
La obediencia ciega y los actos mecánicos, otras formas de la mudez.
La decisión en realidad no fue una decisión. En él no hubo ni motivo ni duda, simplemente desvió el pie unos cuantos centímetros a la izquierda o a la derecha de lo que iba a ser su recorrido natural, un poco más allá o un poco más acá de donde por lógica debería caer, y pisó. Justo encima de él, de ella, de eso.
Hacia la mitad de la novena cuadra del total de diecinueve que todos los días lo devolvían de la pinturería a su casa vio, o presintió, un bicho a uno de sus flancos. Desvió un poco la nerviosa marcha en línea recta que llevaba, estiró una pierna y lo aplastó.
Pero no, si el insecto no lo iba a molestar, si era más que evidente que el bicho nunca llegaría a atravesarse en su ruta; si, conforme a las leyes de la física, las velocidades y recorridos de ambos cuerpos llevarían naturalmente a que cada cual siguiera su camino sin desviarse y sin encontrarse jamás.
No fue un juego, ni siquiera eso; fue como pisar hojas muertas.
O cumplir con un deber, otro más. Había permanecido mudo todo el bendito día; mudo y obediente, llevando y trayendo cosas, papeles, instrucciones, preciso y eficiente, el cuerpo y la mente ocupados en asuntos que no tenían la más mínima importancia para él.
Conocía bien esa sensación, ya la había transitado otras veces, se daba perfecta cuenta de que no podía caer más bajo.
Disfrutó con el crujido de una caparazón dura que cede y se parte bajo el peso de un zapato. Y fue lo único que disfrutó, enseguida el cuerpo y la mente volvieron a su trayectoria normal y habitual.
Solo a la mujer que caminaba en sentido contrario le pareció extraña la maniobra algo infantil para un hombre de su aspecto y edad. El resto del mundo ni se enteró.
Esto pasó a las cinco y dieciséis de una fría y todavía soleada tarde de otoño de una ciudad de provincia. Y aquella ínfima variación del pie fue el postrer desvío que pudo tomar su vida, porque a las cinco y veinte en punto de esa misma tarde Julio Tobares Sánchez ya estaba muerto.
Más que muerto, reventado contra una pared a aproximadamente una cuadra y media del estúpido pisotón. Una enorme y destartalada camioneta blanca conducida por un absoluto desconocido mordió el cordón, se subió a la vereda y en un estrépito de chapas, gritos y vidrios rotos lo aplastó contra un muro. Julio sintió que toda la violencia y la brutalidad del mundo se desataban en menos de un segundo contra su cuerpo. Y que el golpe era mortal. No pudo darse cuenta de nada más, se había muerto.
Muerto, como si nunca hubiera vivido.
Esto iba a ser mi muerte, fue la intuición que le advino una millonésima de segundo antes de morirse. Si es que ya no estaba muerto.
Aunque el instinto le advertía del peligro de adentrarse en ese desierto de cemento, la necesidad, ahora de cobijo, como una soga al cuello, le tiraba fuerte hacia la otra orilla.
No sabía que un cataclismo de la tierra lo había expulsado de la seguridad de una cueva oscura y húmeda a la superficie, que después un viento lo había arrastrado con la prepotencia de un dios colérico y loco y lo había arrojado a cualquier parte, a un lugar y a un tiempo extraños y peligrosos para él, que se sentía desguarnecido, exhausto y atontado. Que seguía vivo.
Nunca supo, era puro presente. Parecía que lo único que sabía hacer era acometer, una y otra vez, como un toro, hacia un objetivo invisible. En realidad desde que nació lo único que pudo hacer fue someterse a esa soga que tiraba fuerte, muy fuerte, del cuello.
Apenas comenzó a desandar el camino de cemento y ya aparecieron los primeros estruendos y los primeros temblores de tierra. Y ese sentimiento que él, que no sabía ponerle nombre a las cosas, no lo llamaría terror.
No pudo recorrer mucho. Nunca supo de donde vino el golpe terrible. Tal vez un enorme meteorito se le había caído justo encima. Primero fue el dolor insoportable, después todo se oscureció. O fue al revés. Y no hubo más.
Como vino al mundo se fue, como algo que nunca había sucedido. Quizás desde el mismo día que nació ya era pasado. Un sueño, tal vez.
Ahora.
A los confusos restos de lo que en vida fue un bicho cascarudo negro, de andar pesado, bastante torpe, con un enorme cuerno en la cabeza parecido al de un rinoceronte, con tres patas a uno y otro lado del lomo, sin nombre propio conocido y con una irreproducible denominación entomológica para su especie, se lo devoran y despedazan las hormigas en una factoría improvisada en plena vereda pública. Lo poco que resta de sus miembros deshechos es trasladado al fondo de una caverna oscura, a los almacenes de un invierno que amenaza largo y crudo para ellas.
A su vez, los restos de un prolijo despachante de pinturería de cincuenta y nueve años, que antes de ser sepultado bajo toneladas de tecnología ya pasada de moda aún gozaba de buena salud, aguardan su destino definitivo en una sala limpia y espaciosa. Algunos parientes, un par de vecinos y tres o cuatro ex compañeros de trabajo desfilan, desfilaron o desfilarán a su alrededor por algunas horas, en un inveterado y harto conocido ritual de acompañamiento. Él, no obstante, se halla solo; no hay lugar para más de un cuerpo en el sitio donde lo acomodaron.
Alrededor suyo los demás aún se aferran con secreto alivio a una hipótesis que la experiencia confirma: el convencimiento de que el que se muere siempre es el otro.
Mientras tanto.
La única diferencia entre ambos sucesos que un ave del cielo pudo apreciar desde bien alto es una especie de cajita de madera en la que guardaron al hombre, antes de depositarlo definitivamente en la tierra, también en un hoyo, como hicieron las hormigas con el insecto.
Otro más de los extraños ritos de esa especie animal tan particular (habrase visto tanta absurdidad) piensa el ave.
Ficha técnica:
Diloboderus abderus.
Familia: Scarabaeidae.
Orden: Coleoptera.
Clase: Insecta.
Filo: Arthropoda.
Reino: Animalia
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