Cuando el dolor y la tristeza se desplazan desde el alma hasta las células de la piel, el setimiento es profundo. Cuando la soledad se hace cargo del destino incierto que navega inseguro por los caminos de la vida, el sentido de la existencia se torna inútil.

El abandono, tal como suena, significa descuido. Se descuida el alma, el cuerpo, los sentimientos, el amor, la vida, la alimentación y muchas cosas más que crean un abismo entre el derecho a recibir y la necsidad absoluta.

Las sombras del temor se prenden del dolor que produce el abandono y crean una trama de inseguridad que no responde a ninguna ley de protección.

Pero también el abandono es dejar a una persona o cosa en la terrible situación de impotencia a cargo del destino.

Así se abandona a un niño, a un anciano, a una madre, a un padre, a un amigo, o a un perro fiel que la calle luego recoge con su oferta tan pobre y sacrificada. Las historias de abandono existen en las familias a pesar del deseo de quitarlas del camino y enviarlas a un desvío imaginario trazado para el caso. Ese espacio que ocupa el costado oscuro de una familia, deja huellas imborrables.

Los abandonos de la historia quedaron grabados en nuestro conocimiento y ¿quién no recuerda a Rómulo y Remo? o al estratégico abandono de Moisés, salvado de las aguas para dejar en la historia de la humanidad un memorial de la época.

Pero tengo un recuerdo… un agujero negro en la crónica familiar que nunca se pudo cegar pues dejó un abismo profundo entre lo claro y lo oscuro, obviando los derechos para caer en la indiferencia más cruel.

Una madre joven, apuesta y sin límites, dejó a su pequeña hijita en la cuna llorando para ir detrás de un nuevo amor. Su esposo estaba trabajando.

La historia no tiene agregados, el tiempo acompañó la crianza de la niña que junto a sus abuelos recuperó el hogar que cruelmente le quitaron. Su padre falleció al poco tiempo.

Nunca quiso saber de su madre, nunca quiso eliminar la brecha incierta que separaba su destino reprochable de la verdad que podía escuchar. Creció, fue madre, amó a su hija.

Abandonar es también dejarse dominar por un afecto o emoción que tenga una intensidad mayor que el amor a los seres queridos

No deseo juzgar, solo resaltar que el sentimiento de abandono conlleva el dolor profundo de la soledad que sumerge en el infierno cruel del desamparo, generando sentimientos de rechazo que van desde el alma hasta las células de la piel.

FIN

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