Michael no logró dormir como pretendía. Solo fue una interminable noche de desvelo. No fue una pesadilla la que perturbó su descanso, ni siquiera el frío nocturno de aquel comienzo de otoño. Simplemente fue el hecho de tener que ordenar de manera permanente las mantas que evitaban con tozudez cubrir sus pies. Sus extremidades inferiores una vez cansadas de permanecer dobladas, insistían en estirarse y acomodarse en toda su longitud quedando totalmente expuestas, obligándolo a bajar los cubrecamas una y otra vez.

Había vuelto a su hogar después de mucho tiempo.

Apenas asomado el sol tras las distantes colinas, despertó. Se estiró con pereza y se levantó para ir al baño.

La pieza que ahora ocupaba estaba tal como la había dejado hace tantos años. La misma cama, los mismos afiches de mujeres hermosas modelando autos exitosos y también sus grupos favoritos de rock y en un lugar especial de la habitación aquella imagen que no cesaba de disfrutar, el observatorio Alma en una noche oscura iluminada con vivos colores del espacio sideral.

Distraído por la belleza de la vía láctea se golpeó en su frente al cruzar la puerta de su habitación.

Maldijo en silencio el doméstico accidente mientras se tocaba con insistencia buscando atenuar el dolor.

Bueno, no todo estaba igual, pensó. La habitación le pareció ahora mucho más pequeña de lo que recordaba.

Alcanzó a percibir la agradable mezcla de aromas a pan recién horneado y a ese café granulado que acostumbraba a preparar su madre.

La tierna mujer había entregado los mejores años de su vida a la formación de su único hijo y ahora en los últimos años de una temprana viudez, aún seguía siendo el motivo por el cual disfrutaba la vida, a pesar de la soledad y el alejamiento de Michael. Sus ojos desprendían una bondad contagiosa, tenía una mirada dulce y de entrega que era difícil de percibir a simple vista ya que su rostro triste y siempre preocupado, parecía soportar una permanente carga que la parecía haber envejecido de manera prematura.

La pareja del joven, Julieta, viajaría el fin de semana para pasarlo con él. Estaban juntos desde su época de estudiantes y jamás se había separado. Eran el uno para el otro, coincidían de una extraña manera en casi todo lo que se puede pensar. Sus gustos por la lectura y el cine, la música y ese estado de ánimo taciturno que los mantenía, a pesar de sus silencios, acompañados, disfrutando de sus pensamientos, mientras bebían y fumaban un porro de su propia cosecha.

Salió de la ducha y se dirigió a su alcoba para vestirse. Abrió las cortinas de par en par y luego los ventanales. Se quedó contemplando con placer la hermosa vista que se presentaba ante él. Pequeñas colinas aun de verde, se perdían en el horizonte. Una alameda de árboles mecidos suavemente por un delicado viento, parecían saludar a nubes esponjosas que avanzaban con letanía. El agradable silencio solo era interrumpido por el suave murmullo de plantaciones de trigales que a lo lejos, parecían danzar en un ir y venir de doradas olas.

Michael aspiró con intensidad ese olor a hierbas y humedad de rocío mientras escuchaba el graznido de aves que surcaban con elegancia el extraño cielo azul que parecía estar más bajo que de costumbre.

En ese instante íntimo, sintió una agradable sensación de paz y felicidad que le embargó de manera pasajera.

Sacó de su maleta ropa deportiva y liviana para vestirse. La amplia camiseta pareció quedarle más ajustada que de costumbre, al ponerse los pantalones tuvo la misma sensación, pero cuando las zapatillas no entraron en sus pies, sintió un desagradable escalofrío que recorrió toda su espalda.

Esta extraña situación lo dejó impávido. Intentó dar una explicación a lo que estaba sucediendo, pero no lo consiguió. Esas zapatillas eran las mismas que había usado durante meses sin problemas y ahora parecían ser las de un niño.

Tratando de mantener su habitual racionalidad, vació por completo la maleta, buscando otros zapatos para probarse, pero para su creciente desesperación le pasó lo mismo. El Calzado parecía ser varias tallas menores en relación a sus pies y no solo eso, la ropa de vestir evidenciaba el mismo fenómeno.

Respiró profundo un par de veces antes de ir al baño, esta vez con la precaución de no golpearse en el marco de la puerta. Lavó su rostro con insistencia intentando despertar de ese perturbador sueño, pero todo seguía igual.

Se sobresaltó al escuchar el llamado de su madre que lo llamaba a desayunar.

Un renovado temor sintió al salir de su habitación ¿notaría algo extraño su madre?

Para su tranquilidad, ella lo recibió con un prolongado abrazo repitiendo lo feliz que estaba de que él estuviera nuevamente en casa. Sus ojos de madre aun lo veían como su pequeño niño.

El aspiró con deleite el habitual aroma a perfume de rosas y cariño de madre que parecía desprenderse de sus plateados cabellos tomados en un simple moño.

La silla donde se sentó le pareció demasiado pequeña, y eso nuevamente le preocupó, pero a pesar de eso, disfrutó los manjares que su madre había dispuesto para el desayuno. El pan recién horneado y vaporoso junto a mantequillas, quesos y dulce de membrillo casero, era motivo suficiente para alegrar el corazón y la panza de cualquiera que las degustara.

