Octavio llevaba un largo rato pretendiendo hilvanar un par de líneas, pero su inspiración se diluía de una forma irremediable. En un comienzo decidió tomárselo con calma, porque entendió que esa especie de bloqueo lo acercaba de algún modo (aunque ese no era el modo que él hubiera preferido) a su deidad literaria Víctor Ponzetti, quien, se sabe, atravesó una sequía creativa de más de quince años, luego de publicar su inoxidable novela Butaca siete. Pero Octavio pronto reconoció que él jamás había escrito algo tan magnífico como Ponzetti, de hecho pensaba que la mayoría de sus relatos eran apenas mediocres. Así pues, de la calma pasó a la impaciencia y por lógica decantación se sumió en la desesperación.

Mientras la impotencia por no poder encadenar siquiera una dupla de vocablos iba ganando terreno, Octavio creyó que sería una buena ocasión para sentarse a corregir sus textos. En otras oportunidades, la ceremonia de releer su prosa y tachar palabras, le había ayudado a desenredar la maraña de pensamientos, saliendo airoso con alguna idea cuanto menos graciosa. Por eso fue hacia el escritorio a buscar las cajas en donde atesoraba todos sus cuentos y se lanzó con la esperanza de que surgiera el hilo de una posible trama.

Colocó dos troncos en la chimenea, afiló la punta de su lápiz y desparramó las pilas de hojas sobre la mesa. Comenzó leyendo en voz alta, canturreando, esperando que los sonidos le fueran acercando las respuestas y deleitándose cuando en alguna pausa, el silencio era interrumpido por el crepitar de una braza. Así, guiado por la melodía de sus palabras, empezó a purgar las historias exento de piedad. Quitaba párrafos enteros y eliminaba personajes sin prudencia alguna. Probaba cambiando la voz narradora, extirpaba cada adjetivación que se cruzaba en su lectura e incluso cometió la osadía de echar al fuego un grupo de relatos sin siquiera llegar a leerlos. La escena era una auténtica masacre.

Pasadas las dos horas de ese arranque purificador, Octavio sintió que el proceso de corrección se había tornado anárquico y debía estructurarlo de alguna manera. Resolvió, entonces, avanzar de modo cronológico cambiando todos los títulos. La acción de escoger un nombre que sintetice en una mínima expresión el contenido de una obra, siempre le había parecido un obstáculo antes que un desafío deleitoso. Por ello, a raíz de una irrupción minimalista, creyó oportuno enumerar todos sus escritos; relato primero, relato segundo, relato tercero. Cuando llegó al séptimo, recordó a Julia Beristagui, su profesora de literatura del colegio secundario, que siempre insistía: Quien pretenda ser escritor, debe saber que lo más importante en un texto es su puerta de entrada.

No le parecía una frase brillante ni mucho menos, de hecho la encontraba un tanto absurda y presuntuosa al mismo tiempo. Pero también pensó que algún mérito tuvo que haber hecho Beristagui para dictar clases en una institución tan prestigiosa como el Domingo Krause, y al verse a sí mismo en la ridícula hazaña de intentar ensamblar dos oraciones, creyó atinado seguir el consejo de su profesora y revirtió la enumeración por los viejos títulos.

Luego de ese paso en falso, Octavio barajó las hojas en busca de su próxima víctima. Así se reencontró con el relato Epitafio de un escritor, posiblemente las más acertada de sus creaciones. Dieciséis folios repletos de intensidad y decadencia que guiaban al lector por un camino de robustos enigmas existenciales. Una verdadera joya narrativa con destellos de humorismo filosófico que, como era de esperarse, Octavio no tardó en descuartizar. Le fue quitando redundancias, escenas innecesarias, diálogos superfluos y descripciones estériles. Cuando quiso comprobar el resultado, notó que sólo había rescatado la última línea; yace aquí un inmortal. Le pareció suficiente. Pensó que en ese manojo de palabras se hallaba la idea acabada de lo que quería expresar.

Con los ojos incrustados en esa nueva sucinta obra, que de pronto contaba con una solitaria línea oficiando de principio y fin de la historia, Octavio consideró la posibilidad de rever todos los finales. Separó los últimos párrafos de cada relato y pensó en intercambiarlos de forma aleatoria con la intención de sacudir al lector desprevenido. En un chispazo intuitivo, creyó oportuno publicar una recopilación completa de sus cuentos, proponiendo un viaje literario lleno de desenlaces confusos.

Avanzaba a paso firme en el aventurado juego de trocar finales, cuando advirtió que todas sus obras acababan con alguna muerte. Eso lo llevó a pensar que el intercambio era apenas ingenioso, porque luego de la lectura de dos o tres cuentos, la intención se desvanecería. Pensó que no tenía sentido la suplencia de muertes en los personajes si de todas formas, al igual que en la realidad, todos terminaban muriendo. Concluyó que los lectores se sentirían  decepcionados, ya que a la literatura se acude precisamente en busca de una pizca de inmortalidad.

Mientras digería este segundo tropiezo y abortaba el proyecto de alterar los desenlaces de sus textos, el azar puso en sus manos el microrrelato Finales. Revisando las primeras palabras, Octavio tuvo la extraña sensación de que ese era el último cuento que había escrito; sin embargo, le pareció que quedaba lejos en el tiempo el día que había visto nacer aquella historia.

***

Finales

Como todo escritor, él era ante todo corrector. Amaba sentarse junto a la chimenea y sumergirse en el bucle quirúrgico de transformar sus textos. Un día se propuso revisar su antología de relatos y pronto notó que todos, sin excepción, acababan con una muerte. Desilusionado por su predecible accionar literario, sintió el impulso de modificarlos. Pero cuando iba a cambiar la primera frase, recordó que él, tiempo atrás, mientras se disponía a corregir los finales de sus fatídicos relatos, había muerto de un disgusto.

***

Octavio acabó de leer esas líneas y arrastró los pies hasta su dormitorio. Se acostó con la mirada perdida en el techo, imaginando como el puñado de palabras de su creación más certera germinaba entre las manchas de humedad. Desconsolado, fue cerrando los ojos con la seguridad de que al día siguiente, al despertar, el bloqueo seguiría.

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