Nadie rehuyó a su propuesta; no obstante que el grupo sabía a ciencia cierta que André, el hombre enfermo al que ya me he referido, tenía sida.

André nada dijo. Se lo veía muy sorprendido, como quien recibe una distinción que no cree merecer. Una mezcla de excitación e inhibición lo inmovilizaron en todo sentido.

Y cuando todo parecía que el pacto de sangre, con el que los juramentados suelen sellar un compromiso de honor, iba a celebrarse; ocurrió algo inusitado:

Marcos rompe con la atmósfera de grave seriedad que se había generado ante la inminencia del ritual de sangre:

-Vamos compañeros, dejemos eso para los niños exploradores, o para los adolescentes enamorados.

Recordemos dos circunstancias:

En efecto, tenemos un pacto de honor, pero con nosotros mismos. Un vínculo de coincidencias que nos relaciona; una especie de necesidad común. Nada más.

Si alguien quiere desistir, nadie se lo impedirá, aunque todos sabemos que tal cosa no ocurrirá en nuestro Club.

Somos por así decirlo, “camaradas de armas”; aunque cada uno de nosotros libra su propia batalla.

Hemos de permanecer juntos por muy breve tiempo, pero al final cada quién enfrentará su destino enteramente solo, solo y su alma.

– ¡Pero, vamos!- Dijo Marcos con tono de exaltación-

– Que el momento de sonreír sea nuestro. No es tiempo de caras largas.

Se sellará nuestro pacto, pero no con sangre, que es de muy mal gusto; sino con vino, que es de mucho mejor sabor y de efectos vivificantes-.

Todos cogieron una copa de vino púrpura, y todos la apuraron. Y al unísono, como si cada uno de ellos actuara de acuerdo a una señal convenida, arrojaron su copa de cristal al suelo; queriendo simbolizar con ello (supongo) la fragilidad de la vida, que la bendita muerte pronto segará.

Por unos instantes todo fue silencio.

Y como prueba de que digo la verdad, aún conservo un trozo de cristal de la copa de Marcos (si bien tuve que pedir su consentimiento).

CAPÍTULO III

La última noche del Club de los Suicidas

( en pleno)

Ha terminado la ceremonia de “ las copas rotas . Era , en sentido estricto, una especie de rito de iniciación o señal solemne que anunciaba la cuenta regresiva.

Qué caso el mío, negándome el ingreso al Club, me salvaban de morir. Aún así, yo me sentía decepcionado.

Aún me parecía escuchar el cristalino impacto de las copas al estrellarse contra el piso, cuando Marcos, quien fungía – aunque no “oficialmente”- como el líder de los suicidas, levantándose de su silla dijo:

-Compañeros, nuestro exclusivo Club vive sus primeras horas, y cuando digo

vive, no crean que es un contrasentido o una insensatez, pues nadie ha muerto aún; no al menos formalmente.

“De aquí en adelante el tiempo ya no será medido por un reloj, sino que será el tic tac de nuestros corazones el que ha de medir las horas por correr.-

Esas palabras debieron tener algún sentido para ellos, pues a decir verdad, no había un solo reloj en la casona y nadie llevaba puesto uno; ni siquiera yo.

-Es necesario- Agregó Marcos- que demos lectura a nuestro “código”, pues su cabal

cumpimiento nos permitirá una relación respetuosa, desde el primer día hasta el último.-

El “código” al que Marcos se refería, no era otra cosa que un reglamento interno al que los suicidas debían atenerse.

Yo pude darme cuenta que en realidad los miembros del Club conocían implícitamente tales ordenamientos. De otra forma, cómo se podría explicar el hecho de que todos los suicidas fueran aceptados como miembros “activos” ; y que la lectura a la que Marcos aludía, no era sino un formalismo para darle el toque de solemnidad necesario al “inicio de actividades” del grupo.

El mismo líder es quien lee el Código:

Artículo I.- ”Los miembros del Club de los Suicidas se adhieren a este libremente.

Sin coacción de ninguna índole”.

Artículo II.- “Juramos por nuestro honor y nuestra vida, que jamás, y bajo ninguna circunstancia, persuadiremos a ningún miembro del Club para que no se suicide.”

Este punto, debo enfatizar, es el más importante de todos. Es tal su relevancia, que sin su cumplimiento no podría explicarse la integración del Club, ni la coexistencia entre los suicidas.

Artículo III.- “Juramos por nuestro honor y nuestra vida, mantener el anonimato de nuestros compañeros y la secrecía del Club”.

Artículo IV.- “Juramos por nuestro honor y nuestra vida, no cuestionar las razones de los miembros del Club para quitarse la vida.”

Artículo V.- “Juramos por nuestro honor y nuestra vida”, cumplir, siempre que nos sea posible, la última voluntad de aquel suicida que expresamente nos la haya manifestado.”

Cabe destacar que este pedimento ó “último deseo”, le fue cumplido -salvo una excepción- a todos los suicidas.

Artículo VI.- “Juramos por nuestro honor y nuestra vida”, no interferir en el “método” que cada suicida haya elegido para “partir”.

Artículo VII.- No se admitirá en el Club a quien padezca algún tipo de trastorno mental, a sea adicto activo a drogas o estupefacientes.

Este punto es muy importante, pues el Club consideraba ( y con mucha razón) que la determinación de quitarse la vida, inducida por la acción de algún enervante que alterase el estado de conciencia, y por ende la percepción de la realidad, invalidaba completamente su calidad de suicida.

Este punto en particular fue impugnado por el anarquista (ningún otro miembro del Club lo secundó), ya que según él, Alfonsina estaba loca. Sin embargo, el correr del tiempo- breve tiempo- Le dió la razón al Club, pues quedó demostrado que ella no estaba perturbada.

El anarquista incluye (a título personal) un artículo transitorio, y que decía a la letra:

“…..”Y sólo se mentará la madre si es estrictamente necesario.”

El Club celebró su ocurrencia, pues no era más que una broma.

Hasta esos momentos, poco había conocido a los personajes de esta sorprendente historia; pero por respeto a la lógica elemental del relato, considero menester poner en conocimiento del lector los rasgos distintivos, que a mi juicio mejor caracterizaban a cada uno de los suicidas; ya que de esta manera se podrá comprender mejor su personalidad y la vinculación dinámica entre ellos.

Mi conocimiento del Club y sus miembros fue dándose progresivamente. Y fue así, como las horas transcurrían y los impactantes eventos se iban sucediendo, que yo sabía más sobre ellos. De sus razones, sus miedos, sus sueños; y en alguna medida, también de sus misterios.

Yo sólo interpreto la realidad de lo que fui testigo; sin pretender retratarla, porque tal cosa solamente la realidad misma puede hacerlo.

Marcos, pionero del Club, era cauto, directo, intuitivo y firme. Sabía

escuchar; aunque no había en el Club rangos ni prerrogativas especiales, en el terreno de los hechos era él el miembro más respetado.

Por razones que nunca llegué a conocer, el Club de los Suicidas se integró en torno a él. Sin querer decir con esto que que él los haya “reclutado”.

Tampoco fue Marcos la “garganta profunda”, como maliciosamente lo llamó el

anarquista en alguna ocasión; sin embargo, era él quien más conocía a cada uno de los suicidas y quien más confianza les inspiraba.

Marcos era un personaje complejo y enigmático. Nunca se supo nada de su pasado, pues pues evitaba hablar de sí mismo.

De él conocí por primera vez la concepción filosófica que llamaba “entrar por la pared”, y que detallaré más adelante.

El anarquista era bien parecido, irónico, por momentos altanero y petulante;

homofóbico confeso. Ridiculizaba a la Iglesia, odiaba a los políticos, y tenía una acendrada animadversión contra Celeste y el cura; si bien no era especialmente gentil con el resto del grupo.

André, un adicto a las drogas “fuertes”, y rehabilitado dos años atrás. Enfermo terminal por SIDA. A pesar de su grave padecimiento, y las limitaciones que éste le imponía, conversaba con enorme lucidez.

Celeste era una mujer madura y hermosa, “rondaba” los 40 años.

Todo indicaba que ella carecía de una educación formal; sin embargo, denotaba la inteligencia propia de los guerreros de la calle. Sin duda una superviviente en el sórdido submundo de la noche.

Podía percibirse en ella una generosa dosis de sensualidad; si bien en Celeste nada revelaba vulgaridad.

Tenía tatuado en su cuerpo “las huellas” del trato que reciben las meretrices de bajo perfil, pues todo indicaba que en materia de prostitución ella era una soldado raso.

Cuando hablaba de sí misma, lo hacía con gran objetividad. Nada de autoconmiseración.

Se refería a su pasado como quien pasa una película en retroceso; como si ella fuese una testigo de sí misma. Me daba la impresión de que hubiese deseado otro rol para sí en el drama de la vida, pero aceptaba con entereza su papel de actriz secundaria, a quien el guión le exige actuar como víctima obligada, infeliz y prostituta, y al que se adhiere con rigor profesional, pues nadie más sino ella, es quien puede darle vida.

El cura. Hombre maduro, sesentón, afable, condescendiente pero firme. Da la impresión de ser el típico párroco de pueblo.

A pesar de las huellas del rudo maltrato en su rostro, nada habla sobre el asunto.

Tiene una relación respetuosa y cordial con todos los suicidas; excepto con el anarquista. Poco puede saberse de su vida, salvo que llegó hasta allí para matarse.

Ayesha es un caso excepcional. Un hombre con nombre de mujer. Vestía como varón, su voz era delgado pero firme.

Para el grupo era un homsexual de pies a cabeza; sin embargo, no se advertían en él actitudes o movimientos afeminados. Tenía, si acaso, un leve aire de calculado refinamiento.

Hablaba con mucha seguridad en sí mismo, y defendía con vehemencia sus convicciones.

Alfonsina es el personaje más misterioso y hermético del grupo.

Aparentemente estaba alienada, pues vagaba casi todo el tiempo por un mundo de ensoñación y abandono, aunque inesperadamente solía retornar al mundo que llamamos realidad, para convertirse en la voz de la conciencia de los suicidas.

Su vida es un completo misterio, y aunque su paso por el Club fue breve, éste fue luminoso e inspirador.

La mayor parte del tiempo se la escuchaba tararear una vieja tonada. Con su mirada aparentemente perdida, y siempre abrazando su pequeño bolso de piel marrón.

S i aún no se han aburrido, y quieren embarcarse conmigo en el buque de la muerte, conoceremos entonces aún más a Alfonsina y al resto de los suicidas; en un viaje lleno de sorpresas increíbles.

El aire de aparente solemnidad que se respiró durante la lectura del dichoso código, había desaparecido, y aunque la noche avanzaba, por el momento nadie tenía apuro, pues como bien dijo Marcos: “El tiempo ya lo medían los latidos de sus corazones”.

Comenzaba ahora una jornada emotiva y excitante en el seno de tan extraordinario Club.

La tensión y formalismo de horas atrás, daban paso a una animada conversación.

Hablaron sobre temas muy diversos, sin embargo, la charla tenía 3 hilos conductores:

El sentido de la vida.

Su percepción sobre la naturaleza de la muerte.

Y sus teorías sobre “el más allá”.

En las miradas de los suicidas se reflejaba un dejo de tristeza. Un aire de refinada melancolía que maquillaba magistralmente sus rostros de condenados a muerte.

Platicaban con natural espontaneidad.

Me daba la impresión que después de cada palabra que pronunciaban, una parte de sus “antifaces” caía. Esa máscara que portamos cuando asumimos nuestro rol en el mundo convencional, el de la realidad cotidiana. Sea este el de un hombre indolente, venal y deshonesto, o el de una persona fiel, gentil y honorable; o la mezcla de todo esto.

Conforme la conversación avanzaba, los rostros de los suicidas quedaban cada vez más desnudos, hasta develar al hombre o a la mujer que realmente eran o creían ser.

Marcos inicia la velada:

-”Buenas noches al Club de los Suicidas, el más exclusivo y efímero de que el mundo tenga memoria.”-

-”Buenas noches Marcos”- Contestaron al unísono, emulando (aunque no intencionalmente) el saludo ritual con el que dan inicio las “comparecencias” en tribuna los doble A.

Marcos retoma la palabra:

-Poco nos conocemos, y aunque no es obligatorio para ninguno de nosotros hablar de sí mismo, juzgo pertinente que quien desee expresarse, lo haga con entera libertad; pues nos ayudará a comprendernos mejor. Y no obstante que ya hemos abordado el barco de la muerte, y con pasaje sólo de ida, la noche aún es joven y prometedora.-

En ese momento, el cura, el hombre maduro y de rostro lastimado; y a quien el anarquista solía llamar “encías sangrantes” (por lo enrojecidas que estaban), dijo:

-Sugiero que comencemos por presentarnos, ya que de este modo nuestro “visitante” (se refería a mí, a Leonardo) tendrá una idea más clara de quiénes somos.- El Club asintió.

-Bien- Continuó el cura- Y dirigiéndose a la mujer de mayor edad, le preguntó:

-¿Quieres comenzar?-

-Buenas noches, me llamo Celeste. Soy prostituta y no deseo vivir más.-

-Ante esta declaración, breve y contundente, nadie pareció mostrar mayor asombro, lo que indicaba muy probablemente, que yo era el único quien ignoraba casi todo con respecto al Club de los Suicidas. Si bien entre ellos, muchas cosas estaban por dilucidarse.

Casi inmediatamente, y sin que mediara ninguna invitación, el hombre de aspecto frágil y enfermizo, habló así:

-Buenas noches, me llamo André….- Y antes de que pudiera agregar algo más, el anarquista lo interrumpe:

-¿André?

¿Es tu verdadero nombre?-

-No, no lo es. Debes recordar que muchos nos cambiamos de nombre y por voluntad propia al llegar aquí. En mi caso anarquista, yo he roto con el mundo y con todo lo que me relacionaba con él. Por eso elegí este nombre, que me gusta más.-

-¿Pero por qué André? A mí me parece afeminado-

-Elegí André simplemente porque me gusta cómo suena.-

-¿Te gusta por su sonido, y nada más que por eso?-

-Así es.-

Varios suicidas esbozaron una sonrisa y el anarquista no dijo más.

Celeste, quien se definió a sí misma como prostituta, le preguntó a André, casi con timidez:

-Oye André, ¿Y tú por qué quieres matarte?-

Celeste era, junto con el anarquista, los únicos que se referían al hecho de suicidarse como matarse.

André se toma un tiempo para contestar, el grupo estaba atento a su respuesta. Todo indicaba que no todos conocían sus razones.

-Bien, como ya lo han notado, me encuentro muy enfermo. Padezco SIDA en fase terminal. El cómo contraje el VIH es asunto mío.-

El anarquista, respaldando su fama de villano, acomete a André con una aseveración temeraria e injuriosa:

-Pues a mí no me parece tan difícil adivinarlo, todo indica que eres un homosexual.-

El grupo quedó atónito. Andres respondió de inmediato:

-Mira anarquista, te lo diré sólo una vez:

¡No soy homosexual!

No es esa la causa de mi mal; pero si lo fuese, lo mismo te reclamaría, pues he aprendido a respetar a todos y cada uno de los que el mundo llama “gays”. Los respeto más que a tí; pues todos tenemos el inalienable derecho de elegir el rumbo de nuestras vidas.

¡Y oyelo bien!

El respeto no es una dádiva.

¡Es una conquista!

Nos lo hemos ganado. Pero temo anarquista, que para tí es muy difícil entender todo aquello que no se ajuste a tu prejuicioso modo de ver la vida.-

El punto quedó aclarado, al menos por el momento.

Fiel a su costumbre, al anarquista calló; y sin ningún asomo de arrepentimiento.

André continuó hablando:

-Debido a la gravedad de mi enfermedad, fui internado en un hospital público, donde después de varias semanas y nulos resultados con los tratamientos, pedí; supliqué a los doctores que pusieran fin a mi sufrimiento, ayudandome a morir con dignidad. Pero mi pedimento, lo que yo siempre he considerado un derecho, fue rechazado. Aludían a estúpidas consideraciones éticas y legales. Me dijeron que bajo ninguna circunstancia cometerían un “asesinato”.

En resúmen, me condenaron a un suplicio enormemente cruel e innecesario, toda vez que mi caso estaba perdido.

Es por eso que me encuentro aquí; decidí “adelantarme”, por razones de dignidad y sentido común, a una muerte oprobiosa.

Ya para terminar, agregó:

Ah, y quiero decirles que me encanta el ajedrez y la poesía; García Lorca es mi favorito.-

Nadie más preguntó nada. André estaba exhausto.

Marcos se dirigió entonces a Ayesha:

-¿Por qué no nos hablas de tí?-

-Ayesha es mi nombre, el por qué……- Su frase fue interrumpida abruptamente por el anarquista, quién más podría ser.

-¿Ayesha?

¿Qué no es este un nombre de mujer?