El día pasó demasiado lento para su gusto.

Vistiendo unos pantalones cortos y unas chalas pequeñas, acompañó a su madre al mercado. Y lo primero que hizo fue comprar unas sandalias más adecuadas. El resto del día lo disfrutó con pequeños paseos a los alrededores, buscando la sombra de los árboles para leer y escuchar su música preferida, todo esto con el fin de alejar esos preocupantes pensamientos que lo aquejaban.

Durante la noche se comunicó con Julieta. Le comentó sin mayores detalles lo que le había sucedido, de manera casual casi como una anécdota y sin entrar en mayores detalles para evitar provocarle una preocupación que a él ya empezaba a consumirle.

Tendría que ir a buscarla al paradero del bus cerca de las diez de la mañana.

Luego de una cena rápida y de una sobremesa de charlas y recuerdos entre fotos del pasado, Michael se fue a su dormitorio.

Se tendió sobre la cama buscando serenidad para analizar lo que le había sucedido, pero no fue capaz de meditarlo, sus ojos se cerraron y entró poco a poco en un sueño profundo.

El crujido de las maderas que la sostenían y la violenta caída de la cama confirmaron que la pesadilla no había concluido para el desesperado joven.

No quería abrir sus ojos, intuía lo que esto significaría.

Lágrimas silenciosas rodaron por sus mejillas. Suplicó que todo fuera un sueño, lo hizo con desesperación, pero en realidad sin esperanzas, muy en el fondo y sin entender cómo, sabía que todo estaba recién empezando.

Siempre había sentido un miedo recóndito y oculto que lo paralizaba, pero que no tenía una causa conocida, carecía de una forma identificable que le hiciera al menos enfrentarse y tratar de manejarlo y en el mejor de los casos, superarlo. Hoy ese miedo lejano y soterrado se presentaba en la peor forma que pudiese haber imaginado. Estaba ahí, junto a él acechando poderoso, carcomiendo esa efímera tranquilidad a la que se había aferrado de manera tan ilusa.

Continuó con sus ojos cerrados y sus manos cubriendo su rostro y llorando con amargura resistiéndose a aceptar lo que le estaba sucediendo.

Su madre tocó a la puerta.

―Hijo, despierta. Recuerda que debes ir a buscar a Julieta.

―Madre, no me siento bien, ¿podrías recogerla tú? por favor―respondió con apuro.

―Por supuesto. ¿Te sientes bien? ¿Quieres que te traiga desayuno?

―No madre, luego me levantaré, solo estoy cansado.

Escuchó los pasos alejándose.

Se quedó quieto, sintiendo su agitada respiración y los latidos del corazón que parecían traspasar su pecho.

Una mueca de incredulidad se presentó en su rostro al abrir sus ojos.

Era peor de lo que pensaba, para su horror, se dio cuenta que casi había duplicado su estatura.

Julieta y su madre estaban de vuelta.

Golpearon su puerta.

―Michael, soy yo, Julieta ¿estás bien?

Tardó unos segundos en responder.

―No, en realidad no lo estoy―dijo con voz temblorosa

―Abre por favor― respondió preocupada.

―Cariño, busca la forma de alejar a mi madre, no quiero que me vea así.

La preocupada mujer entendió enseguida la desesperación en la voz de su hijo.

Miró a Julieta con los ojos llenos de tristeza. Sin decir una sola palabra, tomó su bolso y se alejó conteniendo sus lágrimas. Era su forma de ser. Nunca una queja, siempre haciendo lo correcto, sin exigir nada. Todos los afectos que había recibido en su vida, los aceptaba tal y como venían y de la misma manera los correspondía sin condiciones de ningún tipo.

Michael escuchó alejarse el vehículo.

―Por favor, abre la puerta―insistió Julieta.

―No quiero que me veas así.

―Abre. Juntos podemos resolverlo como siempre lo hemos hecho.

―No esta vez, querida.

― ¡Abre, maldita sea! o te juro que la derribaré a patadas―gritó histérica.

Después de unos segundos escuchó la apertura de los seguros y la puerta quedó entreabierta.

Julieta con mano temblorosa abrió, y vio a Michael desnudo arrodillado en un rincón con las manos cubriendo su rostro.

Se acercó vacilante.

Se arrodilló e inclinó su cabeza sobre el pecho de Michael y juntos lloraron en silencio.

La muchacha tomó las inmensas manos y lo obligó a bajarlas para mirar los ojos tristes y enrojecidos por el llanto.

Con una sonrisa nerviosa le dijo limpiándose las lágrimas.

―Pensé que solo era una sarpullido.

Michael intentó sonreír. Luego volvió a tener ese rostro sombrío. Suspiró con tristeza.

―Soy un monstruo.

―Escúchame con atención. No vuelvas a decir eso. Buscaremos ayuda para averiguar qué es lo que está sucediendo.

Se levantó y caminó alrededor del cuarto.

―Alguna hormona debe estar funcionando mal. No sé, quizás puedes haber estado expuesto a algún tipo de radiación. Piensa qué has hecho, qué has comido, algo debe haber alterado tu…tu organismo.

