Promesas incumplidas

Promesas incumplidas

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Mi madre jamás iba a recogerme al colegio, por eso, aquella tarde que fue por mí y solicitó a la maestra permiso para mi salida anticipada, me extrañó bastante; no podía imaginar qué ocurría, pero tenía que ser lo suficientemente grave para que hubiera ido a buscarme.

Cuando salí, su mirada furiosa me fulminó. Hice un recorrido mental del día anterior y las posibles ofensas en las que hubiese podido incurrir y no encontré nada que justificara su semblante.

Todo comenzó a tener sentido cuando, apretando las mandíbulas, me exigió una respuesta:  – ¿Qué significa esto? ¿No te dije que te cuidaras de Alfredo? – espetó, abofeteándome y lanzándome a la cara un sobre blanco.

Aterrada, tomé el sobre del piso y lo abrí. En la carta, una madre le explicaba a la mía, la absurda versión que su perverso hijo contó. Dijo que, ebrio, entró a la habitación a buscar algo cuando por accidente cayó sobre mi cama, y me acusó de haber interpretado eso como acoso.

La verdad era otra: tenía 11 años, cuando estando de visita en casa de su madre inició el hostigamiento del depredador 20 años mayor que yo. 

La primera vez, durante un paseo en el parque, simuló ser cariñoso e inocente mientras me asía con fuerza  la mano y la acercaba a sus genitales, fingiendo que, cualquier roce en esa zona era incidental.

Otra ocasión, me regaló  un rompecabezas de «Caperucita y el Lobo», aprovechando que le entregaba su ropa limpia, e intentó persuadirme de dejarme tocar debajo de la falda, me negué rotundamente mientras huía llevándome el regalo, aun me apesadumbra habérmelo llevado. 

La cúspide de su estupidez, fue aquella madrugada que se metió en mi cama mientras dormía; se acomodó detrás de mi,  sujetándome fuertemente contra su asqueroso cuerpo. Desperté aterrada y gritando pedí ayuda, él salió corriendo desnudo como el gran cobarde que era.

«Cuídate de Alfredo», incesante retumbaba en mi cabeza la exigencia materna que no pude cumplir. Avergonzada y desolada, lloraba entre penumbras mientras me prometía que ese suceso nunca lo sabría nadie, tampoco pude cumplirlo.

No pasó a más, pero en mi ignorancia infantil, atemorizada creía que, por «haber dormido» con un hombre podría estar embarazada, naturalmente no fue así. 

Ya pasaron años, y aun me pregunto si su elección fue premeditada o  casualidad, pero un día, de un flashazo descubrí asombrada que, aquel pervertido se había proyectado en aquel rompecabezas: yo fui «Caperucita» y el fue el Lobo… 

Puntúalo

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