Novalie era hijo de Atenea, único entre todos sus hermanos.
Lo primero que me llamó la atención de él fue su risa, si pudiera describirla en una sola palabra, diría: contagiosa y bastante escandalosa. Todo el campamento le escuchaba reír de vez en cuando, de hecho, eso fue lo que me obligó a mirarle por primera vez. Recuerdo que ese día el cielo estaba cuajado de nubarrones multicolores, los últimos rayos solares aterrizaban con gentileza sobre la tierra, pero especialmente se hacinaban sobre los negros cabellos de Novalie. Era un reflejo hermoso, como nunca antes lo había visto.
El primer mes de mi estadía en el campamento para semidioses fue difícil. Todavía luchaba por comprender mi nueva realidad al ser hijo de Poseidón. ¿Qué sentirías tú si de repente te dicen que no eres completamente humano? Y muy grande fue mi sorpresa cuando descubrí que tenía la habilidad de controlar el agua, no es muy placentero estarse duchando y que un chorro de agua salga disparado de la regadera contra la puerta del baño.
Desde ese momento, todo mi mundo cambió. Tuve que dejar la escuela y a mi madre, y mudarme a un sitio únicamente para semidioses: El campamento mestizo. Ahí los profesores se encargaban de guiarnos para que fuéramos capaces de controlar nuestros poderes, y de igual forma, nos enseñaban técnicas de combate y costumbres de la antigua Grecia.
¡Aunque, Novalie! Hubiera esperado todo, cualquier cosa, menos enamorarme de él. Si es que podría decirse que era un <>, me sentía terriblemente confundido. Sin embargo, a pesar del embrollo que tenía encima, decidí acercarme a él poco a poco; como los cantos de la luna, que temblorosos buscan la cristalina alfombra de un lago.
Pero, qué desgracia la mía. Conforme lo fui conociendo, más me agradaba estar con él. Pronto me di cuenta: su belleza no solo radicaba en lo superficial, sino que también, su alma albergaba un atractivo tan radiante y sublime que me fulminó hasta dejarme ciego. Novalie era de esas pocas personas que tienes la dicha de encontrar. Una perla escondida dentro de una concha, ahogada por las profundidades del vasto océano.
Por las noches, cuando todos nos reuníamos alrededor de una gran fogata para calentar nuestras manos y darnos un merecido descanso, Novalie gustaba de contarnos historias acerca de las aventuras de otros semidioses. Yo me quedaba perdido en su gran ingenio y en el ardor de su meliflua voz. Era tan asombroso escucharlo hablar, las llamas del fuego resplandecían en el iris de sus ojos; la lluvia lo acompañaba en cada movimiento, haciendo de él un arcoíris en horas matutinas; su sonrisa era de luna, de poemas escritos sobre la bóveda celeste.
Nova era una estrella fugaz que no me atrevía a tocar. Me bastaba con mirarlo, con compartir una amistad e intercambiar un par de ideas. Capturarlo era lo que menos deseaba, a mí me gustaba así como era: libre. Amaba con una pasión y lealtad admirables, e incluso, llegué a sentir envidia por las personas afortunadas. Nova era honesto, carismático; tenía heridas de guerra y agujeros muy clavados en su corazón. Nova era simplemente hermoso.
Me descubrí queriendo ser más cercano a él, preguntándome cosas como: ¿Qué se sentiría abrazarle todas las noches? ¿Qué se sentiría tener su confianza? ¿Que pensara en mí cuando quisiera desahogarse? Pero el miedo era más implacable que yo y terminé por llorar mis sentimientos a través de cartas que nunca serían entregadas a su destinatario.
Así continué mis días en el campamento, reprimiendo lo que alguna vez llegué a sentir. Es por eso que un llanto tormentoso me tomó desprevenido cuando la noticia de la partida de Nova llegó a mis oídos. Había culminado el periodo de entrenamiento y ahora debía irse para continuar su camino. Yo no podía comprender por qué me dolía tanto el corazón. No volverlo a ver, no volver a escuchar su voz; me consternaban esas ideas.
Entonces, el día de su despedida llegó. Sus amigos más cercanos le decían adiós con la mano mientras exclamaban palabras de aliento para él. Yo no fui capaz de decirle algo, me sentía débil y en pánico; solo me quedé ahí, estático como una roca.
Pero entendí demasiado tarde, hasta que su silueta comenzó a desaparecer entre los frondosos árboles. En verdad, no quería que se fuera. <<Nova, no te vayas>>. ¿Pero quién era yo para detenerlo?
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