Buscó en su celular enfermedades del crecimiento y todo aquello que se le vino a la cabeza en ese momento de desesperación.

Michael la detuvo. Tomando su pequeña cara le dijo abatido.

―Ya lo he investigado, esas enfermedades se manifiestan de manera gradual. A mí me sucedió en dos noches ¡maldita sea!

La miró con un extraño brillo apagado en sus ojos nerviosos.

―Escúchame por favor. No quiero médicos, no me convertiré en un fenómeno de circo para ser estudiado. Nadie debe saber lo que me está pasando…júralo.

Julieta volvió a llorar desconsolada.

―Júralo― insistió decidido.

―Está bien, está bien.

Luego de un silencio, preguntó incómoda

― ¿Qué quieres hacer?

―Por ahora busca las llaves de la camioneta.

***

Michael cubrió su cuerpo desnudo con una de las sabanas.

Cargaron en la vieja pick up bidones de agua, algo de comida y toda la ropa de cama que encontraron.

La muchacha temblaba. Michael se arrodilló y con extremo cuidado acercó sus manos sobre los frágiles hombros de Julieta.

― Seguiremos el plan acordado ¿Sabes lo que tienes que hacer?

Ella rompió en llanto y solo fue capaz de afirmar con su cabeza, antes de abrazarlo.

―Está bien, no llores, saldremos de esta, tal como lo has dicho― Intentó parecer convincente forzando una sonrisa.

Miró la fachada de la casa con tristeza antes de subirse al vehículo. La camioneta resistió sin ningún problema visible la inusual carga.

Julieta condujo en dirección a las montañas cercanas por aquel camino de tierra perdido entre laderas y arboleadas cercanas, mirando de vez en cuando por el espejo retrovisor la inmensa espalda que cubría toda la luneta trasera.

La mente del joven estaba absolutamente sobrepasada por lo que le estaba sucediendo. ¿Por qué a él? Todo era perfecto en su vida. Era feliz, tenía todo lo que necesitaba, así se sentía hasta hace solo un par de días y ahora su vida cambiaba para siempre y eso no podía aceptarlo ¿quién en su sano juicio podría hacerlo?

Todo lo que le estaba sucediendo no dependía de su voluntad, era algo ajeno a él. Algo a alguien le estaba obligando a soportar una carga demasiado pesada, pero ¿Por qué? ¿Para qué?

¿Un castigo, una maldición, una mutación? ¿Qué mierda estaba transformando su cuerpo?

Intentó alejar esos pensamientos que parecían hundirlo cada vez más en una interminable vorágine de tortura y desesperación mirando el solitario paisaje que se presentaba ante sus ojos entre una interminable estela de polvo que dejaban a su paso, pero nada de esto le permitía alejarse de sus deprimentes cavilaciones acompañado de suspiros prolongados y un permanente llanto que apenas podía contener.

Llegaron a un claro entre una arboleda a los pies de una pequeña loma.

En completo silencio bajaron sin prisa la carga del pick up, lo hicieron sin apuro, intentando alargar ese momento que de alguna manera aparentaba cierta normalidad, simulando un día de campo para alejarse del ruido de la ciudad y así poder disfrutar a plenitud la naturaleza.

Michael se acomodó bajo un árbol y Julieta se tendió sobre su pecho abrazándolo con cariño, y así estuvieron en silencio sintiendo la cercanía de sus cuerpos, la respiración agitada y los suspiros inevitables producto de la tensión acumulada.

―Debes marcharte ahora.

―Pero quiero quedarme aquí, contigo. Quiero cuidarte y hacerte compañía.

―Lo se Cariño, pero ahora solo necesito pensar sin distracciones, por favor entiéndeme.

Julieta respondió abrazándolo con más fuerza.

― Déjame acompañarte un rato más.

―Está bien. Sabes lo importante que es sentirte a mi lado.

El sol empezaba a perderse en el horizonte.

―Julieta debes marcharte antes que anochezca.

― Está bien. Debo ir por provisiones. Mañana volveré.

Michael sonrió con ternura.

Estuvieron abrazados algunos segundos antes de la partida. Se miraron con inquietud, temblando, sin saber si esta sería la última vez que se verían.

Michael vio alejarse la camioneta. La siguió con la vista hasta que se transformó en un pequeño punto que se perdió en la lejanía.

***

El anochecer se presentó sin misericordia sumiendo al solitario joven en una oscuridad que parecía aprisionar cada uno de sus sentidos. Miró a ese cielo estrellado que lejos de la ciudad parecía vibrar con cada una de esas pequeñas luces, al menos eso parecían.

La oscura, pero brillante cúpula vibraba. Cada uno de esos lejanos puntos luminosos, parecían palpitar en esa visible ruta que empezaba extrañamente en la parte baja del oscuro horizonte para luego elevarse en un semicírculo bajando vertiginosamente en el lado opuesto.

¿Qué hacía él en esa inconmensurable vastedad del universo?

Se sintió insignificante, una espora sin importancia que deambulaba sin sentido ni propósito viviendo sobre una roca miserable en una esquina escondida de una remota galaxia.

