LA CALLE DEL PINTOR

LA CALLE DEL PINTOR

jhon cruz

28/11/2020

Enteramente la adivina nunca supo cómo fue que la baraja pudo mostrar el arcano 13, debía ser que la calle tenía un cierto magnetismo para aborrecer las cenizas de los volcanes. Nunca en los 59 años que pertenecian a   la pitonisa, un vendabal había sido tan destructivo en la calle del pintor, el vendedor de flores del puesto de la esquina, de quien se dice construía un cohete para los rusos desapareció junto a los tulipanes, estos amarillentos y medio secos  reposan en el tejado caído de la casa del farmaceuta, la misma casa donde su esposa ciega, cuentan tuvo un amorío muy apasionado con el guarda del palacio de gobierno, otra historia que lleno periódicos durante semanas. Acto seguido ella, la bruja, sacó una carta nueva abriendo sus ojos vidriosos y la calle desolada aulló, se mostró un 6 de espadas, algo estaba pasando en su alma y su artritis repelía la energia de las cosas.

—¿Por que salía esto en un viernes después de la cena? ¿acaso no puede darme Dios un milagro ?—añadió para sí.

La noche gris estaba tan fria que la poca brisa corria por la calle llevandose las hojas del caucho sabanero, pero dejando las flores arrancadas  a las malas de las hortencias, las ranas llamaban las nubes a gritos, y las nubes les contestaban con pedradas de hielo. Caterina se fijó en Gaspar, su gato, quien miraba perdido una grieta en la pared, ella no podía siquiera pasar saliva y fue justo  cuando…

—¿Quien anda ahí?—pregunto Caterina con voz masculina que la caracterizaba.

Una sombra pasaba por debajo de la puerta, de nuevo sonó la campana del timbre retumbando a lo largo del zaguan.

La puerta dorada, estaba en su mano ella delicadamente la puso en el pañuelo gitano que servía de instrumento y conexión entre el mundo de los muertos y el mundo de las cartas, miró con curiosidad la imagen, y descubrió en ella un farol pendulante con escasa luz y bajo la lluvia, de nuevo volvieron a accionar el timbre. Caterina corrió sin medida, quizás le invadió un temor, un afán en medio de la tempestuosa noche.

La casa guardaba sus silencios para momentos así, había sido la primera casa que tuvo alumbrado y la primera en tener un árbol de limón, de los árboles de durazno que abundaban en el patio trasero se construyó una gran muralla, para trancar la puerta, y se estrenó el día que los seguidores de las guerrillas intentaron tomarse la casa, tatuaron aquella tarde de verano sus iniciales en la puerta,  no usaron pintura usaron balas y machete, por esa razón se cambió la puerta y se pintó la calle, por esa misma razón dejo de llamarse la calle de las animas para convertirse en la calle del pintor.

Luego de ver el reloj Caterina trancó la entrada y con el cerrojo atornilló su angustia para continuar dando un respiro hondamente, el gato seguía mirando al vacío, las cartas la llamaban a terminar la consulta, barajo el mazo y tiro, el 9 de oros  resplandeció como la luz de un tren, tenía que ser una broma, la muerte estaba presente y le estaba dando un aviso, el mismo aviso que le dio a la señora del almacén al final de la calle, fueron apenas unos minutos antes de que el avión perdiera altura y se desplomara en su cuarto. Caterina apretó los dientes y espero que un avión cayera en su living, a lo lejos se escuchó música y algarabía, era  la fiesta de los graduados del colegio municipal que festejaban el fin del ciclo escolar. A las 11:30 una turba de gente corrió gritando por la calle, Caterina cerró la puerta del patio y se acostó, cortaron la electricidad.

La ventana se estremeció con furia, y unas manos penetraron la cortina, ella grito.

—¡Que mierda! ¡Dios mío! —

    La campana de la iglesia, era la que ahuyentaba las cosas malas. La campana de bronce nunca sonó la noche del 13 de noviembre de 1985. Todo el pueblo amaneció arrasado, la casa de Caterina se derrumbó. Aunque le llamaron, he intentaron entrar por ella, no la pudieron rescatar. Apareció en la tele que solo el gato pudo salir de allí, lo encontraron en el cementerio restregándose en las tumbas  junto a un puñado de personas cubiertas de fango y lodo hirviente, la avalancha no los pudo silenciar. Hoy se llama la calle del gato negro, los milagros son así.

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