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Jamás supuse que un mensaje absurdo sería el inicio de mi calvario. Cuando leyeron la segunda frase actuaron de un modo fulminante. Esta es la traducción literal del correo que le envié a Nadira: «Todavía espero recibir una respuesta sobre lo que hablamos en Berlín. Dime algo cuanto antes, o mi cuerpo se desintegrará en el primer centro comercial que encuentre». Si escribí algo así, fue porque le había confesado a Nadira la aversión que me provocan las aglomeraciones de los grandes almacenes.

Conocí a Nadira a principios del pasado verano. Yo me sentía en un buen momento, ya que después de estar casi un año sin trabajo, una empresa especializada en proyectos de robótica industrial me había contratado. Me asignaron formar parte del equipo que promocionaría la marca de la empresa en una feria que se organizaba en Berlín. Al segundo día de estar allí, empecé a sentirme asfixiado entre tanta multitud. Hablé con mis compañeros, y salí del pabellón para tomar el aire y dar una vuelta por los jardines. Me acomodé en un banco, bajo la sombra de un haya. Cuando conseguí calmar los nervios, me sumergí en la pantalla del smartphone; hacía un par de días que lo había comprado, y estaba ansioso por descubrir las nuevas aplicaciones.

De pronto, una sombra se detuvo ante mis pies. Una voz femenina me saludó y elevé la mirada. Observé la melena oscura que flotaba entre el azul del cielo. En medio de aquella mata de pelo brillaron unos ojos de pantera, verdes y afilados. Preguntó si podía sentarse. Me desplacé un par de palmos, para dejarle un buen espacio. Dijo que vivía en Potsdam, y que había aprovechado su estancia en Berlín para visitar a un familiar que trabajaba en la empresa responsable del mantenimiento de la feria. Se interesó por mi smartphone. Le informé con regocijo que aún lo estaba estudiando, y que gracias a aquel aparato tan evolucionado, podía controlar los archivos de mi ordenador, desde cualquier lugar. Nadira exhibió su blanca sonrisa y me preguntó si conocía un restaurante económico por aquella zona. Le dije que en menos de una hora finalizaría mi jornada, y que si no le importaba esperar, podía acompañarla al restaurante en el que yo había comido el día anterior.

Tuvimos una conversación tan fluida en el restaurante que después le propuse ir al hotel, para echar una siesta. Me sorprendió el entusiasmo que mostró ante tal propuesta. Una vez en la habitación del hotel, encargué que subieran una botella de champán. Nadira apenas bebió un par de sorbos. Prefirió coger un refresco de la nevera. Seguimos charlando, hasta que se tumbó sobre la cama y cerró los ojos. Contemplé su cuerpo esbelto, y su rostro terso y dorado como el ámbar. Me acomodé a su lado y deslicé la mano hasta sentir el tacto de su brazo. Mis dedos recorrieron su piel, muy despacio. Sonrió cuando empecé a desabrocharle la camisa. Descubrí el sabor de sus labios y me sacié en los rincones ocultos de su cuerpo. Luego me atrapó entre sus muslos y cabalgó hasta dejarme exhausto. Se dejó caer sobre mí y permanecimos en silencio. Su cálido aliento envolvió mi cuello, como un pañuelo de seda.

Unos minutos después me serví otra copa. Ella se acercó y me besó fugazmente. Dijo que necesitaba realizar una llamada y buscó el teléfono en su bolso. Soltó un par de gruñidos: se había quedado sin batería y no llevaba el cargador encima. La tranquilicé y le ofrecí mi smartphone. Mientras tanto, yo tomaría una ducha. Ese fue mi gran desliz. También debí preguntarme qué demonios hacía una veinteañera exuberante con un hombre que podía ser su padre. Nadira no dejó una sola huella en mi smartphone. Tampoco rastros digitales.

A las siete de la tarde la acompañé hasta la estación de tren. Cuando nos despedimos, me aseguró que pronto vendría a Tarragona, para estar unos días conmigo. A pesar de mi insistencia, jamás volví a verla. Nuestro contacto quedó limitado al intercambio de correos electrónicos.