Una mota de polvo irrelevante que ahora había crecido diferenciándose así de otros millones de seres conscientes y a la vez carentes de sentido en el concierto cósmico.

Millones de seres como él viviendo con arrogancia para disimular su miserable existencia. ¿A quienes querían engañar? Nadie con una inteligencia superior perdería su tiempo en estudiar o en tratar de comunicarse con esta patética forma de vida.

Ni siquiera a quienes la poseían les interesaba ni la valoraban. Solo eran animales brutos con un don que no pidieron y que no se merecían.

Vida…vida ¿a quién le interesaría esta aberración? ¿Al universo, a la inmensidad, a la infinita oscuridad que reinaba sobre la mortal luz?

Y ahora él y su vida, su insoportable existencia. Antes apreciada y valorada por lo que le entregaba; sentimientos, conocimiento, amor. ¿Qué más podía pedir? era feliz, pero ese tiempo se había terminado y ahora repentinamente todo se transformaba en desesperación y sentimientos de miedo, pero ¿A quién le importaba?

¿A quién realmente le podía importar lo que sentía o lo que pensaba? Se estaba convirtiendo en un monstruo, una abominación, pero a pesar de esto, seguía siendo el mismo. ¿O no?

***

Despertó cuando el amanecer se presentaba tranquilo e imperturbable, quiso apoyar sus manos para levantarse, pero fueron obstaculizadas por ramas de árboles que se lo impidieron. Se levantó con dificultad hasta quedar a la altura de los arboles cercano. Sus ojos no daban crédito a lo que estaba sucediendo. Prácticamente había triplicado su altura. Sus ojos aún no se acostumbraban a esa altura, un sentimiento de vértigo le hizo agacharse con celeridad.

Las manos cubrieron su rostro con desesperación, como si con este gesto pudiese ser protegido de una alienante sensación de pesadilla de la que no podía escapar.

Ahora no era capaz de articular un solo pensamiento coherente. Su mente se bloqueó por completo.

De sus ojos inyectados en sangre escurrían lágrimas que no podía precisar si eran de dolor por lo que había dejado atrás o por lo que se estaba presentando sin que pudiera evitarlo.

Todo su entorno irradiaba paz, el viento húmedo del amanecer, el rocío que parecía brillar en todo ese entorno verde, las aves que graznaban emprendiendo el vuelo bajo un cielo azul adornado de nubes pasajeras que se alejaban con suavidad.

Solo él desentonaba con esa natural tranquilidad.

Sí era ajeno a la naturaleza cercana ¿cómo no serlo también frente a los suyos?

Por primera vez pensó en ellos, en su madre, en Julieta. Todo lo que le estaba sucediendo era terrorífico, pero qué podía significar para los demás. ¿Sería así de doloroso para ellas?, por un momento dudó. Respiró con profundidad intentando alejar esos tormentosos pensamientos.

Pues claro que les sería doloroso, no podía ser de otra manera ¿acaso una madre no llora o se preocupa por una caída accidental de su hijo? ¿Puede ser el amor tan egoísta que no puede entender el sufrimiento del ser amado?

No solo era su propio padecimiento, también debía serlo para aquellos que lo amaban, concluyó con pesar.

¿Serían ellas capaz de sobreponerse a esto? ¿Sería él, lo bastante fuerte para superar este cruel destino?

Y la respuesta era contundente, no sería capaz en absoluto.

Una nube de polvo se levantaba en la distancia, Julieta se acercaba.

Hubiese podido escapar para que no lo viera en ese estado, pero le faltó la valentía para huir.

La vieja pick up se detuvo a unos pasos de su presencia.

Michael sentado sobre la hierba le daba la espalda, giró solo su cabeza para mirarla.

Vio reflejado en el rostro de esa mujer el temor que le generaba lo que estaba presenciando. Ella pareció titubear al momento de bajarse.

Descargó con dificultad unos bidones de agua y algunas raciones de comidas en varias cajas.

Se mantuvo silenciosa, luego con lágrimas y un evidente terror se acercó a una distancia prudente

Sin mirarla el portentoso hombre le dijo.

―Es mejor que te marches y no vuelvas. Nada puedes hacer por mí.

Julieta lloraba incapaz de pronunciar una palabra.

Lo que menos necesito ahora es verte sufrir. Todo esto acabará pronto.

― No puedo dejarte, cada vez que me has necesitado he estado junto a ti.―contestó la muchacha.

Michael se volteó irritado.

―Vete, ya no te necesito, puedo arreglármelas solo.

La muchacha quiso insistir, pero no tuvo la oportunidad.

―Márchate, ya no quiero sentir tu presencia― gritó con ferocidad golpeando con sus puños la hierba.

Julieta se sobresaltó con el estruendo producido por el golpe. Retrocedió instintivamente, todo su ser temblaba.

Lo último que vio, fue ese rostro iracundo y lleno de amargura.

Subió a la camioneta completamente perturbada y sin poder contener el histérico llanto.

Lo último que escuchó fueron las palabras tranquilas de aquel ser que ahora le parecía un perfecto desconocido.

―Dile a mi madre que la amo.