¿Qué significado tiene?-

Intentando mantener la calma, éste le contesta al beligerante en los siguientes términos:

-En efecto, Ayesha es el nombre de una mujer, lo escogí para mí porque me gusta.

“Ella y yo somos una”. Pero tú eres demasiado insensible y mezquino de espíritu para vislumbrar siquiera el “poder” de un nombre; y no me molestaré en decirte su significado pues no lo entenderías.-

El anarquista no se amilana y arremete:

-¿Por qué un “pinche maricón” como tú…-

-¡Momento anarquista!- Lo ataja Ayesha-

-Te equivocas. Respeto mucho al suicida que llevas dentro, y por esa razón no te rompo la cara.

-¡No soy un pinche maricón!

Al igual que André, yo también respeto mucho a los homosexuales, y aunque no soy uno de ellos, respaldo su causa totalmente.-

Ya “encarrerado”, Ayesha remata:

-¡Y trágate esta maldito!

Amo a “Michelle” con total pasión y fidelidad.-

De nueva cuenta el anarquista lo cuestiona:

-¿Michelle hombre o Michelle mujer?-

-Mira anarquista, no puedo abrir mi fuero interno a un perfecto hijo de la chingada como tú. Y debes saber que me parezco mucho a tí; con la pequeña gran diferencia que tú no te aceptas como eres. Te complace jugar al hombre malvado, pero sólo es una máscara, casi

convincente, que oculta tu mortal tristeza, tan grande , que ha sido capaz de traerte a este lugar.-

En el Club reina el azoro y la confusión.

¿Cómo comprender esta aparente contradicción?

Un hombre enamorado de otro hombre.

Un varón que cohabita con otro de su género ¿Y no se reconoce como homosexual?

Ante esta controversia aparentemente insalvable, interviene Marcos:

-Ayesha ¿Podrías aclararnos el punto, si no tienes inconveniente?-

-Claro que sí.

Yo amo a un hombre, “Michelle”; por él viví, y por él muero.

Y díganme ustedes – Dirigiéndose al grupo-

¿Qué tiene de particular que una mujer ame a un hombre?

Pues yo, sépanlo ustedes, soy una mujer. Pienso y siento como tal.

Tengo alma de mujer, cautiva en un cuerpo de varón.

Pero ese pequeño yerro- Dijo con ironía- es obra del “patrón” del cura.- (Como así llamaba el anarquista a Dios).

-¡El Señor no se equivoca nunca Ayesha!- Repuso en el acto el cura.

Todos callaron ante el inapelable razonamiento de Ayesha, y nadie más volvió a tocar el tema.

En otro momento, Marcos me contó; (Sin que eso significase violar el pacto de secrecía, pues Ayesha mismo lo autorizó) que el padre de ella, con quien había roto toda comunicación tiempo atrás; desaprobaba terminantemente su relación con “Michelle”.

Su progenitor era un hombre prejuicioso, machista y homofóbico, llevando esa intransigencia al extremo de obstaculizar todo acercamiento de Ayesha con su amante.

En pocas palabras, estos eran los antecedentes (los únicos que me permitieron conocer) que “empujaron” a Ayesha para incorporarse al Club de los suicidas.

En un punto de la conversación, André se aventura a preguntarle:

-¿Cómo es que piensas “partir” Ayesha?-

-Bien que lo sé, pero no diré nada por ahora. “En su momento lo sabrán”.-

Y esta frase, “en su momento lo sabrán”, se convirtió en una especie de código de identidad para algunos de los suicidas. De quien primero oí esta frase fue de boca de André, y sus palabras fueron el preludio de un desenlace que limitaba entre lo alucinante y lo macabro.

En otra parte de la conversación, Marcos es cuestionado por André sobre su pasado; tema sobre el cual no quiso hablar, y sólo se limitó a responder:

-Querido André, mi pasado es irrelevante, además, “los muertos tenemos mala memoria”.-

Sus palabras no disiparon ninguna duda, pero eso fue lo que dijo.

Entonces, el anarquista quiso saber de Marcos sobre sus motivos para matarse. Este tampoco quiso responder nada sobre el particular; ante lo cual, el anarquista dijo:

-¿Sabes Marcos?

Por momentos pienso que detrás de esa pose de “sabelotodo” y “encaminador de almas”, se esconde un simulador y embustero que nos engaña y sólo se burla de nosotros; incluso, dudo mucho que seas un auténtico suicida y cumplas tu palabra de matarte.-

Marcos se mantuvo calmo.

-Hay algo de verdad en lo que dices anarquista, y no te culpo por pensar así de mí; supongo que aún conservo vestigios de mi “vieja máscara”, la que con mi complicidad la sociedad me impuso; de manera que te es difícil advertir cuánto hay de verdad en mí. Y con respecto a tu duda sobre si cumpliré o no mi pacto, no tengo ninguna prisa por complacerte.

No olvides que aquí cada quien asume su propia batalla.-

Dada la respuesta de Marcos, el anarquista apuntó entonces sus baterías sobre Alfonsina. Ella, como casi todo el tiempo, se hallaba ajena al mundo que llamamos realidad; tarareaba su canción y abrazaba su pequeño bolso de piel marrón.

-¿Y tú Alfonsina?

¿Cómo es que piensas suicidarte?

Apuesto a que hay poca diferencia entre estar muerta y el “estado” en que te encuentras.-

El anarquista no obtendría ninguna respuesta, aún así, Marcos frenó su maliciosa curiosidad.

-¡Déjala en paz!

Ella no desea hablar por el momento.-

-¡Claro!- Dijo el anarquista-

¿Cómo podría? Si es una lunática. No me explico cómo fue aceptada en el Club.-

-Por el momento- Le contestó Marcos- y quizás por siempre, sus razones están más allá de tu capacidad para comprenderlas. Y puedo asegurarte que Alfonsina no está loca; y muy pronto, más pronto de lo que tú imaginas, ella te mostrará qué tan “quebrantada” está de su mente.-

Tales palabras podrían entenderse en un sentido o en otro, pero me temo que el anarquista no le prestó mucha atención a Marcos, pues hasta esos momentos él sólo se escuchaba a sí mismo.

Y cuando yo pensaba que el tema de los motivos para “partir” se habían agotado, Celeste, quien poco había participado en la charla, le pregunta a Marcos:

-¿Y tú por qué te vas a matar?.-

Esta vez Marcos accede a contestar:

-¡por una mujer! -Dijo.

-¿Te engañó?-

-Sí, me engañó-

-¡Caramba!- Interrumpe el anarquista- Nunca lo hubiera imaginado de ti.-

-¿Ah no?

-¿Y por qué no habría de ser una mujer la causa de mi ruina?

¿No lo es acaso de tantos hombres?-

-Tal vez- Repuso el anarquista,

-¿Pero por una mujer? – Se volvió a preguntar, como resistiéndose a creerlo.

-Me decepcionas Marcos. Siempre pensé que tu causa era más elevada; quizás de naturaleza mística, o acaso de una compleja razón existencial. ¿Pero por una mujer?-

repitió- Y llevándose las manos a la frente en señal de azoro y desilusión, remató:

¡Qué poca…originalidad!

De haberlo sabido antes, hubiese “abierto” mi propio club de suicidas, y con gente que se respetase más.-

El grupo celebró discretamente la ocurrencia del anarquista, y Marcos adoptó una actitud de fingida vergüenza.

Celeste no pierde el hilo del tema, y lo cuestiona de nuevo:

-¿La amabas?-

-Sí, más de lo que nunca pude imaginar.-

-¿Y por qué la querías?.-

-Pues verás Celeste, la amaba no tanto por lo que era ella; sino por lo que ella me hacía ser cuando estaba a su lado.-

-Pues no te entiendo Marcos.-

-Yo tampoco me entiendo del todo amiga, tal vez porque “hay razones del corazón que la razón no conoce”.-

Con esta poética expresión se selló el diálogo.

En tanto, la noche “caminaba”, pero para este “animado grupo de muchachos” , como solía llamarlos el cura, el tiempo, tal como se concibe fuera del Club, ya no existía.

En un punto de la plática, André le hace al cura la pregunta obligada:

-¿Y tú cura, por qué?-

Ese ¿Y tú cura por qué? tenía en el grupo, por sus especiales circunstancias, un significado enorme.

El cura guardó silencio por unos instantes, me dió la impresión de que hubiese deseado pasar desapercibido en cuanto a ese tipo de preguntas. Pero muy a su pesar, respondió:

-Les recuerdo que no me encuentro aquí en calidad de sacerdote; sino que soy “un marino más entre marinos”.

Soy prisionero de un demonio implacable, y me he propuesto “escapar” de él. Nada más puedo agregar, salvo que soy un pobre hombre caído en desgracia, y ….- No pudo el cura continuar hablando, porque el villano del Club lo interrumpe:

-No es necesario que lo aclares cura, yo pienso que tienes un motivo muy obvio; aunque tú, hipócritamente lo ocultas, y ese motivo o demonio, como tú lo llamas ¡Es tu jotez!-

Al decir esta última palabra, todos quedaron estupefactos; miraron al anarquistas con incredulidad, y podría yo jurar que con repudio, pues el Club apreciaba mucho al cura.

André lo impugnó airadamente:

-¡Maldito anarquista!

¡Cómo te atreves!

Te exijo que retires tus palabras. Aquí no juzgamos a nadie.-

-No lo estoy juzgando, sólo digo lo que para mí es evidente: El cura es un homosexual reprimido por su conciencia moralista. Es un pinche maricón que no se acepta, que desde su cómoda posición de pastor de….- El anarquista es interrumpido abruptamente, pues el cura empezó a sudar copiosamente, su tez adquirió un matiz de cera, sus ojos se voltearon hasta ponerse en blanco, sus manos se crisparon, y lanzando un grito agudísimo se desplomó pesadamente al suelo. Cayó como un fardo inánime. El golpe fue seco, su cuerpo convulsionaba violentamente, sufriendo espasmos que lo sacudían de pies a cabeza. Su lengua quedó atrapada entre los dientes, y un hilo de sangre mezclada con espumosa saliva escurría por su mentón hasta empapar su pecho.

Nadie acertaba a hacer nada. El caos se enseñoreó del escenario, el grupo estaba como en choque; excepto Alfonsina, quien impávida, sólamente observaba; parecía una espectadora en el teatro que seguía las secuencias del drama, a sabiendas que el protagonista no sufría de verdad, y que en breve se levantaría indemne. Pero el drama era dolorosamente real. Ahí estaba un hombre atormentado por su demonio, tan invisible como real.

Los segundos parecían horas. Marcos reacciona por fin, y sujetando con firmeza la cabeza del cura, introdujo (con ayuda del anarquista) un pañuelo cuidadosamente colocada

entre mandíbula y maxilar del clérigo para que éste no se seccionara la lengua. Daba la impresión de que Marcos sabía lo que hacía.

En tanto, las convulsiones espasmódicas se acentuaban, como si una fuerza

suprahumana se empeñara en desmembrar al pobre hombre.

Marcos, el anarquista y Ayesha, sujetaban al cura como podían, con el propósito de evitar que se dañara aún más.

Después de un caótico, y casi macabro concierto de gritos, golpes, emisiones de excretas, y aún oraciones al Altísimo en procura de ayuda divina, el vendaval pareció amainar. Después de la tormenta la calma retornaba.

Ya quieto, el cura parecía un “Santo Cristo”. Empapado de sudor, con laceraciones y sangre en el rostro, tirado en el piso en posición fetal. Era la viva imágen de la derrota.

Marcos y el anarquista, con la ayuda de Ayesha, lo llevaron hasta una cama en donde el cura fue presa de un sueño profundo y reparador.

Cuán pronto conocimos el secreto del sacerdote, y no por boca de él, sino por la rugiente voz de su demonio particular, a quien el inapelable peso de los hechos retratara en su verdadera y aterradora identidad: ¡Epilepsia! en su forma más cruenta y devastadora.

De manera que el “joto”, el “pinche maricón”, como falazmente lo llamó el anarquista, era en realidad un enfermo epiléptico; una víctima propicia del “Gran Mal”, como también se le conoce médicamente al padecimiento.

Por primera vez escuché al anarquista decir “lo siento, me equivoqué”.

Todo quedó en calma y nos fuimos a dormir, pues en breve, otro suceso aún más perturbador estaba por suceder.

Al día siguiente el grupo se reunió en pleno. Había quedado atrás la “noche negra” del cura.

Todos conversaban relajadamente. Los suicidas se preguntaban qué es lo que más extrañarían del mundo que estaban por dejar.

André le pregunta al cura (ya repuesto de su aciaga experiencia):

-¿Qué es lo que echarás de menos?-

-Los domingos más que ningún otro día, la sagrada comunión, el sonido de las campanas llamando a misa, el olor a incienso y mi vieja sotana negra.-

Su emotiva respuesta evoca en los suicidas un sentimiento de ternura hacia su amigo.

El cura no tenía más para decir.

Marcos hace a Ayesha la misma pregunta:

-Yo extrañare a “Michelle”, a nadie más, ni ninguna otra cosa. y les diré algo más:

“El y yo nos volveremos a ver”.-

Su respuesta provoca extrañez en el Club. ¿Cómo podría interpretarse esa expresión?

“Nos volveremos a ver”, dicha por quien pronto morirá. Nadie la cuestionó; en todo caso, sus razones tendría.

La misma Ayesha es quien pregunta a Celeste:

-¿Y tú, a quién extrañarás?-

Esbozando una sonrisa, como quien evoca imágenes para acompañar sus palabras, responde:

-¡A mis hijitos!-

-¿Cómo son ellos?-

-¡Son preciosos!-

-Oye Celeste ¿Cómo es que…

La pregunta quedó inconclusa; pues Marcos, con un discreto gesto, “invitó” a Ayesha a callar.

Todos quedaron sorprendidos ante la actitud del líder del Club, pero lo que no sabían, ni jamás supieron ,salvo el mismo Marcos, el anarquista y yo, es que Celeste nunca pudo tener hijos.

El asunto quedó ahí.

El cura inquiere esta vez al anarquista:

-¿Echarás de menos a alguien?-

Este contesta con un gesto de enfado, pues el papel de interrogador se lo había apropiado para sí:

-Yo no extrañaré a nadie. Desprecio al mundo y todo lo que hay en él.-

-¿Es que nunca echaste raíces, amaste a alguien o tuviste alguna vez un anhelo o una ilusión?-

-Mira cura, si eché raíces, o quise a alguien en un tiempo, ya no me acuerdo, y si tuve un anhelo ya lo olvidé.-

Por primera vez se lo escuchaba hablar con cierta melancolía, más que con encono.

En este punto, Marcos interviene para decirle al anarquista:

-Pues me parece que tu percepción de la realidad es contradictoria.-

-Mira Marcos, “ella” y yo nunca nos entendimos. Y si la realidad no coincide conmigo, ¡pues que se chingue la realidad!-

Estas respuestas, plenas de ingenio y lógica bizarra, eran típicas del anarquista

-¿Y tú, André?- Le pregunta Ayesha-

-Yo extrañaré a la vida.-

Su voz era cada vez más débil, apenas audible, y a estas alturas, acompañada por una mirada húmeda y distante.

-¡Es tan bello vivir!

¡Oh Dios! ¿Quién puede entenderte?

Cuando más feliz era yo, y estaba más vivo que nunca, me derriba el Destino.

¡No es justo!

¡Ayesha, las almas felices no deberíamos “caer”!

Siempre creí que la muerte no tenía nada que ver conmigo, y ya ves ahora….- Casi al punto del llanto, André no pudo continuar.

Queriendo fortificar su ánimo, Ayesha le dijo:

-Bueno, André, la muerte es, en última instancia, tu mejor opción.-

-No estoy tan seguro, “ella” me abre una puerta pero me cierra todas las demás.-

Ante tal respuesta nadie agregó más. Todo estaba dicho.

Un ambiente de pesadumbre se advertía en el Club.

André era el suicida más medroso y vulnerable. Era él a quien más le dolía “partir”.

Él no buscó esta salida, simplemente se topó con ella.

Por razones de dignidad, André no podría dar un paso atrás.

-¿Y tú Marcos,qué nos dices?- Así lo aborda Ayesha-

-Yo, queridos amigos, coincido casi totalmente con André.

Extrañaré mucho a la generosa vida. Fue más lo que me dió que lo que me quitó.

Nada me debe. Quizá me faltó tiempo para disfrutarla más; y también si yo….Bueno, el “hubiera” no existe.- Dijo finalmente para sí.

-Ya lo ves Marcos- Le dice el anarquista-

Todos somos perdedores.-

-No del todo, en lo que a mí concierne, aposté mi resto, puse todo sobre la mesa; lo que aún soy, e incluso lo que pude llegar a ser, por la curiosidad de saber qué hay después de esta azarosa vida.-

-Oye Marcos- Le pregunta Celeste-

¿Creés que exista el cielo?-

-No lo sé, pero ojalá existiera-

-¿Y cómo te imaginas que es?-

-No tengo la menor idea, pero me complacería mucho si fuese un lugar donde los buenos deseos, y sólo los buenos deseos, se cumplieran en el acto.-

La noche se hacía vieja y los suicidas seguían platicando de esto y lo otro. Por momentos abordaban temas muy ajenos al motivo de su reunión.

