El silencio habitaba cada rincón de la casa. Su madre estaba en la cocina, cortaba en dados unas patatas peladas. Se escuchaba el lejano borbotear del guiso en la cacerola. Se abrió una puerta en el pasillo, un anciano salía del cuarto, arrastró sus pies hasta el sillón frente al balcón entreabierto y entre quejidos sordos se sentó perdiendo su mirada en las sombras de las cortinas. El mediodía de agosto fundía en rojo las calles pero en aquella casa apenas se sentía un poco de calor. Clara no quería molestar con sus charlas interminables, ella también estaba triste. Miró por primera vez esa mañana la foto de su padre. Lleno de vida y sonriendo  mostraba un pez, ella juraría que un salmón, que logró en unos de aquellos días felices en que se dedicaba a su afición favorita. No hacía mucho, uno o dos años quizás. El marco negro que orlaba la instantánea y la vela que lo iluminaba no le gustaban ni un pelo. Junto a él una figura de un pequeño Cristo crucificado hacía más tétrico aún todo. Pero su madre encendía cada mañana aquella lamparilla como homenaje y recuerdo a su marido. Porque él ya no estaba, su padre había muerto la semana pasada. Clara le miró de nuevo y recordó todo en un instante: sus primeros malestares, las idas y venidas al médico, el ingreso, la vuelta a casa y el fin. Parpadeó rápido para que las lágrimas no llenasen sus ojos y sorbió levemente.

  Entró en su habitación y se sentó en la cama. Abrió sus manos y encendió la pantalla de su móvil, buscó entre sus vídeos y pulsó en uno de ellos. Entonces le oyó, le vio, escuchó su risa, paseaba por la playa el último verano, le hablaba de una concha que encontró en la arena. Se cortó la imagen. Lo volvió a poner. Otra vez su cara, sus manos, su rostro sobre el horizonte azul del cielo y el mar juntos. Y otra vez. Y otra vez. Y otra vez. No se cansaba de verlo. Lo cambiaba de carpeta, lo bloqueaba y lo volvía a ubicar en otro lado. Todo por conservarlo, guardarlo como un tesoro.

  Se lo quiso enseñar a su madre.

  —  Hija no, por Dios. Es muy pronto para esas cosas. Borra eso anda Y deja un rato el dichoso aparato. —  le soltó casi entre sollozos.

  Se lo quiso mostrar al abuelo.

  — No, no. A mí déjame de esas cosas modernas — decía mientras movía sus manos alejándola.

  No entendía nada. La foto también mostraba a su padre en vida, también provocaba el dolor del recuerdo. Sonrió apenas y apretó contra sí aquel pequeño teléfono que llevaba en sí algo precioso. Un pequeño milagro en medio del dolor, algo que nada ni nadie podrían quitarle nunca. La imagen viva de alguien que ya no estaba. 

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