Michael vio alejarse el vehículo y extrañamente esta vez no divisó la habitual estela de polvo en la medida que la camioneta se alejaba del lugar.

Su grito rompió con la tranquilidad del lugar. Sin lograr contenerse arrancó de raíz algunos árboles cercanos y los arrojó con violencia lo más lejos que pudo.

Lloró sin consuelo durante horas y cuando ya no le quedaban lágrimas, un poco más calmado, se tendió sobre la hierba intentando por enésima vez entender lo que le estaba ocurriendo con su cuerpo.

Respiró con calma durante minutos hasta lograr serenar sus alborotados pensamientos.

Nada de esto podía ser real, era imposible que en solo unas horas hubiese crecido de esa manera. Ningún ser humano normal sería capaz de resistirlo. Los huesos eran incapaces de soportar esas dimensiones, sus tendones, sus músculos, sus órganos vitales, todo su ser no podía estar preparado para soportar semejante cambio en tan solo unas horas. Ya no podría resistirlo, su cuerpo se desgarraría pronto, su corazón con seguridad explotaría, era absolutamente improbable que pudiera ajustarse a un nuevo cambio. La inevitable muerte que pronto se presentaría sería un regalo, una bendición que evitaría el padecimiento que estaba sufriendo.

Pensó en su madre, la vio a los pies de su tumba, una pequeña tumba, sola, sin la compañía de habituales dolientes, con su frágil cuerpo vestido de negro y la tristeza reflejada en esos bondadosos ojos negros, despidiéndose de su niño, su amado niño por el que había dado los mejores años de su vida. Siempre a su lado, protegiéndolo, enseñándole, amándole, cantando con esa dulce voz de madre que le producía una reconfortante tranquilidad y paz que solo de esa manera conseguía sentir.

Despertó… se levantó con dificultad. Los árboles le llegaban a la rodilla.

Se sentó, cruzó sus brazos sobre las rodillas y apoyó su mentón en ellas. Pensó en lo único que podía pensar, en aquello que le estaba sucediendo. Era difícil de entender, no sentía hambre, ni sed, ni siquiera frio al estar desnudo durante tantos días, solo un permanente cansancio y el deseo de estar sin movimientos, solo sintiendo su respiración, sus latidos y pensando, imaginando días pasados donde era feliz.

Su madre se presentó en sus pensamientos, alguien más había compartido esos días felices, pero no lograba recordarlo, solo sentía una agradable calidez que lo confortaba en momentos de debilidad o de tristeza. Intentó obstinadamente recordar, pero no lo consiguió, y esto le alteró. Quizás sus recuerdos estaban desapareciendo, sus conexiones neuronales, su cerebro podría estar resultando dañado por este desmesurado crecimiento. ¿Y si olvidaba todo? peor aún ¿y si su mente sufría algún tipo de colapso?

Respiró con uniformidad para calmarse y alejar esos pensamientos que lo agobiaban.

No, no estaba loco, bueno, al menos por ahora. Tenía absoluta claridad de quien era, sus sentimientos, sobre los momentos felices de su infancia, sus vivencias y ahora sobre lo que estaba padeciendo. Al contrario, sentía una insospechada fortaleza para aceptar su increíble situación. Su cuerpo era fuerte, era extraordinariamente fuerte para haber sido capaz de adaptarse a estos cambios, por lo tanto, su mente también lo sería.

¿Estaba dormido? Sentía su cuerpo ligero, un poco adormecido quizás, pero con una sensación de placentera comodidad y relajo. Al parecer levitaba en su propia cama, se dio cuenta que soñaba, no era la primera vez, cada cierto tiempo podía encontrarse en este inusual estado. Ahora tenía un poco de miedo, su cuerpo estaba creciendo nuevamente. Intentó contraer sus músculos para evitar que esto sucediera, pero sabía que era imposible. Sintió una delicada línea húmeda que bajaba por sus mejillas y en la lejanía, un familiar ruido lo hizo despertarse agitado: un avión sobrevolaba en círculos sobre el lugar en que se encontraba.

Se quedó por unos momentos sentado con sus pies sobre el verde césped. Sonrió, en realidad sus pies estaban sobre el que ahora parecía ser un diminuto bosque.

A lo lejos pudo ver caravanas de vehículos que empezaron rápidamente a rodearlo a una considerable distancia. El cielo también se pobló de avionetas curiosas que sobrevolaban sobre él.

Ni siquiera quiso moverse. Cualquier movimiento torpe podría ocasionar una tragedia a la multitud que se reunía a su alrededor. Se quedó quieto, entristecido, pero furioso. Lo que más temía se había convertido en realidad, todos querían ver cómo había crecido, estaban ahí para ver al gigante.

Sus manos se empuñaron, por un momento pensó en gritarles, pisotearlos, aplastarlos como insectos para que desaparecieran, para que se alejaran de su vida.

Todo el día se mantuvo sin moverse, incrédulo, rumiando, desesperado por encontrar un momento de soledad que le alejará de todo y de todos.

La noche llegó y también más vehículos que se agolpaban uno al lado de otro, alterando la oscuridad con pequeñas luces rojas que se multiplicaban sin cesar.

Se acomodó todo lo que pudo y sin que se diera cuenta se durmió.

