por Andrés Obychniev El Zeque no era un lugar ni una cosa, sino una opacidad que respiraba. Nadie podía señalarlo sin que el dedo se le volviera rígido, como si la carne dudara de su propia función. Decían que hibernaba en Iberoamérica, pero no en la geografía sino en las costuras invisibles que separan lo...
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