Cuando escucho tu voz detrás de mí

Cuando escucho tu voz detrás de mí

Emmanuel Cruz

15/06/2020

Primer verano

Iba camino al aeropuerto dentro del Narita Express a toda velocidad, sin saber cuándo volvería a verlo. Mi estómago temblaba al reprimir el sentimiento, detestaba esa sensación pero no quería llorar. Me apresuré a reproducir Plastic love de Mariya Takeuchi para ambientar la escena antes de que fuera tarde, era el momento perfecto para crear una atmósfera que aumentara el dramatismo. Odiaba a la gente dramática, aborrecía a todo aquél que me hiciera rabietas de cualquier tipo; por otra parte, amaba convertir mi vida en un melodrama trágico y funesto del que no pudiera escapar.

Subí el volumen de la música.

Me gustaba vivir historias, sobre todo aquéllas que son tristes ya que, en alguna ocasión, había escuchado que no vale la pena contar las historias felices. A medida que avanzaba, el tren se cruzaba con otros trenes que corrían en sentido contrario por los rieles paralelos; esa sensación era equivalente a cientos de puñaladas clavadas en todo el cuerpo, sobre todo cuando vas a bordo de un tren después de decir adiós. Me encontraba sentado cómodamente, con una ligera presión en el pecho, los ojos llorosos y un ávido deseo de disfrutar ese sentimiento amargamente dulce que trae la despedida.

Aún recordaba aquella película japonesa donde la chica perdidamente enamorada del novio de su amiga confiesa sus sentimientos antes de huir a París, la descarada toma el mismísimo Narita Express para llegar al aeropuerto y desaparecer. A pesar de que sólo se tratase de una película, esa historia me daba una loca y mórbida sensación de complacencia: los rieles por los que yo viajaba, con seguridad, habían sido testigos de demasiados finales desafortunados y melancólicos. Sin duda, estaba viviendo el final perfecto de una historia.

Nuevamente, subí el volumen de la música.

¿Cuándo volvería a verlo? Lo único que sabía era que él estaría un día más en Tokio y posteriormente tomaría otro vuelo para visitar algunos familiares y amigos en Seúl, luego regresaría a Toronto un mes después. Yo, por otra parte, ya estaba a pocas horas de tomar mi vuelo de regreso a la Ciudad de México.

Repetí la canción.

Segundo verano

Había sido un día muy cansado en el que recorrimos Gyeongbokgung. El verano en aquella ciudad era infernal, la gente, poco amigable. Sin embargo, el simple hecho de estar en compañía de Chung-hee hacía que todo valiera la pena. Su mirada, con aquellos ojos rasgados, provocaba que en los míos apareciera un brillo incontrolable que resplandecía más que todas las luces de los edificios de Gangnam por la noche. Esa sensación me hacía recordar los destellos que nacían de la fricción del intercambio de miradas en los espejos de las tiendas de ropa en Shibuya que habíamos recorrido juntos dos años antes cuando nos conocimos. Aunque sólo habían pasado dos años, extrañaba demasiado a Chung-hee. Debo admitir que el propósito del viaje era volver a verlo. Mi alma, hambrienta de drama, necesitaba darle play por un momento a la pausa sentimental que había permanecido en mi vida por años.

Chung-he era muy atractivo. Tenía la piel tostada por el sol, cabello corto y negro, ojos rasgados pero grandes; su sonrisa era provocativa pero su mirada tierna y amistosa. Las venas gruesas de sus brazos brotaban por encima de su piel y se combinaban con los tatuajes de su antebrazo derecho. Su porte engañosamente altivo y arrogante eran solamente un espejismo para ocultar una persona llena de amabilidad y consideración. Siempre había dicho que las personas que he amado no deberían de sentirse tan especiales ya que me enamoro con facilidad, pero definitivamente este chico era alguien que recordaría por el resto de mi vida.

El paseo por Cheonggyecheon de la noche anterior fue de lo mejor, aunque fuera imposible ocultar las marcas rojas en mis mejillas cada vez que lo tenía enfrente o sentir unos nervios descontrolados que aparecían cada vez que me llamaba por mi nombre con ese acento suyo, que no le permitía pronunciar la sílaba tónica en el lugar correcto. Esas cosas siempre me envolvían en la fascinación. Todo lo relacionado con aquel hombre me volvía completamente loco, mi corazón se aceleraba y esa misma velocidad me elevaba a las nubes como si estuviera en el último piso de la Lotte World Tower de aquella ciudad.

En un par de horas, nos separaríamos debido a que por la noche regularmente teníamos planes distintos. Sabía que él descansaría en casa de su familia y yo, en un rato, estaría de camino a encontrarme con otro hombre. Otro hombre, cualquiera, un desconocido, pero uno que al menos pudiera darme lo que Chung-hee nunca me daría.

El bullicio de la gente, el olor a comida y el sabor a soju se atravesaban en mi camino. Las luces de los edificios y el ruido de los autos copulaban en una armonía casi perfecta en el barrio de Sogye-dong. La escena me excitaba y decidí que era tiempo de reproducir Rewind de las Wonder Girls. La canción era oportuna para escucharla mientras me aventuraba a mi próximo encuentro casual, deslizándome y dejándome llevar por la vibrante atmósfera nocturna de la ciudad.