Al amanecer se levantó mirando con atención sus extremidades. Movió sus brazos y pies para adaptarse a los nuevos tiempos que requería cada movimiento. Miró a sus alrededor y apreció los pequeños montes, y las verdes plantaciones que en la lejanía intentaban ser cuadrados simétricos sin lograr conseguirlo. Agudizó la vista para ver en la lejanía el pequeño pueblo del que había escapado.

De su inesperada y molesta compañía del día anterior no quedaba rastro. Por un momento sintió un pequeño gozo por haber crecido una vez más. Con seguridad debían haberse alejados aterrados por lo que significaba el aumento de tamaño del gigante.

Cerca del mediodía se vio rodeado de naves aéreas que volaban como abejas alrededor suyo, eran muchas y se percató que esta vez eran aviones de guerra. Abajo también pudo percibir perfectamente alineados una seria de vehículos que, para su pesar, comprobó que eran tanques y maquinaria de guerra.

Parecían expectantes, indecisos de empezar lo que habían venido a hacer, aniquilarlo, eliminar aquello que les producía tanto temor.

Michael pensó que quizás eso era lo mejor, terminar de una vez por todas con su sufrimiento.

Se sentó y esperó sin tristeza ni remordimiento a que los acontecimientos se desarrollaran, pero nada pasaba.

¿Y si los provocaba para que apuraran la ejecución? Quizás sentían algo de tristeza por él, aunque en realidad en ese momento crucial nada le importaba, solo quería que todo acabará pronto.

Las horas pasaron tediosas provocándole una somnolencia que solo era interrumpida por el ruido permanente de aviones que se cruzaban entre si sobre su cabeza. Se adormeció por algunos segundos.

Nuevamente crecía.

Despertó mientras el fenómeno se producía, pero también por el fuego cruzado que se precipitó sobre él. Explosiones, ráfagas, disparos iluminados de fuego y de humo junto a un ruido ensordecedor que se dejó sentir en el aislado paraje.

A pesar de la escalada de violencia que se mantuvo durante horas, Michael no sintió absolutamente nada.

En el aire los aviones de guerra los percibía solo como molestos mosquitos que revoloteaban ansiosos. En tierra las descargas de la artillería eran ridículas, era como si quisieran dañarlos lanzándole granos de arena.

Los disparos cesaron. Michael pensó que quizás estaban tan aburridos como él con lo que estaba sucediendo. Los vio retirarse de manera errática.

Sonrió, había ganado esa batalla sin disparar un solo tiro y sin producir ninguna baja.

Todas las guerras debieran terminar de la misma manera, pensó algo nostálgico.

Decidió caminar, alejarse de ese lugar cercano del pueblo. Ahora podía divisar el horizonte, se alejó hacia el lugar que parecía más desértico. Las lomas que hace pocos días eran gigantescas para él, ahora las podía atravesar solo levantando sus pies.

Estaba cansado y cada vez más preocupado por lo que estaba sucediendo. ¿Hasta dónde crecería? Su cuerpo parecía responder sin problemas a esta extraordinaria altura que parecía no tener fin. ¿De qué se alimentaba ese terrorífico cuerpo? No sentía necesidad de orinar ni evacuar. Sonrió, a nadie le gustaría tener cerca de su ciudad un monte de excremento, soltó una carcajada por esa ocurrencia.

***

El clima empezaba a cambiar. El aguacero se dejó caer bajo esas nubes oscuras iluminadas de vez en cuando por truenos y relámpagos, y en una escena surrealista Michael miraba por sobre las nubes, mientras la parte baja de su cuerpo empezaba a humedecerse con rapidez.

Abatido, se tendió sobre el suelo para sentir en su plenitud las gotas de lluvia mezclándose con las lágrimas que bajaban sin control de su desconsolado rostro.

Y Michael siguió creciendo.

Era capaz de percibir al mismo tiempo, el océano, el desierto y las zonas montañosas, su corazón vibró con esa espectacular vista.

El ultimo pensamiento que lo acercó a los hombres, a aquellos que alguna vez fueron como sus hermanos, fue al sentir el potente estremecimiento de la tierra bajo sus pies y la inusual aparición de cuatro hongos que se elevaban con furor hacia el cielo rodeándolo por los cuatro flancos y cegándolo con la intensidad de fuego y luz que se elevaba al cielo.

Movió con indiferencia sus brazos para disipar la extensa humareda que lo abrazaba y se alejó algunos pasos, incapaz de percibir que terreno estaba pisando.

Después de eso, no supo más de los hombres ni tampoco le importó lo que sucedía con ellos.

Toda su atención ahora estaba enfocada en esa bola plateada suspendida como por arte de magia en el cielo.

A sus ojos, siempre en plenilunio, danzando delicadamente en un perpetuo movimiento circular.

Parecía tan lejana, tan difícil de alcanzar, tan fascinante, que pasaba horas contemplándola ensimismado siguiendo su recorrido y olvidando por completo lo que le estaba sucediendo.

El gigante no se movía, sus pies parecían ser parte de ese globo terráqueo cada vez más pequeño y que parecía sostenerlo con dificultad.