Debatían ahora sobre el Destino. Y a este respecto el cura comenta:

-Pues yo pienso que “todo está escrito”, al menos los hechos relevantes de cada persona.-

-¿Incluso el suicidio?- Lo acomete el anarquista-

-Bueno, no olvidemos que el Señor nos dió libre albedrío.-

-¿Ah sí?

Eso significa entonces que tu libre elección está por encima del Destino Superior. pues no puede concebirse que el “Alto Designio” haya planeado un pecado abominable. O bien, que tu aparente libertad no es sino la secreta voluntad de tu “Patrón”.-

-No le haga tanto caso al anarquista.- No olvidemos que la oratoria es una artimaña con que la lengua suele engañar al oído.- Le dijo Marcos al cura, sacándolo del apuro.

En esta parte del debate me perdí por completo, pero refiero lo que escuché, porque sospecho que puede tener algún interés.

-Pues yo no creo en el “Destino Manifiesto”- Contraataca el anarquista.

Lo mío es diferente:

“¡Yo soy mi destino!”

¡El debe atenerse a mí, pues sin mí no camina!.-

Al siguiente momento, y para sorpresa de todos, Alfonsina, a quien el anarquista consideraba loca, se “conecta” con lo que llamamos realidad, y les dice al grupo:

-El destino y nosotros vamos de la mano, y las más de las veces somos sus cómplices.

Nos satisface creer en él cuando somos sumisos, derrotistas o cobardes, y no nos atrevemos a cambiarlo o a cambiar nosotros.-

-Cierto- Complementa Marcos-

Solemos llamar Destino a las secuelas de nuestras estupideces o sueños fallidos.-

-Y tú André. ¿Qué opinas?- Le pregunta el cura-

-Qué puedo decir, acaso que el Destino y yo estuvimos siempre en ruta de colisión. Y en lo que concierne a mi experiencia, él me hirió de dos maneras: Primero complaciendome y después negándoseme. En definitiva, el destino me estafó.-

-No te quejes- Le responde Ayesha en tono de reclamo.

Todos somos artífices de nuestras propias miserias. Nosotros somos responsables y nadie nos debe nada.-

-¿Y qué hay con la lunática?- Pregunta el anarquista.

Marcos asume la respuesta;

-Alfonsina no puede contestarte; por el momento “no se encuentra entre nosotros”; lo único que puedo decirte es que ella se ha abandonado a su destino, y “él” sabrá abrirle camino-

-Tal vez, aunque cada vez estoy más convencido que Alfonsina ha tomado la inteligente resolución de volverse loca.-

“Salta” ahora sobre el tapete de discusiones el tema de la muerte.

-La muerte- Dijo André- No es más que una abstracción.

“La muerte es la metáfora de la vida”.-

-¿Ah sí?

¿Y qué rayos significa eso?

Te has tomado muy en serio tu pobre papel de poeta- Le dijo el anarquista.

-No sé se André sea poeta- Intervino Marcos- Pero habla como si lo fuera, pues “endiosa las palabras en su corazón y las embellece con su boca”.-

-La muerte es un invento monstruoso- Dijo André.

-Pues viéndolo bien mirado- Intervino el cura- La muerte es el único hilo que conecta nuestras vidas.-

-Pues no sé- Agrega Marcos- Si la muerte me sigue o la sigo, lo cierto es que estamos en ruta de choque inminente.-

En este punto, Alfonsina se “incorpora” al cauce del tiempo real; hecho que asombra cada vez menos al Club:

-”La muerte no es sino una extensión de la vida, de la misma manera que el perfume es la extensión de la flor.”-

-Oye Alfonsina- Le pregunta Ayesha- ¿No será prematura la “partida” para alguno de nosotros?-

-No sé si es demasiado pronto para morir, pero con toda seguridad te digo que es muy tarde para arrepentirse.-

-No podemos generalizar- Dijo Marcos- Aquí cada quien asume su propia batalla.-

-Cierto- Comenta André-En ocasiones la forma de morir es más triste que la muerte misma. En mi caso, “ella” no me ganará.-

-Y tú, Marcos- Le pregunta el cura:

¿Por qué te empeñas en ganarle a la vida?-

-Te equivocas cura, yo no pugno por vencer a la vida; tan sólo quiero “eludirla”.-

Esta respuesta, como tantas otras de Marcos, no podían interpretarse en sólo sentido; sin embargo, invitaban a la reflexión.

-¡Insisto!- Dijo André: La muerte es un “ángel rapaz”.-

-Pues para mí- Intervino Ayesha- La muerte es una “hermana benévola”, cuyo segundo nombre es “libertad”.-

-Aquí cada quién habla por sí mismo- Apuntó el cura-

-Yo sólo aspiro a morir con dignidad- Enfatizó André-

-¿Y qué es “morir con dignidad”- Le pregunta Celeste-

-Pues en mi caso, morir sin dolor, sin miedo y sin odio.-

Y así, filosofando, es como transcurrían las horas.

Varios conceptos más se escucharon sobre la muerte, que iban de lo hermético e intrincado, a lo simplista y visceral.

Celeste fue la única que me involucró en el tema:

-Mira Leo, “si la muerte te gana, te libera, y si tú le ganas, serás más humilde y agradecido”.-

En tanto, el anarquista sentenciaba:

-Veo que para algunos de ustedes la muerte es una maldición, para otros una esperanza; para alguien más un límite. ¡Para mí no es nada nada en absoluto!.-

Marcos culmina su participación en este tema diciendo:

-Yo estoy aquí para “provocarla, seducirla y hacerla mía”.

“La muerte es una aventura que vale la pena vivir”-

La muerte es y será siempre un tema controversial, sin duda, pero por primera vez percibí que desde la perspectiva de los suicidas, eran ellos los que “asediaban” a la muerte. Le habían tendido un cerco infranqueable. Así me lo parecía

Agotado este asunto, toca ahora a Dios “comparecer” en la mesa de debates.

El cura estructura su pregunta de una manera muy inteligente, pues bien sabe que en el Club hay ateos, agnósticos, e incluso renegados de la fé cristiana:

-Díganme amigos, si Dios existiera; asumanlo sólo como una posibilidad.

¿Qué le pedirían, o qué esperarían de Él si estuviesen en Su Presencia?-

Celeste contesta primero:

-¡Que el Señor pronunciara mi nombre!- Así de sencilla fue su respuesta.

-¿Y tú André?-

-Pues mira cura, no estoy seguro de ser digno del Señor, pero he soñado que Él posa su mano sobre mi hombro. ¿Qué más podría yo pedir?-

-¿Y tú Marcos?- Le pregunta Celeste:

-Nada me haría más feliz que ver al Señor sonreirme.-

-¿Y tú cura?- pregunta el anarquista:

-¿Qué podría pedirle al Altísimo un pobre pecador caído en desgracia, y que está a punto de “tentar” su paciencia?

Únicamente que me ayudase a vencer a mi demonio, y me evitase así el trago amargo de Agraviarlo matándome.-

Toca el turno a Ayesha, quien contestó en estos términos:

-¡Mi relación con Dios es un asunto entre Él y yo, y nadie más!- Ahí quedó todo.

Faltaba el anarquista, quien contestó así al cura:

-Nada le pediría a tu”patrón”, porque para mí no existe.-

El cura no se rinde e insiste:

-Si por alguna razón, más allá de tu capacidad para comprenderla, te vieras frente a Él ¿qué le pedirías?-

-Mira pinche cura, sí que eres persistente.

Si me fuese inevitable comparecer ante Dios, y si es enteramente cierto que sabe todo acerca de mí; de todo corazón, lo único que le pediría es que ese día se encontrase de muy buen humor.-

Su respuesta, ocurrente y sincera, movió a la risa al grupo, y suscitó en el cura un gesto de beneplácito.

-Oye Marcos , ¿Qué crees que Alfonsina le pediría a Dios?- Le pregunta Ayesha-

-¿cómo podría yo saberlo?

Supongo que la alegraría mucho Escucharlo decir:

¡Bienvenida al Paraíso!-

El capítulo que tenía a Dios como protagonista se había agotado; y a su término, el anarquista dijo con enfado:

-¡Bah, sólo son palabras!

Todo esto no son sino elucubraciones, suposiciones y pura ficción.-

-No subestimes el poder de la palabra- Le replicó Alfonsina-

En ocasiones una sóla palabra lo significa todo, todo absolutamente.

Cuántas veces nuestro abatimiento y desgracia o nuestra alegría y mayor placer, fueron precedidos por una sóla palabra. Y no olvides anarquista que más de un imperio ha caído poco después de que se pronunciara una sola frase.-

-Cierto, muy cierto- Dijo el cura- Respaldando lo dicho por alfonsina-

Y a propósito del poder de la palabra- Agregó-

Todos tenemos un aprecio especial, o predilección por una de ellas; es decir, por una palabra con la que nos identificamos, y en alguna medida, nos explica y nos revela. Y en

lógica consecuencia, existe su antítesis, es decir, aquella palabra que por su significado más aborrecemos.-

-¡Muy interesante cura!- Dijo Ayesha-

¿Y usted, con cuál palabra se identifica?-

-¡Refinamiento!-

-¡Y la que más detesta!-

-¡Vulgaridad!-

-¿Y tu palabra Marcos?- Lo inquiere el cura-

-¡Lealtad!-

-¿Y su contraria?-

-¡Traición!-

Marcos le pregunta a Ayesha

-¿ Y tu palabra?-

-¡Congruencia!

¡Y su antagonista es cobardía!-

No olvidemos que la libertad y el valor van siempre de la mano.-

La relación entre estos dos conceptos cobraría gran relevancia en el desenlace de su drama personal.

Ni al anarquista ni a Celeste les interesó el tema.

André estaba tan débil que no pudo contestar. El dolor eclipsaba su entendimiento.

En cuanto a Alfonsina: “Ella no se encontraba presente”.-

Parecía que la noche se alargaba más allá de su duración ordinaria; sin embargo, estos autoexiliados continuaban charlando con singular entusiasmo.

Marcos habló con amplitud sobre el novedoso concepto filosófico (para mí lo era):

“Meditar sobre la muerte personal”. Y que se refería al ejercicio ascético en el que el individuo reflexiona metódicamente sobre su propia muerte; entendiéndola como un proceso natural; como una extensión de la vida, y que forma parte -según él- de una espiral ascendente que lo lleva, al cabo de varias vidas terrenas a niveles superiores de conciencia, alcanzando tal evolución espiritual que lo reintegrará a la “Conciencia Cósmica”.

Esta alocución de Marcos la refiero tal como la escuché, o creí escucharla, pues durante las conversaciones que los suicidas tenían entre sí, no se me permitía escribir para nada.

Cuando el líder del grupo terminó de hablar, el anarquista le dijo:

-Pues verás, yo nunca me preparé para morir, y puedo asegurarte que no tengo miedo.-

-No es cuestión de valor o de miedo, es cuestión de “actitud”.- Le dice Marcos al anarquista-

“Imagínate a un guerrero que tiene conciencia de su muerte inminente, y se prepara interiormente; asumiendo su “desaparición” como parte del proceso evolutivo de su espíritu, pues está cierto que su muerte corporal sólo implica un “cambio”.-

-Pues yo- replica el anarquista- no te entiendo gran cosa, y para serte sincero, me importa un comino. Yo he roto con el mundo y la maldita pila de mierda que hay en él.-

-El mundo es lo que hemos hecho de él, no lo olvides- Le respondió el cura.

Otra concepción filosófica que me pareció muy interesante fue lo que el cura llamó “ascética del acto contrario”, y que consiste en ejercer la voluntad mediante un acto consciente de disciplina interior para hacer lo opuesto a aquello que nuestro instinto, prejuicio o sentido de la comodidad nos impulsa. Por ejemplo:

Tú disfrutas de un sueño placentero y prolongado, “te sometes”, por así decirlo, al disfrute sensorial del descanso.

“La ascética del acto contrario” implicaría, en este caso específico: Levantarte muy temprano, darte un baño con agua fría, y comenzar de manera productiva el día.-

El cura planteó otros ejemplos para ilustrar su tesis, pero sólo destacaré los que a mi juicio son más interesantes:

“Una atractiva y sensual mujer que casualmente conoces, te invita a su departamento de soltera, así, sin más. Para muchos, ello significaría una gran oportunidad, quizás única en su vida, y aprovecharla a voluntad sería la lógica, y por demás explicable respuesta del “hombre ordinario”, pero no para quien practica la “ascética del acto contrario”, quien declina la invitación y olvida el asunto.-

El cura habló largamente, pero en suma, todo apuntaba a la idea de que el hombre con un nivel superior de conciencia, no subordina su voluntad al ciego poder del instinto o la estupidez.

Por último, Marcos explicó al grupo otra tesis filosófica aplicada a la vida cotidiana.

Él la llamó “entrar por la pared”, y que básicamente se refiere a la tendencia habitual del hombre ordinario a cometer estupideces contra toda lógica y sentido común.

He aquí un caso característico:

Discutes con tu mujer por el mismo motivo de siempre. Terminan riñendo, enconados, y obviamente sin ningún acuerdo. Esta escena se ha repetido docenas de veces.

El hecho de comenzar la disputa a sabiendas de cómo terminará, es lo que Marcos llama “entrar por la pared”. ¿Y qué implicaría “entrar por la puerta”?

No empezar la discusión.-

Este concepto de elemental comprensión, es el centro motor de los problemas de relación entre millones de personas, y sin embargo, nos empeñamos en seguir “entrando por la pared”.

“Entrar por la pared” es consumir drogas cuando ya está absolutamente probado hacia dónde conducen.

“Entrar por la pared” es pretender un matrimonio estable donde impera la infidelidad.

En suma, “entrar por la pared” es querer llegar al Norte caminando hacia el Sur, y a sabiendas del error, obstinarse en el rumbo.-

Filosofaban el cura y Marcos, cuando el anarquista los interrumpe abruptamente:

-¡Ya cállense par de sabihondos, si conocen tanto de la vida, cómo es que pertenecen a esta partida de fracasados. ¿Cómo es que no supieron aplicar sus tesis allá, “afuera”, y han tenido que refugiarse en este recinto para suicidas?.-

Los aludidos callan, pero Alfonsina sale al paso:

-¡Anarquista! -Le dijo- Aquí cada quién habla por sí mismo, y la verdad, aún en boca de fracasados.- como tú nos has llamado, sigue siendo una verdad, y deberías apreciar que aún bajo circunstancias extremas haya entre nosotros quienes le encuentran algo positivo a la vida.-

Marcos se levanta de su asiento:

-Por hoy es suficiente- Dijo- Duerman. Mañana será un día tremendo.-

Y cuánta razón tenía, pues las horas por venir serían espeluznantes.

CAPÍTULO IV

André se suicida

(Él gana la partida)

A la mañana siguiente nada parece haber cambiado. Los suicidas aún dormían, y sólamente André y el cura se levantaron temprano. Conversaban en el amplio comedor, que hacía las veces de salón de sesiones del Club.

Jugaban ajedrez, la segunda gran pasión de André, pues su primer amor era sin duda la poesía, y a quien más leía y gozaba en este género era a Federico García Lorca.

Estaban tan absortos en su juego, que más parecían dos alegres muchachos que un par de suicidas confesos.

-Oye cura, no tengo frío, y nada me duele por el momento. André aludía a estos dos síntomas porque eran los que más lo atormentaban.

¿Será que la adversidad se ha olvidado de mí? –

-¿Quién sabe- Le respondió el cura. Quizá eres víctima de algún milagro.-

El tono irónico e inocente de sus palabras revelaban lo cómodos que se sentían en esos momentos, ya sin la presión de la noche anterior, que fue polémica y maratónica.

-Oye amigo- Le dice André al cura- Al tiempo que movía su caballo a una posición de ataque-

-Empiezo a sentir miedo.-

-¿A qué le temes?-

-A no tener valor para matarme.-

-No hay por qué apenarse, tienes derecho a tu miedo.-

-Cierto, lo secunda Ayesha- Quien junto con Marcos y el anarquista estaban ya al lado de ellos- Y en tanto vivamos, nuestros demonios no nos dejarán solos.-

-Es verdad- Se suma Marcos a la plática- Y no olvides André que estamos condenados a la victoria.-

Me dió la impresión que André no escuchó a Marcos, pues con voz quebrada, agregó:

-La inminencia de la muerte me acobarda, y también, por primera vez tengo miedo a la oscuridad.-

-No te aflijas amigo- Le dijo Ayesha- Piensa que en lo más oscuro de la noche anida tu próxima aurora.-

El ánimo de André no pareció fortificarse. Entonces Marcos miró a sus compañeros, y como adivinando el pensamiento de éstos, alentó a su camarada en estos términos:

-No te preocupes André, el Club te dispensa de tu compromiso.-

-¡Eso no!