Hombre coreano promedio, 33 años, casado, en busca de un encuentro clandestino con otro hombre después de una jornada de trabajo estresante. Al menos eso recordaba de la conversación por mensajes de texto que habíamos mantenido el día anterior. Completamente emocionado como cada noche, estaba cada vez más cerca de la Seoul Station, sólo que esta vez me esperaba un destino distinto, tomaría el metro para dirigirme a la estación de Jongno sam-ga.

Subí el volumen de la música.

No tenía muchas energías para follar esa noche, sin embargo, había algo dentro de mi ser que parecía tenerme poseído desde que llegué a aquella urbe. De día, me arrojaba a la ola romántica que se levantaba dentro de mí por la compañía de Chung-hee y de noche, me azotaba con fuerza el tornado de placer y promiscuidad que sólo las manos de los hombres de aquel lugar podían hacerme sentir. No podía esperar a repetir el viaje a través de los brazos, las piernas y la espalda de otro hombre seulés. La sola idea de volver a ser sodomizado de esa manera me enardecía.

Repetí la canción.

Después de un par de estaciones llegué a Jongno sam-ga, bajé del vagón y me apresuré al encuentro. Esperé unos minutos y, detrás de mí, escuché una voz que intentaba decir mi nombre con acento coreano, de forma ronca y grave; imaginé que era la voz de Chung-hee. Pobre iluso. Voltée, el desconocido se puso frente a mí y preguntó por mi nombre…

…detuve la canción…

…confirmé su pregunta y me pidió que lo siguiera. A diferencia de otros hombres con los que había estado antes, este no me hizo muchas preguntas, no entablamos una conversación muy larga, ni tomamos algo antes de someternos a las deleitables apetencias de nuestra lujuria.

Llegamos a un motel y, como era costumbre, el ritual consistió en ducharse y luego ir a la cama. El hombre decidió poner algo de música y comenzó a sonar Weep in a dream de Jelly Boy. Eso hizo que me sintiera mejor. Nos empezamos a besar y comenzó a tocarme. La precisión de sus manos era perfecta, no cometía errores, sin duda, eran manos mortales. Sentí que terminaba una infinidad de veces y ni siquiera había estado dentro de mí. La sensación de plenitud y totalidad que provocaban sus caricias hacía que apretara y aflojara todos mis músculos una y otra vez sin parar. Su forma de besar, de tocar, de lamer eran como sacados de una estrofa de la poesía de Che Ho-ki, eran secretos de una Corea que no está a la vista de todos, de una Corea anónima y profunda.

Abrí mis piernas y entró, coloqué mis manos sobre su espalda y empecé a tocarla, la piel tersa y perfecta, los músculos firmes y definidos, las embestidas de su cadera contra mí fuertes y precisas.

Nuestro sudor era un charco que poco a poco se convertía en un arroyo que me recordaba el agua que había contemplado en Cheonggyecheon durante aquellos paseos nocturnos con Chung-hee. Me preguntaba si Chung-hee lo hacía tan bien como todos los hombres coreanos con los que me había acostado. El calor que su cuerpo despedía al frotarse contra el mío me recordaba al calor que sentía en mi rostro cada vez que Chung-hee me sonreía. La cara jadeante y llena de placer del hombre me recordaba a la cara de emoción de Chung-hee cuando la pasaba bien. Los gemidos graves provocados por aquel hombre me excitaban tanto como la voz de Chung-hee cuando intentaba decir mi nombre correctamente con su acento.

Siguió embistiéndome ferozmente y comenzó a tocarme hasta que ambos acabamos. Lo saca, se quita el preservativo y nos abrazamos. Cierro mis ojos e imagino que estoy entre los brazos de Chung-hee.

Al regresar al departamento, me tumbé en la cama y le escribí a Chung-hee para pedirle que nos viéramos al día siguiente. Me encontraba al borde de la locura, necesitaba verlo. Estaba perdido, daba vueltas en mi cama, no estar con él me provocaba una ansiedad inmensa y, al mismo tiempo, estar con él me provocaba una aún más grande. No podía parar, era un círculo de masoquismo adictivo y destructivo del que nunca lograría escapar.

Pasaron algunas horas y, antes de conciliar el sueño, pensé que tal vez no necesitaba el cuerpo de otro hombre sobre mí, o que tampoco necesitaba la cara jadeante y llena de placer de los desconocidos de cada noche. En ese momento, comprendí la tragedia que me asechaba. Pronto, la tristeza y la melancolía se impregnarían en mi corazón porque todo lo vivido con Chung-hee serían escenas de mi vida que no volvería a ver. Pronto, estaría otra vez arriba de un tren rápido rumbo al aeropuerto con la misma interrogante del principio:¿Cuándo volvería a verlo? Sin tener una respuesta ni un final.

Lo que en realidad anhelaba era ver la cara sonriente de Chung-hee contrastada con el apabullante sol de verano. Si no atesoraba esos momentos, no tendría con que sacar adelante mi vida en el futuro, al menos, hasta que pudiera repetir el encuentro.

Necesitaba que el hipnotizante olor a niebla del sudor de Chung-hee me acariciara y me hiciera medio cerrar los ojos como un tonto. Necesitaba que su presencia, que desaparecería en unos días, me hiciera flaquear una vez más. Necesitaba la callada y nostálgica melodía que surgía de aquellos silencios incómodos cuando ninguno de los dos tenía algo que decir. Necesitaba detener el tiempo y estar a su lado por siempre. Pero lo que más necesitaba era escuchar su voz detrás de mí pronunciando mi nombre con dificultad, al encontrarnos una vez más, en una bulliciosa y ajetreada estación del metro de Seúl.

Repetí la canción.

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