Podía respirar sin dificultad, y su cuerpo soportaba sin problemas las inclementes temperaturas en la altura, aunque en realidad siempre sintió una calidez uniforme y grata, quizás su cuerpo había aprendido a adaptarse a ese nuevo entorno, pensó sin darle mayor importancia.

Ahora la superficie que lo sostenía era similar a la que una persona normal percibiría parado sobre un globo aerostático, pero Michael sabía que pronto sería como estar sobre un balón de basquetbol

¿Acaso el planeta era capaz de soportar su peso? ¿O pronto entraría en un punto crítico donde ambos se hundirían?

La familiar sensación a la que ya se había acostumbrado, le indicaba que un nuevo cambio se estaba produciendo; volvía a crecer.

Se dio el valor que necesitaba para hacer lo que hacía varios días se presentaba con insistencia en sus pensamientos.

La cada vez más cercana oscuridad del universo ya formaba parte del escenario que podía percibir otorgándole una extraña sensación de paz a su vacilante decisión.

Se dio un impulso doblando sus rodillas y se lanzó al vacío.

Sonrió al pensar que no existía arriba, ni abajo, ni costados, ni esquinas, así de maravilloso era el entorno que lo estaba acogiendo, lo disfrutó con infantil alegría.

Quedó suspendido con placidez en la ingravidez en una cómoda posición fetal mientras el planeta que lo había albergado seguía haciéndose cada vez más pequeño. Y la luna a su vez, se acercaba rindiéndose con solemnidad y haciéndose cada vez más pequeña.

Estiró sus brazos queriendo alcanzar la estrella más lejana que podía divisar.

Ya no sabía si estaba despierto o dormido, y eso no era importante, el tiempo también dejó de serlo, no solo era incapaz de percibirlo, sino que también había perdido toda relevancia.

Era maravilloso sentir en toda su esencia el magistral espectáculo del universo, parecía envolverlo en toda su frialdad nocturna y acogedora.

Era una anomalía en ese paisaje encantado, pero a pesar de esto, se sentía parte del cosmos.

¿Había abierto sus ojos o era su conciencia la que le permitía admirar su entorno?, ese inconmensurable y maravilloso vacío donde la nada reinaba indiferente y majestuosa, sin pretensión ni arrogancia, sin propósito ni consciencia, sin esa necesidad primitiva y animal de sentirse admirada. Serena, cálida, hermosa, señoreando indiferente en esa oscuridad gloriosa y abarcadora del todo.

En ese esplendido paraíso que lo rodeaba y de la cual parecía ser parte, Michael pensó en la vida.

En esa pérfida manifestación, en esa plaga despiadada y terrorífica que alteraba con su presencia la belleza del infinito.

Como fue posible que se presentara de manera casual esa aberración de la naturaleza. Ni la mente más enajenada, ni el mayor de los pervertidos podría haber sido capaz de planear un insulto tan grotesco hacia el universo mismo, y sin embargo, ahí estaba acechando, esperando paciente, arrogante y soberbia, con la única intención de extender sus putrefactos tentáculos sobre todo aquello que de manera natural, arrasaba, infectaba y sacrificaba para su propia sobrevivencia.

Parasitaria y voraz desde su origen primigenio, desesperada por cumplir su único fin: vivir y multiplicarse, alimentándose de otras formas de vidas menores, que a su vez pretendían lo mismo.

Vida, la perfecta simbiosis entre vida y muerte: matar para vivir, asesinar para comer, aniquilar todo lo que le permita existir.

Vida una palabra demasiado hermosa, para referirse a esta monstruosidad, a esta brutal manifestación que afectaba con su sola presencia la perfección matemática del universo.

La antropofagia normalizada, disimulada y escondida. Demasiada incómoda para pensar en ella, demasiada perversa para aceptarla. Vida y muerte, canibalismo desde la más pequeña célula que componen cuerpos mayores.

Vida, feroz desde su más mínima expresión, alimentándose desde el interior mismo de cada ser, con una inteligencia desviada y escalofriante: no demasiada comida, solo lo suficiente para que el sustento sea prolongado y eficiente.

Y cada eslabón de esta dantesca cadena, posee grabado a fuego en su misma génesis, el singular y nefasto patrón: matar para comer y sobrevivir.

Pero la Vida es finita, pronto se acabará.

El alimento escaseará en algún momento y todo llegará a su fin, pero esta plaga sabe que eso pasará, por eso miran al cielo y de manera desesperada buscan vida, porque saben que la necesitan para sobrevivir.

Sus pensamientos parecían aletargados, lejanos muy lejanos, pero a la vez con una lucidez interior que nunca había experimentado. ¿Había dejado de ser humano?

La Tierra y su satélite eran ahora como pompas de jabón, y en la medida que su cuerpo seguía abarcando el universo, los planetas conocidos seguían presentándose cada vez más pequeños.

El sol, esa vibrante bola de fuego que al principio parecía cegarlo con su majestuosa luminosidad, ahora más bien se presentaba como un pequeño farol que apenas era capaz de iluminar una esquina irrelevante del universo del que él parecía ya formar parte.

Seguía creciendo, eso podía sentirlo con absoluta claridad. Las luces que sabía correspondían a estrellas, eran cada vez más difíciles de percibirlas.

