Al comienzo, recién llegada, ahogaba la pena en vino. Rosalba, la nana que alcanzó a acompañarme dos años en esa casa, era mi interlocutora hasta las once de la noche.
—señora Alma—me decía después—me voy a descansar—mañana la «chechi» se despierta temprano y a usted le gusta su café en la cama.

          Cómo olvidar a la corpulenta Rosalba; fue la única que me acompañó cuando Aldo se fue.
Rosalba tomó el papel de mi madre, y yo acepté con gusto.
En Campanario, Rosalba también respiraba un nuevo aire; ella tampoco tenía a nadie, sólo a nosotras.
Su hija, Edilma, vivía en Bogotá y estaba demasiado enrollada con los hombres y haciendo frente a la responsabilidad de haber dejado a sus cuatro hijos en la costa, como para lidiar con las cantaletas y los problemas de su mamá.

          Entonces las tres, Rosalba, Miranda y yo nos convertimos en una familia.
Rosalba y yo , fuimos amigas también, como costeñas que éramos; nos gustaba reírnos de la calamidad, le subíamos el volumen a la música y nos sobreponíamos así de nuestros dolores, siempre con gracia.
          Ella me ayudaba––sin ser del todo consciente de ello––a aligerar el drama que vivía desde la partida de Aldo.
Me alentaba. Rosalba, como dicen aquí… me sacó adelante.
«Una niña criando otra niña»—solía decirme graciosa mientras me hacía un café a la madrugada, cuando yo llegaba de alguna fiesta…o de alguna cita––.
«Una niña, criando otra niña.»
Así me despedí de Aldo y así recibí a Rosalba.
Ella llegó a tomar las riendas de mi caos cuando––cansada de rogarle que se quedara––un día Aldo se fue definitivamente. 

          Había llamado a una amiga de Bogotá y le pedí que me ayudara a conseguir una persona que pudiera cuidar a Miranda y limpiar la casa. Tampoco sabía cocinar, así que era necesario que se hiciera cargo de todo, eso sí, debía traer una recomendación.
La madre de mi amiga, recomendó a Edilma , quien, ocupada, recomendó a su madre. 

          Rosalba llegó un lunes por la noche. Vestía de negro y cargaba una maleta mediana, negra también. Venía a quedarse. Yo no lo noté.
Se presentó seria: «Rosalba Rosas de Paredes», y estiró la mano para saludarme.
Yo , en bata, con los ojos llorosos despedía a Aldo en la puerta, era la última vez que lo veía ahí dentro del apartamento––eso tampoco lo sabía––.
Rosalba observaba callada la despedida. Tratamos de evitar el drama, ambos, cuidándonos de la presencia de la extraña. Cerré la puerta y me quedé sola con ella.

          Rosalba había entendido todo. Sin decir una palabra, se dispuso a revisar la nevera para hacerme de cenar. «No come carne», levantó las cejas y, prudente, se dispuso a preparar unas verduras con huevo.
La casa empezó a oler …a casa. Y me recosté tranquila en la cama.
Rosalba se acercó con la comida , esperó que terminara de comer, en la cocina, de pie, como quien espera un veredicto. Llevé el plato a la cocina, dándole el encuentro y le agradecí preguntándole cuándo podía empezar a trabajar. Ella me señaló la maleta y me dijo: «Ahora mismo señora Alma». «Gracias, qué bueno ésto que preparaste»—di por toda respuesta a su oferta––. Largo silencio.

Regresé a mi habitación para cuidar a Miranda , que dormía en el moisés. Lloré nuevamente recostando la cabeza en el brazo izquierdo del moisés. Un llanto seco, un llanto monocorde que se repetía cada vez que entraba a esa habitación , en la que había dormido y vivido con Aldo.

          Rosalba se acerca, se apoya en el umbral de la puerta y contempla la escena sin que yo me de cuenta. La descubro , me pregunto, avergonzada, cuánto tiempo lleva ahí parada.
No la conozco, mas, la invito a hacerse café, para mi también. Ambas necesitamos café. Permanecemos en silencio, trato de guiarla por la cocina para mostrarle donde están las cosas que va a necesitar. «No hace falta mi señora»—me dice haciendo una ligera venia—»Yo puedo buscar, toda mi vida he trabajado en casas, señora»—remata––.
Otro largo silencio, suspiro sin culpa. Y entonces, Rosalba rompe la atmósfera suavemente con su discurso, que había sostenido en silencio:
«Ese hombre ya no va a volver, Señora», me dice con dulzura, como quien abre la piel con un bisturí. «Ahora sólo están usted y su hija»—sentencia, advirtiéndome en esas pocas palabras, lo que  tendría que asumir de ese día en adelante––. Me quedo en silencio, petrificada por el frío del piso que me subía por los pies descalzos. Acepto su sentencia con un movimiento afirmativo de cabeza y , con la mirada perdida en mis contradicciones , regreso a mi habitación. Me quedo dormida llorando.