Es verdad que tengo mucho miedo, pero más temor tengo a la humillación de una muerte afrentosa.

¡No daré un paso atrás!-

En este punto, sus ojos se humedecieron.

Marcos nada agregó.

-¡No es de hombres llorar!-Dijo el anarquista- Mostrando una vez más su enorme insensibilidad.

-¡Déjalo en paz- Intervino Marcos-

Nada de lo humano nos es ajeno, y la causa de André nos incumbe.-

Ayesha intervino, e intentando consolarlo le dijo:

-No deberías sufrir tanto amigo, recuerda que “los muertos no perdemos para siempre”.-

Sus palabras parecieron tranquilizarlo.

-Hay un favor que quiero pedirte Marcos:-

-El que quieras André.-

-”Ya que yo no podré hacerlo, quiero que vayas al mar por mí. Ya en la tarde, camina por la arena, siente en tu piel los tibios rayos del sol, y graba en tus ojos el bellísimo ocaso.

¿Lo harás por mí?-

-Lo haré por tí. ¡Te lo juro!-

De pronto, el anarquista interviene súbitamente en la conversación:

-¡Momento!- Dijo- Adoptando la actitud de quien está a punto de revelar algo trascendente.

Era de todos conocido que André tenía una especie de fascinación morbosa por conocer “el tránsito entre la vida y la muerte” ; una mezcla de miedo y curiosidad.

-¡Tengo una visión!

“Veo un túnel largo, muy largo y oscuro, al final de éste percibo una tenue luz.

La luz parece avivarse hasta convertirse en una llama de gran resplandor.

En medio de sus destellos luminosos se perfila una figura…”

-¿Quién es?

¿Quién es?

¡Por favor anarquista…!

El corazón de André parece estallar, su rostro palideció aún más, y sudaba frío.

-¡Es la misma muerte! – Responde el anarquista

“Parece que sale lumbre de sus cuencas vacías”.

¡Espera!

“Creo que quiere decirme algo”.-

-¿Qué?

¿Qué?- Pregunta André desfalleciente.-

-¡Pronuncia un nombre!-

-¡Por favor! ¡Dime!-

-¡El tuyo André!

-¡Está aquí y viene por tí, pinche maricón! Ja. ja, ja-

Las burlonas carcajadas del anarquista dan fin a su fantástico y macabro relato. Todo era una broma.

Contra lo que yo hubiera creído, esta vez nadie recriminó al burlista; pues en alguna medida, y pese al tremendo susto que le pegó al pobre André, su “puntada” había logrado relajar un poco el ambiente, que dicho sea de paso, buena falta le hacía.

El tiempo se le acababa a André, so lo veía palidísimo. Su carne, casi transparente.

Famélico ya. Sus brazos y sus piernas estaban tan delgadas, que remedaban los esbeltos cuartos de un ciervo tembloroso. Sus labios eran ya una delgada línea violácea.

Su mirada húmeda y gris, languidecía. Su cuerpo, levísimo ya, parecía más la sombra de una sombra.

-El tiempo conspira en mi contra…- Dijo André- Cuando con un oportuno movimiento de su reina, pone en “jaque” al cura -…. Y necesito una buena “estrategia” para estar un paso adelante.-

Y como si estas palabras tuviesen algún significado para el grupo, los suicidas dejan sólo a André con el cura.

En un rápido movimiento (aún para André lo era), sacó por debajo de su cobertor una filosa daga y acometió su yugular.

La ejecución fué desastrosa, pues lo que debió ser una tajada mortal, resultó en una herida profunda que causó una hemorragia fluída, aunque no de la cuantía que si el golpe hubiese sido certero.

El ataque fue planeado para acabar con su vida en segundos; en cambio, el error le significaría “esperar” muchos minutos más.

La escena se tornaba dantesca. Sangre por doquier, gritos, confusión e histeria era el cuadro a primera vista.

El cura sólo aportaba oraciones. Celeste se petrificó. Instintivamente Marcos intentó cohibir el sangrado, presionando la cara lateral izquierda del cuello de André tan sólo con su mano, pero nada consiguió.

Mientras el estupor domina la escena, André parece ser el más tranquilo; no así el anarquista, quien casi gritando, se dirige a Marcos;

-¡Maldita sea!

¡Qué demonios haces!

¿Qué no se trataba de morirnos?

¡Déjenlo “descansar”!-

Esta vez sus palabras tuvieron el efecto que logra el ilusionista al chasquear los dedos para romper el estado hipnótico del público, y así reconectarlo con la realidad.

-Es verdad- Contesta Marcos.-

-La suerte de André estaba echada.

Para él, la vida se diluía gota a gota.

André, casi al límite, dice:

-Parecía tan fácil.

¿Verdad Marcos?-

-Verdad André.-

-Ya no me duele nada

Cuánta razón tenía Alfonsina:

“Al dolor sólo se lo puede vencer abrazándolo”- Dijo quedamente-

-Oye Marcos- Agregó:

¿Y si como dice el anarquista, el Cielo no existe?-

-Nada cambia André. Nos veremos entonces en el “país de las almas felices”. Te lo juro por mi honor.-

Su respuesta pareció complacerlo mucho.

André había sido engañado con la verdad.

Ya casi no podía hablar, de hecho no dijo una palabra más, aunque aún tuvo fuerzas para poner en la mano de Marcos una pequeña hoja de papel.

Con este último esfuerzo todo acabó para André.

Al fin se había liberado de la servidumbre del cuerpo y sus pasiones.

El velo de tristeza había desaparecido de su rostro.

Sus labios parecían sonreír -o eso creí-. Y aunque estábamos en lo profundo de la noche, para André el amanecer era un hecho.

Después de unos instantes de silencio, Marcos tomala carta de André para leerla ante el grupo:

-”Así, escribiendo me siento mejor que hablando.

Cuánta razón tenía el cura:

A la muerte sólo se la conoce cuando se lucha con ella.

La felicidad fue un esquivo fantasma al que muy pocas veces pude verle el rostro.

Siempre tuve miedo de enfrentar a mi demonio, pero algo me decía que podía vencerlo. Era mi deber. Era cuestión de honor.

Puedo adelantarles queridos amigos, que la muerte entra por los ojos.

Ya me llevan de la mano, enarbolando la antorcha de la victoria.

Los muertos no perdemos para siempre”.-

Así concluye la emotiva carta de André.

Para él todo había terminado, o quizá recién comenzaba, quién podría saberlo. Lo cierto es que la última hoja de su calendario había caído.

El delgado hilo de la vida se había roto.

CAPÍTULO V

El cura vence a su demonio

Era la tarde del día “después de lo de André”.

Aún se respiraba una atmósfera de cierta conmoción, pues los eventos de la noche anterior fueron cruentísimos, y significaron para el Club una ruda experiencia.

El anarquista y el cura charlaban en una pequeña sala aledaña al salón comedor, donde el resto de los suicidas platicaban en voz baja.

En un punto de la plática el anarquista inquiere alcura:

-¿Oye, tú no tienes miedo a matarte?-

-Mira anarquista, te contestaré con sinceridad, siempre y cuando mi respuesta te resuelva un problema crucial.-

-No, ninguno.- Contestó como si nada.- Y allí terminó el asunto.

Por unos instantes, tomé distancia mental sobre aquella escena, como suelen hacerlo quienes saben de pintura, al alejarse un poco para apreciar mejor un buen cuadro.

Sentado allí estaba el cura. Intuitivo, sincero, culto, gentil; enemigo de sermonear, gustaba mucho de la música clásica. En resúmen, era un gran tipo, el modelo de papá que a muchos nos hubiese gustado tener.

Era del conocimiento del grupo, que el cura acariciaba, con la inocencia de un niño, la secreta esperanza de ser absuelto por su “patrón”.

Me resultaba difícil conectar a ese hombre con un “suicida al final del camino”. Lo cierto es que el cura era exactamente eso.

La voz del anarquista me reconecta con el veloz presente, cuando le pregunta al cura:

-¿Oye es cierto que tu “patrón” todo lo puede?-

-¡Absolutamente!-

-¿Ah sí?

¿ Y entonces por qué permite tanta maldad en el mundo; tanta pobreza, injusticia y sufrimiento por doquier?-

-Pues yo, querido cura, creo que si Dios es sinónimo de bondad y omnipotencia, nada de eso pasaría, y como tu Dios no puede ser injusto ni incompetente, concluyo que Él no existe.-

-Los designios del Señor son inescrutables anarquista; y pretender comprender sus misterios, es como querer atrapar la tempestad con la red de tu entendimiento.-

-Pues no me convences.-

-No pretendo convencerte de nada. Y si Dios es para tí un mito, eso mismo será.

Los hay para quienes Dios no es nada, y a eso precisamente se reduce su concepción del Señor.

Pero hay quienes perciben a Dios como una voz y una presencia; y ellos podrán Hablarle y Escucharlo.-

Por primera vez note en el anarquista cierto interés en las palabras de su interlocutor.

-Lo importante es- Continuó el cura- La forma en que te relacionas con Él. Te pondré un ejemplo:

“Un cerillo puede significar fuego y destrucción, pero también luz y calor”.

Su valor lo establece la manera en que te relacionas con él.-

Por esta ocasión el anarquista pareció comprender la elocuente explicación del clérigo, aunque no se lo vió del todo convencido.

Ayesha se acercó al cura, y le preguntó:

-¿Oye cura, a qué te referías cuando nos dijiste que el amor no era lo más importante, la noche en que hablamos de muchos temas?

¿Es que puede haber algo más importante que el amor?-

-¡Sin duda Ayesha!

-¡Una causa!

¡Una causa!- Repitió el cura enfático-

Esta categórica e inapelable respuesta desarmó por completo a los suicidas, y sospecho que a más de uno le rompió sus esquemas.

Por momentos el cura se había convertido en el centro de atención del grupo.

Querían “sacarle jugo” , como si sospecharan que el tiempo que le quedaba era poco.

Ayesha se aproxima hasta el cura y le pregunta:

-¿Algún día te “enfermaste” en la misa?-

-Sí, me sucedió, y no hace mucho. Fue en ese momento cuando me dije:

¡Hasta aquí!

¡Y así será!-

Al poco que el cura habló, el anarquista se puso de pié; y ante la sorpresa de todos, le ofreció una sincera disculpa al párroco:

-Lamento haberte incriminado, perdóname. (Esto, en alusión a su maliciosa calumnia al llamarlo homosexual).

-Nada hay que perdonar compañero, nunca me ofendiste, pues habló más tu ignorancia que tu maldad. Y el hecho de que tu difamación no haya logrado hacer eco en el grupo, probó una vez más que el amor es más veloz que la murmuración.-

El cura se notaba fatigado, y la fuerza de su voz disminuía. Y quizás porque el anarquista lo notó, lo bromeó un poco, como para darle algo de reposo.

-Pero no te ufanes tanto marino, te perdí perdón por una sóla cosa, pero probablemente la verdadera razón por la que estás aquí es que robaste las limosnas de tu parroquia, y has venido a esconderte aquí. O tal vez eres un maldito apóstata que al renegar de tu fé, no aguantas el remordimiento, y buscas con tu muerte la expiación de tu sucio pecado.-

El cura, siguiendo con el juego del anarquista, contesta, dirigiéndose a sus compañeros:

-Es verdad lo que él dice, salvo que le faltó confesar que él fué mi cómplice y también quien planeó el robo.-

Los suicidas festejaron de buena gana la ingeniosa ocurrencia de sus compañeros.

-Pero dejemos de lado los asuntos de mi reputación -Vuelve a hablar el cura – Y préstenme su atención amigos:

Lo que van a escuchar nunca lo he dicho a nadie, y para mí es de la mayor importancia; sólo les pido que no se burlen de mí.

Cuando niño -Relata el cura – Mi madre me contó que quienes consagran su vida al servicio del Señor, son juzgados antes que “la gente ordinaria”; de tal manera que pueden descubrirse en el cuerpo del finado “señales” que indican si fue absuelto o condenado. (El sacerdote no especificó a qué clase de “señales” o “signos” se refería).

Y cuando más absorto estaba el grupo por escuchar datos reveladores sobre la presumible “sentencia” del cura, éste cambió el tema repentinamente, como si su confidencia de pronto lo avergonzara.

-Y dime tú anarquista- Retoma el cura la conversación-

Así, con el corazón en la mano. ¿Por qué deseas morir?-

-¿Me creerías si te dijera que por tedio, hastío y aburrimiento?-

-Sí, te creería.-

-Pues fíjate que …- El anarquista no pudo seguir hablando porque el clérigo lo interrumpe al exclamar en tono de urgencia:

-¡Me duele mucho la cabeza!-

-¿Será que te aprieta tu aureola? – Repuso el anarquista, ajeno del todo a lo que estaba por sucederle al cura.

Súbitamente el sacerdote palideció; sudaba copiosamente, sus mandíbulas se apretaron y sus ojos oscilaban descontroladamente en movimientos orbitales.

Estos llamativos signos o “señales” , son conocidos en Medicina con el término de “aura”, que es una especie de advertencia premonitoria para el enfermo epiléptico sobre la inminencia de un ataque.

Marcos, quien hasta ese momento no había participado en la reunión, dijo, como intuyendo la naturaleza del fenómeno que estaba por desatarse:

-Definitivamente, “entre estos dos hay algo personal” – Refiriéndose seguramente a la violenta relación entre el cura y su demonio.

El cura estaba a punto de protagonizar la última escena de su drama.

En el escenario ya sólo quedaban él “y el otro”, y “el otro” era el enemigo.

Todo ocurría a una velocidad abrumadora, y muy poco antes de que las convulsiones comenzaran, el cura exclamó, mediante un esfuerzo supremo:

-¡El Señor ha resucitado!

¡Y nosotros con Él!

¡Triunfaremos!-

Y al tiempo que esto decía, llevó hasta su boca una pistola que empuñaba en la diestra y se disparó.

Murió en el acto. Y junto con él, su demonio.

El cura había ganado. Ganado para siempre.

Su muerte no provocó mayor sobresalto en el Club; tal parecía que ya estaban “predispuestos” en gran medida.

Una vez que el cura expiró, Marcos le pide a Ayesha que le acerque un viejo maletín negro que el párroco llevó consigo hasta la casona. De éste, tomó una vieja y raída sotana negra con la que vistió a su compañero.

El anarquista propuso:

-¿Por qué no dejarlo así?

Él ya no notará la diferencia-

-Porque para él significa mucho- Le contestó Marcos-

Porque “no es un muerto más”.

Porque “es uno de los nuestros”. Y porque se lo ha ganado.

¿Está claro?-

Marcos nos pidió salir de la sala, y se aprestó para “arreglar” al cura con la ayuda de Ayesha.

Los minutos pasaban y en el aire flotaba un halo de inquietud, cuyo orígen era bien conocido. Y éste era la curiosidad casi morbosa, de conocer las tan esperadas “señales” en el cuerpo del difunto. Los suicidas ansiaban saber si el cura había sido perdonado por su “patrón”. Por esa razón, cuando Marcos dijo:

-Ya pueden entrar- Nos acercamos hasta donde el cura, con el expreso propósito de indagar ( literalmente husmear, cual sabuesos ) en busca de pistas “reveladoras”.

Debo decir que soy un escéptico en materia de dogmas religiosos y esoterismo, pero lo que ocurrió esa tarde rompió mis esquemas por completo:

“El habitáculo donde nos encontrábamos estaba oscuro (pues fue el expreso deseo de nuestro amigo que no se encendiera luz alguna). Un silencio sepulcral inundaba el escenario

Nadie se atrevía a pronunciar palabra, ni a dar un paso siquiera, lo único que se percibía era un raro y cautivador aroma. Era sin duda una esencia floral, tibia y acariciante; y juro por mi honor y mi vida que tal perfume era natural, de aparición súbita y espontánea.

Una mezcla de pasmo y callado regocijo me invadió, y sospecho que al resto de los suicidas también.

Es así como termina un capítulo más del Club de los Suicidas.

Y en su pugna con la vida, la muerte prosperaba.

CAPÍTULO VI

El Suicidio de Celeste

(Cuando a la bailarina se le rompen las caderas)

A un día de que el cura se “marchó”, la vieja casona ya no era la misma, o debiera decir que la “familia” que vivía en ella ya no era la misma.

Faltaban dos de sus miembros, pues a estos les urgía partir primero.

Sus reuniones eran más esporádicas, y su ánimo, si bien no era de abatimiento, éste ya no era el mismo; pues a los suicidas se los veía más ocupados en tareas afines a sus “intereses privados”, si es que de esta manera se puede llamar al hecho de preparar sus propias muertes.

