
La señora llegó de viaje y no podía salir de su casa por quince días debido a la cuarentena ya que venía de un país donde estaba el virus. Entonces el hijo le pidió a mi mujer que se quede unos días a trabajar en el country, nosotros no sabíamos que no podíamos salir. Eso vino después. Igual yo malicié y le pregunté, clarito recuerdo lo que conversamos:
—¿No es peligroso eso, negra?
—¿Qué cosa?
—Ir ahí ¿no es contagioso el virus?
—No sé; no creo que nos afecte a nosotros. Somos gente de trabajo.
La Negra es tozuda, igual yo siempre confío en ella. Pero esta vez, algo me decía que iba a ser distinto. Todos aquí en el barrio confiaban en ella. Imagínese, señor periodista, que los que vienen al comedor la tenían como una madre a la que le preguntaban todo; inclusive sobre sus problemas familiares. La Negra, no sólo era mi mujer; era la madre de todos. Nadie se imaginó que iba a pasar algo así. Nosotros somos pobres y la enfermedad la tenían los que viajaban a Europa.
Cuando volvió del country se puso a la cabeza del comedor, como siempre. En la tele ya empezaban a hablar de quedarse en casa y cuidar la higiene, que el alcohol en gel, el barbijo y todo eso. Nosotros no pudimos cumplir con todo lo requerido; imagínese que aquí siempre falta el agua. ¿Cómo nos íbamos a cuidar?
La Negra empezó a reclamar, iba y venía. Organizó a los vecinos, llamó a los medios.
En la radio contaban sobre el problema de la falta de agua, en algún canal televisivo también salió. Pero no hubo respuesta…
Un día mi mujer se empezó a sentir mal, me dijo que le dolía mucho la cabeza y estaba muy cansada.
—Recostaste—le dije—Hoy no vayas al comedor.
Me hizo caso, como nunca. Luego vino la fiebre y bueno. Ahí llamamos al número que teníamos por sí pasaba algo en el barrio.
Vinieron los médicos. Se la llevaron por precaución y control.
Luego nos dieron el diagnóstico, la Negra tenía el coronavirus. Fue empeorando y no la vimos más, ni siquiera pudimos despedirla.
Al poco tiempo vinieron, cercaron el barrio y empezaron con los controles. Se solucionó el problema del agua. La Negra lo logró, ahora es una mártir, una especie de heroína para nosotros.
Cuando vi a la señora en la tele, reclamando porque no podía salir a hacer deportes y porque no podían ir sus sirvientes a atenderla; no podía creerlo. Ella no sabe cómo sufrimos en el barrio. Aquí la gente se muere, la Negra fue la primera, capaz que trajo el virus. Pero se lo pegó esa vieja cheta que ahora sólo se preocupa por cosas sin sentido. Creo que este bicho es inteligente, nos quiere mostrar la injusticia en la que vivimos.
No sé, señor periodista, si le respondí a su pregunta.
El virus no discrimina; sin embargo, las condiciones en que uno se confina pueden ser cómodas o letales. ¿Seremos capaces de reconocer lo esencial, después que el terror pasé?
OPINIONES Y COMENTARIOS