A la mañana siguiente , me despierta el olor a café recién pasado. Rosalba es la primera imagen con la que me encuentro al abrir los ojos. Tiene a Miranda en brazos. «Señora, tenga a su niña», me dice delicada.
«No puedo», me niego, retomando el llanto.
Rosalba se sienta en la cama conmigo. Respeta el llanto, no dice nada.
Largo silencio, e insiste: «Señora, tiene que salir adelante», insiste forzando su amplia garganta.

          Empezamos así, a salir adelante juntas.

Nos mudamos las tres juntas a Cajicá en octubre del 2007, un año después de separarme de Aldo.
Un par de meses atrás, gracias a unas millas acumuladas por consumo con mi tarjeta de crédito, Miranda y yo viajamos solas. Un viaje de reconciliación para esa madre y su hija, ensombrecidas por el duelo.

          Los hombres que iba conociendo y, con los que sostenía fugaces affairs, no habían logrado borrar de mi expresión la nostalgia que me enfriaba los pies por las noches. Pensando en Miranda y haciendo caso a los consejos de Rosalba, me decidí a comprar pasajes e instalarnos por 21 días en un hotel tradicional de Santa Marta para, por fin, mirar los ojos de mi hija en paz. Recordarle que la amaba y que todo iba a estar bien.

          Recargada y deseosa de extender esas vacaciones , me trasladé al campo, decidida a iluminar mis siguientes años con el sol radiante de la sabana sobre nuestras cabezas y corazones.»Sí se puede», respondía a los escépticos que afirmaban que no iba a poder trabajar estando tan lejos del epicentro de mi negocio.
Pero las cosas se fueron poniendo difíciles, concretar mis contratos empezaba a volverse un problema a raíz de la mala fama que tenía en el medio, a causa de tan escandalosa separación. Se decía de mí, que estaba loca, que estaba deprimida, que era una mala mujer, que le había robado a Aldo, muchas cosas de este tipo y más. El medio estaba parcializado a favor de la necesidad de Aldo: victimizarse y, así justificar sus cuestionables acciones. Lo acepté.

     Meses después me encontraba viviendo al día, con unos ahorros que iban desapareciendo rápidamente de mi cuenta bancaria y la mínima pensión que Aldo aportaba para gastos básicos. Fumaba más que nunca y mi carácter, en lugar de iluminarse bajo la luz de los prados, empezó a ensombrecerse más cada día y, adquirió un matiz de nostálgico crónico.
Lloraba por cualquier cosa. Pasaba del enfado a la tristeza profunda en cuestión de segundos.
«Habré enloquecido, finalmente»—me decía, otorgando razón a la crónica que se difundía en Bogotá sobre la ex de Aldito––.
No me importaba, iba derecho al hoyo de la insatisfacción sin esperanza de rescate . Sólo quería atravesar ese dolor al que tanto le temía.
El alma sabe cuando detener todo esfuerzo, para adentrarse en los remolinos de nuestra incertidumbre.

     Rosalba y yo empezamos a discutir por dinero, se me hacía difícil, casi imposible , seguir sosteniendo su salario de nana cama adentro.
Por otro lado, temía quedarme sola en esa casa , Miranda aún tenía dos años y medio. Trabajar se veía como una tarea imposible en medio de las responsabilidades de una casa y el panorama se agravaba con una niña pequeña en brazos.
Rosalba dejó de acompañarme en las noches, ya no había dinero para buen vino y cambié a una marca de cigarrillos más barata.
Le debía tres meses de salario el día que peleamos en la cocina. Yo le había ofrecido pagarle la mitad de sus honorarios mientras conseguía encontrar un papel en una telenovela y después cuadrarle el resto con intereses.
Ella no podía aceptar mi propuesta, debía enviar dinero a la costa para su hijo y para ayudar a los nietos.
Consideró egoísta mi propuesta, poniendo luz en el hecho de que mi estilo de vida no se vería sacrificado como el suyo. Yo seguía pagando el gimnasio, un colegio costoso para Miranda, seguíamos saliendo a comer fuera los domingos, etcétera.
Yo no consideraba que ella tuviera razón , pues en mi casa—según mi criterio del momento— comía, dormía y gozaba de una vida satisfactoria. La intensidad del instinto de supervivencia varía según las necesidades que nos atribuímos. Podemos perder la cabeza por una copa de chardonnay Blanc o por un plato de lentejas, según. 