Ayesha se apartaba del grupo por períodos prolongados para escribir, lo que parecía ser un asunto muy importante para ella.

Marcos pasaba más tiempo con Alfonsina, y “platicaban” durante horas, (si es que al hecho de hablar uno, y parecer escuchar la otra, se lo puede llamar así).

Lo cierto es que cuando se comunicaban parecían preparar meticulosamente un plan, cuyo propósito no me era posible conocer en ese momento.

El anarquista y Celeste se reunieron en la pequeña sala y en “petit comité” comenzaron a charlar.

Sería medio día, y el sol matinal calentaba el ambiente, haciendo más soportable el invierno.

De Celeste, es necesario precisar que los años no habían hecho mella aún en sus “atributos” físicos, pues eran tales, que le permitieron con toda seguridad, ejercer dignamente su dura profesión.

-Oye Celeste ¿Por qué te hiciste callejera?-

-No sé- Contestó ella con levedad-

-Bueno, ¿Y qué clase de mujer eras antes de prostituirte?-

-Sólo una pobre niña-

El anarquista cuestionaba a Celeste como si ésta fuese un reo y él un juez.

El rudo interrogatorio parecía no molestarla mucho, como si ella diera por descontado que merecía el papel de “indiciada”, o presunta culpable.

Al poco que se inició esta “conversación”, Alfonsina, Ayesha y Marcos se acercaron a donde Celeste y el anarquista.

Ayesha le habla entonces a Celeste, liberándola momentáneamente de la presión que el interrogador ejercía sobre ella.

-De mujer a mujer, dime Celeste ¿Cómo es que piensas “irte”?-

-Siempre soñé con ser actriz. Un día me contaron sobre una obra en la que los dos enamorados no pueden unirse porque sus familias se odian; entonces, ella finge matarse para poder huir con su amante. Ella se llamaba Julieta (se refería al “Romeo y Julieta” de Shakespeare)

Y yo quiero- Prosiguió- hacer algo parecido, sólo que yo me mataré de verdad; con un puñal, “aquí”, (señalando con su diestra el centro de su pecho).-

La inocencia de su sueño conmovió a sus compañeros. No así al anarquista, quien impugnó ferozmente su deseo:

-¡No participaré -Dijo él- en esta mascarada.

Una mujerzuela de tu calaña no puede aspirar a un semejante fin.

Tu destino está en la calle, y allí es donde deberías terminar.

Tú eres de “otra clase”. Tu presencia “contamina” nuestro Club.

Para mí no eres más que una cualquiera, y además….- Sin poder contenerse esta vez, Marcos intentó golpearlo, pues el anarquista había rebasado todos los límites; pero Alfonsina (de vuelta ya en el mundo que llamamos realidad) lo hizo desistir:

-¡Detente Marcos!

Este miserable no vale la pena.

Y en cuanto a tí anarquista ¿Qué castigo mayor podrías tener que el de convivir inevitablemente con alguien como tú.

¿Te podría ocurrir peor cosa?-

El anarquista nada replicó.

Ayesha interviene para darle la “puntilla:

-Celeste, no le hagas caso a este cabrón, no es más que un perdedor, cuya vida ha sido una larga cadena de insignificancias. Un adicto a causas perdidas. Él en sí es un desperdicio.

¿No es verdad?

¡Maldito imbécil!

“Ella sólo tira las cartas que le tocaron”

¡En realidad tú no odias a Celeste, sino a la mujer que crees ver en ella!

“Tú sabes bien de qué hablo”-

Esta última y sentenciosa frase fue lapidaria.

El anarquista bajó la mirada evitando a Ayesha, y se quedó callado.

-¡Y recuerda Celeste- Dijo por último Ayesha:

Nunca permitas el insulto constante o terminarás por merecerlo!-

A esta última palabra le siguió una larga pausa.

Los suicidas habían explotado debido a su excesiva carga emocional; y a manera de catarsis se liberaron de sus tremendas tensiones largamente acumuladas.

Ya terminada esta escaramuza verbal, Celeste quedó pensativa. Se la miraba más ensimismada que otras veces.

-¡Vamos!- Dijo Marcos:

Aquí no hay espacio para enemigos. Tan sólo somos marinos. Nuestro barco ya ha zarpado, y como buen navegante que escucha la voz del mar, sé muy bien que muy pronto “llegaremos a nuestro destino”.

Ya con un ambiente más sosegado, Marcos intenta conciliar al anarquista:

-¿A qué pelear amigo?

Ya es tiempo de que muestres lo mejor de tí, y nos sorprendas con tu verdadero tú, pues me consta que es cautivador.

El anarquista no pudo ocultar una mínima sonrisa. Sus ojos perdieron el encendido furor de minutos pasados, y su mirada parecía ya la de un niño amonestado, al que le bastó un correctivo menor después de un “exceso” en su comportamiento.

Las comedidas palabras de marcos me desconcertaron, pues el anarquista sólo había mostrado hasta ese momento su mal carácter y su espíritu pendenciero.

A mí me era difícil concebir que ese hombre tan lleno de amargura y enconos pudiese cambiar. Sin embargo el anarquista pareció reaccionar, y dirigiéndose a Celeste, le dijo:

-Celeste, quiero decirte que…..-

Ella no le permitió seguir hablando, pues ante el azoro del grupo, posó suavemente sus labios sobre la boca de él, haciéndolo callar. Demostrando una vez más que el beso es un truco encantador para dejar de hablar cuando las palabras se tornan superfluas.

Después de su inesperada acción, Celeste dijo:

-Él tiene razón (refiriéndose al anarquista), lo mío es sólo un sueño; un tonto e inalcanzable sueño (con relación a su candorosa pretensión de partir a la manera de Julieta).-

-Ni tan pequeño ni tan inalcanzable- Le dijo Ayesha-

Bien que te lo mereces. Nosotros arreglaremos lo necesario.

¿Verdad Marcos?-

-Verdad Ayesha-

Temo que estas últimas palabras ya no las escucho Celeste. Su mirada adquirió un extraño brillo, como si “mirara sin ver”. Me dió la impresión de que “ella ya no estaba con nosotros”. Sólamente dijo:

-Saldré un momento, debo comprar algo-

¿Comprar algo?

En los pocos días que estuve en el seno del Club, nadie había puesto un pié fuera de la casona.

A todos nos sorprendió la actitud de Celeste. Aún así, Marcos consintió y le franqueó la salida.

-Lo que dice el anarquista es la entera verdad- Dijo por último Celeste-

La calle y yo nos conocemos muy bien. Nada me pasará.-

Al tiempo que esto decía, le sonrió al anarquista de tal manera, que se fortaleció mi sospecha de que entre ambos existía una compleja relación edípica subconciente. Pero esto no es más que una elucubración.

Al poco de trasponer la puerta, casi inmediatamente, un rechinido de llantas estremeció al club.

Temiendo lo peor, Marcos y el anarquista salieron, seguidos por el resto del grupo.

Se encontraron con una escena desgarradora:

Celeste yacía en el piso muy mal herida. Había sido atropellada por un microbús.

Marcos se le acercó antes que nadie:

-¡Santo Dios, Celeste!

¿Qué has hecho?-

Esta última frase de Marcos confirmó lo que no podía dudarse:

Ella había anticipado su “partida”; de manera rápida y decidida.

En un charco de sangre, Celeste protagonizaba su propio drama.

Su blanca piel, el pelo negro, su vestido de un enfático amarillo y sus verdes zapatillas, parecían hermosos y contrastantes hilos sacados del arcoiris.

El color abandonaba rápidamente sus mejillas.

Con débil voz dijo:

-Es mejor así-

En ese momento, el anarquista pareció reaccionar, pues el “accidente” lo había puesto en estado de choque.

No lloraba, sólos se limitaba a mirar a Celeste, como resistiéndose a creer que todo aquello fuera real.

Haciendo acopio de entereza, le preguntó:

-¿Cómo te sientes Celeste?-

-Como una bailarina sin caderas.-

Era esta una descripción poética y casi exacta, del estado físico y emocional en que ella se encontraba.

-¿Qué deseas?- Vuelve a preguntarle el anarquista-

-Una sóla cosa. No me olvides; porque entonces habré muerto de verdad, y para siempre.-

-Nunca te olvidaré.

Bien sabes que pronto estaré contigo.

“Ya verás las cosas que haremos juntos”.-

En ese momento recordé las palabras de Marcos, cuando alguna vez dijo:

-”La muerte, como el amor, todo lo cambia”.

El anarquista parecía transformado, como si la llave maestra que sólo el dolor y el amor pueden forjar, hubiesen abierto su máscara de hierro..

En virtud de que Marcos nos había indicado con una discreta señal que nos retirásemos para que él pudiera acercarse a Celeste, es que no pude escuchar bien de lo que hablaron, pues lo hacían casi de boca a oído. Aún así, logré “leer” en sus labios estas últimas palabras:

-”No olviden que fue a mi manera”.-

Celeste no pudo decir más. Y al parpadear por última vez, sus ojos parecían llenos de alas remontando el vuelo.

Para ella había terminado una larga y fatigosa jornada.

Amanecía, y el alba se despertaba en los yertos ojos de quien soñó algún día ser Julieta.

Y quién sabe si su mejor papel ya la aguardaba, y en un escenario más digno de ella.

CAPÍTULO VII

El suicidio del anarquista

(Cuando la máscara de hierro se rompe)

Lo que siguió a la muerte de Celeste concierne a los trámites que deben realizarse cuando una persona muere en esas circunstancias; si bien, debo consignar dos hechos interesantes:

Marcos, nuestro “operador político” , logró ( y no sé cómo ) que se dispensara la necropsia al cuerpo de Celeste, pues la causa de muerte era más que obvia. Por esta razón, la devolución de su cuerpo al seno del Club sería expedita. Y algo más, ningún familiar de Celeste reclamó su cuerpo.

A su muerte, siguió una etapa de grandes cambios en el comportamiento del anarquista, pues el poco tiempo que la sobrevivió, desapareció en él la hostilidad hacia el grupo.

Yo diría que esto obedeció, además del aleccionador impacto que le causó la muerte de su compañera, a la petición que Marcos le hiciera para que “sacara lo mejor de sí”.

Ahora era más amable y receptivo, aunque su “florido lenguaje” y su concepción existencialista, poco o nada cambiaron.

Hay algo, sin embargo, que debo consignar:

A las pocas horas de la muerte de Celeste, el anarquista le habló secretamente a Marcos, y por la sucesión de eventos que se presentaron a raíz de este hecho, pude deducir que “el chico malo del club” pidió ser “el siguiente”.

Faltaban unas pocas horas para que Celeste fuera traída al Club.

En tanto, los suicidas se esforzaban por continuar con su “rutina”, si bien, esta se relacionaba en gran medida con los preparativos para su “último viaje”, ya que visto estaba que nadie daría un paso atrás.

Era el medio día, y después de no ocurrir nada, salvo escuchar el ruidoso paso de las horas, Marcos se acercó hasta mí para preguntarme:

-Oye Leo ¿Tú sabes lo que mató a Celeste?-

-¡Claro!- Le contesté:

“Politraumatismo, contusión profunda de tórax, y ….”

-No sigas amigo. Deberías saber que no fué esa la causa de su muerte.

Su planteamiento me confundió.

-¿Entonces qué le pasó?- Le pregunté-

-¡Una sobredosis!- Respondió Marcos categórico.

-¿Bromeas?

Bien sabes que ella nunca fue adicta.-

No finjas inocencia Leo. Ella ingirió una dosis masiva de abandono, decepción y melancolía. Un mortal coktail por necesidad.-

Cierto- Le contesté- Yo hubiera firmado ese diagnóstico a primera vista.-

En tanto, el Club parecía retornar a la “normalidad”.

Ayesha y el anarquista reanudaban sus proverbiales controversias, pero ahora en un clima de respeto mutuo y cordialidad. Libres ya los dos de sus etiquetas de contendientes.

El anarquista, en un gesto inusitado, le ofreció sus disculpas a Ayesha:

-Lamento haberte insultado, yo en verdad lo siento….-

-Es suficiente- Lo atajó su compañera-

No te pongas sentimental, pues pensaré que estoy hablando con el cura.

Nada hay que perdonar. Todo está olvidado.-

-Gracias-

-Oye hermano- Por primera vez Ayesha llamaba así al anarquista.-

Lejos quedaban ya sus ásperas e hirientes disputas.

¿Qué tan cierto es es lo que dijiste al cura sobre aburrimiento, hastío y ese tipo de cosas?-

-Mira Ayesha- De hermano a hermana …( esta expresión tenía un gran significado, pues implicaba, sin más, que el acérrimo homofóbico le respetaba su identidad sexual, al tiempo que admitía su condición de mujer. El anarquista había dado un salto cuántico en el ámbito espiritual, y aunque no conozco con exactitud tal definición, quiero referirme a un salto enorme en términos de respeto y tolerancia, tan grande, que va más allá de los límites que imponen los prejuicios.

Ayesha tomó el hecho con cierta naturalidad, y continuó escuchando a su “hermano”.

….Te diré que es enteramente cierto.

Y algo más:

Yo no sufro Ayesha, lo mío es diferente; llámalo pesadumbre, tedio o desencanto.

Estoy cansado de inventar mi vida todos los días.

Nunca encontré una pasión por la que valiera la pena vivir, pues sólo así concibo que se justifica andar por el mundo. Y créme Ayesha, tal pasión ya la he visto en otros.-

-¿A qué te refieres exactamente con “vivir con pasión”.-

-Algunos lo llaman “fuego arrebatador”, la llama que incendia literalmente el espíritu de quien lo conquista; inspirándolo de tal manera que es capaz de transformarse interiormente para encumbrarse por encima de sus fracasos y debilidades, llegando incluso a cambiar el mundo.-

-Todo está claro- Dijo Ayesha- Nadie lo hubiese dicho mejor que tú. Es una tremenda lástima que alguien que entiende la vida de esa manera, no sea capaz de vivirla.-

-Tan sólo es mi verdad, tal como la percibo-

-Bien dicho anarquista- Tercia Marcos en la plática-

Aquí en nuestro Club nadie es dueño de la verdad. Ni siquiera estamos seguros de haya una verdad para todos.

Los suicidas somos tan sólo una pandilla de locos aventureros, como dijo el cura.

Nuestra circunstancia es única y no pretendemos imponérsela a nadie.

Apostamos nuestras vidas -o lo que queda de ellas-en lo que creemos. Y aún en este nuestro último reducto, las disfrutamos a nuestra manera.-

-Sin duda – Agregó Ayesha- Y una muestra de que es cierto lo que dices; henos aquí, a mi hermano (refiriéndose al anarquista) y a mí, disfrutando por primera vez en mucho tiempo de una buena charla.

-En buena hora- Contestó Marcos.- Y si como la voz de éste fuese la señal esperada, Alfonsina, quien frecuentemente se hallaba “suspendida por las alas de los sueños”, se les unió; y como solía ocurrir con ella, participaba en las pláticas por su iniciativa, pues muy pocas veces se la abordaba directamente.

-¿Qué tal Marcos?

Tú como siempre, tratando de redimir tu pasado.

¿Qué queda ya de aquel ladrón, embaucador y erudito?-

-Nada queda ya-

Por primera vez, y de manera inesperada, Alfonsina aludía al pasado del líder del Club de los Suicidas, pero lo que apuntaba a ser una revelación sorprendente, quedó tan sólo en una insinuación prometedora, pues no se abundó más sobre el asunto.

-Oye Marcos- Interviene Ayesha-

¿Cómo te imaginas físicamente a la muerte?-

-Bueno, nunca me la he imaginado, pero me gustaría que fuera alta, esbelta, con un entallado vestido negro, de ojos grandes y evocadores. Tibia y provocativa.-

-Pero quién mejor para hablar de “ella”- Dijo Ayesha- que tú anarquista.

¿No es verdad?.-

Esta manera de aludir a su compañero, sugería abiertamente que él había tenido algún tipo de experiencia con el suicidio, y que obviamente había fracasado.

El anarquista contesta con aplomo, como si ya hubiese preparado su respuesta:

-Pues queridos amigos, únicamente les diré que “el roce” con la muerte tiene un toque de sensualidad.

Pero lo mío está en el pasado, y ahí permanecerá.

No olvidemos que estamos en nuestro “aquí y ahora”, sólo a ello debemos atenernos.

