No me lo esperaba. Cómo me lo iba a esperar si hace menos de un mes no había manera de quitarle la idea de vivir juntos. Me he tenido que agarrar a su brazo para disimular la impresión. Él se lo ha tomado como un gesto de resistencia y me ha dedicado una mirada fría e hiriente. Luego su expresión se ha ido dulcificando a medida que me responsabilizaba de ese arranque imprevisto, de la sorpresa que me ha hecho ir a sacarlo de la cama para pedirle explicaciones, y al final parecía más avergonzado que iracundo. Ha terminado disculpándose por haber sido incapaz de decírmelo a la cara, antes de colgar la bomba en las redes sociales.

Llevaba varios días sin saber apenas de él, lo cual era más un alivio que una inquietud, pues su abrumadora insistencia de los últimos meses estaba a punto de sobrepasar el límite de mi aguante. A ningún otro hombre le habría consentido jamás que me despertara de madrugada para contarme el número de pasos que había dado después de cenar en mi casa, o los datos de la gráfica que leía en su ordenador, conectado por bluetooth a la pulsera inteligente, que detalla el ritmo cardiaco en bloques de cinco minutos, las calorías que quema en el gimnasio mientras pedalea hablándome por el móvil y no sé cuántas prestaciones inútiles que ni me van ni me vienen Y nunca, por nada del mundo, contestaría inmediatamente a nadie que no fuera él, utilizando el emoticono del corazón rosa rodeado de un lazo amarillo, en respuesta a mensajes infantiles del tipo: I love you an egg. ¡Por favor! ¿Qué más prueba de amor?

Le resulta inexplicable que rechace una vida cómoda a su lado. No le entra en la cabeza que hay quien necesita vivir en compañía y quien no. Desde el día que me quedé sin trabajo, ha intercalado el ofrecimiento de compartir gastos en cualquier conversación. Qué pesadez. Cuántos intentos de manipular los ánimos en el momento que se encuentran de capa caída. No, no, y cien veces no. Aunque mis planes sean tan inciertos que podrían considerarse casi inexistentes, quiero conservar el mundo propio, por lo menos de momento. Si en el futuro decido compartirlo con quien sea, no quiero que sea por necesidad. Un punto de vista que él considera una ‘absurdez’, además de un alarde de orgullo innecesario entre dos personas que se quieren. Todos necesitamos a alguien lo reconozcamos o no, dice a menudo. Y en su caso, obviamente es así. De otra forma, no se casaría dentro de dos semanas con una mujer de la que conoce poco más que su buen hacer cocinando y un cuerpo tan apetecible como los huevos fritos que le hizo la primera vez que fue a sacar a los perros de paseo. Él no soporta salir de casa temprano ni recoger las cagadas de los animales, así que delegó esa obligación, como delega otras tantas, en empresas que se anuncian en internet.

La noticia me ha llegado a través de su perfil de WhatsApp. Lo debió de cambiar anoche después de varios meses con una foto nuestra, un selfi en el que se nos ve deformes, una efusiva y el otro indolente. Es del día que inauguró su casa domótica y solitaria, demasiado grande y perfecta para un hombre que no sabe vivir solo, la que todavía hoy me ha ofrecido compartir, con esa rabia que se le pone en la voz cuando sabe que le espera una negativa, y que camufla en una sonrisa para amputarla después con sarcasmos.

—A ella no le importa que vivas con nosotros, tú te lo pierdes. —Algo incómodo, ha erguido la cabeza y se ha esforzado en sonreír—. ¿Qué te parece? Es guapa, ¿no?

—Es perfecta para ti, papá. Solo me fastidia tener una madrastra más joven que yo.

Me ha mirado implorante buscando en mis ojos un cambio de opinión que, evidentemente, no ha encontrado. Nos hemos despedido entre risas, bromeando, con la promesa de vernos mañana, hoy ya, porque se han hecho las cinco sin darme cuenta. No puedo pegar ojo pensando en cómo será la mujer que hace que mi padre vuelva a ver el mundo en tres dimensiones.

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