Por causas y azares llegó a mis manos una foto tuya hace un par de días.

Allí estabas tú, en traje de baño acostada sobre una toalla, sonriendo de espaldas, con tu hija al lado.

Apenas te vieron los besos comenzaron a saltar dentro de mi boca como perritos que ven al dueño por la ventana, desesperados por salir a tu encuentro. Los pobres no se percataban de que te veían a través de la pantalla del celular.

Y caí en cuenta de que, sin importar el tiempo que ha transcurrido y la distancia que muy a mi pesar no se ha encogido ni un milímetro, sigo enamorado de ti tanto o más que el primer día y sigo deseándote con tal intensidad, que solo observarte me eriza los pelitos del alma.

Quise arrancarte de la imagen para traerte conmigo, y darle licencia a mis besos descalzos para caminar a lo largo y ancho de tu espalda. Balancearme guindado en las tiras de tu brassiere para que el peso de mis ganas las hagan ceder y que no haya nada que se interponga entre tu piel y la mía, pintar cada milímetro de ti con mis manos, sin que quedara un trocito de ti sin visitar…Quise que tu cabello se metiese entre mis dedos mientras sujeto tu cabeza con ambas manos. Mirarte a los ojos y sembrar en tu boca un beso… cien besos urgentes que encuentren dentro de ti el abono que necesitan para germinar y florecer.

Y así como mis besos fantasearon el encuentro con los tuyos, mi piel se inventó la sensación de tus manos tocándome, el sabor de tu caricia, el calor húmedo de tu beso, y mis oídos recrearon tu voz hablando suavecito, diciéndome que deseabas tanto como yo este momento mágico.

¨Yo también tiemblo mientras te espero… pasa y transítame…” me escribiste alguna vez.

Han pasado muchas lunas desde aquellos días, y aunque a veces me tiemblan los brazos del cansancio, yo sigo con todas mis fuerzas colgado a la esperanza… Ojalá que el tiempo y la cordura no destiñan tus ganas. Porque te necesito al menos un poco loca para seguir soñando juntos.

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