Ya en tono de broma, Alfonsina, quien por primera vez adopta un tono festivo, dijo:

-Bueno, pues por lo que parece, con excepción del anarquista, en materia de suicidio, todos somos simples principiantes.-

Después de una pausa, el anarquista dijo:

-Por momentos prefiero creer que en verdad nadie va a morir, y que tan sólo somos parte de un sueño del “patrón” del cura, y que si algún día Despierta, sólamente nos desvaneceremos hasta desaparecer.-

-Podría ser como tu dices- Repuso Marcos-

-Quién sabe- Intervino Ayesha- Quizá sea como dijo André, que la muerte no es sino una abstracción, una metáfora de la vida.-

-¿Y qué debemos entender por eso- Le pregunta en anarquista-

-Quiero decir, responde Alfonsina, con un tono de sutil autoridad-

Que las palabras valen por lo que significan para nosotros, y que algunas de ellas tienen su propio perfume.-

-Pues yo no se bien a bien cómo puede ser la muerte- Dijo Ayesha- Pero puedo asegurarles que “ella” siempre ha tenido la última palabra.-

-¡No en nuestro Club!-La impugna el anarquista-

Aquí siempre hemos estado un paso adelante.-

-Y a propósito- Se pregunta Ayesha- Haciendo una variación del tema-

¿Qué habrá detrás de todo esto?-

-¿A qué te refieres con “todo esto”?- Le pregunta el anarquista-

-Pues a lo que puede haber detrás de la muerte, o más allá de la vida, como entiendas mejor.-

¿-Pues yo no creo que haya nada, nada en absoluto, y estoy plenamente convencido que cuando “todo esto termine”, seremos nada, o menos que eso.-

Pasaban los minutos y los suicidas seguían conversando relajadamente, y aunque no siempre con gran orden, sí con el mayor interés. Y si pudiera tener una connotación poética la liturgia de los suicidas, en esta ya existían palabras “clave”y frases sentenciosas, como: “Marcharse”, “estar un paso adelante”, “evadir a la vida”, “saltar al vacío, o “los dados están el aire”; que en el diccionario del Club de los Suicidas tenían un significado inequívoco.

-Oigan ¿Y creen que haya Cielo e infierno?- Cuestiona de nuevo Ayesha-

-¡Al diablo con el infierno!- Dijo el anarquista.

-Lo más parecido al infierno está aquí en la tierra; y en cuanto al Cielo, no creo ni media palabra de esa patraña.-

-No te quejes amigo- Le dijo Alfonsina-

Recuerda lo que dijo el cura: “El mundo es lo hemos hecho de él”. Y aún con todos sus dramas, todavía es hermoso, y estoy absolutamente segura de que se salvará, o debiera decir “será salvado”, pues “allá afuera” aún hay gente maravillosa.-

-¿Ah sí?

Entonces por qué no te quedaste “allá” si es que te parece tan bonito.-

-Lo mío es privado y secreto anarquista, además estoy cierta de que nuestra jornada de búsqueda y descubrimiento aún no termina.-

La charla no pudo continuar, pues Marcos fué informado que ya podía “recoger” a Celeste. Este se aprestó para traer a casa a su compañera.

-”Volveremos” pronto- Dijo- Y salió de la casona.

Al tiempo que el líder del Club se marchaba, el anarquista abandonó la reunión sin decir palabra, encaminándose a una habitación contigua, reservada para aquellos que quisieran privacidad.

Como si la noticia de la llegada de Celeste hubiese recordado a los suicidas una tarea urgente, estos se dirigieron a habitaciones diferentes de la casona.

Pasaban los minutos y todo era silencio y nada más que eso, hasta que Celeste, en compañía de Marcos regresó a casa. Esta vez dentro de un ataúd.

Pronto fue conducida a un pequeño salón habilitado como velatorio. Hasta allí se encaminaron Ayesha y el anarquista. (A Alfonsina no se la veía por el momento).

A Celeste se la miraba más como dormida que como muerta, si bien, era una bella durmiente bastante pálida.

-¡Mírenla!- Dice el anarquista-

Parece sonreir-

¡Qué ciego eres!- Le contesta Alfonsina-

-¡Alfonsina nunca tuvo una sonrisa sino una cicatriz!-

El anarquista no supo qué decir.

La llegada del cuerpo de Celeste pareció ejercer una especie de embrujo o fascinación en él, pues no se apartaba de ella. Parecía estar en un estado de “trance”, y por un momento llegué a temer algún quebranto en su salud mental.

Después de haber visitado a Celeste por unos minutos, el grupo salió del recinto; (excepto el anarquista quien permaneció a su lado).

Pasaron muchos minutos sin que el anarquista diera señales de vida, y temiendo que éste pudiese cometer alguna locura, ( si es que puede haber una locura mayor que la de matarse) Marcos y yo fuimos a averiguar qué sucedía.

Lo hallamos junto a Celeste. Ella cubierta tan sólo con el inmaculado manto de su desnudez, y él, concentrado en una extraña tarea, hecho que nos preocupó, e hizo que nuestras prejuiciosas mentes pensaran de manera aberrante.

Pero nada más ajeno a lo que descubrimos:

El anarquista estaba a un lado de ella, afanado en ejecutar algunos trazos en el vientre de la difunta.

En verdad quedamos estupefactos: El empedernido detractor le rendía homenaje a la prostituta, a la meretriz hermosa y melancólica ya olvidada por el mundo al que alguna vez perteneció.

El anarquista había dibujado sobre el vientre de Celeste la figura de un niño acurrucado, como si descansara en el seno materno.

Ella nunca había tenido hijos, y esa era su más grande tristeza y su más caro anhelo.

Ahora el anarquista le regalaba uno, aunque fuese pintado con lápiz labial, ese de intenso carmesí, con el que ella tantas veces pintara su boca.

A partir de ese hecho el anarquista ya no pronunció palabra. Se lo veía muy pocas veces, y lo que sabíamos de él era por boca de Marcos, quien hacía las veces de su “vocero”.

La última vez que lo ví estaba muy cambiado, parecía que se “diluía”. Literalmente estaba desapareciendo; de la misma manera que se hubiese desvanecido un rostro recién pintado en acuarela al poco tiempo de exponerlo a la lluvia.

Después de ser el miembro más locuaz del Club, ahora él se había silenciado del todo.

Silenciado en el más amplio sentido de la palabra.

Después de casi dos días de aparente calma, Marcos nos informó:

-El anarquista “tiene prisa”.-

En ese momento recordé las palabras del “autoexiliado”, cuando dijo:

-”Yo ya he saltado al vacío”.

-”Los dados están en el aire”-

Y ciertamente estaban a punto de caer, era inevitable.

En el Club se percibía un clima de desasosiego; pues los crispantes sucesos ocurrían uno tras otro con mortal rapidez.

André, el cura y Celeste “ya habían saltado”, y el anarquista lo haría en breve. Pero con toda seguridad la muerte lo atraparía en el aire con acrobática precisión, pues él nunca caería de pié.

Yo estaba a un mundo de sospechar siquiera los perturbadores episodios que estaban por acontecer.

Cada vez estaba más convencido de que “ninguno se salvaría”, pues todos se habían adherido a la consigna de André: “Los muertos no retrocedemos”.

De pronto, Marcos convoca al Club (o a lo que queda de él) a la sala de reunión. Iba sólo, el anarquista permaneció en alguna habitación, sin saber en cuál de todas, pues la casona tenía bastantes.

-Amigos- Les dijo-Nuestra nave viaja rápido, quién puede dudarlo, nuestro amigo “está por dejarnos”, y me pidió que en su nombre leyera esta carta que de su puño y letra nos envía:

-”Distinguidos miembros del Club de los Suicidas-Dice la misiva.

Seré breve:

Muy probablemente piensan que he cambiado mucho; pero poco he cambiado, casi nada, y para demostrarlo, les diré que mi primera intención fue decirles que llegué a respetarlos muy sinceramente, pero como podrán darse cuenta, no podría yo atropellar mi reputación de tal manera, así que callaré tan linda verdad.

Reconozco que todo aquello que dijeron de mí es casi enteramente cierto; excepto que nunca odié a nadie, y mi aparente petulancia y engreimiento no eran sino una pose defensiva, que nunca fue necesaria.

Admito que me equivoqué con el cura, Ayesha, Alfonsina y Celeste. El grupo lo supo todo el tiempo; yo recientemente.

Marcos siempre tuvo razón cuando dijo:

“Aquí cada quién libra su propia batalla, y que al final del camino estaremos solos; completamente solos y nuestra alma”.

Reconsidero la respuesta que le dí al cura cuando negué haber cometido algún pecado grave. Admito que cometí uno, y de los más grandes:

¡No me atreví a ser feliz!

Por último, y por el cariño que llegué a tenerles, (si bien no fue mucho ja, ja) es que respondo una pregunta que en su momento no les contesté a cabalidad:

Si Dios realmente existiera (probabilidad que aún considero remotísima) y pudiese concederme un deseo; de todo corazón le pediría uno sólo:

¡Mayor capacidad para amar!-

Aquí termina la carta.

Su contenido suscitó un leve gesto de congratulación entre los suicidas.

Al terminar Marcos de pronunciar la última palabra, se escuchó un estruendo seco y apagado.

Todos adivinaron, esta vez no hubo sorpresa.

“Los dados ya habían caído”.

Sólamente Marcos acudió a donde el anarquista.

Instantes después nos dijo:

Él se ha disparado. Fue en la boca. Escogió ese sitio porque vió que en el cura fue de efectos fulminantes. No quiso fallar para nada.

Para él todo estaba consumado.

Lo que dijo fue enteramente cierto:

Se había precipitado al vacío mucho antes de dispararse.

CAPÍTULO VIII

El suicidio de Ayesha

(Su último desafío)

Aún no se cumplía un día de que el anarquista se había “precipitado” al vacío, como él mismo se refería al hecho de suicidarse.

Todavía parecia retumbar en mis oídos el balazo con el que se mató.

Ayesha, su irreductible adversario, parecía haber olvidado el suceso, pues al igual que Marcos y Alfonsina, se ocupaban en los preparativos de sus respectivos suicidios.

Era ya la mañana siguiente después de lo acontecido con el anarquista; y Marcos, Ayesha y Alfonsina, se disponían a tomar un frugal desayuno. Ninguno habló palabra alguna relacionada con el motivo que aún los mantenía como huéspedes temporales de la casona.

Comenzaron a conversar sobre temas cotidianos, daba impresión que el tema de la muerte les era ajeno, parecían más inquilinos de una posada que suicidas confesos.

En un momento ya conversaban sobre tomates rojos y calabacitas.

Marcos les contaba a sus compañeras (Alfonsina se encontraba en sincronía con el mundo que llamamos realidad) sobre un método de cultivo para pequeñas hortalizas en espacios reducidos, llamado “hidroponia”, y que básicamente consistía en un proceso de goteo programado en contenedores impermeables de unicel con arena absorbente, donde germinan y maduran los vegetales, refiriéndose como ejemplo a los jitomates.

El procedimiento era, a decir de Marcos,muy barato, productivo, y de enorme utilidad en jardines de casa e incluso en habitaciones.

Discutieron con mucho interés sobre el beneficio que la técnica de la hidroponia significaría para países pobres y con problemas de aridez y falta de agua.

Fue tanto el entusiasmo de Ayesha cuando Marcos le contó que él mismo había cultivado muchos jitomates en un pequeño apartamento que no mucho tiempo atrás alquiló en una zona cercana, que ésta hizo anotaciones de carácter técnico. (si bien, no pude entender con qué propósito).

Se los veía tan concentrados en el tema, que pensé por un momento en la remota posibilidad de que “todo lo que había pasado” era únicamente un sueño inquietante, y que yo me encontraba con mis compañeros de estudios trabajando sobre nuestro proyecto de agronomía.

Sin embargo, Ayesha rompió el encanto, pues cuando más concentrados estaban, ella le preguntó al inspirado agricultor:

-Oye Marcos ¿Qué te falta por hacer?-

-¿Hacer con respecto a qué?-

-No finjas, bien sabes de lo que te hablo-

-Perdóname, pero ¿Podrías ser más específica?-

-¿Qué te queda por hacer antes de matarte?-

Marcos abandonó su pose relajada y le contestó:

-Sólo dos cosas:

Una de ellas no la conocerás nunca, y la segunda deberías recordarla muy bien.-

-¿Yo por qué?-

-Porque le prometí a André….-

-Ah sí, ir al mar por él ¿No es cierto?-

-Visitar al mar, y disfrutarlo por él- Precisó Marcos-

-¿Y lo cumplirás?-

-¡Apuesto mi vida en ello!-

Lo haré Ayesha, y por dos poderosas razones:

La primera y más importante, porque André me lo pidió. Y la segunda, porque me comprometi a hacer lo que más me gusta en la vida, que es estar junto con el mar; de manera que cómo podría negarme.-

-Bien por tí Marcos, que harás algo que te gusta tánto- Le dijo Ayesha- Con una inflexión de tristeza en su voz.

-¿Y qué hay de tí amiga?-

– Te confesaré algo Marcos, haré beber un trago muy amargo a mi padre, y me temo que muy a su pesar se lo tragará.

Debo enfrentarlo de una vez por todas.-

-No sé qué quieres decir.-

-Y nada conocerás por ahora, pero “llegado el momento” lo sabrás todo; pues quiero pedirte un favor.-

-El que quieras Ayesha, si está a mi alcance, sólo pídelo.-

-Está a tu alcance.-

-Acto seguido, Ayesha entregó a Marcos un pequeño sobre y le dijo:

-”Cuando todo termine” ábrelo, eso es todo. No tendrás que esperar mucho.-

Dirigiéndose entonces a Alfonsina, Ayesha intentó instruírla sobre alguna tarea, pero ya no pudo hacerlo, pues ella se había “ausentado”. Lo supimos porque ya entonaba su canción, y porque miraba para donde los ojos de nadie más podrían llegar.

Marcos le advirtió a Ayesha:

-Alfonsina en nada podrá ayudarte por ahora.

¿Podrás esperar a mañana?-

-El mañana es sólo una promesa-

¡Deberá ser hoy!-

-Será como tú digas.-

En este punto de la conversación me quedó completamente claro que sería Ayesha la siguiente en morir, y que sería ese mismo día.

-Oye Marcos, dime ¿Cómo es que Alfonsina se marchará “en ese estado”?-

-Bien que lo sé, pero nada diré por el momento.-

El líder del Club repitió, con un toque de fina ironía, las mismas palabras que Ayesha pronunciara cuando se le preguntó sobre su suicidio.

Ella tan sólo dijo:

-Bien dicho, comprendo el sentido de tus palabras.

Nada parece estar fuera de lugar.

Nadie se arrepentirá.-

-Verdad Marcos.-

-Verdad Ayesha.-

Marcos, como era habitual en él cuando quería estar a solas con alguien, me indicó, con una señal apenas perceptible, que me alejara.

Eso hice, pero todo apuntaba a que ya “afinaban detalles”.

Así pasaron algunas horas, no supe cuántas, pero el crepúsculo era inminente.

Al cabo de tensa espera, Marcos me llamó:

-Ven Leo.-

Acudí hasta donde él estaba con Ayesha.

Era una bonita habitación que yo no conocía, muy amplia y ricamente decorada con artesanías del Istmo de Tehuantepec.

Ayesha lucía radiante. Mínimo maquillaje. Un sobrio traje sastre gris estilizaba su figura.

Ella parecía muy felíz, como quien está cierta de que muy pronto recibirá buenas noticias.

Comenzó a hablarnos de “Michelle”. Lo hacía por primera vez.

Se refirió a él con reserva y mesura, pues era poco dada a la grandilocuencia.

Recuerdo muy bien que dijo:

“Ya no nos lastimará la tiranía de la distancia”.-

Muy poco fue lo que nos platicó sobre su relación amorosa; sin embargo, nadie podía dudar que Ayesha era una amante fiel.

En un momento de la plática ella nos dijo:

-¡Mirenlo!- Al tiempo que nos mostraba una fotografía en blanco y negro:

Era Michelle, un apuesto varón de edad similar a la de ella. Al reverso de la foto le prodigaba encendidas palabras de amor.

Ni Marcos ni yo le preguntamos nada.

Una vez más el líder del Club me indicó poner distancia entre ellos y yo; aunque esta vez no me era preciso abandonar la habitación.

Ayesha estaba sentada en un sillón de piel, en tanto, Marcos quien permanecía de pié, la escuchaba con atención.

En la habitación se percibía una atmósfera de excitación e incertidumbre.

En un momento, Alfonsina, ya reconectada al presente, se acercó hasta ellos. La tenue y azulosa luz del cuarto le daba un aire calculadamente evocador a la escena.

-¿Ya te vas hermanita?- Le dijo a Ayesha-

Te veo contenta.-

En esos momentos mis sentidos se agudizaron al máximo, como si la distracción de un instante significase perderme alguna palabra reveladora o trascendente.

-De mujer a mujer- Prosiguió Alfonsina-

“Te digo que los muertos no perdemos para siempre”.

“Tu vida va de la tarde al amanecer”.

“No olvides que nosotras no sabemos dar un paso atrás.-

Y como si estas palabras fueran la señal esperada, Ayesha apuntó con una filosa daga directo a su corazón, al tiempo que decía:

-No me dolerá, “este se murió antes que yo”, para inmediatamente después, acometerlo con mortal determinación,

Sólo un quejido y ella estaba muerta.

