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El hombre llego contento al vivero. Estaciono su bicicleta y se dirigió a la encargada.

– Buen día, busco un árbol de mandarinas.

– Buen día. ¿Y dónde lo vas a plantar? 

Le preguntó ella caminando hacia acá.

– En la puerta de mi casa. 

Dijo él. 

– ¡Qué buena idea! 

Agregó la señora mientras nos alzaba en sus brazos y nos ponía en los de él sugiriendole que nos llevara. 

El hombre no dudó. Agradeció y pagó. Nos subió a la bici y partimos juntos. El saludando y agradeciendo. Ella deseandonos crecer bien. Nosotras desconcertadas ante nuestro destino.

Ahora somos extrañas criaturas en el barrio donde las calles, desde casi un siglo atrás, fueron habitadas por árboles Paraíso.

Tomamos el lugar de uno que murió podrido por dentro y el gobierno de la ciudad lo arrancó. Lo trozaron en pequeños segmentos que, una vez secos, fueron protagonistas del fuego para asar carnes y generosos bancos de patios. 

– ¿Qué es? 

Preguntó una vecina mientras el hombre nos plantaba ayudado por sus pequeños hijos.

– Mandarinas. 

Contestó él. 

– ¿Y piensa sacar alguna madura? 

Preguntó sarcasticamente la doña. 

Sin dejar de plantar, el hombre amaso su respuesta por unos instantes, mientras pensaba: «lo estoy haciendo para que sea de todos que es lo opuesto a mias o de nadie». 

– Sacar alguna madura o no será un logro o un fracaso comunitario.

Le dijo cuando ya la vecina se alejaba sin escucharlo.

Ahora estamos solas junto a omnibus, autos y motos que pasan a demasiada velocidad ante la indiferencia de humanos, perros y otros seres vivos. Sintiendo un desafío que no conocíamos porque nuestras mayores siempre nacieron y crecieron en lugares privados. Sin saber ser públicas quedamos, por vez primera, en la calle.

Crecimos pensando en esto hasta sabernos sólo capaces de nacer, crecer y morir en nuestro árbol. 

El hombre habia propuesto a las autoridades sustituir los árboles de la ciudad por frutales. Le dijeron que no era posible por el mantenimiento. Lo creyó falso, pero no le dieron ganas de discutirselos. Les preguntó si lo podía hacer en la vereda de su casa y ante su sorpresa le contestaron que si, siempre y cuando él se hiciera cargo. Aceptó, diciéndose bajito, para si mismo: «acción directa, plantare mi arbolito y dejaré mi legado para contagiar las ganas de que otros frutales habiten las calles como consecuencia de mi intervención».

Más tarde comprendió que las autoridades tercerizaron en él su responsabilidad pública. Ningún vecino plantó ningún árbol frutal en la calle. Nunca ninguna de nosotras llegó a madurar en el árbol. Nos arrancan verdes. Y jamás vecino alguno hizo otro comentario que no fuese más que su más simpático que lindo.

Mientras nuestro árbol, nosotras y los hijos de aquel hombre no dejamos de crecer.

                       FIN

      SANTIAGO SIERRA 3473

     MONTEVIDEO – URUGUAY

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