Nakamura
El suave vaivén del automóvil siempre conseguía relajarlo. Con la vista perdida en la ventana, la música que se reproducía en sus audífonos apagaba cualquier sonido capaz de perturbar su tranquilidad. Por ejemplo, los ruidos molestos que salían de la boca de su hermana cada vez que hablaba. Okuto Nakamura la miró de reojo por un instante. Kana dormía plácidamente en una posición un tanto incómoda sobre el asiento trasero, nunca la había visto tan callada como ahora.
Haciendo un mohín, regresó los ojos hacia el paisaje para encontrarse con árboles frondosos y hortensias resplandecientes que pintaban el verano en Japón. Había salido a la playa con su familia antes de que las vacaciones terminaran. A decir verdad, había sido un lindo día. Mientras que los demás se habían dedicado a jugar voleibol o nadar contra las olas del mar, Nakamura prefirió quedarse sentado sobre una toalla varios metros atrás de la orilla salada con una gran sombrilla para cubrirle del impertinente sol.
Y no es que le desagradara el agua, al contrario, amaba perderse entre su cándida armonía y la hermosa combinación de colores que el horizonte le mostraba. Pero cuando pensaba en situaciones como las gotas de sudor escurriendo por su frente, definitivamente la idea de disfrutar la playa a su manera era más tentadora. ¿Acaso no era magnífica la sensación de enterrar los pies en la arena?
El recuerdo de la playa se esfumó luego de que el auto se detuviera frente a su casa. Kana no perdió la oportunidad y aprovechó para exigirle que bajara sus pertenencias de la cajuela y las cargara hasta su habitación. Nakamura atinó a sacarle la lengua, pero aún así obedeció sus órdenes. Después de todo, era su hermano mayor.
Detuvo sus movimientos tan pronto como observó el pequeño llavero de pulpo colgando del cierre de su mochila. Sin que pudiera evitarlo, un suspiro escapó de sus labios acompañado de una sensación opresora en el pecho. Ese llavero se lo había regalado Aiki Hirose con el propósito de levantarle el ánimo y desde ese momento se prometió a sí mismo que lo atesoraría como la más sagrada de sus pertenencias.
Hirose le había regalado algo. Había pensado en él. ¡Y lo mejor era que tenía la forma de un pulpo! Cuando se lo enseñó a Icchan sus tentáculos había bailado por toda la pecera.
Tan absorto había estado en su remembranza que no supo cuándo llegó a su habitación. Y es que la sola mención de ese nombre dentro de sus pensamientos lo descolocaba por completo. Hirose, Hirose, Hirose. No lo había visto en todo un mes; pues entre los arduos estudios, las tareas y la prefectura de Hokkaido que se lo había arrebatado en unas cortas vacaciones, encontrar un momento para verse fue complicado.
Su alma ya anhelaba el reencuentro con él. Quería ver los remolinos de su cabello, la forma en que sus grandes ojos marrones desaparecían cada vez que sonreía. Quería ver su tierno perfil y lo adorable que lucía con el uniforme escolar.
Las fotografías que le había mandado por LINE ayudaron a apaciguar esas ansias. Tumbado sobre la cama, Nakamura tomó su celular solo para ver una vez más todos los mensajes que había intercambiado con Hirose durante su ausencia. Supo que había ido a un festival matsuri junto con su familia. Los dientes le volvían a rechinar de fastidio al pensar que había perdido la oportunidad de disfrutar esa época a su lado.
¡Ah! Pero si él hubiera estado ahí, hubiera visto a Hirose en una yukata con sus propios ojos. Hombro a hombro, recorriendo los puestos para comer takoyaki o algunas brochetas. Habrían jugado a pescar peces dorados y Nakamura habría ganado con asombrosa destreza para regalarle el peluche más grande a Hirose. Las luces del festival no hubieran tenido comparación alguna con el resplandor de su sonrisa. Y quizá, cuando hubiese sido el momento para ver los fuegos artificiales, él y Hirose…
—¡Nakamura, idiota! ¡Deja de reír como un tonto!
El grito de Kana le cayó como un balde de agua fría. Estaba de vuelta en su habitación. Solo. Los ojos de Icchan se alcanzaban a ver como dos puntos negros en alguna parte de su cueva. Definitivamente, extrañaba mucho a Hirose.
¡Te extraño mucho! ¡Me haces mucha falta! No me dejes solito.
Tenía tantas ganas de escribirle.
Al final, optó por arrinconar el celular entre las sábanas de su cama. Tomó la libreta donde estaba el manga de él y Hirose para leerlo todas las veces que le fueron necesarias. Porque sí, solo a través del papel y lápiz se atrevía a confesar sus sentimientos. Solo ahí podía dejar que sus sentimientos existieran sin miedo.