Sin embargo, para Ayesha no todo había terminado.

Aún le faltaba librar una última batalla.

Marcos me pidió que saliera, pero antes de abandonar el lugar, pude percatarme de que éste leía el recado que minutos antes Ayesha le entregara.

Nada pude saber de lo que ocurrió con Marcos y Ayesha, pues estuvieron juntos por casi una hora.

Al término de ese tiempo, Marcos me llamó:

-Leo, debo pedirte que me ayudes:

Es deseo de nuestra amiga que la llevemos a casa de sus padres.

Saldré por un poco tiempo. Lo que debo hacer no tardará mucho. Regresaré por tí para reunirnos con Ayesha en su casa paterna.

Fue la segunda vez que Marcos abandonaba la casa. Mientras tanto, me pidió que aguardara, con la especial encomienda de no acercarme al cuarto donde Ayesha se encontraba.

No pasó mucho tiempo para que vinieran por nuestra compañera.

A su cuerpo no le fue practicada la necropsia en los términos que la ley establece.

Tampoco se llevó a cabo investigación alguna.

Sospecho que tales prerrogativas obedecieron al hecho de que el padre de Ayesha era un hombre acaudalado y ligado al poder.

En muy pocas horas nuestra amiga ya era “velada” en una sobria residencia enclavada en un lujoso barrio residencial por el Suroeste de la ciudad.

La casa era muy grande, con amplios y bien podados jardines, flanqueados por altos y hermosos cipreses.

Me sorprendió la cantidad de personas que acudieron a despedirla; no pasaban de diez, y la mayoría parecía ser del íntimo círculo familiar.

Pocos hablaban, y lo hacían en voz tan baja que no podía intuir siquiera en sentido de su conversación.

El féretro era de fino cedro, estaba cerrado. No tenía, como suele acostumbrarse, cubierta de cristal; sino que la tapa era toda de madera. Por tal motivo, nadie conocía (hasta ese momento) el “estado” del cuerpo de Ayesha, salvo Marcos, pues fue él quien la “arregló”.

A su madre se la veía abatida, si bien, nunca perdió la compostura.

De no más de 50 años, toda de gris oscuro, cabello negro, corto, y discretamente ensortijado. No traía gafas, de manera que podían apreciarse sus grandes y bellos ojos azules, muy parecidos a los de su hija.

Su padre, sesentón, adusto, finamente trajeado de riguroso negro. Sienes plateadas, moreno. Se lo veía físicamente vigoroso; aunque no podía ocultar un gesto de contrariedad, como quien acaba de perder una partida que siempre se empeñó en ganar.

Caminaba con pasos cortos por el gran jardín, iluminado apenas por 6 ó 7 lámparas de luz ámbar (de esas que se activan con luz solar).

Eran momentos de tensa calma, y al cabo de unos minutos, el padre de Ayesha (a quien nunca lo ví junto a su esposa) se dirigió a los dolientes en estos términos:

-Por razones de índole estrictamente personal, y porque ese fue el deseo de mi hijo, (se refería a Ayesha como a “él”) leeré esta carta que escribió para mí, y aunque ya conozco su contenido, deseo darle curso a su lectura, aún si ello significa “beber un trago muy amargo”:

“Padre -comienza la misiva –

Cuando leas estas líneas ya habré muerto, o mejor dicho, ya me habré matado.

No escribo para pedirte perdón, pues nada hay que perdonar.

Me entristece el hecho de haberte permitido que arruinaras mi vida.

Hasta hace poco tiempo te odiaba, pero ese sentimiento ya no existe en mí.

Siempre fuiste un maldito arrogante. Te asumiste como mi juez, y en alguna medida como mi verdugo.

Fui un cobarde que no supe luchar a tiempo por mi libertad.

Encontré el amor pero no tuve el suficiente valor para seguirlo; pues mi miedo atávico a tus prejuicios y a tu velada amenaza a mi madre, a quien siempre culpaste de lo que estúpidamente llamaste “mi enfermedad”, me inhibieron por completo.

Seguir la voz de mi conciencia, y atreverme a ser la mujer que llevo dentro, significó para mí ganar tu repudio, y para “michelle”, tu acendrado odio.

Al fin descubrí que no eres culpable del todo, ya que estás a años luz de comprender los “resplandores” del amor, dada tu ceguera de espíritu.

A mi madre, al fin mujer, todo mi amor. Ella siempre me comprendió. La compadezco por tener qué compartir su vida con alguien como tú.

¡Ahora te desafío en este momento para que me veas cara a cara, si tienes valor para ello!.-

Fin de la carta.

El padre de Ayesha no experimentaba aparentemente ninguna emoción, y con su rostro como de piedra, estaba muy lejos de sospechar siquiera lo que le esperaba.

Ante la sorpresa de todos, éste se encaminó hasta un pequeño templete, casi en el centro del jardín principal donde estaba el féretro, al tiempo que ordenaba mayor iluminación en el “escenario”.

El hombre abrió pausadamente la tapa del ataúd, hasta dejar “expuesto” el yerto cuerpo de su hija.

Aquello fue extraordinario, pocas veces ví a alguien tan desencajado; creí que ese hombre de mármol se desharía en pedazos, casi lo compadecí.

Sus ojos se humedecieron , aunque no lloró abiertamente.

Después de observar por unos instantes a Ayesha, se alejó abruptamente, significando con ello, la aceptación de una derrota ignominiosa.

El resto de los presentes se fueron acercando uno a uno para mirar a la muerta. Sus reacciones fueron variadas; los hubo quienes casi se escandalizaron. Los más no mostraron mayor asombro.

Cuando tocó el turno a la madre de Ayesha, esta la contempló por varios minutos.

En el rostro de la señora se advertía un gesto de ternura y aquiescencia, y puedo yo jurar que de regocijo.

Marcos me indicó un poco después que me acercara hasta la difunta.

Mi sorpresa fue mayúscula. Nunca la hubiera imaginado como la ví:

Allí, en la caja mortuoria estaba Ayesha.

Se la veía muy bonita.

Ataviada con un colorido traje típico de tehuana, al más puro estilo de Frida Kahlo.

Parecía una doble perfecta de la célebre pintora:

Su maquillado rostro resaltaba en un óvalo perfecto.

Sus cejas, marcadas en un negro exaltado, sus rosadas mejillas, y los labios finamente delineados en rojo brillante, le daban a Ayesha un aire festivo y gozoso.

Me parecía que ella disfrutaba de su último y grande triunfo.

Todo fue a su manera.

Ayesha se había salido con la suya.

CAPÍTULO IX

Cuando Alfonsina se marcha

(Ella no se ahogó)

Dos días atrás Ayesha había “partido”.

Durante ese tiempo, yo me ocupe básicamente en poner en orden mis notas.

Yo no sabía aún cuándo se marcharía Alfonsina, aunque no me cabía la menor duda de que ella era “la siguiente en la lista” , pues Marcos jamás la dejaría sola.

Los últimos suicidas se dejaban ver muy poco, y casi no hablaban entre ellos; pues la protegida del líder del Club estaba “extraviada” a partir de los de Ayesha.

La relación de Alfonsina con el Club y con la realidad era de fuga y retorno. Marcos se limitaba a cuidarla.

Me daba la impresión de que él esperaba algún indicio que le permitiese conocer el momento preciso para “encaminar” a su compañera.

Al igual que con Ayesha, mi presunción, o debiera decir mi certeza de que Alfonsina era una suicida en toda la línea, seguía inalterable, pues yo daba como cierto lo que el anarquista afirmó:

“Todos nos hemos precipitado al vacío”. Y ella estaba, sin duda, en trayecto de colisión.

Al tercer día de la muerte de Ayesha, Marcos conversaba; o mejor dicho, le hablaba a Alfonsina, pero dado que ella nada parecía entender, nada le contestaba.

Minutos después de su “comunicación”, el líder del grupo me dijo:

-Henos aquí Leo, ya sólo quedamos Alfonsina y Yo.

Bueno- Corrigió- Y tú amigo, nuestro fiel relator. Un testigo casi mudo, pero en ningún momento ciego ni sordo, pues nada tienes que ver con la falsa consigna que te endilgó el anarquista cuando dijo:

“Tú, Leonardo, como si no existieras”.

Ya casi había olvidado aquel acontecimiento, pero lo que Marcos recordó fue la estricta verdad.

-¡Cierto!- Dijo Alfonsina- Quien por fin se incorporaba al cauce del río que llamamos realidad.

Quién podrá negar que Leonardo es fiel, – Agregó – Pues aunque no está en “la lista de los de abordo” , tampoco él ha dado un paso atrás.-

Su voz era frágil y poderosa a la vez, como la piel del mar.

-Pero te veo más que tranquilo amigo- Me dijo-.

¿Pensaste acaso que “ella” descansaba?

Nada de eso Leo, “ella” nunca hace tal casa. Sólo se toma un tiempo para afilar su guadaña.-

Su aseveración, aunque ingeniosa, me inquietó, pues sospeché en el acto que para Alfonsina el principio del fin era inminente.

Yo, como queriendo dar pié a una conversación con ella (cosa que nunca había sucedido), le dije:

-Pues ya vez Alfonsina, nuestros amigos descansan al fin.-

-¡No digas tonterías!- Me contestó en tono de corrección y reproche.

“Ella” no da nada gratis.

Les dió la libertad, pero tomó sus vidas.-

Su respuesta fue categórica, pero armandome de valor, me atreví a preguntarle:

“¿Cuándo empezó todo esto, para Marcos y para tí”?

-No te quiebres la cabeza Leo con esa clase de elucubraciones, que te baste saber, aún si no eres capaz de comprenderlo, “que nuestro ayer aún no termina y nuestro mañana recién comienza”.-

Nada pude entenderle, aunque sospecho que se refería al relativo valor que el tiempo tenía ya para ellos.

-Déjalo ya Alfonsina- Intervino Marcos- Acudiendo providencialmente a mi rescate.

Si continúas así, nuestro querido amigo terminará con más de un esquema roto.

-Tal vez Marcos- Le contestó ella- Pero de qué otra manera se puede conocer lo substancial si no es cuestionando aquellas verdades que creíamos inmutables.

Y algo más Leo, no olvides que es en el sufrimiento, más que en el gozo, que tomamos conciencia de que existimos.-

Entre Marcos y Alfonsina existía un entendimiento tácito, una comprensión que sólo se da entre aquellos corazones que laten en sincronía espiritual.

Alfonsina – Le pregunté-

¿Cómo es que alguien como tú, con un nivel de conciencia superior al promedio ha llegado hasta este punto?

-No es posible que lo sepas por el momento, y no te hagas más cruces pretendiendo conocer a los verdaderos suicidas, pues equivaldría a urgar en el agua para hacer un agujero y mirar a través de él.-

¿Conociste el amor Alfonsina?

-Por un tiempo lo conocí Leo. Y también descubrí que el amor sin honor nada significa.-

Y como si mi pregunta o su respuesta, o ambas cosas, le hubiesen abierto una antigua y dolorosa herida, ella se “fugó” en el acto. Otra vez me quedé yo sólo.

Ya era entrada la tarde y Marcos se había retirado a su habitación minutos antes.

Amanecía y yo estaba despierto, también lo estaban Marcos y Alfonsina. Nunca lo ví dormir a él, aunque no quiero significar con esto que Marcos fuese un insomne total.

Escuché que conversaban en voz baja, pues su habitación era contigua a la mía.

Esta vez la realidad de Alfonsina corría paralela a la realidad cotidiana.

En un momento, y sin darme cuenta (pues no escuché sus pasos), Marcos estaba junto a mí tocándome el hombro. Ya casi había olvidado lo frías que eran sus manos.

Recordé que en el Club se rumoraba que él era un resucitado, o el “ángel de la muerte quien los encaminaría”.

Para mí eran sospechas fantasiosas. Marcos era uno más.

Él me dijo:

-Leo, prepárate, debemos “partir”.-

Tal expresión me heló la sangre, pues siempre que él pronunció esa palabra, al poco la muerte se hacía presente; y como en esta ocasión Marcos me involucró, en verdad que sentí miedo.

¿Partir?

¿A dónde?- Pregunté-

-Al mar-

¿Al mar?

¿Para qué?

-Alfonsina me pidió que la acompañara, y yo tengo un “compromiso” qué cumplir; nada más puedes saber por el momento.

Al cabo de unos minutos, todo estaba listo.

Haríamos el recorrido en un automóvil seminuevo, amplio y cómodo.

Alfonsina se dejó conducir por Marcos. Ella no hablaba, pero esta vez no estaba “ausente”.

Marcos y ella viajarían en el asiento posterior, y yo al volante.

En muy poco tiempo ya conducía por la salida noroeste de la ciudad.

Marcos me indicó poner un C.D. que él mismo me entregó.

-Escucha Leo- Me dijo- Es hora que conozcas a la gran amante del anarquista.-

En segundos me dí cuenta que se refería a la música clásica. Ya nos deleitaba “La primavera” (de “Las estaciones” de Vivaldi).

Nunca lo hubiera creído. Y como si Marcos adivinara mi asombro, me dijo:

-Te sorprendes ¿Verdad?

Hay muchas cosas que ignoras con respecto a él, sólo te diré que entre el anarquista y la música clásica había un romance de muchos años; profundo y fuerte.-

Sus palabras me emocionaron. De modo que detrás de aquél suicida rudo y vulgar, había un hombre sensible y de refinado gusto.

El tiempo transcurría, la música relajaba a los suicidas y propiciaba una atmósfera de paz y distensión.

A una hora de iniciado el viaje, Alfonsina por fin habló.

Lejos quedaban ya aquellos lapsos de mutismo.

Ella lucía serena, más aún, parecía excitada. Tenía la emoción que embarga al explorador que está por descubrir una región vírgen y prometedora.

Ahora se comunicaba con más espontaneidad.

-Leo- Me llamó así, con familiaridad, como si me conociera de mucho tiempo.

¿Conoces el mar?-

Sí, lo conozco- Le contesté-

¿Y lo amas?-

Amar al mar?

¿Cómo se ama al mar?

-Se sabe cuando se lo ama. De manera que tú no lo amas.-

¿Ah sí?

Y díme Alfonsina:

¿Cómo amas tú al mar?

-Querido Leo, aún si tratase de explicártelo, temo que no comprenderías; pues los que amamos al mar nos entendemos sin palabras.

El mar y sus amantes nos conocemos desde siempre; y en ningún otro lugar nos sentimos mejor si no es junto a él.

“Él me conducirá a mi Patria”-

Queriendo anticiparme a su siguiente frase, le dije:

“¿Al país de las almas felices?”- Repitiendo aquellas palabras que Marcos le dijera a André cuando habló con él por última vez.

Ella nada me contestó, tan sólo me sonrió.

Alfonsina se refería al mar como si hablara de “alguien”, parecía conferirle una “personalidad” de hermano o algo parecido.

Alfonsina- Le dije-

Cuánto me gustaría conocer más de tí, pues el tiempo que pasamos juntos fue tan corto…

No me dejó continuar, pues llevándose el dedo índice a sus labios, me hizo seña de callar.

-Conocimos lo mejor de nosotros- Dijo-

Y creeme Leo, ahora que sabes que debes vivir, hazlo gozosamente, sin miedo y sin odio; de lo contrario, vivirás con una tempestad en tu corazón.

Y con respecto al amor, querido amigo, cuando valemos la pena él nos elige a nosotros, de manera que a tí no se te negará.

Ya lo ves Leo, no eres tan desafortunado, pues en medio de tanto sobresalto, has conocido a gente “muy interesante”.-

Con esa expresión, de “gente muy interesante”, es que Alfonsina se refirió a los suicidas del Club. A mí me pareció que se quedó muy corta.

-Y dime, Leonardo- Volvió a cuestionarme.-

-¿Qué somos tú y yo?-

¿En qué sentido?

-¿Qué somos en el océano de la vida- Completó su pregunta.-

Dos insignificantes gotas de agua, supongo.

Tal vez sea cierto lo que dices Leo, pero te aseguro que sin esas dos insignificantes gotas de agua, el océano estaría incompleto.-

Su respuesta fue inapelable. Me dejó sin palabras.

De repente, Alfonsina se había convertido en filósofa, y charlaba con tanta lucidez, que literalmente me deslumbró.

Y ya en plan de locuaz conversadora, me preguntó:

-Y dime Leo- ¿Qué sentido tiene para tí la vida-

No lo sé Alfonsina, pero eso no significa que mi vida carezca de algún sentido. No olvides que hasta hace muy poco yo no tenía ningún aliciente para vivir, y ahora, como resultado de mi experiencia con el Club, mi posición ante la vida es otra; si bien, aún me asaltan muchas dudas y temores.

Mi respuesta pareció complacerla.

-Cierto Leo.

¿Recuerdas cuando nos reclamaste por negarte el ingreso al Club?-

Lo recuerdo. Reconozco que a “ella” no la necesito. Buscaré otro camino.