          Rosalba se fue, una mañana soleada, casi a mediodía. Aún me parece verla yéndose, herida, cerrando de golpe la puerta de la reja del jardín. Con la ropa negra con la que llegó a mi vida dos años atrás.
Se me quebraba la voz mientras le advertía a gritos que se iba a arrepentir.
A ella también se le rasgaba la gruesa garganta , mientras me amenazaba con acudir al ministerio del trabajo.
El dolor de tener que decir adiós puede ser tan insoportable, que nos obliga a refugiarnos en la ofensa y la demanda.
Me quedé llorando en el jardín. Mi madre sustituta se había ido. Miranda estaba sentada en el mesón de la cocina, con una camiseta tipo esqueleto, amarilla y, con una colita de caballo con la que «Oshala» la había peinado esa mañana.
La abracé al verla y, le susurré despacio, al oído: «Nos hemos quedado solas».
Lloré amargamente en la sala, le puse unas películas a Miranda para que se entretuviera en su cuarto y no se diera tanta cuenta de lo que estaba pasando. Cada tanto ella bajaba a preguntar a qué hora regresaba «Oshala».
Con rabia le contesté, casi al anochecer :
«Oshala no va a regresar, se ha ido, no quiere estar más con nosotras».
Odiar a Rosalba me daba el valor suficiente para superar la memoria de su voz llenando los espacios.
Cuánta falta me hacía ese café caliente en la cama y sus risotadas alegres. Su acento costeño se iba diluyendo en mi memoria. Me gustaba imaginar sus reacciones a mis desgracias y a mis discursos pesimistas. «Qué diría Rosalba si me viera así»—me preguntaba.
Ella, siempre, disolvía esas monstruosas escenas con una carcajada y, su frase de cajón: «Tranquilícese señora Alma… nada va a ganar poniéndose así». Me calmaba imaginándola , dejaba de destrozarme los nervios. Me reía con su recuerdo.

          Los días que siguieron a la partida de Rosalba, fueron un esfuerzo continuo entre odiarla y darme la razón , en un esfuerzo por dejarla mal parada en mi memoria.
No volví a hablar de ella con Miranda . Me olvidé del vínculo entre ellas dos. No quise reparar en los afectos de Miranda. «Una niña criando otra niña»—resonaba su frase en algún lugar de mi memoria, y me sobreponía a esa culpabilidad barriendo con música fuerte y haciendo pescado frito , secretamente, en su honor––.
La costa, mi mar y la nostalgia. Los costeños vemos la vida desde una perspectiva distinta, más amplia, pues estamos amañados al horizonte y a esperanzarnos en él; perdiendo la mirada en esa línea roja, bajo la que se duerme el sol.

          Busqué otra empleada, no me alcanzaba el dinero para pagar salario de tiempo completo.
Sólo a ratos, por temporadas, cuando aparecía una participación en alguna telenovela o serie.
Mi trabajo se había venido a menos. Todo, abajo.
Ahora me tocaba cruzar los dedos para siquiera ser tomada en cuenta en casting. Demasiados atenuantes, el campo, la niña, mi tristeza y mi mala fama.

