Hace tres años me instalé en Ventas con sensación de desahucio más que de mudanza. Buscaba un barrio barato y bien comunicado para superar una crisis personal.

Encontré un pequeño apartamento a buen precio en una de las calles más cortas de Madrid, Raquel Meller: 184 pasos cortos (los míos) separan el inicio de su final y solo 20 una acera de la otra. Pocos pasos y dos mundos.

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A un lado, Alcalá: el mejor supermercado de la zona, tiendas de todo, la parada del metro, varias líneas de autobuses, casas de clase media, algún bar y una iglesia. 

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En el otro, Virgen de la Alegría: viejas casas-colmena, un mercado de abastos en  decadencia, varios prostíbulos, la oficina de (des)empleo, muchos bares y otra iglesia. En los dos, mendigos que circulan integrados en el paisaje urbano.

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Mi calle hace de puente entre esos mundos. Aquí las fronteras no existen, todo es sana contaminación.

En Raquel Meller solo hay dos edificios, uno de oficinas y otro de viviendas. Sus bajos están ocupados por una agencia de viajes que incita a la burocracia, una incierta casa de apuestas deportivas, un mercado gourmet de las ofertas, tres malos restaurantes, un bazar chino muy castizo y cuatro baretos.

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Por eso aquí el tiempo parece tridimensional: se escurre entre el horario de oficina, el de las tiendas y el de la vida cotidiana atrincherada en las casas. Yo he descubierto una cuarta dimensión.

Al volver a mi casa de hacer la compra paso por esos locales. Delante de los que están abandonados suelo encontrar restos de comida esparcidos al lado de una papelera siempre vacía. 

A veces, al pasar con mis bolsas repletas de comida, desfilo con urbana naturalidad delante de los comensales. Una joven pareja de rumanos que devora con las manos su comida-cena. Mi vergüenza también pasa de largo.

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De Ventas me molesta la suciedad, las aglomeraciones constantes en torno a las tiendas  y las apariciones frecuentes de mendigos-fantasma. 

Aquí los mendigos están negros de suciedad y van vestidos ostentosamente de pobres. Llevan chándal, sandalias y calcetines, faldas ajadas y jerséis dados de sí. Muchos pasan el día haciendo tiempo cerca de mi casa hasta que dan las nueve y van a dormir encima del puente de Ventas, sobre el caudaloso río de tráfico de la M30.

En Avenida de América, donde vivía antes, las calles eran anchas, estaban limpias y llenas de terrazas. Los mendigos eran aseados, iban de camuflaje y tocaban el acordeón. Vivir allí era más fácil, se podía mirar sin ver. Hacerlo aquí cuesta más trabajo.

Por Raquel Meller dejamos cada día jirones de nuestras vidas sistemáticos oficinistas, aburridas amas de casa, bebedores fieles, prostitutas con sueño, residentes de orden, mendigos venidos a menos y puteros venidos arriba.

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Todos compartimos un espacio en el que nos intuimos sin indagarnos a pesar de los pocos pasos que se empeñan en no separarnos. Solo los mendigos insisten en dejar rastros para hacerse notar.

CALLE RAQUEL MELLER, MADRID.

FIN

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