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Al día siguiente, Kana le pidió que la acompañara a comprar unos helados de edición especial. Aunque más que pedir, fue una demanda. Y más que acompañar, fue un «tú vas a comprarlos mientras yo espero sentada en la banca.» La humedad a esa hora era casi insoportable, así que terminó por aceptar de buena gana. Además, podía aprovechar para pasar a la librería y adquirir el nuevo tomo de El bento del amor.
Enfundado en unos pantalones cortos, una playera lisa y camisa azul claro de manga corta abierta, se dispuso a salir de su casa. No sin antes recibir una mirada desaprobatoria de Kana.
—¡Mamá! ¡Regala toda la ropa de Nakamura! ¡Ya no le queda!
—¿De qué hablas? —arrugó el entrecejo, mirándose una vez más. Era verdad que había pegado un estirón durante las vacaciones. Los pantalones le quedaban un poco más cortos y las mangas de algunas camisas ya no caían donde antes. Aun así, ella exageraba—. ¡Mamá! ¡Regala a Kana!
Su hermana se enojó tanto que le propinó una patada en el trasero.
En el camino, Nakamura volvió a ser víctima de ese inevitable vacío que lo asaltaba cuando pensaba en Hirose. Pasar frente al instituto le hizo recordar su segundo año de preparatoria, cuando, para su mala suerte, habían quedado en grupos diferentes. En los primeros días de ese ciclo, el miedo lo abrumó al pensar que debía de comenzar desde cero con nuevos compañeros. Y para un chico tan tímido como él, era una tarea titánica que le supondría muchas taquicardias y manos sudorosas. Aunque, lo más pesado sería la lejanía con Hirose. Cuando finalmente había dado un gran paso en su amistad, el universo lo castigaba de esa manera.
Recordó que su cuerpo temblaba en las horas matutinas mientras el salón se llenaba de rostros que no reconocía. Él solo esperaba ver llegar a Hirose por el marco de la puerta y tomar asiento en su respectivo pupitre. Pero eso nunca sucedió. Por fortuna, Hifumi Kawamura sí había coincidido en la misma clase, así que le consoló verla con sus característicos lentes y el par de trencitas que caían delante de su uniforme.
Durante las primeras semanas, sus pies amenazaban con llevarlo al salón de Hirose para mitigar el estruendo de los descansos. Sin embargo, Hirose parecía decidido a no dejar que la distancia entre ambos se sintiera tan grande.
Su celular comenzó a vibrar con más frecuencia de lo habitual. Un saludo por la mañana, una fotografía del almuerzo, algún comentario absurdo sobre las clases o un simple «¿Cómo estuvo tu día?». Eran mensajes breves, pero bastaban para arrancarle una sonrisa. Aunque ya no compartieran el mismo salón, Hirose seguía buscando la manera de hacerlo parte de su día.
Más grande fue su sorpresa cuando los demás compañeros empezaron a hablarle sin que él lograra iniciar conversaciones y tampoco se intimidaban ante su fría mirada que muchas veces no podía controlar y era más un efecto colateral de su timidez. Aquellas acciones que parecían ser pequeñas, en realidad lo animaban a confiar en él mismo un poco más.
Al finalizar el ciclo escolar, Nakamura comprendió que había sido uno de los mejores años de su vida.
—Siguiente —la voz del vendedor detrás del mostrador lo bajó de las nubes.
—Me puede dar dos helados de yuzu, por favor —pidió en voz baja, sin poder hacer contacto visual por más de tres segundos.
Mientras esperaba, se ajustó el sombrero pescador que tenía bordada en el centro la figura de un pulpo. Luego de recibir su pedido, agradeció con una sonrisa y dio media vuelta para regresar con Kana. Pero justo en el momento en que dio un paso, chocó contra un chico que no había visto y los helados estuvieron a punto de estrellarse contra el suelo.
—¡Discúlpame! ¡No te vi! —expresó el chico de inmediato.
Okuto Nakamura se quedó estático en cuanto escuchó aquella voz. ¿Era real? Su corazón dio un vuelco y los latidos comenzaron a golpetear de prisa. Esto no podía estar pasando. Bajó la mirada hacia él y le bastó ver aquellos mechones que escapaban de la gorra para que el mundo se detuviera.
Solo existía una persona que le robaba la respiración y alteraba las mariposas en su estómago. Trató de tranquilizarse para responderle.
—N-no te preopcupes… —las palabras le salieron a trompicones.
Cuando sus ojos se encontraron, Nakamura optó por mirar hacia otro lado. Sus orejas se calentaron con violencia y sintió el rostro colorado. Sabía que él lo estaba examinando, como si tratara de adivinar en dónde lo había visto antes, pero no lograba recordarlo. ¿En verdad había cambiado tanto? Quizá era por el sombrero.
—Espera… —el chico jadeó con gran asombro—. No puede ser, ¡¿Nakamura?! ¡Nakamura, ¿eres tú?!