          Quise reemplazarla.
Desfilaron tres, cuatro, cinco mujeres por casa, envueltas en uniformes de nana profesional y serias expresiones, ninguna me llevó el café a la cama. A todas las odié. Y todas se fueron, al registrar mi soledad y la dependencia que pretendía establecer con ellas, sin darme cuenta.
Ninguna se ofreció a cuidar de mi, ni a atender a Miranda las 24 horas, como lo hacía Rosalba.
Así que terminé renunciando a esa búsqueda de sustituta, decidí seguir recordando a Rosalba como una traidora y me encerré, demasiadas noches frente a la chimenea prendida, en silencio acompañando a mi niña y; tomándome unos aguardientes, la pensaba, recapacitando; culpándome por su partida. Fumaba como una desquiciada.
Además, para completar la escena de humillación , vivía íntegramente de la escasa pensión que Aldo nos daba mensualmente.
A duras penas comíamos e irónicamente pagaba ese colegio caro al que iba mi hija durante el día.
No me daba la gana de pagar el arriendo. La vida me debía algo y era necesario compensarme. Esto sucedía, una vez más, sin que yo me diera cuenta.
Cada tanto aparecía una serie o unos capítulos de alguna novelita que me permitían responder a las amenazas de la casera de echarme de la casa; quien se debatía, entre su compasión por una madre soltera, que podía ser más bien una memoria de sí misma; y su deber de cobrarme el arriendo.
Pedí dinero prestado, dejé de responder al banco, las tarjetas de crédito fueron bloqueadas y a mi no me importaba.
El calor de la chimenea y el silencio de Miranda, con quien era capaz de establecer alguna que otra conversación apropiada, eran suficiente para mantenerme con algo de vitalidad. Respondía a las demandas esenciales. Tender la cama, hacer la comida. Pagar los servicios públicos.
Eso sí, no me permitía vivir sin echarle gasolina al volkswagen blanco.
Salíamos a dar interminables vueltas por la sabana bogotana todas las tardes, en especial , los fines de semana, con la ventana del piloto abierta y mi brazo izquierdo por fuera, sosteniendo el cigarrillo.

          Aún recuerdo la cabeza gris de mi padre, en la misma actitud, cuando yo, desde el asiento trasero, podía apreciar el reflejo del sol iluminando sus canas . El viento desde la ventana abierta me traía el olor de su cigarro. La carretera interminable al frente , rumbo a Punta Hermosa. El silencio, el calor y la felicidad. Todo orquestando mi recuerdo de él.

Miranda quieta, serena, atrás, sujeta en la obligatoria silla de bebé, miraba por la ventana de su lado derecho. Ambas viajábamos en el tiempo. Buscándonos entre el paisaje y el viento.
Repetía infinitamente las canciones que la hacían sonreír y a mi, cantar. No había dinero, escasamente me detenía a comprarle un helado en el centro comercial.
Hacíamos mercado como si ambas fuéramos una pareja de viejos deleitándose con cualquier mínima posibilidad de decidir.
O galletas de chocolate, o pan integral. O helados o crepes…

          Aprendí a tejer.
Aprendí a cocinar y a limpiar el baño. Miranda pasó a dormir en mi cama doble.

Las aparentes desgracias, me llevaron por fuerza a reconsiderar el ánimo con el que vivía mis días. Estaba endeudada con el banco, con mi amigo Pedro y, por sobretodo, conmigo misma. Pasaba mañanas enteras tejiendo , aprendiendo cómo hacer papel maché, elaborando productos sin nombre y sin destinatario , después de despachar a Miranda en la ruta del colegio y regresar de mi paseo diario en bicicleta. Hacía el mercado y lo cargaba en una mochila sobre mi espalda, lo trasladaba desde Chía a Cajicá.

          Se instaló en la casita , una rutina bastante llevadera.
Yo misma, como nunca antes, aseaba la casa todos los días, religiosamente, el desfile de nanas se hizo cada vez más esporádico. Tanto, que hasta yo misma alcancé a suponer que tal figura no era más que una negación de mi propia responsabilidad y de las condiciones económicas de mi vida. Irme al gimnasio, al mercado, montar la bicicleta y, regresar a encontrarme con una señora aburrida, sola y sin mayores oficios, empezó a convertirse en una tarea que demandaba, cada vez, mayor esfuerzo psíquico. Por pura empatía, sentía que era necesario que la señora en cuestión y yo conversáramos, lo cual no siempre era fácil. Ellas se mostraban temerosas de abrirme su confianza y de depositar en mi su intimidad.

          Aún después de muchos meses, seguía pensando en Rosalba con regularidad. Me la imaginaba en la costa, lidiando con los atrevimientos de su hijo y sin plata, como yo. Me preguntaba si quizá se arrepentía.
Pero como no tenía nada nuevo que ofrecerle, dejé de pensar en ella.
Con alegría en el alma, la dejé ir con lo suyo y, me quedé sola, abrazando lo mío.
Aunque no puedo negar que, cuando estaba sola y leía un buen libro en la cocina… la bendecía… mientras me transportaba, con el aroma de ese café delicioso, que ella misma me enseñó a preparar… al día que la conocí.

—Ay mi gorda Rosalba, cuánto te extraño.

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