Mientras caminaba, observé a un pequeño patito. Él estaba en la calle, con una mirada curiosa y avanzando con pasos torpes. Sin embargo, un coche despreocupado lo pasó por arriba. Mi corazón se detuvo y volvió a latir cuando comprendí que no lo había aplastado. Cuando recobró el equilibrio se dirigió a una alcantarilla. Allí, apareció un pico que lo tomó con cuidado y se lo llevó a las profundidades.

Suspiré aliviado y seguí mi camino hasta mi refugio: El taller de escritura.

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