Que alguien me enseñe a titular un poema

Que alguien me enseñe a titular un poema

Eduardo Parro

25/07/2018

GIMNASIA POÉTICA (para el verano)

El diecinueve

En tu boca

al mirarme cansada

reconozco mi cansancio

si me miro.


Y no me preguntes
cómo esto

me llena de esperanza.


A que cuando llegue el día

y nuestros pasos cortos,

pero cortos,
cortos,

cortos,

también se cansen

de las hojas amarillas,

con lo bien que crujen,

(con lo que nos gusta el otoño).


A saber que,

cuando llegue el día,

si quiero mirar mis manos

alcance con buscar en tus bolsillos.



El dos

Hace dos hablamos poco

casi nada

diecisiete horas

cuarenta minutos

cincuenta y tres segundos.


El año pasado lo calcamos,

minuto arriba

minuto abajo.

Sin contar las horas muertas

leyendo tus correos.


Este año

vamos por el mismo camino.


No son siempre las mierdas del trabajo

a veces adivino algo

entre pásame la ensalada

o mañana viajo.


Aún recuerdo aquel verano.

Había otra chica

y el mismo inútil;

el agua entre mis manos.


A los quince me quedaron todas

y aprendí a espiarla.

Ella en la piscina

yo en mi ventana.


Menos mal que ahora han inventado el whatsapp.


Así que me veo

en nochevieja

con cara de nuevo,

esperándote.

Tu puntito en mi ventana.


Y luego

otras diecisiete horas

con sus cuarenta minutos

y cincuenta y tres segundos.


El diez

Si me preguntan por mi lugar favorito en el mundo

(siempre hay alguien haciendo las preguntas más idiotas)

yo diría que la ermita,

diría que la ermita aquella noche.


Eso sí,

tendría que olvidarme de la niña

y mira que es imposible.


Olvidarme de la niña

que ahora se columpia

en el parque de la ermita,

en el columpio que baila

en el hueco del banquito,

ese que, antes,

usábamos para mentirnos.


Olvidarme de la niña

que ahora se columpia

y me pide que la empuje,

que le ate el zapato,

que no sabe que los bancos

sirven para mentirse.


Pongamos entonces que la ignoro,

aunque sea imposible

yo la ignoro;

va el idiota
y sigue preguntando,

que si es por la luna

o si es el paisaje.


Yo le digo: ¿el paisaje?

el paisaje es bonito,

con sus blandas colinas

con la peña al fondo,

donde duerme el sol

cuando sube el Cristo.


¿Es que soy ya el viejo
que mira el paisaje?


Porque la noche que digo,

la de la ermita,

que si había luna

ni me pregunten…

yo no vi ningún paisaje.

Estaba ella.

Y había un banco que estaba duro.

Había una noche, que se acababa.



El treinta

Hemos inventado un juego nuevo en la piscina.

Ella lo juega a vida o muerte, todas las tardes del verano.

Los dos flotamos en lo hondo, sobre la estrella que el año pasado daba miedo.

Empieza así:

ella me da el corcho de su espalda y sale disparada hacia el bordillo.

Yo solo tengo que hundirme y esperarla sentado encima de la estrella.

No es tan fácil con el corcho, pero es mi misión.

Su chapoteo dibuja un pequeño caos de olas que se alejan.

La imagino avanzar a lomos de esas brazadas en que parece que se ahoga

y yo parece que confío.

Cuando sale, el cielo tarda un poco en quedarse quieto.

Todo es azul y la falta de oxígeno sabe dulce.

El agua amortigua el sonido de sus pasitos por el bordillo.

Tiene que dar una vuelta entera a la piscina.

Es lo pactado.

Mientras, yo puedo mirar al sol sin apartar la vista,

o recortar tu cara en la sombra del limonero.

A veces temo un poco,

si pienso que puede entretenerse con el vuelo de una mosca,

o con la hormiga que cruza su desierto de granito.

Porque si fuera como yo es fácil que ocurriera.

Pero ella es mejor.

Ella salta y estallan la luz y las burbujas.

Justo como el día que entró en mi vida.

Y viene hacia mí…

buceando…

estira el dedito…

Y me salva,

porque ella aún sabe que es a vida o muerte.


El veinte

Pronto hablará y dejaremos de entendernos.

Cuando no señale con el dedo las cosas que le gustan.

Su madre, la pelota, la luna si está roja, el aire en la palmera, la pelusa de mi ombligo.

Sobre todo su madre y la pelota.

O cuando ya no junte su cabeza a mi cabeza.

Así él toca lo que intento cuando uso la palabra gracias.

Quién sabe.

Quizás él, un día,

si tampoco sabe bien cómo explicarse

se invente una poesía.



AGUJETAS (Más de verano que de gimnasia)

Que se acabe ya

Quiero que acabe el verano.

Volver a mi cielo vacío de estrellas

y que la luna desaparezca.

Detrás de esa nube, por ejemplo,

la que mira como un insecto
a punto de atacar.

O mejor huir a una isla desierta,

a una con cueva bonita,

pero sin playa,
sin playa por favor.

Quiero leer muy solo en mi cueva.

Que no me miren como a un marciano asesino.

Bueno, ahora en serio.

Debería participar más en las conversaciones de adultos.