Aiki Hirose se acercó tanto a él, levantándose de puntitas para quedar a la misma altura, que Nakamura estuvo a punto de desfallecer y caer de sentón.
¡Aaah! Está demasiado cerca. Nakamura se convirtió en un manojo de nervios y repentina euforia. ¡Hirose estaba frente a él! Faltaba poco para que su corazón terminara por reventar en miles de pedazos. No pudo emitir palabra alguna durante un buen rato, aunque su silencio no fue de mucha importancia, pues Hirose continuó inspeccionándolo de arriba a abajo como un halcón.
—¿Acaso creciste? —arrugó el entrecejo mientras señalaba la diferencia de altura entre ambos.
—Solo un poco… —atinó a decir en un hilo de voz, acomodándose el sombrero para ocultar el enrojecimiento de sus mejillas.
¿Esto en verdad estaba pasando? ¿El Dios de El bento del amor lo había bendecido ese día?
—¡Nakamura, idiota! ¿Dónde está mi helado?
Kana llegó a su encuentro dando furiosos pisotones. Sin siquiera molestarse en pedirle una disculpa, le entregó los helados semi derretidos y ella se fue de regreso a su casa echando humo por las orejas y despilfarrando malas palabras contra su hermano.
Minutos más tarde, un hermoso atardecer estaba emergiendo desde los edificios residenciales. Las nubes se desdibujaban entre colores anaranjados y las luces de algunos locales empezaban a encenderse.
Nakamura y Hirose caminaban lado a lado en silencio. No era la primera vez que se iban juntos, pero durante semanas imaginó con detalle cómo sería su reencuentro. En cada una de esas fantasías tenía algo ingenioso, romántico, o al menos coherente que decirle. Ahora que Hirose estaba a pocos centímetros de él, su mente estaba completamente en blanco.
¡Vamos! ¡Dí algo! ¡No hay nadie más! Hirose, sé mi novio, ¡por favor!
—Tu hermana y tú se parecen mucho —Hirose cortó el silencio.
—Sí —respondió en un santiamén. Después cayó en la cuenta de lo que había dicho y carraspeó para corregirse—. Bueno, quizá si me dejo crecer el pelo…
Hirose se echó a reír, haciendo más difícil la tarea de mantener la calma. Adoraba tanto su risa, podría escucharla todo el tiempo.
—Pensé que regresabas el viernes —Nakamura tuvo que reunir todo el coraje que poseía para no lanzarse encima de él.
—Eso habíamos planeado, pero mi hermana tuvo un imprevisto con su trabajo —murmuró, encogiéndose de hombros—. Por cierto, gracias por responder todos mis mensajes. Con esto de los exámenes casi no hemos podido vernos, pero me gustó platicar contigo mientras estuve en Hokkaido.
Nakamura recibió un rotundo flechazo en su corazón.
—A-ah…yo…siempre… —tomó una bocanada de aire—. Siempre voy a escucharte.
—¿Eh? Gracias —antes de que el silencio se instalara entre ellos, Hirose exclamó con mucha ilusión—. ¡Mira! ¡Habrá un festival! —corrió hacia la vitrina de una cafetería que mostraba el anuncio del Hanabi en su prefectura—. ¡Todavía alcanzamos uno! Definitivamente tenemos que ir.
—¿Qué?
¿Había escuchado bien?
—Como este será nuestro último verano, pensé que podríamos ir juntos.
—¡Sí! —la palabra volvió a escapar de sus labios. Había estado esperando ese momento con tantas ansias que ni siquiera se lo pensó. ¡Agh! ¿Qué acabo de hacer? Respondí demasiado rápido.
—¡Será muy divertido! —Hirose siguió hablando con ese par de ojos que brillaban bajo las mamparas—. Bien, nos vemos mañana en el festival.
Se despidió con la mano y enseguida echó a correr en dirección a su casa. Por su parte, Nakamura se convirtió en una piedra viviente. Sintió que su cuerpo viajaba a todas las galaxias del universo de ida y de vuelta. Para confirmar que no estaba soñando, tuvo que pellizcarse el brazo varias veces.
Iría al Hanabi con Hirose. ¡Vería a Hirose en una yukata! ¡Verían los fuegos artificiales juntos!
Pegó un brinco lleno de emoción, levantando los brazos hacia arriba. No cabía en toda la felicidad que lo embargaba en esos instantes. Ahora tenía mucho en qué pensar, como la ropa que usaría, a qué hora se levantaría mañana, de qué hablarían. ¿Lo habrá invitado por educación o porque realmente lo quería ver? Seguramente solo estaba siendo amable. Pero…él fue quien lo invitó. No tenía que darle muchas vueltas, ¡los amigos también hacían eso!
Llegando a su habitación, aventó su cuerpo convertido en gelatina y aplastó el rostro en las almohadas para gritar con toda la fuerza de sus pulmones. Dormirse esa noche iba a ser mucho más difícil de lo que había imaginado.
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