Pronto las galaxias enteras fueron solo pequeñas nubes difusas para su comprensión.

El movimiento de su cuerpo, de sus extremidades, de sus manos, de sus dedos, ya no podía controlarlas, pero las sentía, era consciente de cada parte singular que conformaba su ser.

¿Su crecimiento era también voraz con el universo? ¿Estaba replicando el patrón de la Vida, absorbiendo todo lo que estaba a su alrededor? No, el universo lo absorbía a él. Estaba siendo parte del todo.

Respiración, visión, latidos, olores y movimientos, todos estos conceptos se desvanecían con rapidez siendo ahora difícil de recordar y de entender por qué existían. ¿Por qué existía él? ¿Existía?

¿Había vida en sí mismo? ¿Era la consciencia lo que le permitía ser o estar de la forma en que ahora estaba?

Rodeado por la cálida oscuridad de la que ya formaba parte de sí mismo, pensó en dios, y solo pudo asociarlo a un pequeño punto irrelevante que se perdía en la lejanía. Solo eso pudo pensar al respecto.

A pesar de la serena paz que percibía, Michael estaba cansado, todo se estaba volviendo difuso y ya parecía que su propia vida, su propia conciencia pronto se desvanecería en el olvido ¿su vida estaba acercándose al fin? Era lo natural, así era la Vida misma.

Ya no pensaba, se mantenía en un mutismo en que el todo de su presencia, de manera aburrida y desanimada, se estaba adueñando, ocupando el espacio que durante eones, en una antigüedad que se perdía en las nieblas del pasado, señoreaba solitaria, y ahora él, durante un tiempo que también parecía eterno, acompañaba ese inmenso vacío.

Repentinamente sintió algo que lo hizo salir de ese letargo que lo mantenía adormecido. Una extraña pero familiar sensación que ya casi no lograba recordar, lo hizo despertar y volver a ser consciente de esa indeterminada existencia que hacía mucho tiempo no podía explicar. El desarrollo de su ser fue detenido por una especie de pared invisible que no pudo traspasar. Su cuerpo si es que podía llamarlo así, era obstaculizado en su perpetuo crecimiento, aquellas partes que formaban su ser se acomodaron a esa barrera y cesaron su eterna expansión.

Luego todo se detuvo.

La inmensidad sideral tenía un fin, y ahora lo había alcanzado.

Ahí terminaba, nada más existía.

¿Había algo al otro lado? Sí él ocupaba el inconmensurable universo donde la nada reinaba en un equilibrio y balance perfecto, ¿qué existía después de esto?

En realidad nada de esto le importó, estaba demasiado agotado para pensar.

Por fin todo acababa todo y eso era lo más importante.

Su ser pareció relajarse después de tan arduo trabajo y esto le provocó una paz que hacía mucho tiempo no era capaz de sentir.

El infinito que él ocupaba en su totalidad pareció ahora vibrar en una suave melodía que le pareció conocida.

Y Michael por fin pudo descansar, ya no tenía miedo de seguir creciendo.

***

Cerró la puerta y avanzó junto a los estudiantes por el pulcro pabellón.

Sus pasos eran silenciados por el recubrimiento plástico que permitía mantener la higiene del pasillo. Las luces interiores iluminaban con apatía las paredes pintadas de blanco dándole una sensación de frialdad que no lograba alejar la cálida temperatura interior.

Entró seguido por los estudiantes a la siguiente habitación.

Ahí estaba la abnegada mujer junto a su hijo, como todos los días.

Se mantuvieron a una distancia prudente. No podían interrumpir la triste intimidad de la anciana sentada junto a la cama de aquel enjuto muchacho que permanecía tendido sobre el camastro con el cuerpo inerte y la mirada vacía perdida en el cielo de la habitación. La abnegada mujer acariciaba con suavidad la esquelética mano y en un casi imperceptible movimiento de sus mustios labios parecía murmurar una suave canción de cuna.

Después de verificar en silencio algunas anotaciones, el medico habló en voz baja a los expectantes jóvenes que lo acompañaban.

―Este expediente es muy interesante, lo profundizaremos con detalle al menos durante el primer semestre. El paciente es un caso excepcional, padece de un trastorno neurótico llevado al extremo. El síndrome Puer aeternus se manifestó en su temprana juventud, produciendo primero un estancamiento en su personalidad producto del terror manifestado a crecer y a madurar, luego esta negación lo llevó a una absoluta y total evasión de la realidad con algunos comportamientos paranoicos que derivaron en otras patologías aún más graves.

Los estudiantes tomaban algunas notas mientras miraban la conmovedora escena.

Luego de unos minutos el profesor les pidió que lo acompañaran a la siguiente sala alejándose indiferentes del silencioso cuarto.

La anciana, iluminada por la luz natural del atardecer continuaba con la canción.

Julieta da brincos

corre que te pilla

¿quién llegará primero?

Llegan tomados de la mano

Julieta está a tu lado

saltando, corriendo,

comiendo helado.

La piadosa madre podía sentirlo, sabía que en el fondo… muy en el fondo su hijo ahora sonreía.

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