Saber de colegios bilingües, al menos algo.

No quedarme ahí embobado, cuando me hablan,

pensando lo que decía el Rus en aquel botellón.

Que al masturbarse se metía un boli bic por el culo.

Puto Rus.

Era mágico el momento del tercer cubata.

Te daban la palabra y podías confesar cualquier cosa.

Cualquier cosa.

Pero mejor volvamos.

Quiero que haga frío y hundirme en mi sofá

a sentirme desdichado porque no llega el verano.

Quiero a mi pequeño corazón de vuelta

a sus viejas obsesiones de escritor pequeño.

Que si estrellas, que si lunas, que si pájaros o trenes.


Pero qué miran

La gente sólo llora en el verano.

Que yo sepa.

Cuando miran al mar.

Descubren un cacho de vida escondido detrás de la oreja

y lo mojan y lo secan.

Lo mojan y lo secan.

El cacho tirita,

tiembla de vida.

Lo habían esquivado todo el año.


Quizás un perro

A menudo deseo que me lancen un hueso.

Quedarme tirado con él en la alfombra.

Acoplando el hocico entre mis patas.

Aunque mejor no.

Eso me haría aún más raro.

Mejor irme a otra habitación.

Con un libro pero sin leer.

O tumbado pero fingiendo dormir.

A escucharles.

Se ponen una copa.

Remueven el café.

Esta es mi forma de estar entre amigos.

O en familia.

No es gran cosa, pero es lo que puedo ofrecer.

Por ejemplo meses, o un año sin vernos.

Un fin de semana, una casa rural.

Ellos salen a pasear entre los castaños.

Me quedo a ver el fútbol, les digo.

Vuelven pronto.

Oigo sus pies aplastando los guijarros del camino.

Me asomo a la ventana y los veo.

Les saco la lengua, salgo en su busca, muevo el rabito.

En fin, descubrí esta verdad la otra tarde.

Mirando al mar.

Estaba colgada en mi oreja izquierda.

Y no tuve más remedio que aceptarla.


Pasado el Mariblanca.

Aquel verano nos quedamos en Móstoles.

Ni playa ni pueblo ni nada.

Salíamos a cenar a Los Faroles, o al Bar Jardín.

Bravas, chopitos y lo que hubiera.

Pero siempre bravas y chopitos.

Al volver papá me subía a hombros.

Yo enterraba mis dedos muy dentro de sus rizos.

Había unas vistas impresionantes:

mamá bailaba dentro de un vestido blanco

y empujaba el otro carrito.

Era como un sueño.

Así todas las noches,
menos la última.

Pasado el Mariblanca,

papá no se inclinó con sus brazos
ofrecidos

y Laura empezó a luchar por su lugar en el mundo.

Así que me quedé abajo

en silencio

caminando muy quieto.

Mamá me daba pellizcos suaves en la nuca,

pero no era lo mismo.

Mi hermana me miraba desde arriba.

Yo tendría tres, cuatro años.

No lo sé.

Es un recuerdo inventado.

La única explicación que encuentro

a esta tristeza de que acabe el verano.




MEJOR MOJARNOS

Ansioso estaba de Octubre para pedirle agua,

menos virus tejidos por banderas

(maraña de mentiras al aire)

y más mojarme en su boca.


Otra vez ocupado

en ponerme a salvo mientras todos discuten,

y mirarlos desde este lado de la raya,

en que un día decidí nos quedábamos los cuerdos.


¿Pero qué culpa tienes tú de ajarte

y llenarte de odio?


Naciste hinchada de futuro.

Zumbando de colores te comías el aire

y en tu baile se borraban los límites del cielo.


La primavera respiraba ebria de flores

cuando nos pusimos de acuerdo.

No sabíamos en qué, pero estábamos de acuerdo

y sonreíamos.


Te inventamos para resumirlo todo:

la fresca corriente del río, la mirada limpia del niño,

la luna brincando, de noche en noche,

o la mano firme del viejo, aferrada al mañana.


Abrazada al mástil dices lo que no sabemos explicar.


Y todos lo entienden

y todos te aman.

Porque es fácil,

porque no les pides más que te amen.


¡Y quieres tanto al que te quiere!

Lo cobijas,

señalas su lugar en el vasto mundo.

Lo arropas cuando duerme y, al oído,

susurras su nombre.


Pero no me interesa la parte en que pasa el tiempo,

(nunca me interesa la parte en que pasa el tiempo)

cuando vacías su cabeza de preguntas,

cuando usurpan tus hilos para manejarse,

invocando la sangre de hermanos contra hermanos.


Y te exaltas.

Y un día, exhausta,

amaneces, colgada, en las ventanas.


Eres un pellejo de miedo al futuro.


Una como tú viene a sucederte,

en nombre del enésimo sigloveintiuno.

Adornará de primavera otros balcones,

jirones del mismo sol cargados de pasado.


Lo intenté y no pude.

Vuelvo a renegar de ti.

También es fácil.


¿Qué culpa tengo yo de ajarme

y llenarme de miedo?


Me rindo.

Tampoco quiero incertidumbre.

Os quiero ahí,

cuantos más mejor,

en el bando de los locos.


Así que Octubre,

viejo amigo, te lo pido:

más agua y menos banderas.

Y mucho más mojarme en su boca.

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