El despertar de las sensaciones

El despertar de las sensaciones

Javier Reiriz

10/07/2024

Los últimos rayos de sol se extinguen sobre los tejados de la vieja aldea, anunciando que la calidez de la tarde está llegando a su fin y que pronto empezará a refrescar. Así ha sido siempre y así será, en ese idílico lugar del Macizo Central Ourensano, donde cielo y tierra semejan no tener costuras y convergen íntimamente hermanados.

El otoño va ya avanzado y por las noches hay que encender la lumbre con buena leña de roble, leña que aguante bien la inexorable acción destructiva de las llamas, no ya porque el incipiente invierno esté llamando a las puertas, sino porque en el interior de las casas, de gruesas paredes de piedra cincelada con el sudor de sus moradores, se echa en falta ese fuego reconfortante, ese calorcito que templa los corazones e invita a recogerse junto al hogar. En el centro de la aldea, siguiendo la única calle revestida de cemento —aunque mal resuelto— se halla la antigua panadería, hoy cerrada al público. En su escaparate ya no se expone pan, ni dulces, ni empanadas de todo tipo, como en los años prósperos. Ahora las estanterías están vacías, aunque, eso sí, pulcramente limpias, lo que hace sospechar que en esa casa todavía vive gente. Hoy, por su elevada chimenea cilíndrica de fibrocemento, sale tímidamente humo blanco, señal inequívoca de que en el interior alguien se apresta a hornear.

La panadería lleva más de una década cerrada. Cerró sus puertas cuando a Sebastián, su propietario, le diagnosticaron esa verdadera lacra que azota a la Humanidad y que se llama Alzheimer, la cruel enfermedad que convierte a un ser humano lleno de vida en un vegetal sin sabia ni razón. Ahora Sebastián está postrado en una silla de ruedas, al cuidado de su hija Uxía, puesto que su mujer, al ver lo que se le venía encima, se fue un día de casa y de ella nunca más se supo.

En la cocina, ya suavemente caldeada por la lumbre, Uxía está preparando los ingredientes para amasar y cocer las hogazas de pan de los días que están por venir. Horneará un pan muy consistente, de corteza dura y miga apretada, ligeramente ácida, y que aguantará en perfecto estado toda la semana. Uxía forma un volcán con la harina, la sal y la levadura escrupulosamente desmenuzada y le va incorporando agua tibia poco a poco. Agua del manantial que alimenta a la aldea y que nace un par de cientos de metros más arriba, en plena montaña, donde la nieve es un elemento asiduo que marida perfectamente con el paisaje. Esa agua límpida y cristalina fue siempre el secreto del buen pan que hacía su padre “agua pura e ingredientes de primera calidad —le decía cuando aún podía hablar— ése es el único secreto”.

Mientras amasa con paciencia, aunque con determinación, Uxía cruza la mirada con la de su padre. Pero la mirada de Sebastián no se encuentra con la de su hija. Se halla perdida en algún lugar de su deteriorado cerebro, buscando una salida, una vía de escape, pero sin tener claro a donde dirigirse. Las pocas neuronas que aún le quedan son insuficientes para desarrollar su cometido y se vuelven holgazanas, sin capacidad para realizar su función. Sus ojos, lechosos y vacíos, hace tiempo que han dejado de transmitir emociones. Están fijos en ninguna parte. Como si más que ojos fuesen bolitas de cristal traslúcido. A Uxía se le escapa una tímida lágrima, una de las pocas que aún le quedan en su otrora abundante manantial. Se apresta a enjugarla con el dorso de su mano envuelta en harina y maldice la cobardía de su madre por haberla dejado sola ante tremenda carga. Un ligero rastro del cereal queda impreso entre su pómulo y su nariz, dándole un aspecto que, en otras circunstancias, resultaría casi cómico. Uxía ha heredado de su padre muchas virtudes: un carácter afable y bondadoso, una educación esmerada, una notable resiliencia… pero, sobre todo, el hornear un buen pan. Porque un buen pan, en su simplicidad, puede llegar a ser una obra de arte, una cascada de múltiples sensaciones olfativas y gustativas, el alimento universal que, en sus infinitas variedades, no puede faltar en ninguna mesa. El pan une e invita a ser compartido.

Uxía está de espaldas a su padre, atendiendo el horno, y no se da cuenta de que el olor a pan recién horneado que acaba de inundar la estancia, parece haber iluminado la mirada de Sebastián. Un brillo tenue, fugaz, casi imperceptible, pero perfectamente visible a los ojos de un buen observador. Es como si un cuerpo celeste procedente del espacio cruzase el cielo estrellado iluminando la atmósfera en su trayectoria. Una suave contracción de los músculos de la boca —tal vez el tímido esbozo de una sonrisa— ha cambiado por completo el hasta ahora rostro inexpresivo del anciano.

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