-No estés tan seguro. Tal vez “El camino” te encuentre a tí, antes que tú a Él.

Bien- Agregó- Celebro al sobreviviente que llegó a estar en “trance de muerte”.-

No sé de qué hablas Alfonsina.

-No importa.

Quizás te aburra Leo.-

¡No para nada! ( ¿Aburrirme yo, cómo podría?- Pensé- Si vivía momentos excepcionales, decisivos en mi vida ).

Ya acostumbrada Alfonsina a “comprometerme” con preguntas de orden existencial, me preguntó:

-Y tú Leo ¿Quién eres?-

¿Que quién soy?

¡Yo soy yo!

-¿Y qué clase de Yo eres?

Pues sólo conozco de tí lo que nos has mostrado, pero estoy segura que todos somos bastante más que nuestra apariencia.

¿No te parece?-

¿Quieres decir que soy un simulador?

-No Leo, sólo digo que somos mucho más que una voz y una presencia.

Te pondré un ejemplo:

¿Ere un ser humano bueno o malo?-

No es por parecer petulante, pero supongo que más bueno que malo.

-¿Has deseado algo que no merecieras Leo?

¿Como algún bien material o a la mujer de otro?-

¿Eh?

-Sólo dí sí o no-

¡Sí!

-¿Has deseado la muerte a alguien?-

¡Sí, también!

-¿Fuiste desleal, aunque haya sido una sóla vez en tu vida?-

¡Sí, sí!- Le respondí- A estas alturas del interrogatorio, con cierto enojo.

Pero, por favor Alfonsina:

¿Es que existe un hombre que nunca haya decepcionado a alguien?

-Sin duda Leó, pero la tesis que quiero plantearte es la siguiente:

Sólo Dios tiene un Yo único. Los seres ordinarios (y hablaba como si ella lo fuera) tenemos varios Yo:

Un Yo atesorador, un Yo cobarde, un Yo infiel. Pero también un Yo íntegro, leal, tenaz.

Lo importante, lo verdaderamente importante es cuál Yo prevalece, cuál Yo te caracteriza, y por cuál Yo trascenderás .

Eso es lo relevante mi querido Leo.-

No supe qué contestar.Era demasiado para mí, aunque tiempo después me percaté de la verdad que encerraban sus palabras.

Después, Alfonsina habló de “Desaparecer” en su contexto místico. También se refirió a la “Renuncia”, a la “purificación”, y a lo que ella entendía por “Reintegrarse a la Conciencia Cósmica”.

De estas concepciones filosóficas muy poco pude asimilar.

Después de una breve pausa (ya endulzaba nuestros oídos “La Heroica” de Beethoven), ella me preguntó:

-Dime Leo ¿Te preocupa ser recordado?-

¿Por quién y de qué manera?

Sin darme cuenta, me estaba familiarizando con la inquisitiva Alfonsina, de manera que mis respuestas eran más ágiles y elaboradas.

-Pues recordado por tus descendientes, por el mundo.-

Supongo que todos seremos recordados por el simple hecho de haber existido- Le respondí-.

-¿Ah sí?

Dime entonces los nombres y apellidos de tus bisabuelos.-

Por Dios Alfonsina ¿Qué relevancia puede tener el saberlos?

-Sólo contesta.-

No, no recuerdo sus nombres.

-Lo ves.

A sólo dos generaciones, los padres de tus abuelos fueron olvidados completamente.-

Por un momento, la idea de ser olvidado me perturbó.

Los nietos de mis hijos no sabrán nada de mí.

-Sin embargo, Leo-Continuó Alfonsina- Hay hombres que el mundo no ha olvidado ni olvidará nunca:

Einstein, Newton, Da vinci, Mozart, Gandhi, Cervantes, Caruso, Miguel Ángel…

¿Continúo?-

No es necesario.

-Y dime entonces:

¿Creés tener algún los los atributos de alguno de ellos como para ocupar un lugar preponderante en la memoria de la humanidad?-

¿Yo?

¡Claro que no!

Me considero un hombre bastante ordinario.

-Aún así amigo- Enfatizó- Está a tu alcance la tarea más difícil, especializada, minuciosa y refinada que puedas imaginar.-

¿Y cuál es esa tarea Alfonsina?

No estarás pensando que tengo un don oculto o algo así.

-Nada de eso. Me refiero al metódico, contínuo, discreto y gozoso “trabajo sobre tí mismo”.-

Estas últimas palabras, (ahora lo sé) tenían un significado inmenso, pues me posibilitaban aprender a vivir con mayor plenitud y alegría. Sin embargo, en esos momentos no pude avizorar tal alcance, y sólo le respondí:

¿Por qué afanarte de esa manera en mí, cuando estás tan cerca de morir?

Al concluir esta palabra, me dí cuenta de que no debí pronunciarla, pues fue como si hubiese tecleado en una computadora algún código específico que desencadenaría todo un alud de acontecimientos.

Alfonsina guardó silencio. Mis palabras parecieron recordarle alguna tarea impostergable.

La deidad de lo que llamamos locura, la atrajo para sí.

Ya no habló más conmigo; estrujó su bolso contra su pecho, largó la mirada a su dimensión particular, y tarareando su característica canción me abandonó. Así, literalmente.

A pocos minutos de un total mutismo, y casi sin darme cuenta, nos encontramos con el basto océano, que nos daba la bienvenida con su grave y rumorosa voz.

Mis sentidos se agudizaron. El último y emotivo episodio de esta saga excepcional estaba por comenzar.

La refrescante brisa, el tibio sol del atardecer y la ondulante piel del mar, me hicieron recordar automáticamente la promesa que Marcos le hiciera a André.

En tanto, las gaviotas que se exhibían en vuelos suspendidos y el límpido cielo crepuscular, evocaban una idílica estampa de paz y armonía.

Marcos habló muy poco durante el trayecto. Mé indicó un sinuoso camino de terracería que bordeaba la costa.

Este no era un viaje recreativo. Se trataba nada menos que de los últimos pasos de Alfonsina por el mundo.

En verdad la extrañaría.

¿Pero, cómo partiría?

No podía imaginarlo. Yo tan sólo sabía de la atracción, o fascinación, casi hipnótica, que el mar ejercía sobre ella.

De pronto, algo inusitado ocurrió:

Como en ocasiones anteriores,Alfonsina retornó súbitamente a la “normalidad” ; y dirigiéndose a Marcos, algo le dijo, y en un acto de plena voluntad, ella le entregó su pequeño bolso de piel marrón, en cuyo interior estaba (supongo) todo cuanto atesoraba o todo cuanto temía.

Al poco de transitar sobre un camino de tierra, llegamos a una pequeña ensenada, resguardada por elevaciones rocosas, que le daban al escenario una intimidad idónea.

Nos bajamos del automóvil, y Marcos me indicó que los dejara solos. Así lo hice, y juntos se alejaron con sus pies desnudos rumbo a no sé dónde.

No intenté seguirlos.

Sin darme cuenta, yo estaba llorando.

No podía evitar sentir tristeza por lo que era para mí una pérdida. Pues Alfonsina era una alma excepcional.

Así se refería Marcos con cierta frecuencia a las personas, llamandolas “almas”; y me parecía que ella no podía ser ya a estas alturas, más que eso.

Al cabo de varios minutos Marcos me llamó:

-Vuélvete Leo, ven.-

Me dí la vuelta y me encaminé hacia él.

Ya no estaba Alfonsina.

Allí en la playa, vi a Marcos incorporándose. Me pareció que terminaba de escribir algo sobre la arena.

Las olas ya borraban sus palabras, y únicamente alcancé a leer lo que me pareció ser el trozo de una bella canción andina:

“Por la blanca arena que besa el mar

Su pequeña huella

No vuelve más”.

Nada pregunté, me atuve cumplidamente a mi papel de discreto observador.

Marcos, como si adivinara mi pensamiento, me dijo, con una sonrisa calculadamente maliciosa:

-No, no es lo que imaginas Leo, recuerda que en nuestro Club tenemos prohibidas las muertes vulgares.

“Alfonsina no se ahogó.

Sólamente caminó sobre el mar hasta desaparecer”.-

Poco pude entenderle, lo cierto es que ella ya no estaba con nosotros.

Se había marchado para siempre.

Marcos permaneció por un buen tiempo contemplando el horizonte.

Con el torso desnudo, cumplía su promesa hecha a André.

CAPÍTULO X

Marcos tenía prisa

(La vida había capitulado)

Con la desaparición de Alfonsina, ya solamente quedaba Marcos; y aunque yo no tenía idea sobre cómo se mataría ni en qué preciso momento lo haría; una cosa era clara:

Él tenía las horas contadas.

El líder del Club de los Suicidas y yo permanecíamos callados. Absortos. Mirando para donde el mar y el horizonte se hacen uno.

Yo no podía saber qué sentimientos embargaban a Marcos, ni lograba concentrarme en una sola idea, pues por mi mente pasaban los últimos acontecimientos en una rápida sucesión de imágenes; desde mi fallido intento para ingresar al Club y la impactante muerte de André, hasta la “desaparición” de Alfonsina en el mar hacía apenas unos minutos.

Marcos me trae de nuevo al doloroso presente:

-Leo, debemos regresar.-

Bien- Le dije- Y volvimos sobre nuestros pasos hasta el automóvil.

Regresamos a casa cuando ya anochecía.

Me daba la impresión que él tenía prisa por llegar al seno del Club.

Durante el trayecto de regreso Marcos durmió largamente, y durante todo el viaje no despertó.

Yo me sentí lo suficientemente fuerte como para conducir hasta nuestro destino.

Llegamos a la vieja casona al amanecer, había sido un recorrido agotador.

Recordé entonces las comprometedoras palabras de Alfonsina, cuando dijo que yo no sería capaz de dar un paso atrás. Me sentí vigorizado, y pronto olvidé mi cansancio.

Una vez “instalados” en la casona, Marcos me dijo:

-Leo, quiero pedirte un favor:

Cuando “todo haya terminado”, hazte cargo de esta bolsa; (era la que Alfonsina traía siempre consigo) pues yo debo “marcharme”.-

¿A dónde vas?- Le pregunté-

-No te hagas el inocente, bien sabes de qué hablo.

Nunca lo planeé de este modo, y no sé exactamente por qué el azar nos hizo coincidir, aunque después de todo , quién soy yo para cuestionar al Destino.

En todo caso, me alegra que hayamos llegado juntos al final del camino.

Tú posees- Me dijo- Una de las más bellas virtudes:

¡La fidelidad!-

Se me hizo un nudo en la garganta, y las lágrimas amenazaron con anticiparse a las palabras. Marcos continuó:

-No llores Leo, aún te quedan horizontes qué alcanzar.

Fue un honor tenerte “entre nosotros”.

No quiero llevarme la imágen de un rostro triste.-

Marcos esbozó una sonrisa leve y cálida. Fue la última vez que lo haría.

-Quiero que sepas- Me dijo- Que nada hay de heroico ni romántico en quitarse la vida uno mismo. Sin embargo, no intentes comprender nuestras razones. Y si algo puedes rescatar de tu experiencia con esta “partida de fracasados y locos aventureros” como nos llamó el anarquista y el cura, que te aproveche.-

En estos momentos, Marcos me hablaba como si fuese mi guía o mi hermano mayor.

Me habló de muchas cosas, pero sólo referiré aquello que puede ser contado, pues entre sus consejos y máximas hay exaltaciones y confidencias que entran en el pacto de secrecía.

Y así comenzó:

-”No conozco una fórmula infalible para ser feliz, pero sé de muchas que te harán la vida miserable”.

“No practiques la mutua incomprensión, pues estarás condenando al infortunio a más de una persona.”

“Piensa siempre con el corazón y con la mente al unísono, pues si lo haces únicamente con el intelecto, te harás calculador, utilitarista e insensible.”

“Evita la vulgaridad y cultiva el refinamiento de tu espíritu”.

“No temas entregarte sin reserva por una buena causa. De esa manera nunca serás perdedor”.

“La adversidad mide nuestro temple con cierta frecuencia. Esta nunca te derrotará a menos que te sientas vencido; de manera que debes mantenerte firme, y saldrás fortalecido interiormente.”

“La alegría y la tristeza son siempre inseparables, y no puede existir una sin el concurso de la otra; de la misma manera que la pierna izquierda sirve de soporte a la derecha para poder caminar.”

“Mantente siempre alerta por si alguien te necesita.”

“Nole hagas trampas a la vida.”

“La mejor manera de aprovechar el tiempo es siendo honesto contigo mismo.”

“Ten siempre presente que la lealtad es una tarea de tiempo completo.”

“Nadie te debe nada.”

Leo, nunca olvides decirte: “Yo soy responsable”.

Si eres congruente con esa simple verdad, tendrás una herramienta invaluable para desenvolverte espiritualmente.

El “patrón” del cura, de la manera que tú lo concibas, escogió tu corazón para vivir en él. No lo olvides nunca.

“Cree siempre en tí. Sigue tu camino y no el de otro”.

¡Ah, olvidaba una última cosa!

Recuerda que la pasión , como la alegría y la juventud, se contagian por contacto directo; de manera que mantente de buen humor todo el tiempo.-

Ya para concluir, me advirtió:

-¡Aquí no termina todo bribón!.-

Hasta aquí sus consejos. Tocó mi mejilla con sus manos tan frías como siempre, y ya no pronunció palabra.

Me indicó con una señal que saliera de su habitación.

Esperé afuera sin saber qué hacer.

Todo ocurría tan rápidamente que el curso de los acontecimientos rebasaba, con mucho, mi precaria capacidad de reacción.

Al cabo de algunos minutos la impaciencia me venció, y me encaminé hasta donde Marcos. Lo que ví me dejó sin aliento:

Ahí estaba él, sentado en un mullido sillón de piel. En el acto adiviné lo que sucedía, pues me bastó con mirar sus manos.

Marcos emulaba a aquellos senadores romanos que se suicidaban cortándose las venas de las muñecas, sumergidos en una tina con agua caliente (para mantener fluida la hemorragia).

El líder del Club de los Suicidas ejecutaba una variante de aquél método, aunque con idénticos resultados.

Me dí cuenta que aún vivía.

Instintivamente me acerqué junto a él y lo tomé por las manos.

De los profundos tajos de sus muñecas emergian dos pequeños torrentes de sangre, que en sinuoso cauce serpenteaban entre mis dedos.

De súbito, los labios de Marcos se estremecieron. Parecía que “Ella” se le insinuaba con un beso.

Su boca se entreabrió, y su cuerpo fue sacudido como si fuera dominado por una

amante poderosa y decidida.

En su último momento se pertenecieron y fueron “Uno” en el éxtasis de la muerte.

Ahora recordaba las jactanciosas palabras del anarquista:

“Definitivamente, el roce con la muerte tiene un toque de sensualidad”.

Para el pionero del Club de los Suicidas todo había terminado.

Al fin , en la vieja casona, la vida había capitulado.

Al morir Marcos, lo primero que pensé fue en atender su última voluntad:

“Hacerme cargo del bolso de Alfonsina”.

Cuando lo tuve en mis manos no supe qué hacer con él, pues no recibí ninguna instrucción.

El pequeño bolso de piel marrón era la única y preciada pertenencia de Alfonsina.

Estaba viejo y ajado. Y si las lágrimas, la añoranza y la desolación tienen aroma; tal era el aroma de este bolso.

Por fin decidí abrirlo, supongo que era inevitable.

Encontré en su interior lo que nunca sospeché.

Describiré el hallazgo con brevedad, pues encierra secretos de la íntima privacidad de Alfonsina, de manera que me atendré únicamente a aquello explica fehacientemente sus razones para romper con la realidad y suicidarse:

Había una fotografía en blanco y negro de un hombre maduro, y una carta, cuyo contenido revela un secreto amargo y desgarrador.

El varón de la foto fue el esposo de Alfonsina.

Su matrimonio fue tan efímero como un suspiro, pues duró tan sólo una noche. He aquí la historia:

“En su noche de bodas, Alfonsina y su flamante marido fueron filmados en el tálamo nupcial de manera subrepticia por unos “amigos” del esposo, contando para ello con la anuencia y complicidad de este.

Lo que pretendió ser una broma entre universitarios, se convirtió en una agresión injuriosa a la sagrada intimidad de la joven consorte.

Las consecuencias fueron devastadoras.

Alfonsina no pudo sobreponerse a lo que prácticamente fue un asalto a su privacidad marital.

Decidio entonces “saltar al vacío”, en los términos del anarquista.

En su tránsito por el Club ya se encontraba en ruta de colisión.

Ahora comprendía el por qué de sus palabras:

“El amor sin honor nada significa””.

Y también recordaba su lapidaria frase:

“Los verdaderos suicidas ya estamos muertos”.

La última página de esta emotiva historia, ya da la vuelta.

FIN.

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