El día tres de septiembre, en plena madrugada, me despertó un estruendo terrible. Era como si una jauría de lobos hambrientos subiera por las escaleras. Ni siquiera tuve tiempo de pulsar el interruptor de la lámpara. Un griterío ensordecedor inundó la habitación y varias linternas escupieron su luz contra mi rostro. Sin tiempo a reaccionar, me sacaron de la cama y me empujaron escaleras abajo, hasta encerrarme en un furgón. Me dejaron allí medio desnudo, con las manos esposadas y los pies encadenados. También registraron la casa. Confiscaron mi ordenador y todo el material informático que encontraron. Perdí la noción del tiempo sobre el suelo metálico del furgón. Me removí como un gusano, buscando la posición menos dolorosa. Sólo se escuchaba el rumor sordo y lejano del motor.

Supongo que me llevaron a una especie de comisaría clandestina. No vi a ningún otro preso. Me obligaron a estar despierto una infinidad de horas. Las preguntas y acusaciones cayeron sobre mí, como una tormenta de granizo. Yo no entendía nada, hasta que me dijeron que desde mi ordenador había salido información destinada a un comando terrorista instalado en Madrid. Aquel grupo pudo causar una masacre de no haber sido interceptado. Mi ordenador se había convertido en una especie de caballo de Troya, donde se almacenaban docenas de mensajes encriptados que permanecían ocultos, y luego se diseminaban hasta las terminales de los activistas.

Los peores momentos llegaron cuando un par de individuos enormes entraron en la celda. Yo llevaba encerrado dos o tres días en aquel habitáculo nauseabundo e iluminado con la miserable luz de una bombilla. Estaba agazapado en un rincón, intentando dormir para disipar la confusión que oprimía mi cerebro. Los dos mastodontes empezaron a gritarme y a darme patadas en las piernas. Me agarraron por los brazos y me arrastraron hasta otra celda. Allí había mucha luz. Sentí un pinchazo en los ojos cuando las columnas amarillas de los focos chocaron contra mi rostro. Me cubrieron con un saco de plástico transparente. Uno de los individuos me sujetó por el cuello y sumergió mi cabeza en un depósito lleno de líquido oscuro y viscoso. Prefiero no saber que clase de sustancia era. Mientras, el otro no cesaba de darme puñetazos en los riñones. Hasta que perdí la consciencia y me dejaron caer al suelo. Cuando me recuperé, me mostraron una pantalla en la que pude verme al lado de Nadira, cruzando la puerta del hotel. Me informaron que aquella joven se había inmolado en un centro comercial de Beirut, causando nueve víctimas mortales. Yo tenía tal nudo en la garganta que fui incapaz de articular una palabra. Una lluvia de bofetadas sirvió para deshacer el nudo. Entonces, con un lento balbuceo, conseguí explicarles cómo había conocido a Nadira, y la relación que mantuve con ella. Se echaron a reír y me insultaron: ¡Serás imbécil! ¿Quién te crees eres? ¿George Clooney? ¿Nos estás diciendo que mientras haces negocios en las ferias, las veinteañeras se te lanzan a los pies? Y siguieron los golpes.

Estuve un par de días más en la celda húmeda y oscura. Comiendo bazofia y bebiendo agua maloliente. Hasta que me cargaron de nuevo en un furgón para llevarme a un edificio vallado y oculto entre los bosques. La habitación era confortable. Una luz diáfana cruzaba la ventana. Pude ducharme y dormir sobre un buen colchón. La comida me pareció deliciosa, y el agua era limpia y cristalina. Cada día me visitaba un médico. Estuve allí un par de semanas, hasta que llegaron dos hombres trajeados y me invitaron a firmar unos documentos. Me dijeron que podía sentirme afortunado, ya que de ese modo, me libraría de un montón de años en la cárcel. Reconocieron mi inocencia, y yo aseguré no haber recibido malos tratos. Todo me daba igual. Sólo desaba recuperar mi vida.

Recuperé la libertad, pero mi vida cambió de nuevo. La empresa me rescindió el contrato y otra vez estoy buscando trabajo. Los vecinos del barrio me observan con recelo. Apenas me saludan. Creo que muy pronto me largaré de esta ciudad.

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